Premio Nacional de Protección Nacional
Cinque Terre

Ariel Ruiz Mondragón

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Memoria de la ciudad proscrita

La ciudad de México ha sido generalmente relatada con la mirada entusiasta sobre sus múltiples maravillas y grandes tesoros culturales y artísticos. Se trata de una urbe que desde tiempos prehispánicos es un gran centro de poder que se ha mantenido durante siglos.

Sin embargo, por debajo de “La Ciudad de los Palacios” hay otra menos vistosa: la que padecen a diario sus habitantes, en especial los menos favorecidos por el desarrollo de la ciudad. En esta faceta, la violencia social cotidiana es parte fundamental.

Uno de los cronistas actuales más destacados de esta otra cara es J. M. Servín, quien recopila en su libro D.F. Confidencial. Crónicas de delincuentes, vagos y demás gente sin futuro (2ª ed., Oaxaca, Almadía, 2014) varios de sus textos en los que registra la sórdida realidad de la gran urbe y de los personajes que la viven y la padecen desde abajo y a pie.

etcétera conversó con Servín (ciudad de México, 1962), narrador, periodista y editor autodidacta, fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte y beneficiario del Programa de Residencias Artísticas México-Colombia. Ha ganado premios como los nacionales de Periodismo Cultural Fernando Benítez (2004) y de Testimonio Chihuahua (2001). Autor de al menos siete libros en los que hay novelas, relatos, crónicas y ensayo, ha colaborado en publicaciones como Día Siete, Letras Libres, Nexos y Replicante, entre otras. Actualmente coordina el proyecto periodístico Producciones El Salario del Miedo.

¿Por qué escribir y publicar un libro como el tuyo, sobre una ciudad “cuyas vastas dimensiones están fracturadas por la desmemoria y la desilusión”, “una capital de la mendicidad y el robo”?

Precisamente por lo que digo allí: porque la desmemoria lo abarca todo. Yo creo que en este libro debería haber, por lo menos, la intención de que se convierta en testimonio de una época, registro de una generación o de un momento social histórico de las circunstancias de un país, de una cultura.

Considero que un libro como este funciona también como memoria personal: es una experiencia de vida en una sociedad y en una ciudad donde la desmemoria colectiva nos ha impedido aprender de nuestros errores, y por eso tenemos lo que tenemos.

Sostienes una tesis en todo el libro que es opuesta a la de la historia oficial, pero también a la de, por ejemplo, Salvador Novo y su Nueva grandeza mexicana: dices que “ésta también es una grandeza mexicana, una grandeza debida a las calamidades, la ineptitud, la cobardía y el agandalle”.¿Cómo se halla grandeza sobre esto?

Eso es precisamente a lo que yo voy: la tradición de la crónica en México, o al menos sus exponentes más reconocidos como Salvador Novo, casi siempre tuvieron esta idea de que el Distrito Federal era un lugar donde finalmente podría ganarte el arrobamiento, donde te puedes maravillar. Él y Monsiváis vieron la ciudad, creo yo, más con enamoramiento que con asombro o con enojo; mi actitud es la de quien la padece. Vivo como cualquier ciudadano común y corriente, que viaja en Metro, camina en la calle y que también, como muchísima gente, tiene miedo a perder un empleo o a ser asaltado.

Pero creo que observar las subculturas que va generando lo proscrito, en esta frontera difusa entre lo legal y lo ilegal, también es una manera de asombrarnos de la capacidad de reinvención que tiene esta ciudad. Asimismo, ver cómo finalmente una de nuestras tradiciones más grandes se encuentra en la picaresca, en un México como lo hubieran visto Quevedo o Sarmiento. ¿Por qué no verlo como lo hicieron Manuel Payno, Vicente Riva Palacio y Ricardo Garibay? Todos ellos vieron este otro México, el de abajo, el de las cañerías, que sostiene al México de arriba, que es el que aparentemente funciona (pero solo lo hace en su relación con el de abajo). Es el México de Mariano Azuela en Los de abajo, no es el México de Salvador Novo, quien te hace la gran crónica de Coyoacán y su comida.

Finalmente son posturas, son estéticas, y a mí me interesa esta porque es cercana a lo que yo vivo.

¿Cómo ha sido la relación entre la literatura y el periodismo? Por allí reconoces, por ejemplo, la deuda que tienes con la literatura realista, con el nuevo periodismo norteamericano e incluso con el cine.

