Cinque Terre

Jorge Javier Romero

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Politólogo. Analista político.

Los políticos de la tramoya

Siempre, desde que existe el Estado como organización de control social, en los asuntos de la polis ha habido escenificación: tragedias, comedias, sainetes o farsas. El histrionismo está en la médula de la construcción simbólica de lo político. Ya sean los sacerdotes adornados o disfrazados de animales, los guerreros medievales, los reyes enjoyados en procesiones apabullantes con palafreneros y heraldos, los poderosos han recurrido a la teatralidad para seducir y convencer o para intimidar a la gente sobre la que ejercen su dominio como bandidos estacionarios.

La actuación y la tramoya han servido siempre a los gobernantes para ganar aquiescencia entre las masas. Ningún teatro callejero, ninguna carpa en descampado, ninguna compañía trashumante lograba interrumpir la incredulidad de la gente como una parada militar o una procesión real. Ahí los depredadores, cuyo poder procedía originalmente de la violencia pura y dura, chantajistas que se habían impuesto como protectores a partir de su ventaja en la fuerza de las armas y se habían mantenido por la fuerza de la costumbre y gracias a la representación y a la elaboración de ficciones legendarias, se transmutaban en príncipes por derecho divino cuando no en descendientes directos de los dioses o propiamente deidades encarnadas.

Los plumajes de los tlatoanis, lo mismo que los mantos de armiño, las pelucas empolvadas o los uniformes de colores brillantes, las armas al aire y las armaduras relucientes son disfraces de actores que representan su papel con la convicción suficiente como para seducir al público y hacerlo creer que realmente está ante alguien superior, con derecho a dominar.

Actuación hubo en Pericles y en Cicerón, oradores convincentes, o en las arengas de Dantón y en la asepsia estreñida de Robespierre con su incorruptibilidad impostada. Napoleón o Juárez -solemne y atildado-, fueron actores de carácter capaces de protagonismo en grandes tragedias. Churchill, en cambio, fue un extraordinario comediante en medio de la sangrienta catástrofe y pudo representar un final feliz. Pero a lado de los grandes interpretes aparecen siempre los grotescos, los que fingen sin convicción y muestran rápidamente lo burdo de su engañifa aunque logren engatusar, al menos por algún tiempo, al público más complaciente.

Es en cuanto las masas se involucran en la política y el ejercicio del poder requiere del apoyo popular directo, cuando más oportunidades tienen los farsantes para encumbrarse. Ya los filósofos clásicos griegos advertían sobre la forma corrupta de la democracia: la demagogia. La desconfianza de Aristóteles en la democracia se centraba sobre todo en la facilidad con la que este tipo de gobierno, que en su forma pura tiende a buscar el bien común, puede ser presa de los políticos que buscan el beneficio propio y para ello apelan a los prejuicios, miedos, emociones y esperanzas de la gente, a sabiendas de que la están engañando. El demagogo es un farsante: alguien que finge sentimientos exaltados o atributos de los que en realidad carece, como la valentía o la sabiduría.

El siglo XX fue pródigo en farsantes, demagogos conductores de pueblos, líderes políticos histriónicos y sobreactuados; algunos de ellos fueron enormemente exitosos, incluso durante largos períodos, con resultados catastróficos para sus pueblos y para la humanidad entera. Otros, menos hábiles o enfrentados a sociedades más prevenidas, solo llevan se espectáculo de feria entre sus grupos fanáticos, pero dejan en la convivencia social rastros de la corrosión de su puesta en escena. A veces son indistinguibles de los iluminados, aquellos líderes mesiánicos que en realidad se creen redentores de la patria y que seducen precisamente porque ellos mismos son creyentes. Se mezclan también con los paranoicos, cuyo delirio es el de saber conducir a su pueblo y ponerlo a salvo de sus enemigos. Entre las tres categorías componen el conjunto de los demagogos. Con la irrupción de las masas en la política las ventajas competitivas de estos personajes aumentaron, por lo que han medrado y dificultan el funcionamiento de las democracias de acuerdo con el modelo ideal que las imagina como espacios para la deliberación racional de la cosa pública.

