Cinque Terre

Juan Manuel Alegría

Director de Reporte Mexcal. Articulista del Diario Noticias y Etcétera.

Los que mandan en la prensa

Los medios no quieren dar información sobre los medios. Pero es hora de que se empiece a publicar información sobre la información. Nos hablan de la gran democracia, de la gran apertura, del gran mercado libre de la información, pero en lo que respecta a los medios seguimos sometidos a una censura formidable”.


Serge Halimi


Debe ser verdaderamente difícil para un docente, que imparte clases de periodismo, decirle a sus alumnos que esos ideales que les trasmite encontrarán una barrera cuando ellos sean profesionales. La mayoría no será libre para decir o escribir lo que considera debe ser dicho. La mayor censura que enfrentarán será la del mismo medio: una, condicionada por el poder (como señalamos en el número anterior) y otra, por el poder económico que financia al medio; con variantes intermedias por las simpatías partidistas, ideológicas o morales de los dueños, directores o editores, o por su propio interés mercantil.


Los nuevos periodistas, si desean sobrevivir en ese medio, como los que los antecedieron (sigo hablando de la mayoría) aprenderán cómo escribir, de qué quieren los jefes de que se hable y qué no se debe decir.


Hace unos veinte años, el maestro Bernardo Díaz Nosty, autor del Libro Negro del Periodismo en España, realizó una encuesta en su país con directores de medios sobre las presiones en su labor. La mayoría aceptó que lidiaba básicamente con tres presiones: la empresarial-publicitaria; la política y, finalmente, la de los lectores. Las primeras dos son muy claras, la última ocurre porque el público no quiere que su medio se aparte de lo que le gusta leer (tema que tratamos en “El público, indefenso e ignorante ante los medios” en la edición de septiembre).


Por ello, el periodista se acomoda. Afirma José Manuel Burgueño: “El periodista difícilmente puede sustraerse de la ideología o la presión de su empresa. Redactores y hasta columnistas se adaptan sensiblemente al medio, porque las manipulaciones de los grandes grupos son de carácter colectivo y global”. Y cita a Bernardino Hernando: “Por eso es frecuente escuchar algunos codificadores o escritores de periódico, con toda la ingenuidad del mundo, decir cosas como esta: ‘Me dan toda la libertad. Nadie me dice lo que tengo que escribir’ […]. El caso de articulistas que escriben en medios diferentes y hasta contrapuestos, y adoptan una personalidad distinta en cada uno de ellos no es infrecuente […] Eso es manipulación en grado… metafísico. La más peligrosa […]. El periodista cuenta lo que ve, es cierto, pero lo que ve está filtrado previamente de manera inconsciente. No hay manipulación intencionada, pero sí o baja calidad informativa o frivolidad irrespetuosa por parte del codificador”. (Los renglones torcidos del periodismo).


En una entrevista para El País, Serge Halimi, escritor y periodista de Le Monde Diplomatique, fue entrevistado por Miguel Mora, quien le dijo: “Afirma usted que el periodista trabaja bajo una doble censura invisible, la que ejerce su medio y la suya propia”.


Halimi respondió:


“Son complementarias. El periodista ha integrado el grado de libertad que tiene. Sabe muy bien lo que no se quiere que diga. Si algo le compromete lo más mínimo, lo deja a un lado y escribe sobre algo que no le comprometa: así, convierte su vocación en profesión. Sabe que casi todo lo que escribe es accesorio: eso es periodismo de mercado y pone al redactor en la misma situación de la mayor parte de los asalariados. Es como la cajera de un supermercado: quizás quisiera dar los productos más baratos, pero no lo puede hacer”.


Miguel Mora insistió: “Bueno, todo oficio por cuenta ajena tiene sus servidumbres”.


El también profesor en la Sorbona, indicó: “Sí, pero el periodista se proclama libre, proclama que escribe libremente. Y eso no es exacto. Es una impostura, una ilusión”.


