Cinque Terre

Víctor Miguel Trejo Ramón

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Pintor

Memorias: la historia de un pintor

I. La desesperanza

Aquella tarde en que las luces artificiales desplazaban los últimos rayos de luz, una emoción intensa alentaba mis pasos por una transitada calle de Monterrey. Recién venía de un trance de una violencia emocional enorme, donde arrastré durante largos días el pesado fardo de un horizonte oscuro que parecía no tener fin. El sueño de crear en mi vida un universo personal, libre de mácula, una familia amorosa en quien multiplicar mis anhelos de libertad y felicidad, se había desvanecido a mis escasos 17 años. Mi futuro lleno de sueños se derrumbaba y no había piedad para mí. Estaba en el fondo de un pozo. Mis esfuerzos, llenos de angustia para salir, solo encontraban la burla y el escarnio. La noche era profunda e insondable. Aquellos en quienes creí poder apoyarme, subrepticiamente desaparecieron y sólo escuchaba el murmullo de sus risas e hirientes carcajadas. No había la menor duda, estaba en el infierno. El mundo me abandonaba sin esperanza y ante la atribulación y la pena, solo deseaba morir.

Poco tiempo después, un destello de luz asomó titubeante. La oscura pesadilla comenzó a ceder. Los trinos de las aves volvieron a escucharse, primero como un murmullo lejano y luego con nítida claridad. Los ruidos y la música del mundo comenzaron a emanar como un manantial de esperanza, pues la milagrosa y sorpresiva confirmación de un embarazo en falso sonó como música celeste por todo lo alto, volviendo al aire más azul, más limpio y respirable. Todo volvió a renacer. Las espesas nubes se disolvieron y el sol volvió a emerger tan diáfano y radiante como siempre. El mundo volvía a sonreírme con sus luces multicolores, su palpitación intensa y la infinita variedad de sus formas.

II. Vision de dios

Es ese estado de ánimo desandaba mis pasos sobre el asfaltado de la calle cuando de repente vi a dios. Una luz blanquecina acompañando mi encendido ánimo pareció iluminar el entorno con una claridad irreal. Miré a lo alto y sentí el aliento de un rostro inconfundible: era dios. Me sonreía en su blancura infinita y cada uno de los poros de mi piel se fue expandiendo hasta cubrirlo todo. Señaló con un dedo al follaje y estas cobraron vida de inmediato saludando con benevolencia mi presencia, los árboles se inclinaban para saludarme y las hierbas y los seres e insectos más humildes mostraban su ternura y alegría. Luego dios, en su amor infinito, señaló unas piedras del camino y empezaron a danzar entonando un coro celestial tomados de la mano. Cada célula de nosotros era dios. Todos éramos uno, dios estaba con nosotros y dios éramos nosotros. Un exultante espíritu de vida lo inundaba todo en un abrazo eterno e infinito.

Esta experiencia que fundía un momento efímero de la vida con la eternidad de un instante fue imposible volver la a vivir, y muchas veces traté de repetirla con resultados adversos. Me quedó muy claro que esta experiencia significaba una imagen revelada del sentido profundo de la vida, y que solo a través del arte más auténtico, más allá de toda lógica y comprensión humana, era posible desvelarla. Ése era el gran descubrimiento: el arte como verdad suprema de la vida, como un atisbo a una nueva dimensión. El arte como la suma de la verdad, el amor y la justicia, como una rendija abierta hacia un mundo superior. El arte como la comunión sublime de la vida con la muerte.

III. Mis primeras tentativas

A mis nueve años empezó mi afán por dibujar. Cualquier trazo era tema suficiente para atraer mi atención. Dibujos de libros y revistas provocaban una intensa necesidad de apropiación al verlos reproducidos por mano propia en un papel en blanco. En forma particular, agarré afición por reproducir edificios modernos y rascacielos en una época en que la arquitectura vidriada empezaba a destacar por su modernidad y belleza.