Lo que pasa es que yo soy un escritor que hace periodismo, que hace crónica, no soy un periodista que se metió en la literatura. Yo empecé a publicar crónica también por una necesidad de ver mi trabajo publicado y de darme un estímulo a mí mismo. Yo no puedo ser un Borges, no puedo pasarme toda mi vida en una biblioteca y depender de mi erudición. No, yo tengo que ir en el camino probando quién soy; si no, yo no podría estar aquí.

Creo que el periodismo, en sus mejores momentos y que para mí es súper estimulante, es una de las mejores escuelas literarias que hay. Las escuelas realistas inglesa, norteamericana y francesa parten de allí. Aquí en México es una discusión muy bizantina, eso de querer separar el periodismo de la literatura. El periodismo, a nivel de crónica y reportaje, es un género literario más, punto. Yo no creo que a Truman Capote, a Charles Dickens, a Jack London, a Ricardo Garibay, por ejemplo, en algún momento les habrá interesado ver cuál es esa diferencia, si es que la hay. Finalmente la subjetividad marca el trabajo de cualquier cronista o escritor que se acerca a la realidad para escribir una historia.

¿Quién le va a cuestionar a Kapuscinski si todo lo que contó es cierto? En la biografía última que le hicieron lo ponen en entredicho diciendo que este güey inventaba de a madres. Pero ¿quién lo va a decir?

Dices que el periodismo parece haber olvidado que la información en sí misma poco o nada le interesa al lector…

Ése es el diarismo…

Y que la crónica se ha abandonado…

Creo que no se ha abandonado, más bien se trasladó rápidamente de los periódicos e incluso las revistas, que eran su campo natural, a los libros e incluso a Internet. Pero a lo que yo quería llegar es a que los medios impresos convencionales se han quedado atrás en la dinámica misma de los tiempos, cuya narrativa los está rebasando, como ha rebasado también a los sistemas políticos.

Entonces pienso que estamos viendo un renacimiento de la crónica, pero ya no a partir de los estándares que le dieron vida, sino que ya se movió, para empezar, a los libros y a los medios electrónicos. Si ahorita revisas Internet, ¡en la madre, cuántas crónicas de muy buen nivel encuentras! En lo particular no es mi giro, no lo sigo y estoy un poco al tanto, pero lo mío son los libros. A mí me encantaría publicar crónicas en un periódico, pero cada vez es más complicado.

Otro asunto es: ¿cómo quieren que publiques en los medios con lo que pagan? Honestamente, y esto hay que decirlo, una crónica a mí me puede llevar más de un mes trabajarla, porque yo salgo a caminar, a tomar una, dos o diez chelas para hacer el trabajo, y eso no te lo están pagando. Pregúntale a un güey como Guy Talese cuánto cobra por una crónica que publica en The New Yorker. Pregúntale, a sus ochenta y pico de años, cuánto cobraría ahorita por publicar una crónica en una revista o en un periódico. Aquí te quieren dar cualquier cosa.

Yo en 2004 gané el premio Fernando Benítez de periodismo cultural en el género reportaje; en aquel tiempo todavía existía ese premio y era prestigiado y, si no mal recuerdo, me dieron 50 mil pesos. ¿Sabes cuánto gasté yo en ese año en las tres crónicas más chidas que he publicado en mi vida: “Los herederos del diablo” (acerca de peleas de perros), “La hermandad del rebote” (que es sobre unos frontonistas) y otra más? Me gasté mucho más dinero que lo del premio yendo, viniendo, pagando luz, renta… ¿Crees que con ese premio lo compensas? Pues no. ¿Y cuánto me pagaron en las publicaciones donde aparecieron por hacer un pinche trabajo que en algún momento ya hasta afectaba mi salud? La verdad ya estaba yo alteradísimo cuando estuve siguiendo a los peleadores de perros, porque yo tenía miedo, cabrón.

¿Y qué pasa con los editores? Señalas el caso de la revista colombiana que rechazó “Los herederos el diablo”, y también recuerdas el caso de “La ciudad plantón”, la cual te encargó un editor y al final la rechazó por sus afinidades ideológicas.

