Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Medios para ser felices

Happiness is a warm gun, decía Lennon. Yo tenía una tía solterona que quizás pensaba lo mismo pero a falta de arma, cada noche se ponía como muñequita de aparador frente a la tele para imaginarse como protagonista de su telenovela. Si mis primos y yo osábamos gritar, casi con lágrimas imploraba: Qué no ven que éste es el único momento en que soy feliz. Mi abuela me contaba que la radio era el punto de reunión obligado entre sus hermanos huérfanos y ella. Se sentaban juntos a oír las peleas de box o la novela de Kalimán para convocar un poco de la alegría que la vida les había robado. Uno de sus hermanos se enamoró de la radio con tal ímpetu que hizo todo para trabajar en ella y de ahí brincó a la televisión; a pesar de que hoy ya no está entre nosotros, su voz quedó inmortalizada en personajes de caricatura o en detectives habilidosos. Supongo que sus nietos alcanzan cierta dicha al reunirse al menos con su eco una tarde de tele.

Cuando hice mi examen para entrar a la UNAM, recuerdo haber corrido al puesto de periódico para ver si había sido aceptada. Pocas veces he sentido tal fortuna que la de ver mi numerito de matrícula publicado en una lista interminable; supongo que quien gana la lotería debe brincar regocijado.

Cada tarde, cuando mis hijas llegan del colegio, nos sentamos juntas a ver televisión; los labios no se despegan. Nuestra serie favorita, Criminal minds, nos roba la atención, si alguna osa hablar antes de comerciales el rumor onomatopéyico que alude al silencio salta furioso en coro. ¿Estamos contentas? Sí, definitivamente y por una hora, lo estamos.

Dos amantes están lejos, una pantalla los acerca, puede ser un correo, una cámara, un chat o una red social que lo aglutina todo. Sus palabras se acarician, se hacen el amor con el teclado. Acortaron la distancia y están juntos, su alma sonríe, canta, baila y escribe cautivada por una amada inmortal: la vida que sabe a felicidad. Inmediatamente, subyugados, lanzan como confeti, aquí y allá, frases de amor, estrofas de canción, guiños de alegría expansiva que suscita comentarios: “me gusta”, “te copiaré la frase”, el placer se propaga.

Podemos cuestionarnos entonces si los medios de comunicación nos hacen más felices. Pero propongo primero recorrer el léxico de la felicidad para distinguir entre las diversas intensidades de la alegría. Viajemos entonces de un polo a otro en el mapa de la felicidad y recorramos juntos desde el placer que pertenece al cuerpo y al deseo, realización de metas mínimas; la alegría como destino de metas superiores y la felicidad como fin último, sentimiento que abraza todos los sistemas vitales: el corporal, el social y el personal.

La satisfacción es, en este recorrido, el argumento más sencillo. Implica el cumplimiento de un gusto o deseo, su pariente más elemental es la saciedad que se emplea para la satisfacción de deseos materiales (hambre, sed…). Unos pasos antes nos topamos con el contento, que implica una satisfacción contenida, suficiente. Está contento aquel que posee la necesidad cubierta y por tanto no desea otra cosa, no apetece más. La satisfacción es más duradera. El contento es fugaz y ligero. Sin embargo, con el tiempo, el contento ha superado la satisfacción y se asocia con la risa, de ahí que uno ría loco de contento.

Estacionémonos por un instante en la complacencia que es un gusto benévolo y compartido, contento que se toma de alguna cosa o que se da a otra. Es lamentable que se le malinterprete como la simple conformidad o ajuste entre personas.

La fruición es una señorita decente complacida ante lo que posee y el regodeo es un pícaro de doble sentido, que a veces simplemente se revuelca en su placer y otras es un placer grosero que se alegra de la desgracia ajena. Etimológicamente significa alegría reduplicativa.

El gozo, posesión de un bien, se avecina a la alegría, pero ella, exhibicionista, se muestra plena mientras él, discreto, se expresa de modo interno. La alegría deriva del latín vulgar alacer (algo vivo o animado) y del griego elaphos (ciervo). Por ello, no se alarme usted al ver a una persona alegre saltar ligera como un ciervo.

En nuestro idioma la alegría se ha empequeñecido, se le toma con frivolidad por su cercanía con la diversión. Es ella la que embellece las cosas y la belleza le alegra el ánimo. La alegría cuando es interior se le llama laeticia, como mi maestra de primaria que siempre es feliz. Significa vida, ciervo saltarín. Es la conciencia de que somos, al mismo tiempo, nuestra propia creación y creación divina. Es la energía para explorar, cantar, para liberar al ingenio. Se opone a la angustia que oprime, a la tristeza que es falta, al aburrimiento y se aleja, sabia, del abatimiento.