Mora inquirió: “¿Propone entonces un periodista quijote y probo?”


El autor de Los nuevos perros guardianes (Periodistas y poder) es contundente:


“No exageremos. Los periodistas rara vez toman muchos riesgos. […] ¿Cómo se puede hablar sobre la corrupción política sin reconocer que el sistema mediático está también corrompido? ¿Cómo se puede denunciar la corrupción económica cuando el periodista acumula dinero, favores, canonjías? Se puede ser más o menos probo o puro, pero lo que no se puede es arrogarse el puesto de árbitro de la moral. Si hicieran lo mismo que las cajeras, no lo reprocharía. Reprocho la hipocresía. Y la ignorancia. Porque muchos se creen efectivamente libres. Por eso es necesario informar sobre la práctica profesional de los periodistas. Si los periodistas no hablan, nadie lo hará. Ellos tienen el monopolio de informar. Muchos dicen estas cosas en la redacción, pero no en público. Tenemos aún cierto margen de maniobra, pero muchos no exploran todas sus posibilidades, y otros muchos han dejado ya de luchar”. (El País, 21 de agosto de 2002).


***


Las grandes audiencias forman su criterio por lo que leen en su periódico, programa radial o televisivo favorito, pero desconocen las razones por las que esa información es publicada, por qué el medio tiene ese enfoque sobre determinado asunto y por qué un tema es más importante que otro.


El público tendría una visión mayor si conociera a quiénes están detrás de los medios. Pero si es difícil saber qué tiraje tienen los medios impresos, mucho más lo es saber quiénes son los dueños o los verdaderos dueños, así como cuáles son sus auténticas ganancias o los motores que los mueven sobre su enfoque editorial.


Desde hace mucho se ha hablado de que la noticia es tratada como mercancía. La pérdida de credibilidad en los medios tradicionales y el deslizamiento paulatino a los barrancos de las bajas ventas se debe a que ese periodismo que deja de lado los códigos de ética y que, en lugar de asumir el papel de contra-poder que le ha otorgado la sociedad, se ha convertido en aliado del poder político y financiero y está al servicio de los intereses del grupo que es su dueño, por eso ya no explican cómo funciona el mundo.


Ya sabemos que, para obtener la “amabilidad” de la prensa, un gobierno le compra “publicidad” (sin hablar de los convenios para ese medio en los otros negocios que posee el grupo de dueños). Así mismo ocurre con las marcas que se anuncian. Es probable que hace un siglo a una empresa no se le ocurriera más que solicitar que su anuncio quedará atractivo y bien hecho. Hoy, los dueños de las empresas también participan en la política, tienen intereses en ella, simpatizan con un aspirante un alto cargo, son afines a una religión o movimiento moral o desean beneficios extraordinarios para su empresa y usan su poder financiero para presionar en los medios en busca de su cometido.


Dado que tradicionalmente un medio subsiste por la publicidad de sus anunciantes, muchas veces accede a incumplir con la ética periodística. Por eso mismo, a diferencia de hace varias décadas, uno sabía por el periódico que una persona leía o traía bajo el brazo, con qué se identificaba política o ideológicamente, hoy ya muy pocos lo cargan, porque en los medios ya no es tan obvia esa identificación, excepto en algunos medios militantes de izquierda (que también aceptan publicidad del gobierno).


Esta “camuflación” (porque en el fondo sí hay una identificación o compromiso político) se debe a que se pretende captar a esa masa que ha estado emigrando de esos medios o fascinar a los potenciales lectores con información banal, como destacar los atractivos físicos de una mujer o escándalos de cualquier tipo o esa casi obsesión por explotar una misma noticia, que más que periodismo es entretenimiento.


