Cinque Terre

Mireya Maldonado

Periodista.

Los palacios caídos

Este artículo se publicó originalmente el 14 de junio de 2013.


Nostalgia por los cines olvidados

Demolidos, abandonados, olvidados o fraccionados. Los que aún se mantienen en pie son como los amores viejos que uno entierra, llenos de humedad y polvo. Posiblemente la modernidad terminará por desaparecerlos, con sus historias que apenas suspiran cuando alguien navega por las redes y se topa por accidente con sus antiguas imágenes, con los intentos de contar lo que fueron, lo que representaron. La nostalgia terminará por extinguirse junto con sus miles de butacas, la emoción de los cortinajes monumentales que se abrían para mostrar en pantallas gigantes a las estrellas, y las reminiscencias de los actores que forjaron una época que ya se fue, la de los cines Ópera, Metropolitan, Diana, Chapultepec, Alameda, Latino, Palacio Chino, Cosmos, Diana, Olimpia…y tantos más.

Hoy, el único sobreviviente de los cines ubicados en Paseo de la Reforma es el Diana, inaugurado en 1962. En su interior tiene la primera obra producida en México con un sentido contemporáneo el “Mural del Hierro”, del artista Manuel Felguérez, con la que el coautor del espacio escultórico de Ciudad Universitaria rendía homenaje al cine. Esa sala tenía 1950 butacas y Cinépolis se la compró a la quebrada paraestatal compañía Operadora de Cines y Teatros COTSA para fraccionarla en siete espacios, dos de ellos muy pequeños.

Los demás ubicados en esa zona ya no están. Como el Cine Chapultepec, el primero en inaugurarse en 1944 sobre Paseo de la Reforma, el más representativo de esos años, y que abrió sus puertas con una película del dueño de los más hermosos ojos verdes del cine nacional, Pedro Armendáriz, encarnado en un “Corsario Negro” y donde se estrenaban usualmente las películas de Mario Moreno, cuenta Eduardo Moreno Laparade, secretario de la Fundación Cantinflas.

Eduardo Moreno también recuerda que a la entrada de esta sala, cada noche un hombre vestido de etiqueta vendía billetes de lotería y daba clase de refinamiento con sus modales. Ese espacio que parecía infinito, por la forma en que se construyeron sus niveles, fue demolido para dar paso a la Torre Mayor.

Otro palacio que desapareció ya, el cine Latino, tardó años en abrir sus puertas. Fueron 18 años de construcción intermitente hasta que en abril de 1960 recibió por primera vez a dos mil quinientos espectadores en un vestíbulo con un mural del pintor Octavio Ríos, alusivo a la cultura latinoamericana. Su muerte fue lenta: primero lo fraccionaron irracionalmente y después se demolió para que su lugar fuera ocupado por otra torre de gigantescas proporciones.

La pérdida de esos legados culturales, su paulatina sustitución por cinitos en grandes plazas comerciales, nos arrebataron parte de lo que fuimos. En 2001 derrumbaron al cine-teatro Olimpia, uno de los primeros con sonido, que por cierto se construyó sobre la huerta del primer convento franciscano fundado en la ciudad de México en 1524. En el libro La república de los cines de Francisco H. Alfaro y Alejandro Ochoa, se narra que fue una de las obras del arquitecto Carlos Crombè, quien también construyó los cines Odeón, Alameda, Colonial y Cosmos, así como otras salas en provincia.

”…la edificación del ‘gran teatro-cinema’, como lo anunciaron los medios en su momento, se inició el primero de noviembre de 1919. Enrico Caruso, el célebre tenor italiano, colocó la primera piedra”. La inauguración fue el 10 de diciembre de 1921 y su aforo era de 4 mil butacas. Tenía dos salones de baile, un fumador, dos vestíbulos y un órgano Wurlitzer”.

