Cinque Terre

Sergio Octavio Contreras

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Doctor en Ciencia Política. Comunicólogo y master en sociedad de la información por la @UOCuniversitat. Profesor universitario. Consultor y conferencista en redes sociodigitales. Twitter: @Ciberpensador

Los límites en la era digital

Este artículo fue publicado originalmente el 18 de agosto 2014, lo abrimos de manera temporal para su consulta.

 

La penetración de las llamadas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) está redefiniendo las formas tradicionales de poder y de organización política, los modelos económicos de intercambio y acumulación, así como los mecanismos de gobierno y de acción por parte de las instituciones que conforman la administración pública. A partir del Estado como ente político se puede reformular su propia interpretación ante los impactos tecnológicos: intentar comprender sus características de cara a la nueva realidad global.

Vale la pena preguntarse si las transformaciones tecnológicas fortalecen las decisiones de los Estados o, por el contrario, socavan su autonomía. Para algunos teóricos la concepción tradicional del Estado moderno se modifica producto de la globalización y del surgimiento de nuevas formas democráticas ligadas a la participación social, a las finanzas globales o a la tecnología política. Los optimistas del cambio definen la nueva forma de gobierno a través del uso tecnológico como e-government, gobierno digital o gobierno abierto.

Bajo esta óptica el Estado-nación permite la aparición de innovadoras formas democráticas a través de las libertades informativas que coexisten dentro de un modelo relacional entre la sociedad y la élite política (Sustein, 2003). Contrario a esta perspectiva hay quienes afirman que algunos elementos de la soberanía tradicional se están evaporando a causa de la revolución técnica (Wriston, 1992), en tanto que otros niegan tal pronóstico al asegurar que solo cambiaron de finalidad: la población dejó de ser la potencia del soberano para convertirse en fin e instrumento del gobierno (Foucault, 2006).

En otros campos teóricos se sostiene que una de las causas de la pérdida de decisión del Estado es la globalización económica. Sin embargo, con la expansión tecnológica de Internet, lo global también abarca otras formas de intercambio, como es la misma tecnología, la ciencia o la comunicación. Problemas sociales como el narcotráfico, la contaminación, la desigualdad o los procesos de transición que se registran dentro de las democracias occidentales ya no aparecen solo como asuntos locales.

La crisis territorial

Uno de los conceptos que ha representado el espacio físico a nivel de los Estados es la soberanía, el cual es definido desde distintas perspectivas y enfoques en el campo de las ciencias sociales. Etimológicamente, la palabra proviene de super y omnes, que unidos significan “sobre todas las cosas” o “por encima de todo”. Tal superioridad se refiere a una determinada supremacía donde quien la ejerce posee un poder soberano sobre otros, incluso para argumentar todo tipo de abusos bajo la luz de la razón del Estado, cometidos contra personas o grupos de personas, en pro del resto de los individuos que conforman la sociedad (Maquiavelo, 1997). Desde la filosofía del mundo antiguo hasta la Edad Media, el poder sobre los otros fue un tema de discusión.

Tal vez el concepto clásico de soberanía más conocido lo propuso Jean Bodin en su obra Los seis libros de la República, publicado en el siglo XVI, donde por primera vez define a la soberanía como la autoridad absoluta que tiene un príncipe para decidir e imponer leyes sin rendir cuentas a nadie, solo a las leyes divinas. Para Bodin la autoridad pública emerge de una norma natural, “es reclamada y monopolizada por el titular de la soberanía y no la comparte en modo alguno con los ciudadanos, ni en cuanto tales, ni en cuanto miembros de un estamento o corporación” (Bodin, 1997: 55).

Pero, ¿cómo tomó cuerpo el concepto de soberanía dentro de los nacientes Estados? Para intentar contestar hay que ejemplificar algunos casos: el jurista británico John Austin consideró que la soberanía no consistía en obedecer a un rey o a la voluntad de las mayorías como propuso Rousseau, sino en la obediencia a la parte de la sociedad que se encontraba en el gobierno. En Estados Unidos, bajo la influencia de las ideas de John Locke y debido a las circunstancias históricas que determinaron la unión de las colonias, se tuvo que armonizar la teoría de la soberanía única e indivisible con la soberanía de los estados asociados en una federación, en tanto en Alemania la filosofía política y jurídica se inclinó por el concepto de soberanía de Estado, definido éste no como un mero grupo de individuos, sino como una comunidad organizada (González, 1970).

