Jesús Olguín

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Médico cirujano

Manipulación genérica

En días pasados se difundieron dos spots que, en tono inquisitivo y solemne, presentaron un párrafo del artículo 31 de la Ley General de Salud y, con ese artilugio, señalaron al galeno como responsable de poner en su receta la sal que conforma el medicamento y que, de no hacerlo, falta a la ley. En otro comercial se invita a los consumidores a recordar al médico la obligación de actuar en consecuencia.

En realidad, el artículo 31 dice: “la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial, oyendo la opinión de la Secretaría de Salud, asegurará la adecuada distribución y comercialización y fijará los precios máximos de venta al público de los medicamentos e insumos. La Secretaría de Hacienda y Crédito Público tendrá la intervención que le corresponda en la determinación de precios, cuando tales bienes sean producidos por el sector público. La Secretaría de Salud proporcionará los elementos técnicos a la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial, acerca de la importación de insumos para la salud”.

O sea, no menciona la obligación de prescribir medicamentos bajo el nombre genérico.

Donde sí está el artículo promotor de los spots, es en el reglamento de insumos, en su sección tercera: “el emisor de la receta prescribirá los medicamentos de conformidad con lo siguiente: I.Cuando se trate de los medicamentos incluidos en el catálogo de los genér icos intercambiables a que hace referencia el artículo 75 de este ordenamiento deberá anotar la denominación genérica y, si lo desea, podrá indicar la denominación distintiva de su preferencia. II.En el caso de que no estén incluidos en el catálogo referido en la fracción anterior , podrá indistintamente expresar la denominación distintiva o conjuntamente las denominaciones genérica y distintiva.

Cuando en la receta se exprese la denominación distintiva del medicamento, su venta o suministro deberá ajustarse precisamente a esta denominación y sólo podrá sustituirse cuando lo autorice expresamente el que prescribe.

Hay que subrayar que el artículo 75 en su fracción primera se derogó en 2008. Este menciona en su último párrafo en la sección segunda, que cuando se indique por su denominación distintiva el medicamento, sólo se deberá proporcionar ésta y no otra y, que cuando es cambiado por el farmacéutico, un familiar u otro médico libera de responsabilidad alguna al emisor de la receta quedando, sin validez la misma, lo que exime al médico tratante de la responsabilidad en cuanto a la evolución del padecimiento.

El engaño y otras sales

La habitual falta de insumos en las instituciones de salud pública, obligan de forma recurrente a los enfermos a comprar sus tratamientos y eso genera la participación de la medicina privada, lo que implica surtir una prescripción en farmacias particulares. Estos son algunos de los puntos neurálgicos que los medicamentos genéricos han aprovechado para inundar el mercado con sales no originales y en la mayoría de los casos de mala calidad a muy bajo costo.

Una sal original es la sustancia activa de un medicamento. Para lograrla, el laboratorio que la produce gasta millones en investigación, en pruebas que serán realizadas nuevamente por las autoridades sanitarias de cada país donde se venda, representantes de laboratorios que visitan a médicos en consultorios, clínicas y hospitales para difundir el producto, con estudios científicos sustentados, muestras médicas, estudios comparativos, promociones para los pacientes, congresos, simposios, etcétera, lo que también cuesta millones. El productor de la sal original obtiene una patente del producto que le confiere exclusividad para venderla durante un tiempo. Una vez vencida, es del dominio público y puede ser reproducida por quien tenga licencia para hacerlo, y ya sin los costos que implican el sacar un producto nuevo.

Así pues, lo que han logrado los productos genéricos o similares es la copia a veces mal hecha de un producto original que, si fueran efectivas, no recurrirían a argucias como las de los comerciales mencionados, donde es clara la manipulación y la información absolutamente inexacta; abusan de la posibilidad de un precio infinitamente menor a los otros y dejan en segundo plano la efectividad. Además, vuelven al empleado de mostrador de farmacia, alguien que receta medicamentos.

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