Me la encargó el editor de la misma revista colombiana. Yo en realidad no tengo problemas sino puntos de vista distintos de cómo entienden ellos lo que es trabajar una crónica. En este sentido creo que lo que intervino fue un factor ideológico, por el que a veces la gente, por tu manera de ser, da por hecho que tú eres de tal modo y que simpatizas con ciertas causas. Pero cuando manifiestas que no es así, y cuando tu trabajo como escritor se ve desprejuiciado de la ideología o la pasa por alto, parece ser que es hasta un improperio, y eso es lo que a mí me ha pasado (no muchas veces tampoco, pero si no puedo trabajar así, pues mejor no hago nada). A final de cuentas yo no estoy aquí por heroicidad, sino porque es lo único que sé hacer bien.

Pero, ¿qué pasó con la revista colombiana en el caso de “Los herederos del diablo”, que dices que querían una foto?

No fue de Colombia sino de México. No sé si tenga que decir el nombre…

Si tú quieres…

Fue Gatopardo. Me empezaron a pedir ese reportaje desde Colombia y terminé trabajándolo para los de aquí. Pero éste es un problema que igual es personal, no sé si de disciplina o de querer hacer siempre las cosas a mi modo. Yo no trabajo como regularmente se trabaja en las redacciones porque yo no he trabajado en ninguna; lo que yo he publicado es porque tiene un valor literario pero también económico, y si no me lo publican también está bien. Por eso publico lo que quiero cuando puedo en donde me invitan. Ésa es la base: donde hay un acercamiento con el editor no solo como editor sino como amigo. Si esas cosas no se dan, prefiero no publicar.

Tú lo sabes: aquí uno tiene que estar trabajando con manita de puerco, y bueno, bonito, barato y rápido. Pues no, cabrón, yo ya me chingué mucho. El tiempo que a ti te dan para una crónica me parece hasta poco para la cantidad de caracteres que te piden.

Entonces es muy difícil que como periodista, como reportero de planta en un medio, puedas decantar tu lenguaje y tu visión, tu cultura general, de tal manera que puedas darle profundidad, fondo y forma a tus textos. Lo que cualquier escritor necesita para desarrollar un estilo, el fondo y la forma de lo que vas a presentar, es tiempo. ¿En el periodismo por qué no se va a respetar eso? El gran éxito del nuevo periodismo gringo fue ése: la posibilidad que tenían esos güeyes de convertirse en escritores desde el periodismo. Ve a Tom Wolfe: ¿cuántos años pasaron antes de que publicara su primera novela, La hoguera de las vanidades? Como 30. Y velo ahora.

Yo he conocido en el camino a muchos reporteros que han querido escribir una novela, y no pudieron. A final de cuentas o trabajas o escribes lo que tú quieres, pero ¿cuántos medios te dan la oportunidad de desarrollar un trabajo? Estos reportajes que están en el libro los pude desarrollar, en su mayoría, porque yo fui el que se puso el tiempo de entrega y porque a mí no me los pidieron: yo los ofrecí. Por ejemplo, el de “Los herederos del diablo” lo pude terminar gracias a que Gatopardo lo rechazó; a la versión que tenía para ellos, ya bien trabajada, todavía me di tiempo de incluir detalles y de extenderla un poco más, como un orfebre o como estos güeyes que trabajan el barro: “A ver, qué le falta”.

Yo fui a hablar con Alejandro Páez -siempre estaré agradecido con este cabrón porque me pagaba bien y me pagaba a tiempo, y a veces hasta por adelantado-, y le ofrecí esa crónica. Me dijo: “Tráela”, “Pero no tengo fotos” (que fue uno de los pretextos de Gatopardo: “No tienes foto”, “Oye, cabrón, voy a ir a una pelea de esas, ¿cómo que fotos? No mames; consíguelas tú”). La cosa es que Páez me pidió la crónica, se la di y, si mal no recuerdo, en esos días dieron el fallo del premio y yo gané. Le dije: “Tienes que publicar esa crónica ya porque acaba de ganar un premio”, y él la publicó. La mera verdad, cuando llegué a Guadalajara creo que ya la habían publicado en Día Siete.

Por eso te digo que hubo una época de oro para mí como cronista: y publicaba en un chingo de lados. Día Siete fue un medio muy importante para muchos periodistas como yo porque podías publicar crónicas que en otro lado no querían o no podían publicar. La que está aquí, la de “La hermandad del rebote”, Páez me la pidió, y gracias a esa crónica fue que yo me pude conectar con peleadores de perros. Imagínate todo lo que te da una chamba, y la confianza que puedes tener de que un güey cree en tu trabajo. De otra manera no lo haces, porque aparte soy un holgazán.