En las teorías políticas y filosóficas del siglo XX los conceptos de Estado y soberanía adquieren otros matices. El pensador austriaco Georg Jellinek, en su primera obra, Teoría General del Estado, plantea que el Estado es una sustitución de sistemas sociales antiguos. Sin embargo, a lo largo de la corta historia del Estado-nación se identifican al menos tres constantes: la presencia física de un grupo humano dentro de un determinado territorio, la subordinación de las mayorías ante un poder soberano y una serie de normas que permiten su organización.

Al ser concebida la soberanía como un elemento fundamental en los nacientes Estados, algunas corrientes teóricas ubican tal independencia de autoridad desde dos perspectivas. La primera es la autonomía interna que tiene el propio Estado sobre todo aquello que se encuentra dentro de su territorio, para lo cual existe un conjunto de normas y leyes que pretende regular lo social, político, económico, cultural, etcétera. La segunda es una autonomía externa, la cual se manifiesta cuando el Estado entabla relaciones con otros Estados (Hernández, 1999).

En las últimas décadas del siglo XX el proceso económico, tecnológico, social y cultural originado en países occidentales comenzó a transformar la forma de interpretar la soberanía dentro del Estado moderno: la globalización. Algunos pensadores como Wallerstein o Chesnaux aseguran que la globalización inició en el siglo XVI con la expansión capitalista europea en América (Ferrer, 2001 en tanto desde un enfoque económico la Revolución Industrial puede ser considerada como la madre de tal fenómeno. En el campo político la globalización contemporánea está moldeada por las consecuencias estructurales de la Segunda Guerra Mundial, el surgimiento de la Guerra Fría, las estrategias geopolíticas y un nuevo orden internacional legitimado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y las instituciones supraestatales como el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La globalización puede ubicarse en dos polos: como una trasferencia de recursos financieros y bienes sin importar las fronteras, y como un sistema de comunicación internacional que va más allá de lo doméstico. Por lo tanto el término globalización es más cercano a la distribución de contenidos políticos, económicos, culturales y mediáticos que se han visto influenciados principalmente por los cambios en los sistemas de comunicación (Giddens, 2000), en tanto el concepto de “mundialización” se utiliza para referirse a la colaboración política interestatal.

Mediante el intercambio financiero por encima de las fronteras de los Estados existe una mayor integración de los mercados locales en esferas globales, donde las instituciones económicas marcan el rito de la fabricación y consumo de productos. Tales prácticas se han profundizado en la actualidad debido a la penetración de las TIC no solo por su desarrollo sino también por su uso social: mediante la introducción de modernos sistemas de producción (Carlsson, 1995) y por la invención de una gran cantidad de artefactos cuya base es la microelectrónica. La globalización permite la interconexión financiera y económica entre países (Smith y White, 1992), concentra el diseño de nuevas tecnologías (Maddison, 1998), da la posibilidad de una comunicación sin fronteras entre millones de seres humanos (Kaplan, 1993) y al ser un sistema global tiende a repercutir sobre los sistemas legales locales (Chase, 1999).

La globalización del mercado y la política, la crisis del Estado-nación, la emergencia de organismos supranacionales, la descolonización, la interdependencia y cooperación entre los países, la coexistencia de múltiples identidades culturales, la mundialización de los problemas sociales y la reciente expansión planetaria de nuevas redes de comunicación son, entre otros factores, los que han modificado las formas de concebir históricamente a la soberanía. Queda aún por explorar hasta qué punto Internet y las recientes innovaciones están transformando las fronteras territoriales, la autonomía y el poder del Estado.

El reciente desarrollo tecnológico basado en redes y cuya columna vertebral es Internet, si bien tiene uno de sus impactos más visibles en la comunicación, la economía y la iniciativa privada, también altera la forma en que operan los partidos políticos, las formas de participación social, la acción de las instituciones públicas, la autonomía de los gobiernos, etcétera. Es decir: las redes se han convertido en la máxima expresión de la globalización al diluir las fronteras de los Estados y presionar a las esferas tradicionales de poder para que muten.

Desde un enfoque optimista la red no destruye las fronteras físicas de las naciones, solo ha modificado las formas en las cuales se operaba la soberanía local. Para Sunstein, con Internet los ciudadanos adquieren una mayor cantidad de información y experiencias en beneficio de las libertades de las repúblicas, además de proporcionar mayores márgenes de participación que están transformando la concepción tradicional del Estado para replantear sus modelos de legitimidad política (Negri, 2005). Entre los efectos negativos existen argumentos que acusan a la tecnología de representar un riesgo para la soberanía al difuminar el control de la información ante una nueva riqueza inmaterial que no emana de la élite política. Los representantes sociales en lugar de mejorar su relación con la sociedad han convertido a la política en un espectáculo mediático y sus consumidores viven con las mentes dispersas, leyendo información insignificante en lugar defocalizar temas de importancia (Carr, 2010). Un punto intermedio debe buscar comprender cómo la red y los nuevos artefactos están modificando la soberanía. Vale la pena preguntarse si Internet se ha convertido en un espacio que dinamita la autonomía de las naciones y representa por lo tanto un riesgo para los sistemas establecidos, o es solo una posibilidad de cambio en la relación de poder entre la sociedad y el Estado.

