Cinque Terre

Ernesto Villanueva

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Coordinador del área de derecho de la información del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM donde se desempeña como investigador de tiempo completo.

Los regaños del Presidente

El 25 de febrero pasado, el presidente Felipe Calderón lamentó que los medios otorguen voz en primera plana al crimen organizado. ¿Deben los medios atender la queja presidencial o difundir la información tal y como lo hacen? Ni una cosa ni otra, desde mi punto de vista. He señalado cómo los medios, en general, violentan el derecho a la propia imagen y el principio de presunción de inocencia (Proceso, edición 1736) para privilegiar la nota periodística. Es muy frecuente que los derechos de la personalidad y los principios del debido proceso sean postergados a un segundo término por los medios cuando de una información vendible se trata.

Por el contrario, también sería lamentable que los medios observaran en sus términos lo que el presidente de la República les reclama. La inseguridad, la ruptura del Estado de derecho y la comisión en aumento de delitos no van a terminar porque los medios dejen de cubrir la información relacionada con el crimen organizado. Debe, en cambio, buscarse un equilibrio entre información y responsabilidad social. Ni libertades absolutas ni límites arbitrarios es la fórmula que sintetiza la teoría de la responsabilidad social. Las reflexiones éticas se han ido de vacaciones en estos tiempos en que más se requieren. Desde un punto de vista formal, los medios no son un poder ni un contrapoder. No son representativos de los ciudadanos. Ayudan a formar la opinión pública, pero no constituyen en sí mismos la opinión pública. Es evidente que carecen de representatividad al no ser electos por los ciudadanos, ni estar sujetos a los controles habituales de los poderes públicos. Es por ello que ante la ausencia de controles legales debe privilegiarse la autorregulación a través del ejercicio de la ética mínima razonable.

¿Qué hacer en estos casos cuando en aras de “reflejar la realidad como es” se sacrifica cualquier valor que sea contrario a la oportunidad informativa? Se debe reconocer que hay una tendencia a amplificar las notas de alto consumo. En otras palabras, en México, por la ausencia de educación mediática de los ciudadanos, las notas que mayor impacto tienen son aquellas que apelan a la curiosidad, al morbo y al sexo, dejando para un segundo término aquellas que requieren pensar.

Los medios de esta forma coadyuvan a crear un clima de opinión y de percepción pública. Hay errores recurrentes en el cómo se cubren las notas relacionadas con el crimen organizado, pero no en el qué. La información básica está nutrida de datos duros. Ante esta situación, estoy convencido de que los medios no deben optar por la opción del silencio. La ausencia de información en lugar de generar tranquilidad hace nacer el rumor, las noticias no confirmadas y, a final de cuentas, el efecto es contraproducente en el público, que termina desinformado, con stress y alarma social. Como todo, excepcionalmente, cuando hay vidas humanas en peligro, el silencio se convierte en un mal necesario para los medios.

Se echa de menos en los medios la claridad no sólo en lo que se dice sino en cómo se dice. Se debe tener prudencia al momento de hacer imputaciones directas y distinguir con claridad si se trata de información confirmada o de trascendidos. De poco ayuda, sin embargo, si se dice que se trata de una información no confirmada, pero se le da el tratamiento y la relevancia como si lo fuera. Aquí el propósito es que la audiencia pueda tener elementos para discriminar una de otra. Si no hay distinción, toda noticia, de cualquier calidad, se convierte en la verdad, habida cuenta de que difícilmente el lector, el televidente o el radioescucha tiene posibilidades de cotejar lo que lee, escucha o ve. En general, la información que proporcionan los medios tiene mayor credibilidad a mayor distancia del suceso; por el contrario, a menor distancia los medios deben ser más veraces en sus notas so pena de perder credibilidad.

Por supuesto, la saludable responsabilidad mediática ausente no diluye los compromisos del Estado. No es fácil exigir una cobertura balanceada y contrastada a los medios cuando periodistas que han tratado de ofrecer una información contextualizada han perdido la vida. Así como es dable cuestionar la fragilidad ética de los medios, habría que señalar que es deber del Estado garantizar las condiciones materiales para ejercer la libertad de expresión.

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