Muy cerca de la alegría habita la dicha, una palabra contigua al porvenir. Es la suerte feliz, apela al destino, significa también cosa dicha. Recuerda el mito de las Parcas que al nacer la criatura debían pronunciar una palabra que decidía la suerte individual. ¿Qué habrán dicho cuando nacimos? A mí me hubiera gustado que dijeran entusiasmo que es el aliento divino que todo lo colma.

Vale recapitular. Si la felicidad es un destino final que comprende todas las esferas de la actividad humana, los medios no nos dan felicidad, son transitivos y transitorios, y dado que, si apelamos a los griegos, la felicidad es el resultado de toda una vida, ese sentimiento es como el carpetazo conclusivo de la existencia. Ninguna actividad por sí misma le alcanza.

¿Los medios nos procuran satisfacción? Solamente que por su intermediación consigamos algo que ya esperábamos. Una noticia agradable, una predicción favorable, la continuación de una trama que mantiene el alma en vilo. O quizás porque nos procuran la compañía de alguien que llega por la mañana, noche o de tarde a sentarse a nuestro lado a ver, escuchar, leer o que se transfiere a nuestro lado desde la distancia.

¿Son acaso capaces de conceder la saciedad? No, por el contrario, al ser seductores obligan a la insatisfacción, es decir, satisfacen y cautivan de nuevo en un ciclo mágico que se anuncia o implica con el famoso “Continuará…”, y ahí tienes a la tía emperifollándose de nuevo la noche que sigue y la que sigue; a los hermanos esperando la transmisión de la nueva pelea; a mis hijas y a mí esperando la nueva temporada; al jugador de lotería que no se la puede volver a ganar pero que sueña al menos con el reintegro; a las amantes dispuestas a encender de nuevo la comunicación que alimenta el amor a distancia.

Los medios no son complacientes ni provocan fruición; si entendemos el regodeo como la alegría del mal ajeno, supongo que si un mexicano ve, oye o lee que Argentina fue vencida por Alemania en futbol, su alma se sentirá regocijada.

Les van bien la alegría y el gozo, más no la dicha que presupone el porvenir, a menos que seas un competidor de los concursos de talento y puedas ganar con ellos un bono, un sueldo o una posición entre las estrellas.

Las estadísticas sobre las actividades humanas que conceden placer, aparecen en el libro Felicidad del economista Richard Layard, donde nos asegura, por cierto, que la felicidad se obtiene de la compañía y de la esperanza, de la permanencia que sólo se alcanza al trascender y pensarnos como un eslabón de una entidad mayor a nosotros mismos.

Supongo que por la época de la investigación no toma a Internet como una de las actividades que provocan felicidad, en este sentido el único medio que se señala como proclive a procurar gozo es la televisión, que aparece en séptimo lugar de preferencia detrás de tener actividad sexual, socializar, relajarse, rezar y meditar, comer y hacer ejercicio.

La televisión es, en mi opinión, un medio ambivalente, pues si bien es cierto que procura entretenimiento y relajación, gestiona poco la convivencia con otros más allá de sentarse en el centro de un recinto familiar y ser observada al unísono, pero en sí es un acompañamiento que provoca poca retroalimentación entre los que miran y, para que esta actividad se constituya como un acto creativo es necesario trasladarla o combinarla con otra actividad. Por otro lado, existe el factor de la frustración que la publicidad genera deliberadamente en los espectadores que alimenta deseos de aquello que echamos en falta, que hace uso de estrategias de manipulación sensibles que, al convertir un producto en símbolo de una aspiración vital nos recuerda miserias, anhelos insatisfechos y transforma la felicidad en posesión. Tampoco podemos negar la nostalgia que procura la televisión, o más bien “nostalgría” pienso yo, porque la nostalgia es regresar al dolor y ¿cuántos de nosotros no volvemos a la alegre infancia cuando vemos un capítulo de El súper agente 86 o Hechizada?

La mayoría de los filósofos consideran que la alegría es una forma de acción, por lo tanto aquel medio que nos conduzca a mayor acción tiene más a su favor. Por otro lado, el contacto con los otros (socializar) -nos muestra Layard- es la segunda actividad que nos produce placer. De esto podemos concluir que Internet se presenta como el medio que, mediante sus redes sociales, correos, y hasta aditamentos de comunicación a distancia (cámara, chat, Skype) nos acercan los unos a los otros. En ese sentido, los modernos teléfonos celulares que agrupan también esta tecnología y cuentan con la virtud de ser portátiles, son también medios de contacto.

