Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

Los molestos cotidianos

En mi infancia aprendí a mentir gracias al valioso concurso de mi padre, quien recibía llamadas a lo largo de todo el día. No sé si de cobradores o gente indeseable, el caso es que un servidor era el encargado de levantar el auricular y se establecía el siguiente diálogo: “¿Dónde hablo?”, “¿Dónde quería hablar?”, “¿Es la casa de Fedro Guillén?”, “Sí”, “¿Se encuentra él?”, “¿De parte de quién?” (este era el momento clave). Por supuesto, a mí me parecía muy extraño que se le preguntara a alguien sobre su identidad antes de darle información sobre la presencia o ausencia de mi padre quien se encontraba atrás de mí. Si el hombre en cuestión se llamaba, por ejemplo, Policarpo Gutiérrez, yo decía al aire su nombre y mi padre movía enfáticamente los dedos en una señal decididamente negativa. Entonces un servidor decía: “No está” y colgaba el teléfono.

Los mexicanos somos hijos de la transa, la corruptela y el engaño, y medio ojetones. Para ello bastará que les narre un día en mi azarosa vida en el que tuve que usar el auto (al que cada día detesto más). Lo primero fue salir de mi casa (que es la suya) y para ello abrí la puerta eléctrica y saqué la mitad de mi pequeño vehículo (la otra mitad ya no la pude sacar porque una señora de ojos inyectados y con alguna fijación sexual con su claxon, se puso exactamente atrás de mí mientras gritaba cosas que interpreté negativas pero no escuché). Metí la mitad del auto, la señora avanzó por la calle manoteando y pude salir. La primera regla, en este caso, es que para que uno salga sin perturbar a alguien deben ser las tres de la mañana de un sábado santo.

Bien, avancé por Av. Universidad a la altura de los Viveros y me sentí en Calcuta. Como sabemos, una estación de metro es un poderoso atractor de puestos de metal y microbuses; conté como siete delitos: robo de luz, venta de piratería, invasión de la vía pública, tanques de gas, diablitos en el arroyo y una turba de microbuseros que se dan la vuelta en U, violentando todas las leyes de la física y manejando como solo ellos saben, es decir, como animales. La zona sería el paraíso del zar de la basura, nuestro bien amado Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, ya que la gente que hace sus compras en una tienda de conveniencia de la esquina encuentra el concepto “suelo” análogo a “bote de basura”.

Salí de ahí y me dirigí a la colonia Condesa porque tenía una cita. Los lugares que estaban libres, ya no lo estaban porque había cajas y huacales reservándolos. Por una mera curiosidad le pregunté al franelero el costo para que quitara el obstáculo, la respuesta fue notable: “Veinte pesitos joven y yo se lo cuido”. También por curiosidad y dada mi naturaleza científica le pregunté acerca de lo que pasaría si yo quitaba el huacal. En este caso la respuesta fue una advertencia: “Uyyy, joven, ahí sí tendríamos un problema”. En ese momento imaginé la escena en la que era madreado por una turba de franeleros, por lo que decidí entrar a un estacionamiento cercano. Tuve mi cita de esas de “mucho gusto” y “¿qué tal la chamba?” y salí. El costo del estacionamiento era el equivalente al del cigu%u0308eñal de un auto por lo que, escéptico, hice cuentas y le demostré al señor que cobraba, y comía tortas de queso de puerco, que me estaba cobrando treinta pesos de más. Miró el boleto como se mira un átomo de uranio, parpadeó y dijo “ah pos sí, ¿verdad?”

Regresé a casa y todavía fui el mudo testigo de señoras con camionetas-lleva-niños-al-karate estacionadas en triple fila en el colegio La Salle de la calle Francia, esperando a sus hijos badulaques, lo que hizo que un trayecto que debería tomar 2 minutos tomara veinte.

Llegué a casa muy asombrado de tanta cosa y me puse a escribir este artículo pensando: “lo dicho, somos ojetes”.

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