Cinque Terre

Mario A. Campos

Periodista y consultor.

Medios, más sombras que luces

Inicia el 2011 y el recuento de lo que quedó atrás se hace obligado, en especial cuando se trata de recordar todo lo malo que se hizo con el ánimo de que no vuelva a ocurrir. Y en ese sentido vaya que hay material que lamentar.

El año 2010 fue claro en el desprecio del periodismo por la vida y los derechos humanos. Los ejemplos abundan. Medios, como en el caso de Milenio Televisión, que no sólo continuó mostrando imágenes de las víctimas del crimen organizado con todo detalle no obstante su anunciado cambio editorial luego del secuestro de uno de sus periodistas, sino que en varias ocasiones exhibió a personas sin respetar su dignidad. Destaca en particular la exhibición del rostro y nombre de víctimas en un intento de linchamiento que fueron mostradas una y otra vez, prácticamente desnudas y amarradas, sin cuidar en ningún momento su identidad.

O que decir de las notas del diario Reforma en las que se reveló el nombre de testigos protegidos, o en las que anunciaba las intenciones de un presunto narcotraficante de entregar información sobre autoridades implicadas con el narco con tal de recibir el mismo estatus de informante. Reportes que en los hechos reventaban cualquier posible acuerdo.

Historia que recuerda la imprudencia de varios medios -entre ellos El País de España- que dieron a conocer la identidad del sobreviviente de la masacre de migrantes cometida en el estado de Tamaulipas, difundiendo incluso entrevistas con sus familiares como si el crimen organizado no tuviera la capacidad de castigar o presionar al testigo de los hechos a través de las amenazas a sus seres queridos.

Por no hablar ya de los múltiples tropiezos en torno a la cobertura del caso Diego Fernández de Cevallos, ex candidato presidencial del PAN, al que desde el mismo día de su secuestro periodistas como Adela Micha, Jacobo Zabludovsky o Carmen Aristegui daban por hospitalizado o muerto, práctica que se mantuvo a lo largo del tiempo como ocurrió meses después con el periódico El Universal o el periodista José Cárdenas.

No se trata de mirar las pajas ajenas desde un tribunal de la pureza sino de advertir cómo la ausencia de protocolos para el manejo de ciertos temas o la dinámica de ganar la nota aún sin tener todos los elementos en la mano, tienen consecuencias en particular a la hora de tratar la dignidad de los protagonistas de las noticias.

¿Cuántas veces se habrá puesto en riesgo la vida de una persona secuestrada por manejar información inadecuada?, ¿qué efectos habrá tenido para las familias -involucradas directamente o como consumidoras de noticias- el desfile de las imágenes de propaganda del crimen organizado?, ¿qué posibilidad habrán tenido de rehacer su vida aquellos que fueron mostrados al mundo como narcotraficantes, casi sentenciados aunque después fueron dejados en libertad por falta de pruebas, pero que fueron juzgados por el tribunal de los medios de comunicación?

Es cierto que el 2010 también dejó cosas buenas: mayor transparencia en los criterios editoriales de algunos medios y de manera inusual gestos de solidaridad entre los medios nacionales y la prensa de los estados como una respuesta al clima de inseguridad. Sin embargo, estos aciertos no lograron concluir con compromisos concretos que pudieran garantizar ir más allá de las anécdotas para contar con políticas claras y de largo plazo.

Queda este ejercicio de memoria no para etiquetar ni señalar a medios y periodistas sino como un ejercicio de autocrítica desde los medios para tratar de que tropiezos como éstos no vuelvan a ocurrir.

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