Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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Los pródigos (una fábula)

Este conjuro es para Daniela Andalucía y Álvaro Cristóbal


 


No le resultaría fácil olvidar. Pero no se puede embalsar la vida como si fuera un arroyo mezquino. Crece, desborda, fluye sobre las penurias de un hombre, hasta que un día las aguas se cierran sobre un dolor, como el mar sobre un cadáver, sin importarle cuánto amor se ha ido al fondo.


– Joseph Conrad, El final de la cuerda


 


Mientras esperaba el vuelo rumbo a Madrid, un anciano me vino con una conversación de esas que se supondrían mero trámite. No era un hombre sabio, ni siquiera culto o inteligente, se expresaba con cortedad y evidentemente había tenido que ahorrar varios años para hacer el viaje. Su ansiedad y su misma vestimenta denotaban solemnidad, signo inequívoco de inexperiencia.


 


No me agradó que me hablara y menos en ese momento dedicado a la contemplación de las fotografías de mis hijos, dos bebés de los que me vería separado quizá unos meses o, ¿quién adivina estas cosas?, por el resto de mi vida. No, no hay error: dos bebés, aunque eterno el transcurso, hasta que llegue el momento de encontrarme con un señor y una dama con aire familiar, modales adultos y entraña infantil guarecida entre memorias hastiadas de preguntas y reproches. Quizá dos bebés a la tumba en mi bagaje o en la nada total, aunque ningún hombre sensato que se examine honradamente (¡menudo tío!) puede aceptar la tesis de la ausencia absoluta. Dos bebés por lastre, más densos que las aguas de La Estigia.


 


Hubiera aborrecido al viejo de no haberse tratado precisamente de un viejo y de no haberme contado la historia que me llevó a romper ahí mismo, hace ya más de treinta años, las fotografías de mis hijos, cuyo último emblema quedó en el piso de la sala de espera, protegido de toda debilidad o tentativa de resurrección por el relato que escuché ahí y que ahora reproduzco.


 


En el barrio español de Puebla de los Ángeles, a la que sólo se llama Puebla, hubo tres hermanos que, cuando aún eran pequeños sus hijos, tomaron decisiones bien distintas. El menor, de nombre Manolo, optó por morirse. El mediano, un tarambana llamado Rafael, por marcharse y no volver nunca. El mayor, Antonio, se quedó.


 


Cuando los hijos de Manolo crecieron no hacían sino preguntarse qué hubiera deseado su padre, y lo que les era dado adivinar, a veces tomando consejo de la madre o del tío Antonio, era lo que hacían. En las casas de todos ellos había fotos del padre muerto prematuramente, siempre se escucharon palabras de lamento por ese buen hombre al que la muerte impidió ver crecer a sus hijos, sanos, bellos y buenos. Ellos lo recordaban joven y enérgico e intercambiaban las pocas estampas que su memoria infantil pudo retener mezcladas con un escueto anecdotario familiar.


Entretanto, Rafael no hacía otra cosa que encontrar nuevas razones para postergar el regreso. “¡Sólo cartas nos ha dado tu padre!”, gritaba enfurecida la esforzada mamá. Pero los chicos susurraban cosas bellas del hombre al que veían en las fotografías con una sonrisa franca y completa; el hombre al que recordaban, ahora bailando o cantando, ahora pateando el balón o imitando a los vecinos. Crecieron entre las quejas constantes de la madre, escuchando los juicios severísimos del tío Antonio y leyendo las cartas que les hablaban de cosas inverosímiles. En tal atmósfera espectral, Rafael no podía ser sino el fantasma anhelado cuya aparición se había de dar de un momento a otro. Y en el fondo de sus corazones nadie deseaba que volviese, pues desde siempre había sido su ausencia el punto de cohesión, orden y sentido de sus vidas. Un día murió, nadie supo dónde. Supieron que murió o prefirieron darlo por muerto porque sus cartas se acabaron definitivamente. De la extrañeza pasaron a la preocupación y de ahí al llanto. Lo amaron siempre y trataron de hacer vidas similares a la suya, como si se dividieran los rumbos por donde habría que dar con sus despojos. Fue así que aun muerto siguió dando sentido a la existencia de sus hijos, ya mayores.


 


Antonio se quedó. Fue tío de muchos y padre de otros tantos. A todos les dio escuela en la medida en que se lo permitieron. Era un hombre trabajador y generoso. En épocas difíciles se hacía de cualquier empleo y duplicaba sus jornadas. Muchas veces sintió desfallecer y así hubiera sido de no haber llevado en el corazón ese amor sorprendente, único e inagotable que los padres suelen sentir por los hijos; amor que no siempre entienden los que no tienen hijos y que acaban equiparando a una ternura muy intensa. Mas el infeliz Antonio, durante todos esos años empeñados en el amor a los vástagos, no reparó en que semejante amor difícilmente es recíproco. Cuando niños, los hijos se dejaban atraer por lo mejores juguetes y Antonio lo veía normal porque lo era. Más grandes preferían dedicar el tiempo a los amigos: normal como era, estaba permitido siempre que se hubieran cumplido los deberes escolares. Después empezaron los novios y novias y aunque a Antonio no le sentaba bien el hecho tampoco quiso violentar esa obligación natural y, encima, bíblica. Al fin se casaron algunos y otros se fueron a estudiar lejos. Todos tenían algún reproche contra él: parecían recordar, con mala fe, cosas obviamente insignificantes. Llegó sin que se le llamara, como todo en su vida, el día en que se dio cuenta de que había envejecido. Ya no atendía el negocio con el mismo afán y las ganancias, cada vez menores, apenas alcanzaban para irla pasando. Clientes y empleados lo ponían de un humor negro y los nietos estaban bien de vez en cuando, siempre que los padres los tuvieran a rienda tensa. La mujer nada: no recordaban su última discusión y discutían sobre cuándo había sido. Ella terminó por morir frente al televisor. Los amigos empezaron a morir de tonterías. Él se dio al más aburrido de los hábitos: el ahorro.


 


Esta es la historia de los tres hermanos. Ya para subirnos al avión, donde por fortuna teníamos secciones distantes, añadió el anciano: “Olvidé comentarle que siempre tuve el sueño de conocer España y pasear por Madrid, beber sus vinos y, ¡ah, mi amigo, esas madrileñitas!” Acompañó esta inobjetable meta con un gesto tan vulgar como significativo: patinó el pie de su bastón hacia las zapatillas de la enfermera que lo acompañaba. Fue su despedida porque teníamos asientos distantes y una tos bronquial le impidió decir hasta luego.


 


Mi ausencia durante todos estos años, algunas fotografías y los recuerdos mendaces que hayan conservado de mí ha sido el legado a mis hijos y, desde luego, mi mayor satisfacción como padre.

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