Gustavo García, investigador y crítico de cine comenta que el Olimpia “Se convirtió en importante centro cultural. En ese escenario se presentaron: Ana Pavlova, quien ejecutó su coreografía El jarabe tapatío; Carlos Chávez, Agustín Lara y Manuel Esperón musicalizaron filmes de la época muda; Fernando de Fuentes fue gerente y ahí aprendió a hacer cine”. Ahí se proyectó la primera película sonora: “El cantante de jazz”. Desde los altos del Olimpia la XEW inició transmisiones en 1930. En 1995 se fraccionó en varias salas y dejó de funcionar en 1999″. Para Gustavo García, académico de la UAM-Xochimilco, el Olimpia debió conservarse ‘como un monumento nacional e instalarse allí el museo del cine mexicano’. Su desaparición es un crimen cultural del que deben responder las autoridades de la ciudad”.

El cine Roble dejó su sitio a la nueva Cámara de Senadores. En ese espacio cinematográfico, impactante por sus tres espacios para galerías, sus esculturas de yeso y sus nichos de virio biselado y cupidos para los bebederos tenían lugar las muestras internacionales de Cine en las que se daba cita un selecto y engalanado público. Un sismo en 1979 cerró la sala que proyectó, por ejemplo, “La isla de los hombres solos. Quince años después fue demolido.

¿Y cómo no recordar al cine construido en 1942 sobre San Juan de Letrán y sus más de tres mil butacas destinadas sobre todo para las damas de la ciudad y a las señoritas de alcurnia que acudían a ver los estrenos nacionales o hollywodenses? Junto con sus esculturas de las nueve musas y las tres gracias, el cine Teresa logró sobrevivir, paradójicamente, gracias a la proyección de películas pornográficas.

Pero en 2011 se volvió “pudoroso”. Hoy proyecta películas familiares en sus dos salitas para 160 personas, que se pierden en un tercer piso, entre equipos de celulares y artículos “made in China”. Curiosamente, ese inmueble considerado con valor artístico por el INBA, comenzó a demolerse en silencio en el 2010 y si bien se intentó conservar sus rasgos sobresalientes, los tendederos del ambulantaje lo opacan.

Uno de los sobrevivientes es el cine Metropolitan, convertido en centro de espectáculos: conciertos, películas y obras de teatro. Fue uno de los cines más lujosos y frecuentados de la época. Cuando abrió sus puertas en septiembre de 1943, se proyectó la película “Los miserables”, basada en la obra del escritor francés Victor Hugo, narra Moreno Laparade.

Y cómo no mencionar al cine Ópera, ubicado en Serapio Rendón 9, muy cerca de la Ribera de San Cosme con su estilo Art Deco, sus dos estatuas femeninas talladas en piedra que daban la bienvenida a los cinéfilos y una gigantesca ventana de cristal empotrada por donde entraba la luz en el vestíbulo. Ese ícono de la colonia San Rafael y de la ciudad de de México, abrió sus puertas en 1949 con la proyección de la película “Una familia de tantas”, dirigida por Alejandro Galindo.

Por razones desconocidas en 1971 cerró sus puertas. Después de unos años dejó de operar como cine y se convirtió en una sala para conciertos de rock como los del grupo Bauhaus. Desde 1998 está fuera de servicio y abandonado, aunque pertenece al INBA que en el 2011 anunció remodelaciones para convertirlo en sala de lectura porque para las artes escénicas ya existe el propio Palacio de Bellas Artes Actualmente, en el sitio de Internet del INBA, específicamente en el de convocatorias a obra pública, puede leerse la “Invitación a Cuando Menos Tres Personas para trabajos Membrana Provisional Para Techumbre en Cine Ópera”. La pregunta sería ¿Cuál es el verdadero proyecto para el Ópera?

Hoy las butacas se deshacen y a través de sus techos carcomidos se filtra la luz exterior, uno de sus grandes candiles está en el suelo. El sitio ha sido refugio de personas en situación de calle, así que además de la tierra de la construcción que se desmorona, de la humedad que se escurre sigilosamente en sus paredes, hay botellas vacías de bebidas alcohólicas y suciedad. En el piso del proscenio alguien escribió: ‘Éstas son las cosas que pasan'”. Mientras, las estatuas de piedra miran desde arriba a la gente que pasa frente a las cortinas metálicas desde la que se escapa el frio del abandono.