Mi padre, en cierta ocasión, viendo mi interés por la arquitectura, me pidió diseñar las bardas decorativas de la casa con paredes de block y celosía de acero que en esa época estaban de moda. Después de revisar concienzudamente los dibujos preparatorios, me espetó de repente: “…mañana te traigo a los trabajadores”. Al otro día, muy temprano, llegaron a la casa y, a mano alzada, pedí que tomaran las medidas indicadas en los trazos dibujados toscamente en una hoja de papel. Tras seguir intuitivamente un cierto sentido de proporciones y ajustar a escala real las proporciones reales del dibujo, se inició la obra. El resultado final parece haber complacido hondamente a mi padre, pues casi en seguida, en un doloroso y lamentable descuido, cuando restregué la camioneta nueva contra la puerta reluciente y basculante de la entrada principal, mi padre, ante el estupor y la sorpresa de todos, y sin inmutarse, sólo se limitó a murmurar: “Bah, no fue nada”.

IV. Un cuadro cubista

Una tarde lluviosa, ensimismado viendo a través de mi ventana las gotas de lluvia golpeando el cristal de la ventana y formando gruesos culebrones sobre las huellas de nuestros pasos en la breve maleza colindante, cayó en mis manos una breve reproducción de lo que fue para mí el primer contacto con un cuadro cubista. Mi niñez había transcurrido en un apartado y agreste rancho tamaulipeco recién abierto al cultivo y jamás había tenido contacto con ninguna reproducción parecida. Era una composición extraña, enigmática, informe, pero con una estructura integral tan viva que de inmediato me provocó un cúmulo de intensas y nuevas emociones. Esta obra contenía pocos elementos identificables: unas cortinas, unas pocas letras, un reloj y un conjunto abigarrado de líneas monocromas inclinadas y en contraposición que producían una gran impresión estética porque estaban combinados sin aparente lógica, pero en un nuevo orden, armonioso y expresivo. Esta insólita experiencia plástica era para mí nada menos que un famoso cuadro de Juan Gris, titulado “Composición con Reloj”. Después de observarlo largo tiempo y sacudir el encantamiento inicial me dispuse a reproducirlo, sin tener una idea clara de lo que era o significaba. ¡Oh sorpresa!, después de repetidas y cansadas tentativas, de borrar, copiar, empezar el trabajo y volver a fracasar, tuve que reconocer que era incopiable, que estaba fuera de mis posibilidades hacer siquiera un boceto a mano alzada. La estructura de la composición en mi hoja de dibujo se desplomaba irremediablemente como un pájaro sin vida y quedaba un cuadro exánime y muerto. Este hecho perturbador me provocó tal confusión que decidí ni siquiera volver acercarme a la composición y me propuse no volver a intentar dibujar nada. Me retiraba del dibujo y por primera vez sentí el oprobioso peso del desencanto.

V. La poesía

Varios años después, habiendo dejado en el olvido mi experiencia con el dibujo y tras el descubrimiento de un largo poema sobrecogedor del niño poeta Rimbaud, que encontré por accidente en una librería de libros usados por la calle de Guerrero, se renovó mi obsesión por el arte, pero ahora en la literatura y, en particular, por la poesía.

“Una Temporada en el Infierno” es un poema clave en la formación de mi sensibilidad adolescente, pues las emociones que aún me causa su lectura son tan intensas como la contemplación del cuadro cubista arriba referido y, ya para entonces, de toda la pintura moderna a la que tuve acceso posterior. Me parecía casi imposible la expresión que emanaba de sus frases y el sentido profundo de su significado aparente y carente de lógica, pero atrayente, musical y misterioso a la vez.

De ahí mi afición se amplió a otros poetas: Wiltman, Goethe, Victor Hugo, Paz, Alfonso Reyes, Borges, Saint John Perse y muchos más al grado de que llegué a pensar que llevaba la expresión y la poesía en las venas y que tal vez podría escribir algo significativo… y lo intenté: Otro sonoro fracaso. La fuerza expresiva que deseaba externar quedaba siempre en un simple e insignificante murmullo apenas audible.

