Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

Me duele una mujer en todo el cuerpo

“Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar”.

Jorge Luis Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.

A diferencia de su amigo, el experimentado y liberal Adolfo Bioy Casares, que mantuvo innumerables romances paralelos a su matrimonio de cinco décadas con Silvia Ocampo (“Sofía Uriburu me dijo una vez: ‘no sentís ningún remordimiento por el tendal de mujeres que dejas atrás'”), Borges siempre actuó como un caballero victoriano, limitando el contacto físico con sus novias a castos besos y abrazos; la escritora Estela Canto, su pareja entre 1944 y 1947, lo definió como “un romántico, exaltado, tenía una especie de pureza juvenil. Se entregaba completamente, suplicando no ser rechazado, convirtiendo a la mujer en un ídolo inalcanzable, al cual no se atrevía a aspirar”.

Bioy confirmó que “Borges se enamoraba continua y profundamente. Podría repetirse esta misma escena hasta el infinito: Borges caminando en el escritorio diciéndome lo que sufría por su enamoramiento de Fulana de Tal, que no podía vivir sin ella y que sólo obtenía desaires de la muchacha en cuestión. Las mujeres se sintieron tan poderosas con él que lo maltrataron mucho… Él estaba muy enamorado de Silvina Bullrich. Un día, ésta le preguntó: ¿Qué hiciste anoche, cuando volviste del Tigre?

“Borges: Fui caminando a casa, pero pase frente a la tuya; tenía que pasar frente a tu casa esa noche.
“Silvina le pregunto a qué hora había pasado.
“Borges: A las doce.
“Silvina: A esa hora yo estaba en mi cuarto, en mi cama, con un amante”.

Aunque Borges tuvo muchas novias (la lista, según Bioy, a fines de los años cincuenta incluía a “Margot Guerrero, Silvina Bullrich, Estela Canto, la condesa Álvarez de Toledo, la condesa de Wrede, Daly Nelson, Cecilia Ingenieros, Marta Mosquera, Alicia Jurado, Susana Bombal, Pipina Diehl, Mandie Molina Vedia, Gloria Alcorta, Wally Zenner y Elsa Astete Millan”), todas lo dejaron para casarse con otro, sin dejar registros escritos de su relación ni hacer declaraciones públicas al respecto; incluso la frontal Bullrich se mostró extremadamente cauta en sus Memorias de 1980, como si hubiera eliminado del texto todo lo que pudiera traerle problemas en público, dejando elusivas pistas entre líneas para que solo un reducido grupo de lectores pudieran llenar los espacios en blanco que aparecen en el texto sin hacerse nunca explícitas, tanto a nivel sexual (“nos queríamos mucho como dos hermanos levemente incestuosos, dos novios levemente castos”) como personal (“[en casa de Bioy Casares y su mujer Silvina Ocampo] Borges vivió al menos diez años “Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo- American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar”. Jorge Luis Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. rodeado de esa atmósfera de afecto, colaboración y amistad que lo alejaba un poco de la excesiva interdependencia entre él y su madre”).

Canto es la excepción a ese silencio colectivo: en su testimonial Borges a contraluz usa su experiencia personal para estudiar los dos motivos que hicieron fracasar todos los noviazgos del escritor: su temoral sexo y una madre sobre protectora: “La señora Borges se mantenía informada de cada uno de los pasos de su hijo. No estaba enferma ni se sentía nerviosa a causa de alguna situación inesperada. Éste era un procedimiento establecido. Su hijo la telefoneaba para darle cuenta de dónde estaba, con quién estaba, qué hacía y cuándo iba a volver a casa. El hecho de que él le dijera, antes de salir, lo que pensaba hacer esa noche no era suficiente. Ella debía estar informada al minuto de los movimientos de Georgie”.