Los cines piojito

En sus crónicas mexicanas, publicadas en la Web, cuenta Jaime A. Valverde Arciniega, economista y escritor, que “el Atoyac, el Janitzio y el Bondojito, por los rumbos de la Río Blanco, el Rastro y la Bondojo, respectivamente, eran auténticas perlas del Circuito Piojito que en verdad hacían honor a su nombre, pero que además eran hervidero de chinches, pulgas y ratones que atacaban al vibrante espectador, sin importar el drama de lo que estuviera ocurriendo en la pantalla o en la butaca.

En el DF, sobre todo, iba toda la bola al cine a echar relajo, a gritar, a meter las manos donde encontraran una resistencia vencida y dispuesta a conceder e intercambiar. Ir al cine era ir a la intimidad de lo oscurito que acercaba a los novios y que en el acelere del faje amarraba noviazgos, que generalmente se rompían al salir a la luz del día o de la noche. Al cine se iba a lanzar las sobras de lo que ya uno no se quería comer contra los de otro extremo de la sala o contra los de abajo sin gritar “¡aaaguas!” y en verdad eran aguas de riñón. Ir al cine era ir a echar relajo; no era ni la escuela ni la iglesia, era el cine, el más maravilloso invento que democráticamente casi estaba al alcance de todos los bolsillos.

“Así era ir cine del los pobres, donde el respetable no guardaba silencio en las escenas más importantes de la trama y donde si se quería abuchear se abucheaba y donde si se quería aplaudir o echar chiflidos de arriero también se hacía; por supuesto el que quería llorar lloraba. Eran épocas de ver en pantalla dos y hasta tres películas por el mismo precio.”

José Antonio Urdapilleta, arqueólogo y cronista de la ciudad de México también recuerda que en esos cines “a uno le daban su ladrillo para sentarse y un garrote para matar a las ratas, como en el caso del Popotla. En una ocasión entré a un cine en Guadalajara, por el centro, y aunque no vi ratas si se me subieron las pulgas, además de que pude ver que había servicio a la butaca a cargo de una generosa dama”.

Otra anécdota es la del cine Goya, inaugurado en 1925, sala de piojito del barrio estudiantil de El Carmen 44. Se cuenta que allí surgió la porra de la UNAM: Cachún cachún, ra ra, Goya, Goya, ¡Universidad!

De jacalones y sótanos a los palacios

Transcurrieron casi tres décadas entre la primera exhibición de imágenes, llamadas a fines del siglo XIX “Vistas” y la edificación del Olimpia, el primer cine monumental. ¿Qué ocurrió en ese lapso de tiempo?

Para empezar México fue el primer país americano que disfrutó del nuevo medio, ya que la entrada del cinematógrafo a los Estados Unidos fue bloqueada por Edison, quien compró los derechos del vitascope y no estaba dispuesto a tener una competencia con el invento de los Lumiere. A su vez, Porfirio DíaZ nunca recibió al famoso inventor.

José Antonio Urdipilleta nos cuenta que en 1896 llegaron a México los representantes de los Lumiere e hicieron la primera exhibición en la Droguería Plateros ante un connotado grupo de científicos. El público abarrotó el sótano del pequeño local donde debutó el cinematógrafo, un aparato que mostraba por minutos imágenes en movimiento. Eran las llamadas “vistas”.

La siguiente exhibición se realizó en el Castillo de Chapultepec ante Porfirio Díaz, admirador de todo aquello que proviniera de Francia. Vieron los cortos: “Grupo en movimiento del General Díaz y de algunas personas de su familia”, “Escena en los Baños Pane”, “Escena en el Colegio Militar”, “Escena en el Canal de la Viga” y “El General Díaz paseando por el Bosque de Chapultepec”. Así, la primera tendencia del cine fue mostrar a personajes famosos en sus actividades cotidianas y oficiales.

El furor que se desató marcaba el camino: hacer negocio.A partir de 1897 varios aparatos proyectores ya se encontraban en muchas poblaciones como Villahermosa, Puebla y otras más pequeñas.

Antonio Urdipilleta narra que, en este mismo año, Ignacio Aguirre filma las primeras cintas mexicanas: “Riña de hombres en el Zócalo” y “Rurales mexicanos a galope”. En 1898 Salvador Toscano exhibe en el Cinematógrafo Lumire, ubicado en lo que fue el convento de Jesús María, sus propias cintas: “Norte en Veracruz”, “El Zócalo”, “La Alameda” y “Corrida de Toros en plazas mexicanas”. El espectáculo costaba 10 centavos y constaba de proyecciones de 6 minutos, la interpretación de música nacional con músicos o a través de algún fonógrafo. Más adelante se complementaron las exhibiciones con filmes adquiridos y traídos desde Francia.”