Haces referencias a la prensa del siglo XIX, que es cuando surgió la nota roja, desde El libro rojo de Payno y Riva Palacio, y hasta mencionas el infoentretenimiento. Tú conoces la prensa que ha cubierto la violencia social del país: ¿cómo se ha transformado, el tratamiento de ese tema?

No se ha transformado; creo que más bien se ha estancado. Mi punto es que, en la época de oro de las publicaciones mexicanas sensacionalistas, que fue en 1940-1950, cuando había más de 30 publicaciones y los periódicos de circulación nacional diaria, fue una época en la que el reportero podía publicar un reportaje durante dos semanas siguiendo un crimen. Tienes el caso de David García Salinas en La Prensa, “El Güero” Téllez en El Universal o el de Enrique Metínides como fotógrafo. El reportero era un cronista total que actuaba en complicidad con la policía en un contexto en el que la policía no tenía el mayor cuidado en nada, y eso permitía que el reportero se tomara una libertad que hoy es imposible. Ahora el reportero de nota roja tiene que ir con un boletín porque la policía ya no permite entrar al lugar de los hechos por muchas razones, desde buenas hasta malas. Eso es en lo que ha cambiado.

También he escuchado a reporteros que no pueden llegar hasta el lugar de los hechos porque la misma gente del lugar los agrede, los amenaza. Eso también está cabrón porque te habla de cómo está el país: antes el reportero llegaba y era como el amigo de todos, y tenía un prestigio, un respeto, con todas las salvedades del caso. Eso propició grandes crónicas, grandes reportajes, y una visión del periodismo que hoy, desgraciadamente, ya se perdió. Antes el reportero era un personaje como “El Güero” Téllez, que fue un caso típico del gran reportero de nota roja y de asuntos sociales, quien adonde llegaba era bien recibido y el periódico lo solicitaba a cada rato. Ahora ya muy pocos pueden jactarse de eso.

Me llamó la atención la defensa que haces de la nota roja contra cierto academicismo y cultismo que se oponen a ella. Dices que tiene una raigambre popular, pero también que es un producto cultural de consumo masivo y lenguaje vernáculo comercializable.

Es cultura pop de alto nivel…

¿Cómo se han mezclado ambos aspectos: el comercial y el popular?

Lo popular tiene que ver con la industrialización del consumo, y con los hábitos, usos y costumbres de una sociedad. La cultura pop, al nivel que la veas, es un producto de las sociedades urbanizadas, y en México la nota roja ha tenido un desarrollo y una influencia total con la modernización del país. A éste no lo puedes entender en su historia como país que ingresa a la modernidad y a la urbanización de sus ciudades sin el periodismo como una industria que se sostiene, básicamente, con la nota roja.

El crecimiento del periodismo en México no fue por la nota de ocho columnas sobre las hazañas del Presidente. El consumo masivo, la visión o incluso la idiosincrasia o la idea que tenemos de nosotros mismos tiene que ver mucho con lo que los medios masivos de comunicación nos han dicho, y la nota roja, aunque ha sido el género proscrito del periodismo, ha sido el de más alto consumo entre las masas.

Desde la nota roja, además, puedes hacer una lectura acuciosa, desde lo más abyecto, de la historia social del país. La gran crónica roja no está en la notita pendeja que te dice “lo acuchillaron” y ya; no, está en ese reportaje en las circunstancias que da que una revista de 64 páginas se sostenga sobre asesinatos. ¿Qué te está diciendo eso de una sociedad? Ve a Francia y no hay revistas de esas, y si las tuvieran no estarían exhibidas, se consumirían como pornografía. Pero en Colombia tienen tantas revistas rojas como aquí.

Haces una afirmación interesante en el libro: “La nota roja encuentra su nicho en alguna peculiaridad cultural que hace de los mexicanos insaciables consumidores de morbo y frivolidad”. ¿De dónde viene esto?

Lo que creo es que tiene que ver con factores culturales e históricos: la cultura española que llegó a México, sangrienta, ignorante, religiosa, y la de los aztecas, de las culturas precolombinas que también eran altamente sangrientas, crueles y jerárquicas. Imagínate cuando vino el choque cultural: lo que queda de todo eso, lo que floreció, lo que sobrevino y lo que nos ha mantenido son precisamente estas historias con una carga violenta y de resentimiento.