Si hace 30, 40 o más años un editor se tiraba de los cabellos por la falta de noticias, ahora le sobran y las usa a toda su potencia; de tal manera que ya existe un término para la sobreabundancia: la infoxicación. Ese exceso de “información” provoca que el lector brinque de una nota a otra, donde prima lo interesante a lo relevante, por lo que no puede procesar o profundizar en todo lo que le llega. Un ingenuo cree que porque tiene acceso a más información está mejor informado. No es así. Esa es otra vertiente de la censura: se nos embute de tanta información irrelevante que perdemos de vista lo que nos serviría para explicarnos un asunto notable (y si lo buscamos con detenimiento, es probable que no lo encontremos o lo hallemos disminuido), o como dice Pierre Bourdieu: “ocultar mostrando”.


Por desgracia no hay medios tradicionales importantes o influyentes que sean hechos por ciudadanos o periodistas. Así que, salvo contadas excepciones, los medios tienen dueños que no son periodistas. Y cada vez más, por diversas razones un medio exitoso se ha aliado, ha sido comprado o absorbido por un conglomerado. Sobre este punto, el periodista Pascual Serrano señala:


“Recordemos que los dueños de los medios no son ni siquiera empresarios de la comunicación, sus dueños son emporios empresariales con acciones e intereses en todos los sectores, desde multinacionales de las telecomunicaciones que controlan las vías de difusión de la información hasta grupos bancarios imprescindibles para la financiación. Y su viabilidad depende de grandes anunciantes del tipo de empresas de hidrocarburos, automovilísticas, grandes almacenes. Estos medios no son ningún cuarto poder, son el poder del dinero. (Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo)”.


Serrano añade que por esas razones los principios éticos están reñidos con el espíritu de mercado, ya que esos medios defenderán a los bancos que son sus anunciantes harán mutis en los casos de la contaminación ambiental si la provocan las marcas anunciantes, y cita lo dicho por un periodista estadounidense de que en su país se podría escribir en contra de un presidente demócrata o republicano, “pero lo que nunca se podía publicar es la noticia de que se hubiese descubierto una mosca en una botella de Coca-Cola”. De ahí podemos colegir que una empresa (también) se anuncia para que no se hable mal de su producto.


Sabremos si un medio recibe publicidad de una empresa cuando dice en la nota: “están involucradas una empresa trasnacional y una importante marca de automotores” y no se citan los nombres de las mismas. Así, el periodista deja de serlo y se convierte en lo que considera Pierre Bourdieu: un empleado al servicio de intereses mercantiles, como lo plasma en dos conferencias televisadas que impartió en el Collège de France en marzo de 1996, que poco después aparecieron en forma de libro: Sobre la televisión (Anagrama) y que causaron gran polémica por su crítica a los periodistas y a la televisión.


El problema es más grave cuando el medio está inserto en un grupo mediático, ya que este tiene intereses en varios ramos comerciales. Un ejemplo: el Grupo Prisa creado poco después de la aparición de El País, entre cuyos principales accionistas se hallan Amber Capital, Familia Polanco, Telefónica, HSBC, el presidente del Grupo IAMSA, Caixabank, Banco Santander y Caja Madrid, entre otros. Tiene influencia en más de 20 países en los sectores de prensa, radio, televisión y editorial.


No alcanzaría este espacio para informar todo lo que abarca Prisa; aparte de El País edita otros diarios como Cinco Días, As, también varias revistas y es dueño del diario online The Huffington Post. Era dueño de varias editoras de libros que vendió en 2014 a Ramdom House y se quedó con Editorial Santillana.


Prisa Radio es el grupo de radiodifusión más grande del mundo en español; posee más de mil 250 emisoras, contabilizadas las propias y asociadas en México, España, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Chile y otros, así como franquicias en varios más. En televisión, el año pasado vendió Canal a Telefónica pero es accionista de Mediaset España, que opera varios canales de televisión. Sus tentáculos alcanzan también al cine con División de cine (DC), dos empresas que producen y distribuyen filmes. La película “Todo sobre mi madre” de Almodóvar fue producida por Prisa-Telefónica; también “Los otros” de Alejandro Amenábar con Nicole Kidman. Sobre ello señala Ramón Reig con su estilo irónico:


“Así, no ha sido extraño observar cómo el lanzamiento de Los otros permita a Alejandro Amenábar y Nicole Kidman acaparar portadas y numerosas páginas y espacios en El País, El País Semanal, Unión Radio y Canal, con contenidos laudatorios: es preciso promocionar los productos de la casa y estimular al público a pasar por taquilla”.