VI. Mis inicios en la pintura

Pasaron los años, me gradué de la universidad y pasé a formar parte de su planta docente de ingeniería. Adquirí en ese tiempo, una gran afición a la lectura y adquisición de libros de arte y así descubrí una buena parte de la pintura moderna. Kandinsky y Mondrian me causaron tal impacto, que no sólo sus pinturas, sino también sus pensamiento y reflexiones han ejercido una influencia si no directa, sí importante en mis propias pinturas a color. Un día amanecí con una inflamación en mi único oído funcional y empecé a perder capacidad de audición hasta que al caer la tarde estaba ya completamente sordo. Nadie que haya vivido de golpe esa situación lamentable puede comprender la angustia y la desesperación de tal experiencia. Para escapar de la depresión tomé un juego de geometría que estaba a la mano y empecé a delinear unos trazos y a distraerme con las líneas buscando, siempre en el caos, el equilibrio y el balance. Fue mi primera tentativa por dibujar y me tomó alrededor de una hora delinear un boceto abstracto a mi entera satisfacción. Me sorprendió el resultado por su tendencia figurativa. Dibujé un segundo y un tercero. Después imaginando el efecto de una versión más grande me dispuse a amplificarlo.

Pero ¡oh sorpresa!, el cuadro al amplificarlo no salía igual de eficaz en su expresión, siempre tenía que agregar elementos extras para equilibrarlo y balancearlo. En eso recordé la experiencia malograda años atrás, del primer cuadro cubista que quise reproducir y hasta entonces caí en la cuenta que la modificación del ángulo de cualquier línea cambiaba la expresión de la composición y la disminuía. El secreto estaba en que al ampliarlo debía conservar inalterables las proporciones y los ángulos de las líneas. Las pinturas cubistas eso son: composiciones matemática y geométricamente rigurosas.

VII. Mi primer cuadro

El entusiasmo me llevó a elaborar más bocetos, amplificarlos y llevarlos a la técnica de pintura mixta sobre plexiglás, técnica que ya había contemplado previamente en alguna exposición y que me había impresionado. Cuando los conté llevaba más de 10 cuadros terminados. También descubrí que, aunque los cuadros eran invariablemente abstractos siempre aparecía un componente figurativo integral, de ahí que a mi primer cuadro lo titulé “Autorretrato”. Era una figura de pie con los brazos abiertos en cruz y envueltos en círculos concéntricos que parecen simular el aura que describen los metafísicos. Por otra parte, estaba claro la representación de la parte material y espiritual del hombre simbolizado en las líneas rectas y curvas paralelas que envolvían una cruz central. En su mano izquierda abierta pude representar el símbolo de aquella experiencia milagrosa: el encuentro con dios como la clave y misterio de la existencia humana. Era un pequeño círculo negro en la mano izquierda como símbolo de un secreto mantenido oculto, y luego llevando al extremo la interpretación de las líneas, me indicaba algún incidente significativo que ahora sé que puedo vivir: un objeto punzocortante atravesando la zona del corazón.

Ese cuadro usándolo de modelo lo envié a la Casa de la cultura, un eminente y abandonado edificio de madera recién remodelado que había sido usado en mejores tiempos como estación del ferrocarril y adaptado ahora para exposiciones públicas de arte. Fui aceptado para montar ahí mi primera exposición en 1976. Fue tanta la emoción de exponer y sentirme por primera vez artista plástico y haber descubierto mi auténtica vocación, que empecé de inmediato a experimentar con la tinta sobre papel obteniendo para mi gusto, resultados igual de insólitos y sorprendentes. Esta nueva técnica me permitía dejar fluir también un nuevo estilo, podía dibujar con mayor rapidez y la gran mayoría de los trabajos abstractos resultaban composiciones altamente figurativas que agregaban excitación a su elaboración.

Siempre tuve la conciencia de que los dibujos en blanco y negro eran una especie de remembranza de la caverna de Platón en el que las sombras proyectadas en el fondo de la cueva por los objetos del mundo real, eran representadas inconscientemente por figuras de tinta en papel blanco. Hubo ocasiones en que el paroxismo era tal que llegué a dibujar hasta cinco trabajos en un día y las tres salas de exposición de la Casa de la cultura fueron insuficientes para albergar los más de setenta cuadros que preparé en un tiempo de no más de tres meses.

Después supe que el mérito de esta exposición se la debía a dos personas eminentes: Don Alfredo Gracia Vicente y Don Manuel Rodríguez Vizcarra, ambos altos directivos de cultura del Estado y auténticos mecenas a quien desde aquí les rindo un modestísimo homenaje y a quien muchos años después, en las postrimerías de sus vidas, tuve la gran fortuna de conocer. De ambos debo decir que eran personas sencillas, muy cultas y de una elevada calidad humana.