Toscano realizó filmaciones documentales durante el resto del Porfiriato y, sobre todo, en el periodo revolucionario, por ejemplo ese documento invaluable “Memorias de un mexicano”. Al mismo tiempo muestra las posibilidades narrativas del cine cuando filma “Don Juan Tenorio” y abre una sala de exhibición en la calle de Plateros (hoy Madero) y posteriormente en el salón Rojo de 5 de Mayo. Podría decirse que esos fueron los primeros cines.

Urdapilleta relata que Salvador Toscano también adaptó otra salita en lo que había sido una zapatería, en el interior de la casa Borda, un estupendo edificio erigido hacia 1775 por el minero José Borda, de un rico estilo arquitectónico coincidente con la entrada del Neoclásico.

En enero de 1900 ya había 22 salas de exhibición, agrega el cronista, aunque varias cerraron por falta de material para exhibir. Así, personajes como los Hermanos Alva, Jesús H. Abitia, Manuel Becerril, Julio Lamadrid y Enrique Rosas se convirtieron en realizadores y proyeccionistas de filmes que hicieron en el interior de la república o en los Estados Unidos, la mayoría de ellos de corte documental. En 1910 más de medio centenar de salas daban exhibiciones. Una de ellas, “La Academia Metropolitana” tenía espacio para 700 espectadores Enrique Rosas es considerado el iniciador del “Cine Mexicano” con la filmación dramatizada de la “Banda del Automóvil Gris” (1919), así como del primer largometraje: “Fiestas presidenciales en Mérida”.

Tras el torbellino revolucionario, el cine nacional inicia su despegue: México es un país rural pero que da sus siguientes pasos hacia la industrialización. Y las películas lo reflejan en “Allá en el Rancho Grande”, con resabios de la revolución y “Vámonos con Pancho Villa”.

En poblaciones pequeñas la exhibición de las películas se hace en carpas, jacalones, salones rentados o plazas de los pueblos. Cuando hace su aparición el cine sonoro se necesitaban espacios para el proyector y el sistema con bocinas para la música, las voces y los demás sonidos que acompañaban al filme. Ya no eran suficientes los fonógrafos sincronizados con el proyector o una sección para algún instrumento musical u orquesta como en la etapa del cine silente, comenta Antonio Urdipilleta.

“Los teatros fueron una primera opción para el surgimiento de las salas cinematográficas; posteriormente inician las construcciones en las grandes ciudades, sobre todo la de México, un fenómeno prácticamente urbano. “La radio fue también un importante factor para el desarrollo nacional de la cinematografía, ya que muchos de los artistas de este medio de comunicación: actores de radionovelas o cantantes que fueron incorporados al cine, tuvieron en estos teatros o las salas de cines que contaban con un escenario, un medio para promoverse a través de presentaciones personales en combinación con otros artistas. Eran las llamadas caravanas artísticas.

Muchos de los actores que participaban en estas presentaciones eran principalmente cantantes como Jorge Negrete, Pedro Infante o María Victoria, quienes interpretaban canciones de la cinta que se exhibía, o, como en el caso de comediantes, se hacían sketches que ya tenían montados y que se presentaban en carpas o teatros de revista, así Cantinflas y Shilinsky o Medel, Tin Tan y su carnal Marcelo, o Manolín y Shilinsky.”

Además de los ya mencionados, no se descarta la importancia que tuvieron los actores y actrices del teatro y de las carpas en el florecimiento del cine nacional, agrega el cronista que por cierto fue entrevistado a pocos minutos de Rancho Grande, cuyas locaciones se ubicaron precisamente en Azcapotzalco.

Entre 1921 y 1950 se construyeron 110 salas cinematográficas en barrios y colonias de la creciente ciudad, en poblaciones que con el tiempo fueron devoradas por la metrópoli. Por ejemplo, el primer lugar, que casi nadie recuerda, donde hubo un cine en Azcapotzalco fue en la casa ubicada en la Plazuela Hidalgo, anexa al Jardín del mismo nombre. Ahí se estableció el cine Ángela Peralta, que hoy es prácticamente un terreno baldío con un portón de metal.