En cuanto a conglomerados en el campo de la comunicación en México tenemos a Televisa; al Grupo Carso, cuyo dueño, Carlos Slim, es el principal accionista de The New York Times, y otro importante: el Grupo Imagen, hoy más famoso por poseer la tercera televisora abierta en el país, cuyo dueño más visible es Olegario Vázquez Raña (hermano del finado Mario, dueño de Organización Editorial Mexicana [OEM], la más grande del país con 70 periódicos, más de 20 estaciones de radio y más de 40 sitios de Internet. Ente los más importantes medios están los de mayor tiraje: La Prensa, Esto y Ovaciones). Olegario también es cabeza del Grupo Empresarial Ángeles (una veintena de hospitales) y de Real Turismo (25 hoteles Camino Real), el Banco Multiva (criticado hace poco porque la Secretaría de Hacienda le “perdonó” dos millones 228 mil pesos. También resultó beneficiado Inbursa de Carlos Slim, con un poco más de dos millones y medio de pesos condonados) y constructoras, entre otros.


Grupo Imagen posee cerca de una veintena de radios propias y otra cantidad parecida en afiliadas; es dueño del diario Excélsior y Excélsior Televisión (el diario también produce otros medios como Atracción 360, Adrenalina, Dinero y RSVP). Hace unos meses, en junio, Grupo Imagen se alió con The Huffington Post para crear el portalHuffPost México.


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También el periodista y catedrático de la Universidad de Sevilla, Ramón Reig, señala que la economía de mercado se sobrepone incluso a las tendencias políticas, por lo que priva “la defensa de un establishment, la cuenta de resultados y la cifra de negocios por lo que no es infrecuente que los grupos de comunicación, sean quienes sean, pongan en práctica proyectos en común […] esto último nos lleva a la uniformidad mensajística esencial y a la distorsión del concepto de economía de mercado”. (Crisis del sistema, crisis del periodismo).


Reig sostiene en su libro que esos mensajes “no periodísticos y pseudoperiodísticos” de los grupos mediáticos estimulan el consumismo, ya que no cuestionan la presencia de la publicidad en sus contenidos al margen de lo que exprese esa publicidad. Ejemplifica que, si la publicidad es machista o agresiva o incita a la violencia o estimula la creación de falsos arquetipos, “los medios de comunicación no rechazan por sí mismos los anuncios (salvo algunas excepciones que cada vez se han ido flexibilizando más) sino que esperan a que la Justicia dé orden de retirar una publicidad concreta (algo que sólo sucede de cuando en vez)”.


Por el contrario, agrega, los medios aducen que la publicidad les da independencia, entendida esta como la no atadura del poder público, cuando en realidad están sujetos a una doble dependencia: la pública y la privada. La primera por su interés político y la segunda por las presiones de las empresas anunciadoras y desde sus accionistas.


Sus mensajes, añade Reig, no contribuyen al desarrollo de una mente transgresora por cuanto deben defender las legislaciones y el orden imperante, sino se elaboran considerando la rentabilidad por encima de la calidad y la formación de los receptores; asimismo tienden a promocionar la mediocridad y la evasión anodina mediante entrevistas comerciales a personajes, programas “de famosos”, concursos, debates que son sobretodo espectáculos. “Los responsables de los grupos de comunicación estiman que se dirigen a una masa indolente e ignorante que desea lo que ellos deseen que quiera y, sin embargo, la presentan como una audiencia inteligente. Es la técnica del vendedor”.


 

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