Los iluminados, los paranoicos y los farsantes ponen por delante las emociones, las creencias, los miedos y los prejuicios, en lugar de los argumentos (los cuáles, por lo demás, no dejan de ser ideológicos y de contener juicios subjetivos, pero al menos se presentan como susceptibles de ser contrastados). De acuerdo al tipo ideal -al modelo abstracto- en las democracias los intereses se expresan a través de proyectos políticos en competencia y que se someten a la ratificación electoral; en ellas impera el principio de mayoría, pero las minorías no lo pierden todo, pueden mantener la crítica y vuelven a poner en juego su proyecto en la siguiente ronda. La democracia en su forma pura es la antinomia de la tiranía; en cambio, los demagogos, ya sean iluminados farsantes o paranoicos, cuando gobiernan suelen establecer tiranías de la mayoría que despojan de derechos a las minorías, polariza a las sociedades y persiguen toda posibilidad de disenso.De los tres, el más eficaz es el farsante. El iluminado cree, aunque no se base en análisis sino en su mera subjetividad; mueve las esperanzas, aunque también excita los prejuicios y puede desatar tragedias. El paranoico es un enfermo. Es tal vez más peligroso, porque conecta con una patología muy común en todas las sociedades humanas; el paranoico es exitoso cuando invoca los miedos de la gente y puede provocar reacciones aberrantes, de violencia extrema, como las grandes catástrofes del siglo XX.

Los farsantes se diferencian de los otros tipos de demagogos en que son jugadores estratégicos racionales- que hacen cálculos para maximizar los beneficios de su simulación. Los iluminados o los paranoicos no suelen ser estratégicos; cuando ganan es por aluvión en circunstancias críticas y por lo eneral no son hábiles en la negociación: juegan al todo o nada.

El farsante es plenamente consciente de su representación. Ni está inspirado por los ángeles ni vive aterrado por sus fantasmas. Lo mueve el egoísmo racional, pero para alcanzar sus fines depredadores construye un personaje que manipula intencionalmente alguna de las emociones, creencias o prejuicios que modelan el comportamiento social. Los farsantes son hábiles chantajistas y siempre cobran su tajada; cuando son exitosos, se suelen convertir en cleptócratas aplicados a enriquecerse ellos y distribuir entre sus parientes y sus validos.

Entre los demagogos del siglo XX, Mussolini -gesticulante-, Franco -falso iluminado-, Perón vanidoso- o Chávez -delirante- son ejemplos de farsantes. Hitler, Stalin, Mao y Castro, de paranoicos, aunque todos ellos produjeron sus personajes, ya fuera con un bigotito o con un gran mostacho, en disfraz militar, en traje austero e igualitario o con barbas enfundadas en un verde olivo desafiante del calor tropical, como gesto de disciplina espartana. El ayatolá Jomeini o Bin Laden fueron iluminados capaces de movilizar a enormes masas.

La mayoría de los liderzuelos de los partidos ultranacionalistas y xenófobos que han medrado en la crisis europea de los últimos años son farsantes -aunque por ahí ande uno que otro iluminado- que han sabido explotar el nicho electoral del resentimiento y el miedo agrandado por la precariedad relativa del Estado del bienestar. Los enemigos son los alienígenas que quitan empleo, colapsan los servicios sociales y asfixian al Estado. El ejemplo más notorio de estos farsantes ha sido el austriaco Jörg Haider, seductor de los sectores sociales herederos de aquellos que en su tiempo se ilusionaron con Hitler.