Posteriormente, sobre la avenida Azcapotzalco se abrió el Cine Coronado o Rosa, como comúnmente le llamaban los Chintololos. Por el rumbo de la Calzada de Vallejo estaba el teatro Virginia Fábregas, hoy Foro Cultural, y en Clavería el cine del mismo nombre, del Sindicato de Petroleros, y el gran Cine Cuitláhuac.

Con el cierre y demolición de varios de ellos las nuevas salas se abren en plazas comerciales. Llama la atención la construcción de los cinemas del Rosario Town Center, en lo que fue el casco de la Hacienda de Careaga, escenario de películas como Allá en el Rancho Grande, dice el cronista.

De florecimientos

Manuel Águila, crítico de cine y televisión señala que “el florecimiento de nuestro cine inicia durante el periodo del general Lázaro Cárdenas, ya que durante su sexenio y por primera vez, se vivió una estabilidad política que permitió el desarrollo de las artes.

“Cárdenas desarrollo varias estrategias para impulsar la cinematografía nacional y en 1938, la industria del cine era la segunda más importante a nivel nacional, solo por detrás de la petrolera”. Esto continuó durante el régimen del presidente Manuel Ávila Camacho, quien a su vez vio como nuestra cinematografía tomaba un impulso muy fuerte. La entrada de Estados Unidos a la II Guerra Mundial permitió que cinematografiás emergentes como los de México y Argentina ocuparan el nicho y el mercado que Hollywood dejaba.

“Hubo entonces una sobreproducción de películas en esos años que necesitaban más y mejores espacios para satisfacer la demanda”.

La distribución de películas era muy complicada. Manuel Águila comenta que debido a los nitratos que se utilizaban para elaborar las cintas, estas corrían el riesgo de quemarse de la nada. Aparte, hacer una sola cinta era de los procesos más costosos de toda la producción, a diferencia de ahora, que se pueden hacer quinientas.

“Lo peor de todo es que la distribución corría a cargo del productor, quien tenía que conseguir un cine en la capital para exhibirla, para después llevar la cinta a otro estado y así posteriormente hasta darle el recorrido a todo el país.

Las complicaciones de llevar la misma película de un sitio otro, entre otros aspectos, provocó que varios productores se convirtieran en exhibidores, un negocio a la larga más satisfactorio y menos riesgoso”.

Así surgieron los monumentos cinematográficos que alguna vez conocimos, recuerda el crítico de cine y televisión. “En los años treinta, México llego a producir hasta cien películas anualmente, gracias a la decadencia del cine argentino y al apoyo que nuestra industria recibió por parte de Rockefeller, quien quería frenar el comunismo en esta nación a través del séptimo arte.

“Por ello, muchas películas de aquellos ayeres eran en su mayoría sobre temas rurales, se muestran atemporales y evitan cualquier alusión a un hecho histórico que las relacione exclusivamente a este país. Por cierto, aunque los personajes se muestran ‘mexicanos a más no poder’, su estructura nos recuerda mucho a los western estadounidenses”.

La gente que visitaba las salas de cine de esa época era muy tradicionalista y rara vez se salía de sus muy marcados gustos, eso hizo que María Félix, Dolores del Río, Pedro Infante, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Cantinflas y Tin-Tan, se convirtieran en las estrellas que fueron por más de tres décadas.

Pero ellos no solo fueron estrellas por sus rostros muy conocidos, recuerda Manuel Águila, también se encasillaron en un estilo muy propio de cine y ya no se pudieron salir de ahí. Por ejemplo, se dice que alguna vez María Félix quiso hacer comedia y Cantinflas drama, pero las opiniones que recibieron fueron brutales; por ello, decidieron no arriesgarse y siguieron con sus exitosas carreras.

¿Cómo era el público que llenaba esas grandes salas? Dice Manuel Águila que había de todo, desde gente muy adinerada hasta personas que ahorraban algunos meses para poder llevar a su novia a tan concurrido lugar; por eso poco a poco se fue filtrando el cine urbano en las salas, en donde veíamos, en algunos casos con mucha crudeza para aquellos ayeres, la problemática de las grandes ciudades y sus habitantes.

