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Arouet

Memorias desnudas

En ‘Ciudad de ciegos’ se entretejen esferas que retratan los devaneos entorno al cuerpo y sus placeres.

 

“…por una ventana entra el diablo por la otra sale dios”

Descreo del llamado “Nuevo cine mexicano”. La frase me parece más una proclama o slogan que resultado de una crítica seria sobre la calidad fílmica de los últimos 30 años. Hay, eso sí, e s – fuerzos muy notables que, esta vez, forman el universo del que extraigo algunas estampas eróticas para seguir en la línea de las entregas anteriores. Pertenecen a la década de los 90.

No hay amores eternos

Intensa hasta el desquicio “Ciudad de ciegos” abre la década de los 90 para mostrar en diez historias la ruptura emocional que solo tiene como referente, a lo largo de 30 años, una habitación de la colonia Condesa del Distrito Federal. De la mano de guionistas como Hermann Bellinghausen y Marcela Fuentes Berain, entre otros, se entretejen esferas que no pretenden explicar o pontificar sino que retratan, y esa es su valía, los devaneos entorno al cuerpo y sus placeres, del amor a la pasión sexual y el desenfreno de las obsesiones que conlleva hasta la conclusión fatal de Blanca Guerra: “No hay amores eternos”, dice al teléfono mientras ahoga el llanto tendida en la cama. Ahí están los desnudos de Gabriela Roel, de una plástica inenarrable, que recuerda quien esto escribe con aquella rola, “Ciudad de ciegos”, interpretada por grandes rockeros del país: la entrañable Rita Guerrero (Santa Sabina), Saúl Hernández (Caifanes) y Sax (La Maldita Vecindad).

Triángulo amoroso

Remito a la simpática y taquillera comedia erótica dirigida por Jaime Humberto Hermosillo que se proyectó en 1991. “La Tarea” registra a Maria Rojo y Ernesto Alonso en plentitud de madurez física e histriónica que, junto al invitado voyeurista (que atiende la cámara fija, o sea nosotros), forman el ambiente lúdico y cachondo que Virginia, con la complicidad de Marcelo, necesitó para librar los deberes escolares y que al acometerlos generan aire puro frente a la cotidianeidad de la pareja y la familia.

A diferencia de “El Apando” (1975), en donde María (“La Meche”) es sometida al manoseo implacable de cierta guardián de Lecumberri mientras imagina adentro de sí a Salvador Sánchez (“Albino”), en “La Tarea” el impacto erótico se logra mediante lenguajes visuales y auditivos que, en apariencia improvisados, seducen mediante discursos sobre la inseguridad sexual y el machismo, además de escenas lúdicas y muy sugerentes como esa en la que, recostada en la hamaca, Virginia aplaca con la boca su propio deseo y el de su compañero enhiesto.

Fue tan bueno el recibimiento de la crítica que Hermosillo intentó repetirlo, infructuosamente, con “La Tarea prohibida” (1992), en la que también participó María Rojo. Por cierto, en ese mismo año también fue muy mediana “Anoche soñé contigo” en la que actuó Ernesto Alonso a lado de Leticia Perdigón (el guión es anodino y las escenas eróticas vulgares, más allá del espléndido cuerpo de la actriz). En todo caso y en esta vertiente de comedia erótica, podría rescatarse “De noche vienes, Esmeralda” (1992), donde la señora Rojo es una dulce y abnegada polígama (recomiendo su espléndido desnudo a lado de la cama tras consolar los ardores de alguno de sus varios esposos).

Un milagro

No espere aquí reseña de “Solo con tu pareja” (1991), dirigida por Alfonso Cuaron. Creo que, por el atrevimiento inusual en esos años de abordar temas como el sida o el suicidio, además de su éxito comercial, la cinta fue sobrevalorada por la crítica. Para ello ayudó, por supuesto, la trama jocosa, algo tortuosa pero divertida digamos. La cito para comparar la escena de los calzones blancos de Claudia Ramírez surcando los aires de la Torre Latinoamericana de la ciudad de México, con aquellos también blancos de Salma Hayek arrancados por las mismas envidiables manos de Daniel Giménez Cacho en ambos filmes. El primer cuadro me resulta ridículo en contraste con el segundo, que forma parte de “El Callejón de los milagros” (1995) cuyo guión fue adaptado al cine por Vicente Leñero y que dirigió Jorge Fons, conocido entonces por “Rojo Amanecer” (1989). Pero ante todo la relación de Alma (Salma Hayek) y Abel (Bruno Bichir) la traigo también en estas estampas y espero que el lector coincida como yo con esta síntesis de Marco Levario Turcott:

“Para tener a esa mujer hay que volar aunque luego ella se convierta en puta. Hay que morir por esa puta, porque esa mujer me hizo volar”.

(No evoco la danza de Salma Hayek que enloqueció a Quentin Tarantino y George Clooney en “El crepúsculo del amanecer” en 1996 por no ser una cinta mexicana).

Dios te mira

Los placeres del cuerpo no siempre son los de dios, le advierte, admonitoria, la predicadora a la joven Alma quien, sobándose el vientre preñado, recuerda las caricias de su propio padre. Eso y lo que sigue es parte de “Angel de fuego” (1991), una de las mejores películas de la década que sin tanto alarde de atrevimiento narra una historia de incesto, razón por lo que no podría considerarla en las estampas paradigmáticas de erotismo del cine mexicano, pero tampoco dejar de aceptar que las imágenes son parte de lo mejor que se hizo en esos años, incluso aunque haya atmósferas y momentos que remitan a “Los olvidados” de Luis Buñuel (1950).

Entre pétalos ardientes

Allá por los años de la revolución hubo un rancho en Conchalinda, Coahuila. La cocinera era Tita, la hija más joven de las tres de Mamá Elena, mujer severa a quien ella debía cuidar para siempre con el celibato entre las piernas.

Cierto día, Pedro, el muchacho del que Tita estaba enamorada, le regaló unas rosas que ella usó para guisar codornices en sus pétalos:

“Tal parecía que en un extraño fenómeno de alquimia, no solo la sangre de Tita sino todo su ser se había disuelto en la salsa de las rosas, en el cuerpo de las codornices, en cada uno de los olores de la comida. De esta manera penetraba en el cuerpo de Pedro, voluptuosa, aromática, calurosa y completamente sensual”.

Así fue como a través de la comida los amantes enlazaron el sexo y en la hermana de Tita se concentrara el ardor de los condimentos y la fragancia de las flores. Es Gertrudis a la mesa quien recibe los aguijonazos del deseo que no aplaca ni explorando con la mano ni cuando corre al baño a mojarlo bajo el agua. Al contrario. Su cuerpo ya desnudo expele la fragancia de las rosas que entra en las entrañas del hombre que llega a caballo para que ella lo monte, y así se pierden juntos en el atardecer.

Para mí la escena del desnudo de Claudette Maillé (Gertrudis) es de las más memorables del cine mexicano de los 90 y sucedió, claro, en la adaptación cinematográfica de la novela de Laura Esquivel, “Como agua para chocolate” (1992), que dirigió Alfonso Arau.

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