Premio Nacional de Protección Nacional

Melina Alzogaray Vanella y Ana Noguera

Los placeres en el banquete de la vida

Mujeres de los 60/70: Revolución en la casa y en la calle

Y fue tan cuerpo que fue puro espíritu. Eso me dice Clarise Lispector cuando la leo en el metro camino al zócalo. En ese mismo metro la mayoría de las mujeres se están depilando las cejas, se ruborizan los labios, se sombrean los párpados, sus rostros se diluyen en capas de maquillaje, sedimentaciones de la ciudad.

Comenzaré diciendo que la principal razón que nos impulsó -a Ana y a mí- a elegir este tema de investigación tiene un fuerte carácter personal: nosotras somos hijas de la generación de las mujeres militantes argentinas de los ’70, y si bien los destinos de nuestras madres y padres fueron diferentes, sentimos que esta historia también nos pertenece: nacimos en el exilio, a nuestros hermanos los parieron en la cárcel, nuestros padres estuvieron presos, recibieron con ilusión la democracia, y paulatinamente se volvieron cada vez más escépticos respecto de aquel proyecto de revolución socialista. Desde niñas escuchamos la parte de sus historias que quisieron o pudieron contar, así como también percibimos los silencios y lo indecible de sus experiencias de vida. Sin embargo casi siempre nos transmitieron un “recuerdo feliz” de aquella época, y fue quizás esto último lo que nos despertó curiosidad e interés por conocer aquello que no tiene que ver específicamente con el dolor y con la muerte de la dictadura, sino por el contrario, con ese mundo de vida, de pasiones y alegrías que finalmente logró interpelar hasta la más recóndita y conservadora conciencia.

La geografía de la revuelta de los años 60 y 70 se expande por todo el planeta; abarcando desde México hasta Tokio y desde Córdoba a Nueva York, pasando por Berkeley, París, Berlín, Pekín, Nueva Delhi, Praga y San Salvador, entre tantos y tantos otros puntos de su infatigable vasto recorrido mundial.

Es un movimiento de contenido político, cultural y moral: el Mayo Francés, la Primavera de Praga, Tlatelolco y los movimientos estudiantiles en los EU son testimonio de ello.

Pero también el jipismo, las luchas por la liberación de la mujer, las luchas antirraciales, el Concilio del Vaticano II, la Revolución Cultural China y el ejemplo de las acciones guerrilleras del “Che” en Bolivia, el triunfo del socialismo chileno y las guerrillas urbanas de Paraguay y Brasil, ilustran -más allá de las particularidades que caracterizan a cada uno de ellos- movimientos políticos y sociales que adquieren una dimensión mundial.

En México y en Argentina, los procesos de crítica cultural por parte de la juventud se realizan de forma sincrónica a los europeos. Así, los modelos revolucionarios a nivel internacional aparecen como ejemplos de participación política alternativa para un importante número de jóvenes que sustituyen los modelos tradicionales de participación, y con la particularidad que adquieren en el desarrollo local impregnan con la palabra “política” todos los ámbitos de la vida de la ciudad.

Estas jóvenes que defienden una nueva moral se enfrentan con sus padres, a quienes comienzan a cuestionar. Indudablemente las llevó a generar rupturas en el interior de los vínculos familiares, confrontándolos con la generación de sus padres, que a su vez, en su mayoría, provienen de culturas más conservadoras y tradicionales.

¿Quiénes eran las mujeres militantes de los 60 y 70?

Tal vez para comenzar a comprender lo que implicaba “ser mujer”, allá por los 60 y 70, primero debamos acercarnos a lo que significaba ser joven entonces. “Ser joven” en aquellos años implicó para muchos y muchas, un profundo cuestionamiento a todo lo considerado “viejo” u ortodoxo”; con el desarrollo de un fuerte espíritu crítico, esta generación puso en tela de juicio las estructuras morales y culturales establecidas hasta ese momento. Defendieron otros valores y, por consiguiente, habitaron el espacio público y el privado de maneras novedosas. Ser joven era imaginar y llevar a cabo nuevas formas de pensar, de compartir, de amar, de crear, de construir.

Estas mujeres, inmersas en este espíritu de la época, se inscribieron en la genealogía de aquellas que históricamente habían exigido “nuestra parte de placeres en el banquete de la vida”. Muchas de ellas fueron militantes orgánicas de la izquierda revolucionaria y aunque, en general, no teorizaron exhaustivamente acerca de su condición de “ser mujer”, hoy podemos decir que fueron mujeres feministas en la práctica, en la acción y en la cotidianeidad. Militaron para abrir el paso a la libertad y para decidir también qué tipo de mujeres querían ser.