El régimen de la época clásica del PRI generó incentivos especialmente altos para que medraran los farsantes. La ficción aceptada que había compuesto el régimen era el mejor escenario para la representación del burdo sainete de la democracia representada, que no representativa. Rituales para la simulación, el ceremonial político apelaba constantemente a la justicia y a su compromiso con los más pobres, cuando lo único que hacían era vender protecciones particulares y distribuir las rentas del Estado entre agencias corporativas que le servían de extensión de su dominio. En ese proscenio destacaron farsantes de gran categoría, alguno capaz de engañar al ojo y presentarse como intelectualmente honrado. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los presidentes de la época clásica del régimen del PRI fueron farsantes. Tal vez con la excepción de Ávila Camacho, Ruiz Cortínez, de la Madrid y Zedillo -políticos racionales y estratégicos- y Díaz Ordaz -un paranoico-, todos los demás fueron farsantes de mayor o menor categoría. Todos fueron esencialmente unos cleptócratas; López Portillo, con sus estatuas consagratorias o Salinas, cuando convocó a cantar a todo el país el himno nacional porque nos había salvado de la deuda.

Los gobernadores de los Estados ofrecen, a lo largo de la historia y en nuestros días, ejemplos repulsivos de farsantes cuyo único interés en la política es de carácter patrimonial. Políticos con producciones de cartón-piedra, de espuma de poliestireno. Burócratas con aspiraciones embutidos en trajes lustrosos que se abrazan como galápagos. El último ejemplo, el del muchacho gobernador, sobreactuado en sus anuncios donde se presenta como benefactor de su pueblo, muestra la supervivencia de la forma clásica de la farsa política mexicana.

El gobierno actual es una forma estilizada del género clásico. El Presidente intenta no sobreactuar, pero promociona sus productos como si fueran detergentes, con propiedades mágicas para detonar el crecimiento. En cualquier momento puede quedar como el mago al que se le escapa el conejo por la manga.

Los incentivos para los farsantes dejaron de ser monopolio de los priístas cuando se abrió la competencia. Así aparecieron otras compañías trashumantes que montan sus representaciones por todo el país en forma de partidos políticos. Son tan altos los incentivos para los simuladores que compañías de actores de carácter, como el PAN de los buenos tiempos contra el PRI, acabaron copadas por los engañabobos. En la izquierda, convertida en planta de reciclaje de los salidos del PRI, los farsantes han encontrado acomodo, incluso mostrando los costurones de su ficción. Ricardo Monreal, vociferante crítico de la alianza opositora cuando era vicecoordinador de los diputados del PRI, reconvertido en prócer de la izquierda cruzado antipriísta. Manuel Bartlett, en el papel de ideólogo de la oposición a las reformas neoliberales, es un clásico de nuestro tiempo en el género. Manuel Camacho da grima con su “yo se lo dije a Salinas”. El oportunismo descarnado, sin más objetivo que el de vivir y prosperar a costa del erario público. En el extremo, los dueños del partidito verde, ya ni siquiera sedicente ecologista, usan su farsa, con disfraces de famosos de la tele, para apropiarse de una buena tajada de rentas públicas sin representar ninguna idea original o medianamente interesante.

Marcos fue un farsante con éxito de temporada y alguna otra función de beneficio. Fox, uno que buscó gustar a un público más refinado y ahora sobrevive en teatros de provincias. Todos en competencia con el luminado López Obrador -santón para los devotos que no creen en farsantes- por las audiencias populares.

La demagogia es la principal amenaza para las democracias. Difícilmente tendrán éxito ya los golpes militares o las revoluciones en los países donde se ha consolidado la competencia política y ha adquirido legitimidad social el voto. Sin embargo, tanto los iluminados como los paranoicos o los farsantes pueden hacerse con el poder por medios electorales e imponer su tiranía a golpe de sufragios y masas en la calle. Pero incluso cuando no pasan de ser líderes minoritarios, tienen un efecto corrosivo sobre los partidos en el centro de la competencia, pues los obligan a lidiar con las agendas demagógicas y a evitar la fuga de electores atraídos por ellas.

En México la farsa política ha redituado ingentes ganancias y por ello ha generado escuela: generaciones de farsantes instalados en todo el espectro político, con la capacidad de modelar las reglas de competencia en su beneficio, con las consecuencias distributivas correspondientes. Arena de farsantes, la política mexicana suele ser un espectáculo de mal gusto.

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