Luis Castrillón

Más allá de la línea editorial

Para Jean-Francois Boyer

Negar que los medios de información en todo el mundo tengan una línea editorial que define su postura ante los hechos que forman parte de la vida de las sociedades, sería un acto de ingenuidad absoluta, al tratar de entender su papel como instrumentos para la reinterpretación de la realidad y su descripción ante el público.

Es un hecho que la búsqueda de objetividad en la narración periodística tiene prácticamente un grado de falacia y que su lenguaje en realidad está integrado por una serie de valoraciones de carácter subjetivo que dependen de la experiencia, la habilidad de analizar el contexto y de la capacidad para jerarquizar la información de quien ejerce el trabajo de reportero o de periodista, como prefiera llamársele.

Pero la explicación anterior no justifica el recurso de la actividad periodística como una herramienta para la expresión ideológica entre líneas, bajo un discurso informativo cuya finalidad no es solamente aportar una serie de datos o provocar una reflexión, sino alcanzar un grado de influencia en la formación de la opinión sobre los hechos sociales en una comunidad determinada. Quizá incluso con la expectativa de impulsar una acción determinada.

Si bien la discusión en estos casos pasa siempre por el aspecto deontológico del periodismo, es necesario también revisarlo desde la perspectiva del estudio del lenguaje, entendido éste no solamente como un sistema de signos y significantes que permiten describir y representar el mundo, sino además como un elemento central de la vida social y política, base de la construcción de ciudadanía.

En una explicación menos elaborada: lo que se publica no solo informa, sino también influye y determina acciones. Y es ahí justo donde se requiere poner atención en el entorno de la información publicada actualmente en los medios de información mexicanos, en los que la competencia sana por ofrecer cada uno la mayor cantidad de datos posible, y bien explicados, parece estar rebasada por otras expectativas. Lo que puede inferirse, y basta una lectura diaria a los medios información, ya sea impresos, en línea, por televisión o radio para hacerlo, es que la expectativa ha rebasado la búsqueda de influencia en la reflexión social, para enfocarse en estrategias que permitan obtener un posicionamiento entre la audiencia más allá de la agenda social como meta, con la posible mejoría dentro del mercado de la oferta de contenidos periodísticos.

Es así que la línea editorial pasa de una postura del medio informativo al desarrollo de un estilo y el uso de un lenguaje que no solo describe y explica la realidad, sino que además la abraza como causa, como corriente de acción ante los hechos. El medio no toma una postura descriptiva, sino incluso ideológica, la hace manifiesta y con ello atrae a quienes la comparten.

La revisión de los contenidos publicados por los medios informativos en los últimos meses dan cuenta cabal de lo anteriormente señalado y son muestra de los elementos y procesos que van dando forma a bloques de audiencia que encuentran más empatía con un medio determinado que con otro, o que incluso desarrollan antipatía, menosprecio y hasta una suerte de odio manifiesto por aquellos con quienes no concuerdan con base en su percepción de la realidad, sea ésta lo suficientemente fundamentada o no.

Al parecer, más que una agenda social determinada por la cantidad y calidad de información que los medios informativos de forma independiente puedan proveer a quienes componen la sociedad mexicana, lo que existe es una agenda de medios que bajo la excusa de representar la voz de la sociedad, se monta en las causas de esta última, en sus reclamos, para reflejarla y utilizarla para su crecimiento como medio. Una suerte de solidaridad conveniente, de conveniencia.

La herramienta por excelencia en esos casos, de un bando u otro, es el lenguaje (elemento base a revisar en los contenidos que darán forma con el tiempo a esta columna), y es el lenguaje, precisamente, una de las formas de identificar con precisión la ideología de un discurso.

Es imposible, en plena Sociedad del Conocimiento, negar el carácter primordial del lenguaje en la vida social de los seres humanos y de cómo éste modifica la percepción de la realidad. Ya señalaba Thompson que las ideas “no circulan en el mundo social como nubes en un cielo de verano, volcando ocasionalmente su contenido con el estallido de un trueno o el resplandor de un relámpago”.

“Las ideas -expresaba el investigador social- circulan en el mundo social más bien como enunciados, como expresiones, como palabras que se hablan o se escriben”. En ese sentido, al revisar o estudiar a fondo una determinada ideología se puede evidenciar la o las maneras en las que las relaciones de poder se anclan y reproducen favorecidas por diversas expresiones que dan sentido a los ciudadanos.

El lenguaje utilizado para difundir una información puede afianzar la legitimación de la misma, así como el rechazo, y por ende provocar reacciones que lleven a la unificación social o de grupo en torno de una posición ideológica sobre un hecho determinado. De la misma forma, puede actuar como un medio de presión, de violencia simbólica o de justificación para una acción específica de quien emite el discurso o de quien lo hace público y lo replica.

Lo que ocurre es que la capacidad de permear que tiene un determinado discurso, en un entorno de crisis social, económica y de seguridad como el que México -indudablemente, las evidencias sobran- vive hoy, no solamente va a depender del poder de quien lo emita, sino de la fuerza del argumento, de la capacidad de los enunciados expresados para alcanzar la sensibilidad o la racionalidad de los individuos (aunque esta última no parece ser, en el debate público en los medios, la meta esperada).

De tal forma, más que un escenario que posibilite la unificación de las diversas capas y sectores de la sociedad, lo que podría estarse construyendo es un entorno de mayor división entre quienes formamos parte de la ciudadanía mexicana. Un ejemplo, aún no definitorio, pero que debe tomarse en cuenta, es la expresión de esa polarización de la opinión pública y de las acciones generadas por la misma, en los social media.

El público de los medios informativos en México se ve enredado en dos frentes que podrían ejemplificarse, debido a la forma explícita en la que recurren al lenguaje utilizado en sus titulares, entradas de notas, sumarios, e incluso las voces de sus opinadores y analistas, con medios como Sin Embargo, Aristegui Noticias y La Jornada, contra El Universal, Milenio y Reforma.

Mientras que los últimos tres son señalados de no confiables por grupos que se autoadscriben como “críticos del sistema” (refiriéndose al modelo político de administración del país), los tres primeros son calificados como medios informativos donde la verdad no tiene sesgos, es objetiva y explícita.

Queda claro que los seis señalados -por mencionar algunos de los que reportan mayor audiencia- recurren a diferentes estrategias en el uso de su lenguaje para posicionarse entre el público y entre los diferentes mercados a los que apuestan.

No obstante, hay una diferencia no tan difícil de percibir: mientras los tres últimos mantienen líneas editoriales que dan voz a sectores y grupos poder, los primeros han seguido, al menos en estos tres meses pasados, más que un trabajo para dar voz, una labor de montarse en esa voz para ganarse la confianza de quienes la emiten originalmente y lograr, además de incidir en la agenda social y política, un posicionamiento clave en el mercado informativo, y muchos adeptos, muchos seguidores, cuyas cantidades hoy se cotizan muy bien.

Lo extraño es que todo lo escrito anteriormente, bien podría haberse dicho también en 2012. Lo no extraño es la antesala de un proceso electoral en la que se ha insertado el debate público acerca del escenario social de los últimos tres meses: la desaparición de 43 estudiantes de la escuela Normal “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, municipio de Tixtla, Guerrero.

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