El noviazgo entre Borges y Canto terminó cuando ésta le dijo que solo se casaría con él si antes tenían relaciones sexuales, un tema complejo para el escritor que intentó, inútilmente, superar su trauma visitando a un psicólogo: “Borges distaba mucho de ser impotente, pero en el plano físico era víctima de una exagerada sensibilidad, un temor al sexo y un sentimiento de culpa… en Ginebra, cuando tenía dieciocho o diecinueve años, Borges era un adolescente sensible, con dificultades de visión y de elocución. Alarmado por la timidez de su hijo, Jorge Borges preguntó a Georgie un día si había tenido ya contacto con una mujer. La pregunta, como he dicho, era casi normal en esa época. Georgie contestó que nunca había estado con una mujer. Como muchos otros caballeros argentinos de su generación, el señor Borges pensó que la situación debía solucionarse cuanto antes. Su hijo estaba retardado en el calendario… Georgie había sobrepasado en varios años la edad establecida. ¿Cómo era posible que Georgie no hubiera reaccionado ya ante las presiones que exigen la desfloración de un adolescente en un lupanar? ¿Cómo era posible que Georgie no se sintiera incómodo por su desajuste ante la sociedad?… Llegó a la casa, vio a la mujer y, como era natural, no pasó nada. Pero esto quedó ahogado en algún repliegue de su mente, oculto en el centro del laberinto. Lo que salió de aquí, ruidosamente, fue la más humillante de las palabras: impotencia… Hay que dejar algo en claro: no fue doña Leonor quien castró a su hijo. Quien lo hizo fue su padre. Pero ella aprovechó las debilidades de Georgie y lo hizo desdichado como ser humano. A fin de cuentas, él nunca habría podido ser el Jorge Luis Borges que conoce el mundo sin la rudeza, la crueldad, la devoción, la atención total, la inquebrantable sed de poder de su madre… Ella daba por supuesto que intervenir en la vida de Georgie, manejarlo, era su derecho, algo normal, indiscutible, que entraba en el orden del mundo -escribe Canto-. Lo que es más, Georgie nunca cuestionó ese derecho. Ni siquiera después de la muerte de ella, cuando él tenía setenta y seis años”.

 

Bioy Casares negó en público estas acusaciones, pero en su diario íntimo -publicado después de su muerte- registra opiniones similares a las de Canto, mostrando a Leonor Acevedo como una anciana inflexible y autoritaria que sabotea deliberadamente las relaciones amorosas de su hijo para mantenerlo bajo control:

“Adolfo Bioy Casares: Sábado, 9 de septiembre 1961. Después del almuerzo, visitamos a Borges y su madre, que hoy viajan. Están nerviosos, poco menos que obsesionados con el viaje [a Estados Unidos]. A las once llevamos a los Borges a la oficina de la compañía de aviación. La madre no se atreve a ir al aeropuerto en mi coche ni en ningún coche particular; quiere ir en el ómnibus de la compañía. Por lo demás, quiso que todo el día Borges estuviera en casa. ‘Nada de romper el cordón umbilical’, le dijo… En su casa, la señora (de ochenta y cinco años) me parece una mujer joven; aquí es una viejita flaca, chica e inestable. Muy pronto su carácter la afirmara y agrandara: es el macho de esta pareja, la que entiende de papeles, de cambio, la que sabe todo y la que puede cargar valijas (él casi no ve y un esfuerzo podría dejarlo totalmente ciego)”.

El testimonio de Canto, validado por las palabras de Bioy -amigo de Borges desde 1932 hasta su muerte, cinco décadas y media después- confirma que su dificultad para establecer relaciones sentimentales se basaba en su desagrado ante el acto sexual y las presiones de doña Leonor para encontrar una esposa que reuniera el nivel social y la docilidad adecuadas; abrumadas por la perspectiva de un futuro junto a un novio asexuado y una suegra mandona, todas las novias de Borges terminaron abandonándolo para casarse con otros.

Georgie, que no ignoraba esta situación, le confesó a su amigo Adolfito: “Madre es muy dominante… solo le gustan las mujeres que sabe que a mí no me gustan. Ahora le gusta Alicia Jurado pero, cuando había algo parecido a un flirt entre Alicia y yo, me hablaba mal de ella”.

Las opiniones de doña Leonor sobre la veinteañera María Esther Vázquez, novia de Borges a comienzos de los sesenta, muestran su desagrado ante mujeres que consideraba socialmente inferiores:

“ABC: Martes, 31 de diciembre 1963. Por la mañana me habla la madre de Borges, nerviosa y preocupada por el estado de ánimo de su hijo: ‘Ella le manda regalos: baratijas, cosas horribles, porque no tiene gusto. Dice que es distinguida: distinguida no es, basta verla. Su casa parece la casa de la modista. Me parece bien que se case, pero con alguien como él. Le dije que vea a gente como él, que deje tranquilas a esas chiquillas. Te quería preguntar si no te parece bien que le hable a esta mujer y le pida que no lo vea, que lo deje tranquilo'”.