“Hay que recordar que antes de la segunda mitad del siglo XX, el cine no era un espectáculo barato, por el contrario, un boleto para el cine costaba el doble que una entrada para el box o el teatro y a veces hasta cuatro veces más que un boleto para asistir a una carpa.

“Pero a partir de la llegada de la televisión y precisamente por el miedo de que esta remplazara al cine, los costos del boletaje bajaron mucho y fue cuando se convirtió en un entretenimiento para las masas. También fue así como nació la permanencia voluntaria”, explica Manuel Águila.

Sin estrellas

Eduardo Moreno recuerda con nostalgia que en los tiempos de las estrellas, había gente de todas clases sociales en las filas. “Mi tío, Mario Moreno, me encargaba siempre ir a vigilar cómo estaban las entradas a sus películas y yo veía a personas provenientes de diferentes colonias.

“Actualmente perdimos a las grandes estrellas, porque hay muy pocas. Ya no hay personajes de la talla de Dolores del Río, Ramón Armengod, Blanca Estela Pavón, Pedro Infante. No solo nos quedamos sin los cines monumentales sino sin las grandes luminarias. Sí, actualmente tenemos buenas actrices y actores pero carecen de la personalidad de aquellos, de esa sencillez que caracterizaba por ejemplo a Mario Moreno Cantinflas quien le firmaba autógrafos a todos los que se le acercaban mientras se boleaba los zapatos afuera del edificio Rioma, en Insurgentes Sur 377.

“Eran tiempos tan diferentes. Pedro Infante, cada año, le llevaba gallo a mi abuelita Soledad Reyes Guízar. Llegaba solo con su moto y tenía ahí citado al mariachi. Yo tenía en ese tiempo 17 años y él siempre me retaba ‘a ver muchacho, tú estás muy fuerte, vamos a ver quién hace más lagartijas’. Siempre le gané. Y era el de Guamúchil quien provocaba más filas afuera de los cines, más que el propio Jorge Negrete.

“Dolores del Rio Y María Félix también provocaban verdaderos tumultos. Sin embargo la sonorense no era muy agradable, y evitaba acercarse a la gente. En cambio Miroslava también fue muy taquillera y agradable con todas las personas. Yo puedo decir que me senté en las piernas, en numerosas ocasiones, de una mujer que de tan bella paraba el tránsito. Claro, yo tenía seis años cuando eso ocurría. Hace 68 años de eso y no lo olvido”, relata Eduardo Moreno.

Manuel Águila habla de las otras pérdidas no menos nostálgicas: “Perdimos al boletero de la taquilla, al que recibía los boletos a la entrada, a las señoritas de la dulcería, al cácaro, al acomodador, a los que abrían manualmente los telones, como en los teatros, en fin, muchísimas personas que en los cines de ahora ni siquiera imaginamos”.

Los palacios se rompen

Realmente la idea de fraccionar las salas no es reciente, dice Manuel Águila. “El primero en dividirse fue el desaparecido cine Olimpia, después el Palacio Chino y así poco a poco hasta los noventas, en donde cada cine tenia por lo menos dos salas.

“Pero fue la venta de la Compañía Operadora de Teatros ( COTSA ) y la llegada de los grandes emporios cinematográficos lo que terminó por quitarle el gusto a visitar un cine. Las salas se redujeron y perdieron sus decorados. Ahora todos son réplicas. Aparte de que a menor cantidad de gente las emociones se sienten menos, por ejemplo las grandes carcajadas que antes escuchábamos en el dorado 70 cuando se proyectaba una comedia. ¡Vaya que hemos cambiado!”

Así que esos sitios eran de aventura, de ligue, de juegos infantiles y fantasía, se convirtieron “en pantallas sin gracia. Antes uno iba al cine a vivir una gran experiencia desde que compraba su boleto. Todavía recuerdo cuando se estrenó La Guerra de las Galaxias en México: los niños que asistieron a verla en su estreno, corrían y jugaban por toda la sala, subían y bajaban las escaleras, gritaban con locura, los jóvenes se daban uno que otro beso y abrazo, los adultos esperaban con ansias que empezara la película y en cada escena importante expresaban sorpresa.