Eso, obviamente, tenía que dar condiciones culturales y sociales muy propias para el periodismo tabloide: cuando la modernidad llegó a México a través de los medios masivos -o sea los periódicos-, la carta fuerte fue la estigmatización del indígena. A éste se le veía como un grupo racial peligroso para el progreso del país, porque siempre se manejó que el indígena aborrecía al blanco, y a partir de eso la industria del periodismo empezó a crecer destacando los crímenes y todo lo atroz que podía haber en el ámbito social de los indígenas.

Son meras aproximaciones las que yo hago, y son lo que percibo como parte de una historia importante para el país y de lo que para este significa el periodismo tabloide y la crónica roja.

¿Cuál es el otro lado de la nota roja, la que sirve al poder o estigmatiza, por ejemplo, a los indígenas?

El otro lado de la nota roja son las ocho columnas de cualquier periódico serio. ¿Quiénes aparecen allí? Los ladrones de cuello blanco, los corruptos, las empresas que contaminan, que transan y que humillan. Esa es la nota roja.

Compra cualquier periódico de circulación nacional y es de nota roja por donde le busques: que al futbolista tal lo encontraron con un travesti, que a la artista tal la encontraron con dos gramos de coca en tal capilla… También lo que destacan los diarios cotidianamente: narcotráfico, crimen organizado, trata de blancas, etcétera.

Eso es nota roja, la cual dio un vuelco, de unos años para acá: de lo populachero, donde estaba la tradición de José Guadalupe Posada, hasta a lo que ahora ha llegado: a los niveles de una descomposición social generalizada. Ésa es la diferencia: ahorita ya a nadie le interesa el crimen pasional, lo que importa es ver ahora a quién agarraron, quién se robó más millones o, en el mundo del espectáculo: chíngale, otra cirugía que se echó a perder y le explotaron las nalgas a tal, le encontraron silicón en las uñas y se le pudrieron… Eso es sobre lo que ahora estamos; es la sociedad del espectáculo que anticipó Guy Debord; la de la transparencia del mal, de la que ha hablado Baudrillard, de la que hablaba Lipovetsky en su libro chingonsísimo La era del vacío y la de Paul Virilio, que tiene un ensayo sobre la velocidad. Estamos en eso.

La gran mayoría de los personajes que describes son de los bajos mundos, pero hay uno que es totalmente opuesto: Carlos Slim.

A él lo debería haber conocido Charles Dickens: es el prototipo del industrial millonario en un país que en el siglo XXI vive en condiciones del siglo XIX. Es el benefactor de una sociedad digno del siglo XIX inglés. Por eso aparece allí.

Pero, ¿cómo se relaciona con los otros mundos que relatas?

Pues en la desigualdad social que vivimos. Uno de los países más atrasados en términos educativos, por ejemplo, tiene al hombre más rico del mundo. ¿Cómo te explicas que ni los gringos lo tengan? ¿Cómo te explicas que no sea un suizo? ¿Por qué tenía que ser un mexicano? Parto del hecho de que ninguna fortuna es lícita en el sentido de que no puede haber justicia para aquellos que generan esa fortuna. Aquí ser rico es una ofensa desde donde me lo digas. Ahora, hay gente que cree que no; pues qué bueno, pero yo creo que sí. Puede ser que alguien me rebata con argumentos teóricos muy precisos, un sociólogo, un economista, pero allí donde hay riqueza huele feo.

Hay un crimen atrás, como dices recordando la filosofía de El Padrino.

Un chingo. Hago un paralelismo entre El Padrino, el decálogo de la mafia y lo que significan los preceptos de la moral mexicana: son lo mismo.

Otro asunto que me atrajo es la relación entre tu ejercicio periodístico y el alcohol: hablas de tus vivencias en las cantinas, las crudas, del trabajo en estas condiciones…

En ese sentido te diría que lo de las cantinas es algo que a mí me interesa, aunque no es un libro sobre ellas.

¿Cómo ha sido tu trabajo en, o con, ellas?

Este asunto de las cantinas era para mí muy importante. Tenía que quitarle la carga anecdótica y romántica que tiene la cultura de la cantina en México que, para empezar, está en extinción. Las tradicionales están en desuso -ahora todas son “gastrocantinas”-, y creo que las más típicas se han convertido en un reducto del perdedor mexicano. ¿Quién va ya a las cantinas? Pues un ruco, que está tres horas con un Bacardí, ya sin hielos; el güey que está dormido en la pinche barra. ¿Quiénes son estos güeyes? Los que no lograron el sueño mexicano. Y ya todas las cantinas son caras y mal atendidas. Qué más triste que eso, la verdad.

