Cinque Terre

Pedro Manterola

Escritor.

Me arrodillé a sus pies

“Acompáñame. Hoy es un día apropiado para elevar una oración”, me dijo, mientras pudorosamente se envolvía en un velo. “¿Orar? ¿Te refieres a ese intento de comunicarte con un ser indescifrable, al que algunos pueden tenerle devoción, pedirle, darle gracias, invocarlo y compartir con él, o ella, algunos de sus pensamientos, temores, deseos y emociones? ¿A eso te refieres?”, pregunté, omiso como soy en temas que requieran hablar con un ser indecible, elusivo y misterioso. Su respuesta tuvo más claridad que cualquier tabla de la ley. “Es eso mismo, pero todavía es mucho más. No digo que debamos repetir palabras de forma monótona, repetitiva e indolente. No me refiero a solicitar, implorar, rogar o idolatrar. Quiero decir que es propicio alzar la vista y decir “gracias”, “descubre”, “existe”, “perdona”. No hablo del entretenimiento inútil que amansa la culpa de hipócritas y beatas. Orar es construir una oración, con sujeto, verbo y predicado, surgida en presente rezagado, ofrecida al pasado impuntual y remitida al futuro impreciso. Es adecuado repasar la jornada actual, próxima y pretérita, tanto como es natural evocar los afectos extraviados o expiar el desconsuelo, el ansia y la nostalgia, pero ante todo es impensable desertar. Esa conducta solo precipita el silencio y lo hace inamovible, porque la oración no remedia los males, los enuncia, les da nombre, cuerpo, naturaleza y atributos, y es entonces que permite vislumbrar su desenlace. Al orar no esperas del aire una respuesta, pero aguardas el milagro de aliviar las noches sin fe ni esperanzas, no por la creencia en un ser intocable e invisible, sino en la gracia de hacer del “tú” y el “yo” un “nosotros”. La oración no justifica la infamia ante el eterno, porque ese perdón no cae del cielo sin antes pasar por la conciencia. El temor a ser juzgado por un ser desconocido acelera la indignidad y hace retornar las coartadas y los falsos testimonios, esas obscuras disculpas que hacen brillar la deshonra de todo el que se humilla. Más valdría habitar sosegadamente en el silencio. La plegaria es un deseo que adivina el porvenir, una reacción química que acelera el metabolismo de la voluntad, una reverencia que se torna pensamiento, hálito que hace vibrar la inteligencia, lucidez que ilumina todo propósito benévolo, afanado y provechoso. Rezo con mis propias palabras convertidas en luciérnagas, sílabas que dan su resplandor a un solo deseo: perduras en todo, y ese todo me habita. Somos un espíritu dispuesto a escribir su biografía, el mapa que insinúa lo que hay más allá de lo que por ahora conocemos, ocupantes de una ciudad efímera y fugitiva a la que solemos llamar cuerpo.” El silencio se convirtió en una pausa fugaz y diría que inigualable. Me arrodillé a sus pies, en su presencia inicié nuestros ensalmos y en ella aprendí nuestras plegarias.

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