Cinque Terre

Alejandro Colina

Analista político, escritor y psicoterapeuta.

Maldoror posmoderno

Yo fui -yo soy- un sujeto común y corriente, pero padecí un achaque solemne: sufrí sed de absoluto. Como los niños pobres con los Reyes Magos, ignoré que el absoluto solo existe en forma de simulacro. Por eso demandé satisfacciones infinitas con vigor desesperado, sin importarme que tuvieran un trasfondo verdadero o falso. Lo malo fue que pronto supe que el hambre de totalidad contaba con una vertiente infame. A lo más había gozado de vagos atisbos del infinito y ya sabía que de las fantasías que nos permiten conectarnos con él devienen con frecuencia fanatismos guerreros, eficaces coartadas para la intolerancia y el asesinato. Lo comprendí con la claridad del agua que corre en las tierras agrestes de Alaska, pero uno corrige de sí mismo lo que puede, y lo que no, pues no: a pesar de estar informado del lecho sangriento que con cierta recurrencia acompaña a las creencias que dicen alimentarse de la eternidad, seguí penando en el ansia de ella. Solo tenía sentido lo que me brindaba una imagen verídica del infinito. Pero no tropezaba con mucho material al respecto, así que durante años me contenté con el suministro de simples paliativos. Me serenaba leer historias, poemas y reflexiones que aludían a las regiones superiores del ser, pero la serenidad que alcanzaba no era superior, mucho menos eterna. Al cabo me reincorporaba sin falta a la insatisfacción angustiante del perro con rabia que confunde su enfermedad con un don valioso y trascendental, suponiendo, claro está, que existan perros de esa índole.

Sea como sea, en este mundo todo encuentra un límite, aún las aspiraciones que se precian de no tenerlo: un día creí ver el infinito en una obra de Picasso y, tras el mareo y el estremecimiento inevitables, advertí que el vacío sin fondo podía ser colmado. No podía conceder crédito, pero me atuve al testimonio de mis sentidos: con el poder turbador de los lances sobrenaturales, allí estaba Todo, asomándose entre los trazos y los colores dislocados. Y al pasmo alucinado siguió una gradual reconciliación con la existencia. Poco a poco, como hormiga que carga un peso mayor al propio, procedí a encontrar en el mundo zonas habitables, estados hipnóticos ordinarios, armonías legibles y negociables. Incluso pude reírme de los temas graves y salir impune del proceso.

Entonces no lo sabía, pero todas las ilusiones tienen fecha de caducidad. Ignoro si fue una revelación rotunda o paulatina, pero llegó el día en que comprendí que había sido presa de un engaño. El infinito no estaba en los estremecedores cuadros de Picasso. A lo más se habían agolpado allí algunos eficaces simulacros. Pero, cosa extraña, no me sentí decepcionado, mucho menos traicionado. Como si algo en mí no se hubiera dado por enterado, el mundo seguía seduciéndome a cada rato. La vida persistió como un esplendor de hablar moderado y disfrutable. ¿Cómo no me había percatado antes? ¿Realmente no me había percatado? A despecho de mi legendario desconsuelo, sí me había percatado: las zonas habitables ya habían aliviado mi vida desde antes del mazazo de Picasso: las había hallado en la lectura, el juego, la música y la contemplación. Picasso sació mi hambre infinita, pero ya antes había entablado trato con estímulos satisfactorios. Cierto, hasta entonces no había creído sostener algún contacto con el infinito, pero había vivido algunos relámpagos de plenitud transparente. Con todo, convenía preguntarme si a raíz de mi experiencia con Picasso había desaparecido aquella angustia indomesticable. Lástima: a despecho del halo confortable propio de las iluminaciones míticas, debía admitir que no por completo. Empero, mis siguientes tropiezos de ansiedad poseyeron una dimensión psicológica, ya no metafísica. Y pronto descubrí que las desesperaciones psicológicas podían curarse mediante el entendimiento y la urdimbre de vínculos humanos armoniosos. No eran como las grandiosas desesperaciones de origen metafísico, que exigían visiones ininteligibles y no solo no lograban curarse con un amor de este mundo, sino que a la larga hacían insufrible cualquier amor de este e incluso del otro mundo.

Ahora tengo claro que la eternidad no existe, salvo en forma de simulacro. Y algo más: las ficciones con puertas al infinito a veces me hacen sonreír, porque advierto que todas las fantasías del absoluto están compendiadas en el célebre llamado de Buzz Lightyear: al infinito y más allá. Y gracias a esa sonrisa veo con buenos ojos que existan las ficciones con ventanas a la eternidad, aunque no solo por esa sonrisa: también porque sacian la sed absoluta de las personas que ignoran que la deliciosa agua absoluta nunca, jamás, es de verdad.

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