Yo vengo de una cultura de cantinas fuertísima: mi papá conocía todas, y en todas lo conocían. Eran otra cosa: eran el espacio de. Ahora ya no.

Hasta de los delincuentes…

Claro, había de todo. Pero ahora creo que son los espacios en desuso de un México que está en retirada, por mucho que las rescates. Yo platico con meseros y los cantineros, y ya no quieren al parroquiano típico: no les consume mucho, se les queda dormido, es pedero… Quieren gente joven que trae en lana, que se mueve (“vámonos, güey, una y nos vamos”). El ruco, el de antes, es sedentario: siete, ocho o diez horas en la cantina, y que antes chupaban limpio: no había postre, no había coca. Mi papá tenía amigos que se quedaban dos o tres días despiertos, como pinches zombis.

Al respecto, ¿qué riesgos has corrido al hacer este tipo de crónicas?

La verdad nunca me sentí realmente en riesgo; pero yo creo que es muy diferente no sentirte en riesgo a leer una situación que te pone en riesgo. Yo he estado en lugares horribles, pero francamente nunca he sido agredido porque mi actitud siempre es de respeto hacia el otro, y de no interferir en espacios o dinámicas que yo no conozco. No soy un sabelotodo, ni tampoco un güey que llega y saluda a gente que no sé quién es.

Llego a todos lados con perfil bajo y ya. Pero si entiendes que estás en lugares que son muy bravos, y que la gente que está allí sabe que tú no eres parte de ella. Un periodista, un escritor, es un nómada social, finalmente eres un extranjero donde estás. ¿Quién lo puede identificar en un ambiente de peleas de perros o con los que juegan frontón a mano? De todo un poco, porque eso yo lo viví, como otras cosas, pero eso no quiere decir que yo sea parte de eso. Es como si porque me gusta el futbol tuviera que ser futbolista (por cierto: le voy a las Chivas, y Pumas se me hace el equipo del villamelón mexicano).

¿Cómo has escogido tus temas? Vemos lo de los cuetes, los perros, los ninis, las sirvientas…

No son temas propiamente; lo que me interesa es una atmósfera social específica. Se trata aquellas culturas que florecen y sobreviven en los linderos de lo proscrito. En un país donde la ilegalidad es tan válida como la legalidad o incluso tiene más fuerza, son los temas en los que yo me he podido mover con libertad y con afinidad. A lo mejor en otras circunstancias a mí me gustaría hacer la gran crónica de sociales, como la boda de Emilio Azcárraga Jr. o la visita de Sofía Vergara a México para promover su nuevo implante de nalgas.

Alguna vez Páez decía en alguna presentación algo que en principio me cayó como gordo, pero creo que tenía razón: que yo trabajaba con los despojos de los otros periodistas. Es la verdad: como nunca he trabajado de planta en ningún medio, no he tenido una asignación específica; lo que he tenido es la fortuna de que me inviten a colaborar en algún medio que entiende cuáles son los temas que a mí me interesan, y a partir de allí negociar si lo quiero hacer o no. Esto es en lo que he tenido fortuna, y la verdad no pienso moverme de allí.

Concluyo con una cuestión sobre esta ciudad que describes… A esta ciudad ya se la llevó la chingada.

Me refiero a la última parte del libro, que es la más íntima: “Retrato hablado”. ¿Cómo se ha reflejado esta ciudad de México en tu vida familiar?

Pues que la biografía de la ciudad de México es la de mi familia. Tengo diez hermanos, pero tres ya muertos, mis padres también ya fallecidos, y todos de aquí. Toda la historia de mi familia, en general, ha sido como una historia de exabruptos con esta ciudad, de desencantos y de muchas cuentas pendientes que yo creo que nunca se van a saldar.

Aunque suene como cursi y hasta medio perredista (que no lo soy, los odio), debo decir un pedo como de reivindicación social: hay que hacer más amable lo que hay, porque te das cuenta de que las condiciones de vida en este país son sumamente ingratas, injustas y muy crueles. Si uno se queda en estos barrios como la Roma, pues uno piensa que la vida va bien, pero no es la realidad de mucha gente. Yo vivo en el Centro, en un edificio donde creo que mis vecinos viven con muy poco dinero y que tienen un mundo intramuros: nunca salen de sus casas. Creo que ni se imaginan que hay un lugar como este (un restaurante de la colonia Roma), y eso ya me dice mucho porque no creo que haya sido porque así ellos lo hayan decidido.

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