Pasaron los años y tuve el privilegio de exponer mis cuadros en blanco y negro dos veces en la Capilla Alfonsina de la UANL, una muestra experimental de cuadros geométricos en color en la Biblioteca Central del Tecnológico de Monterrey y una muestra de cuadros en blanco y negro de gran formato en la técnica de mixta sobre plexiglás en la cafetería de Gandhi de CDMX.

VIII. Exposiciones internacionales

En el año 2000 tuve la fortuna de presentar una muestra de mis primeras obras en color con un nuevo estilo en la ciudad de Montreal, Canadá y en el 2002 presenté una exposición individual de obras en blanco y negro en la World Fine Art Gallery, de Nueva York, gozando del privilegio de llamar la atención de la revista trimestral de análisis y promoción artística Gallery and Studio, y de su directora, quien tuvo la gentileza de llamarme a Monterrey para manifestar su interés, solicitarme información y ofrecerme un análisis crítico en su publicación trimestral. La revista me dedicó una importante y amable reseña crítica de esta exposición, en donde pude constatar la admiración por las obras y la dificultad para encontrar una caracterización valedera través del estilo. No lo consiguió a pesar de barajar múltiples nombres de varios importantes artistas internacionales, habiendo empezado por J. L. Cuevas, siguiendo con Basquiat y otros varios artistas de gran interés más, sin haber quedado complacido del todo. Lo anterior se explica porque, aunque he podido recibir importantes influencias externas de influyentes artistas internacionales, siempre he tratado de expresarme con mi voz interior, consciente de que es eso, precisamente, lo que le da valor a una obra.

Esta reseña despertó el interés de un prestigiado artista y promotor de Nueva York, O’Delle Abney, quien consideró un gran éxito el interés de la crítica y al cerrar su galería por la crisis del 2008, ofreció representarme y promover la obra. De la mayoría de las exposiciones se han grabado videos que se han subido a YouTube. A la fecha llevamos más de 25 exposiciones en diversas galerías de Nueva York, habiendo representado a la “Cultura Hispánica” en la Berkeley University, campus Manhattan, en dos ocasiones.

IX. Un nuevo estilo a color

Sin embargo, permítaseme agregar un breve, pero importante comentario en el desarrollo de mi trabajo. Después del aparente éxito de mis pinturas en blanco y negro al llamar la atención de la importante revista crítica, decidí abandonar mis experimentos con el color y enfocarme exclusivamente en trabajar la tinta. Recordé el ejemplo del genial Cuevas que, sin el uso del color, goza aún del extraordinario reconocimiento. Pero ahí tienen que la vida no tarda en dar sus giros inesperados y ahí estoy solo pocos días después, trabajando afanosamente y con gran energía en composiciones a color. ¿Qué fue lo que pasó?

Había transcurrido solo una escasa semana de tomar mi decisión cuando un suceso vital llegó inesperadamente a mi vida. Habiendo padecido en mi relación de pareja una vida matrimonial de fricciones y desavenencias casi permanentes e insuperables, decidimos separarnos. Esta decisión tomada en consenso con la familia, hizo que yo me fuera a vivir y me estableciera en casa de mi madre casi octogenaria, con todos mis cuadros y libros. El cambio tuvo un desenlace inesperado: en mi espíritu de inmediato volvió a salir el sol y en mi pintura emergió abruptamente el color, como un manantial contenido.

X. Conclusiones

Fue un breve experimento digital lo que me permitió dar rienda suelta a mis emociones en el uso del color y la herramienta que sustituyó a la regla y el compás. Uno de los principales secretos de este trabajo está en la rapidez de la elaboración que me ha permitido desarrollar un nuevo estilo, dando como resultado una auténtica avalancha de composiciones tanto abstractas como con tendencias figurativas, que se pone de manifiesto en la mas de cien composiciones realizadas nada más la primera semana de trabajo. Del trabajo digital las composiciones fueron transcritos y amplificadas a la técnica mixta sobre plexiglás y esas son las pinturas que empecé a exhibir el año pasado en Nueva York con cada vez un interés creciente y una muy buena aceptación.

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