Todo medio de comunicación es sólo eso, un puente que conecta dos entelequias, por tanto también son susceptibles de propagar sentimientos negativos, sin embargo la posibilidad de interacción favorece a los nuevos medios de comunicación al sumar los aspectos referidos (contacto, interacción). Sumemos otro más que llamaré emergentemente como performatividad. Gracias a las capacidades creativas que involucra el uso de una computadora, ésta se convierte en un escenario que permite la creación artística y facilita la producción de mensajes. Comentamos también lo importante que es para el ser humano moderno la construcción de la individualidad, así que tener sofisticadas herramientas a nuestro servicio que nos permiten confeccionar desde una frase hasta una película es en sí mismo un prodigio, pero tener además un escaparate que permite exhibir nuestra creación, llamémosle “personalidad”, ante millones de personas y de inmediato se ha convertido en una validación casi necesaria. Que todo esto puede encarnar un temible monstruo es innegable pero una vez más me atrevo a afirmar que eso no es imputable al medio, sino que es siempre el precio que pagan los actos humanos, su lado oscuro por decirlo, recordando a nuestro gran ídolo Darth Vader.

En su libro gran libro Conectados el doctor Nicholas A. Christakis, médico y científico social de la Escuela de Medicina de Harvard, y James H. Fowler, profesor de ciencias políticas de la Universidad de California, hacen un análisis magistral sobre las redes sociales que va desde la pareja hasta los espacios como Facebook o World Of Warcraft.

Los autores sostienen que, al ser empáticos y aprender de forma mimética, todas las emociones y hábitos son contagiosos. Al estar conectados, dejamos de ser entes individuales y paulatinamente nos convertimos en redes, en microorganismos que suman las fuerzas individuales, de este modo explican la epidemia de la obesidad o el éxito de la campaña contra el tabaquismo. “Su felicidad depende no sólo de sus elecciones y acciones, sino también de las hechas por personas que uno ni siquiera conoce, con dos o tres grados de separación”.

Los investigadores analizaron información acerca de la felicidad de 4 mil 739 personas y sus conexiones con otros miles de personas (esposos, familiares, amigos cercanos, vecinos y relaciones laborales) entre 1983 y 2003, pudieron acceder a información de alrededor de 50 mil lazos sociales y concluyeron que cuando alguien cambiaba de infeliz a feliz los contactos de la red social también lo hacen. Así que si el viejo adagio rezaba “ten cuidado con lo que dices”, tendremos que extremar cautela con aquello que decimos, mostramos, escribimos o posteamos (por usar un neologismo) en la red.

Sabía Santo Tomás que el hombre no puede vivir sin placer, pero el santo estaba consciente de que al hombre le es difícil desasociar placer y posesión. Pasamos la mitad de nuestros días deseando algo, lo conseguimos y luego experimentamos una felicidad transitoria, como la del viajero que llega a un puerto y goza la embriaguez de bienvenida hasta que el alma anhelante avizora nueva escala, se embarca de nuevo en la nave de su deseo y recomienza su itinerario hacia la muerte.

¿Eres feliz? Es una pregunta recurrente porque ese, sabemos, es nuestro fin último. Un estado que presuponemos inmutable y que implica la posesión de todos los bienes, la satisfacción de todos los deseos. Actualmente y con tantas crisis hemos empobrecido a la felicidad, abusamos de ella como si fuera sinónimo de cualquier estado de gozo. Su etimología remite a fertilidad, el que da y recibe la felicidad se dice Félix, como el gato de la caricatura que poseía una amplia sonrisa. Es el ser que goza de los bienes de la naturaleza.

“¡Detente momento, eres tan hermoso!”, dijo Goethe en voz de Fausto. La felicidad es un estado de afirmación vital, es la mayor ambición, posee una intensidad positiva, su momento es el pasado donde nada ni nadie nos la puede quitar, o el futuro cuando nada ni nadie la amenaza. Al menos podemos decir que los medios nos provocan alegría, gozo y hasta cierto regocijo momentáneo; ahora, ¿podemos detener el momento como quería Fausto? Podemos decir que los medios cuentan con sus recursos: los electrónicos con las repeticiones, los cibernéticos con la memoria, los impresos con el archivo, todos artilugios de la nostalgia para apresar el momento perfecto ¡Quién fuera como el control del DVD para poner pausa ante ese beso, ese gol, ese clímax que ha conmovido al alma!.

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