Fueron ellas las que vistieron minifaldas por primera vez; las primeras en escuchar rock and roll, las primeras en consumir marihuana. Fueron ellas las que, gracias a la píldora, decidieron con más libertad sobre sus cuerpos. Fueron las primeras en resignar el ritual del vestido blanco, así como el ritual de la mancha de sangre en la sábana matrimonial. Fueron trabajadoras, estudiantas, madres y soldados al mismo tiempo. Fueron presas políticas y exiliadas. También fueron desaparecidas.

Difícil encontrar claras delimitaciones entre vida privada y vida pública de las mujeres que militaron en aquellas décadas; entre el proyecto colectivo y el personal; todo era parte de la misma decisión. Problematizaron los modos tradicionales de organización, socialización e interacción social donde lo público es masculinizado y lo privado feminizado. Ello de la mano de fuertes conflictos intergeneracionales que traían aparejados el liberarse también de la rigidez de la familia, de todas aquellas instituciones reproductoras de las desigualdades, exclusiones, sumisiones, de las instituciones burguesas. El ideal del Hombre Nuevo implicaba la construcción de una Mujer Nueva.

Fue entonces un desafío y una tarea (llena de disputas y contradicciones) el democratizar las relaciones, hacerlas más igualitarias. Para estas mujeres el empezar a militar a veces surgió como una necesidad de cambio social y otras por romper con las tradiciones familiares. Fueron mujeres que por aquellos años ingresaron masivamente a la Universidad, donde estudiaban y militaban a la par de los varones. La mujer ya no era la que nutría y criaba, la garante del ámbito doméstico, la organizadora de la célula familiar. Para las mujeres de los 60 y 70 el emanciparse de la familia, el trabajar para mantenerse, el estudiar y el volverse independientes eran cuestiones prioritarias. Pero, ¿qué otras revoluciones se estaban dando? ¿Qué otras rupturas, qué otras luchas en la vida de estas mujeres?

Compartir las tareas domésticas y la crianza no solo constituía modos colectivos y comunitarios de construcción social, sino verdaderos procesos de subversión de otros sentidos en el orden de aquello considerado íntimo de lo íntimo: la familia. La militante venía a representar y actuar en un orden de transgresiones de aquello que se esperaba de ella: ser mujer -madre, ama de casa- en el espacio destinado a ella, el espacio privado. La militante salía a la calle, organizaba movilizaciones, discutía, tomaba decisiones, hacía política. Pero también militaba la vida cotidiana, la que se jugaba dentro de la casa, la que se construía políticamente en la esfera de lo íntimo y no sin conflictos.

Eran mujeres latiendo en una época en donde claramente se estaban dando procesos de movilización y generación de ideas, verdaderas revoluciones en la sociedad y en la vida cotidiana. Rupturas en lo personal y en lo colectivo. Podríamos decir entonces que el movimiento de los 60 y 70 no fue solo una lucha de clases, no se manifestó solo contra las desigualdades materiales; también fue una revolución contra otras formas de opresión no visibilizadas, ocultas, pero que estaban allí, problematizándose y generando las posibilidades para que hoy las nuevas generaciones de mujeres y hombres podamos ser más libres que nuestras abuelas y aún más libres que nuestras madres.

“Dígalo con píldoras”

De manera general, podemos decir que la imagen dominante de la mujer hasta mediados de la década del 50 está claramente influenciada por un modelo tradicional de mujer; lo que se expresa en las revistas femeninas, manuales escolares y otras publicaciones de carácter masivo de la época. El lugar común para la mujer es su casa, la maternidad es un “deber sagrado” y la única fuente de satisfacción plena para la mujer. El marido oficia de puente entre el hogar y el mundo externo, el rol femenino en la pareja es el de contener al esposo.

Dice Plotking: “Las revistas populares comenzaron a publicar artículos sobre sexualidad femenina y métodos anticonceptivos (…) La armonía sexual era ahora considerada una condición necesaria para la felicidad en el matrimonio. Una vez que las relaciones sexuales comenzaron a ser aceptadas como un medio para el placer y no solo por sus fines reproductivos, las técnicas anticonceptivas fueron ampliamente discutidas. Sin embargo, hasta mediados de los 60 la pregunta no era cómo emplearlas sino hasta qué punto su uso podía ser legítimo”. Si bien coincidimos que hasta los 60 y 70 la sexualidad se concibe como un fin reproductivo, creemos que esto responde al discurso social tradicional de la época; lo que no significa que las mujeres hayan practicado el sexo sin fines placenteros.