Como había ocurrido tantas veces -y volvería a ocurrir en el futuro-, Bioy debió escuchar pacientemente las dudas de su amigo a la hora de elegir entre la mujer que amaba y su madre:

“Borges: No quiero decir una palabra contra Madre, pero… Hay que decirle que voy a casarme con María Esther. Y Madre se ha puesto en contra de esta chica.

“ABC: Tenés que armarte de paciencia contra las salidas de tu madre; quitarle importancia al casamiento. Al fin y al cabo, no sos una niña. Sos un hombre hecho y derecho [Borges tenía sesenta y cuatro años en ese momento]. No te van a llevar, como se la llevaron a Norah”.

Agotada por una situación que no terminaba de resolverse, Vázquez repitió el comportamiento de todas las parejas anteriores de Borges y lo dejó para casarse con otro.

Doña Leonor encontró, finalmente, una mujer adecuada para su hijo en Elsa Astete de Millar, una viuda de cincuenta y siete años a quien Borges había conocido en 1926; Bioy, testigo de los hechos, hizo una cruel pero exacta descripción de los personajes:

“La madre dijo de la novia: ‘No es intelectual… Bueno, eso tal vez resulte una ventaja. No se parece a las que él nos tiene acostumbrados. Yo me quedo tranquila: creo que lo va a cuidar. Ya no es joven. Fue linda: ahora, ya la veras. Pero él no ve. Para él sigue siendo la de antes’.

“Me la presentan: vieja; de piel grisácea; en actitud de sierva enamorada, postrada de admiración ante el ídolo potencialmente díscolo; de la baja burguesía y del peldaño ínfimo de la clase media; ignorante, pero respetuosa del saber y dispuesta a instruirse; fortificada en la conciencia de su buen sentido; resuelta a rodear al hombre de cuidados domésticos y a persuadirlo de los encantos hogareños; proclive a tomar ofensa y a ofuscarse por celos; desconfiada; querendona, cariñosa y optimista; expresiva y dada al mohín. La madre (que sufre en su amor propio y en su esnobismo) se aviene, sobre todo, porque la novia no es una chica. A la mejor chica del mundo no le perdonaría la juventud”.

“El matrimonio duró tres años (1967-70) y terminó con Borges huyendo de su casa luego de discutir con su mujer; solo Canto entendió las consecuencias reales de ese casamiento frustrado, adivinando, detrás del fracaso, la astucia de su vieja enemiga para dejar en claro que nadie ocuparía su lugar: “después de su desprendido y abnegado esfuerzo, con la conciencia tranquila, doña Leonor pudo comprobar que ninguna mujer era capaz de sustituirla ante su hijo”.

Solo en 1975, un año después de la muerte de su madre, Borges encontró su pareja ideal en María Kodama, una joven de treinta y ocho años que parecía tan desinteresada del sexo como él; Canto la describió como “un ser con escaso elemento terrestre… se mantenía entre ellos la distancia entre el Bardo Profético y la Discípula Reverente. En él había una nueva serenidad, como nunca la había tenido conmigo u otras mujeres que lo atrajeron”.

La ausencia de los dos elementos que habían hecho fracasar todos sus noviazgos anteriores (negación a mantener relaciones sexuales y el estricto control materno), permitieron el tan postergado happy-end: “En abril [de 1986] -cuenta Canto-, los diarios publicaron la noticia de su casamiento con María Kodama. Me alegré. Era como si Borges hubiera cruzado el Rubicón, se hubiera afirmado al fin en lo que él era. Poco importa cuál haya sido el carácter de la relación entre los dos. En cualquier caso, era una relación elegida por él, libremente aceptada por ella, una relación en la cual no intervenían convenciones, falaces intentos de cambio de vida, sustos o errores, como las otras veces. Yo fui importante en su vida, pero María estaba en condiciones de darle lo que nadie le había dado hasta entonces: una plena entrega espiritual”.

 

Referencias y comentarios de Adolfo Bioy Casares:
Bioy Casares, Adolfo, Borges, Ediciones Destino ("Imago Mundi"), 2006
Bioy Casares, Adolfo, Descanso de caminantes. Diarios íntimos, Editorial Sudamericana, 2001
Homenaje a Adolfo Bioy Casares, Revista La Maga, No. 19, 1996

Comentarios de Estela Canto:
Canto, Estela, Borges a contraluz, Editorial Espasa Calpe, 1999

Comentarios de Silvina Bullrich:
Bullrich, Silvina, Mis memorias, Editorial Emecé, 1980

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