Tristemente las salas de cine se han convertido en sitios fríos y banales que ya nadie aprecia. Ahora todas las salas de cine son idénticas, aún sin pertenecer a la misma compañía. En cambio, en la época de los cines monumentales había diferencias abismales entre uno y otro, como por ejemplo el cine Orfeón que era muy parecido en su estructura a los grandes cines neoyorquinos y el cine Ópera, que parecía más bien la versión en pequeño del palacio de Bellas Artes.

“El cine Chapultepec era elitista y nadie que no perteneciera a la alta sociedad de aquella época podía entrar. En cambio el cine Alameda fue hecho ex profeso para que el pópulo se divirtiera cualquier tarde de domingo”.

Moreno Laparade coincide. “Cuando las grandes salas se comenzaron a dividir perdimos tradición. Ahora son de plástico. Todas son iguales y eso provocó que el cine perdiera su personalidad. En los años de los grandes colosos, una sola película duraba, dependiendo de su éxito, hasta ocho meses en donde se estrenaba y la gente de toda la ciudad se daba cita ahí para verla. Ahora una misma cinta se exhibe en 300 cines, lo cual ha encarecido de forma considerable la producción.

“Esos cines que eran de franca convivencia que se iniciaba en las familias hasta para elegir la película en la cartelera de los periódicos, esos lugares desaparecieron. Ganamos en la definición de las películas pero perdimos aquella magia. Ahora, las son salas frías y casi idénticas la una con la otra. Uno ya no sabe ni quien se sienta al lado”.

José Antonio Urdapilleta también habló desde la nostalgia: en aquellos cines, además del cácaro existía también el vendedor de dulces, muéganos, cacahuates, tortas y refrescos, sobre todo en las pequeñas salas donde al no tener vestíbulo donde se ubicara la dulcería o tienda del cine, pasaban a la sala para pregonar sus productos antes y en el intermedio de la proyección, como en el Cine Río. De igual manera, hay que recordar que las salas tenían como antecedente los teatros, por eso los telones y cortinajes fueron parte principal de la proyección, ya que al inicio las primeras imágenes se proyectaban sobre las cortinas que se abrían hacia los lados, así como los créditos y la palabra fin.

“Las grandes salas permitieron que los chiquillos desde temprano acudieran alas matinés, así que las funciones vespertina y nocturna eran para al público mayor. También hay que mencionar las Salas de Arte y Cineclubes que a finales de los 60’s ó principio de los 70’s se abrieron con la finalidad de proyectar filmes de otras naciones, sobre todo europeas, o de cine experimental o culto, que no comercial, como también cine erótico.

En este último caso la cadena de Carlos Amador tuvo una fuerte influencia en la proyección de dichos filmes (italianos y franceses), hasta que muchos de ellos pasaron a ser Cines XXX, los que sobreviven, como el Savoy, se han divido en otras menores para proyectar otras temáticas además de la heterosexual, así como convertirse en lugares donde se pueden tener encuentros sexuales rápidos, esporádicos y públicos.”

Así, los pocos cines aquellas décadas de esplendor agonizan, se sostienen con hilos, se resisten. A pesar de que la mayoría debió ser considerado patrimonio cultural, no sólo por las características de sus construcciones sino por las historias que se quedaron entre sus butacas. La infancia y la adolescencia de millones de personas transcurrieron en esos santuarios que murieron porque los venció la competencia del formato Beta, luego de VHS, del DVD, de you tube, de la Web. Ya no es posible recuperar esas salas para las grandes familias. Y si, también los venció la indiferencia de todos.

Como dijo alguna vez el crítico de cine e historiador Gustavo Garcia: “Esto no lo detiene nadie, a la basura la historia, los espacios de encuentro social, la obra monumental de arquitectos como Francisco J. Serrano (Isabel, Encanto, Teresa, Venus, Palacio), Juan Sordo Madaleno (Paris y Ermita), Carlos Obregón Santacilia (Del Prado, perdido en el terremoto de 1985), Carlos Crombé (Olimpia, Odeón, Cosmos, Colonial y Alameda), entre otros muchos. Al montón de escombros la peligrosa memoria de cuando ser ciudadano era merecer esos palacios populares”.

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