En la década del 60, la comercialización masiva de la píldora anticonceptiva provee a las mujeres de sectores medios y altos de una valiosa herramienta para controlar su reproducción. Son estas mujeres las protagonistas de una “revolución sexual” que separa reproducción de placer. El descubrimiento de la pastilla anticonceptiva puede ser considerado como uno de los avances tecnológicos del siglo XX que tiene consecuencias más importantes sobre los comportamientos sociales.

Estos cambios en la vida sexual y reproductiva no afectaron al conjunto de las mujeres, sino que se circunscribieron a la práctica de grupos reducidos de los sectores medios. Sin embargo, si consideramos las propuestas y debates en torno al control de la natalidad, y la importante mutación en lo que hace a las relaciones entre los géneros en la vida cotidiana, podemos suponer que estaba comenzando una incipiente lucha por la liberación que sentaría las bases de las reivindicaciones feministas de la década de 1970.

Indudablemente algunos cambios importantes en las condiciones materiales para el ejercicio de una sexualidad menos dependiente de la naturaleza biológica, desligada de la reproducción, y por lo tanto más libre, auguran la posibilidad de una resignificación de la familia y de las relaciones de pareja. Pero no todas las usan. Existen reticencias a su uso. Sin embargo, el poder pensarse con más libertad a la hora de tener relaciones sexuales con su pareja produce también una postura diferente ante otros métodos anticonceptivos.

Es necesario, entonces, cuestionar acerca del tema de la maternidad, ya que el número de militantes con hijos es importante. Ahora bien, la construcción de una nueva sociedad supone también la construcción de nuevas relaciones, el Hombre Nuevo, como ya lo hemos mencionado para el caso de la pareja y la familia. El caso de los hijos no es la excepción. Es necesario señalar que existe en el ambiente de la época una concepción que sostiene que los hijos no son una propiedad privada de sus padres. Los hijos son los hijos del pueblo, los hijos de la Revolución. Y hay que dejarlos ser libres, tienen que ser impulsados a la diferencia y al cambio. De esta manera vemos cómo se alejan de las tradiciones más conservadoras en las que el control de los hijos es la tónica dominante.

Hoy en la ciudad de México y en Argentina el aborto es legal. La democracia supone el fin de la dictadura. Cuando viajo a Amatlán de los Reyes, en Veracruz, a visitar a Las Patronas, me encuentro con un grupo de más de 15 mujeres bien organizadas que diariamente dan de comer a miles de personas. Leonidas -una de ellas- me comenta que hace poco pasaban cada día hasta 3 trenes con más de 700 migrantes cada uno. Sin embargo, Las Patronas corren diariamente a sus casas a cocinar y atender a sus maridos, solo uno de ellos se digna a aparecer en la cocina comunitaria y come allí con sus hijos. Al hombre no se le ocurre ni de casualidad ayudar, menos aún servirse él mismo de la fuente de comida que está frente a sus ojos, con la mirada exige a su mujer que deje por un momento de lavar los platos y le sirva sus merecidos frijolitos.

Hoy en México, el metro está dividido entre hombres y mujeres. Cuando entras al vagón de nosotras viajas con la tranquilidad de que nadie va a estar deseándote el culo; o peor, mirándote a los ojos con la lasciva intención de cortarte en pedacitos. Mis amigos varones no quieren ni por casualidad meterse a esa parte del tren, aseguran que nosotras los acusamos inmediatamente de violadores. Lo único que sé es que caminando por las calles de México en los puestos de diarios veo voluptuosas mujeres de plástico desnudas junto a cabezas degolladas.Violencia y sexo van de la mano para algunos de los medios de comunicación masivos que sostienen está “democracia” en que vivimos.

Porque hoy si eres mujer la tienes muy difícil para subirte a La Bestia, primero deberás correr como el Flash Gordon, luego deberás treparte como el Hombre Araña y finalmente deberás hacerte invisible para que no te violen un promedio entre 6 y 8 veces en el camino hacia EU.

Me da ternura sentir la confianza e intimidad que sucede en el vagón de mujeres, cuando todas se depilan los bigotes para no parecerse a los hombres. En la época de Frida se los dejaban para diferenciarse de la raza india, lampiña y femenina por naturaleza. Todo es muy complejo. Creo que ser mujer es soberbio. Y ya sentada en el piso de este vagón lleno, Simone de Beaouvoir me dice “No se nace mujer, se llega a serlo”.

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