Redes y espacios

En la primera era de Internet, conocida como la Web 1.0, la tecnología funcionaba como un gran tablero de información donde se publicaban datos con enlaces a otros sitios, principalmente texto y en menor medida imágenes. Los sitios eran estáticos, estaban construidos con base en HTML y, a excepción de los foros de debate y algunos otros espacios como “libros de visitas”, la participación de los cibernautas era escasa. En la Web 1.0 la búsqueda de conceptos se hacía a partir de servicios como Double- Click o bibliotecas en línea como la Britannica Online, la música se descargaba en archivos Mp3, los contenidos estaban ordenados en directorios y los sitios funcionaban como páginas personales.

En 2004 Tim O’Reilly propuso el término Web 2.0 para referirse a Internet de “segunda generación” que proporcionaba a los usuarios mayores márgenes de creación y diseño. Los cibernautas pueden entonces construir sus contenidos, como son los casos de las redes Facebook y Twitter. Con la nueva red aparecen los blogs personales, la construcción colaborativa de contenidos como Wikipedia, el desarrollo de aplicaciones individuales, la posibilidad de compartir fotografías o videos a través de servicios y la búsqueda de información mediante un sistema global como Google, entre otras características.

En la Web 2.0 el cibernauta puede enviar información a otros, quienes a su vez pueden convertirse en creadores. Algunos estudios empíricos han demostrado que la nueva red permite edificar espacios y contenidos individualizados, conectar grupos de amigos, utilizar herramientas para difundir mensajes públicos o privados. Además el uso de aparatos inalámbricos mejora en tiempo la transmisión de datos vía Short Message Service (SMS), por correos electrónicos o mediante servicios de almacenamiento.

De acuerdo con el reporte Medición de la Sociedad de la Información 2013 de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), los países que encabezan la evolución de las TIC son la República de Corea, Suecia, Islandia, Dinamarca, Finlandia y Noruega, seguidos de los Países Bajos, Reino Unido, Luxemburgo y Hong Kong. Las naciones latinoamericanas mejor ubicadas fueron Uruguay, en el lugar 47, y Chile, en el 51. A pesar de la penetración del uso Internet, según la UIT existe desigualdad tecnológica: mientras que el 76% de los habitantes de países desarrollados utilizan Internet, solo están conectadas el 30% de las personas que viven en países en desarrollo.

A nivel global las cifras sobre la actividad en línea, según al reporte 2012 de Royal Pingdom, muestran parte de lo que representa en la sociedad moderna la nueva tecnología: 144 mil millones de correos electrónicos son enviados cada día, de los cuales el 68.8% es correo basura o spam; 634 millones de páginas web y 51 millones de nuevos sitios son abiertos cada año; existen más de 140 millones de blogs en los servicios Tumblr y WordPress; son emitidos al día 175 millones de mensajes a través de Twitter; se realizan al año 1.2 billones de búsquedas mediante Google; 4 mil millones de horas de video reproducidas cada mes en YouTube; 300 millones de imágenes agregadas cada día a Facebook y 58 fotografías subidas cada segundo a Instagram. Según la UIT, a finales de 2014 habrá más de 7 mil 100 millones de teléfonos móviles en el mundo, de los cuales cerca del 20% estará conectado a Internet. Autores como Castells y Carnoy consideran que la idea tradicional del Estado-nación, desde una posición temporal y geográfica, parece desaparecer debido a la nueva tecnología, en tanto otras perspectivas señalan que la penetración de las innovaciones en los sistemas que sostienen la gobernanza global no representa una pérdida de la autonomía del Estado, pues ahora éste se organiza mediante políticas globales (Iglesias, 2006). Si bien el Estado-nación registra transformaciones ocasionadas por la sociedad red, ¿cómo es la soberanía dentro de un mundo globalizado donde los gobiernos y lo civil mantienen sus nichos de vida en espacios virtuales? Para dar respuesta se necesita comprender la relación que existe actualmente entre las esferas de soberanía, Estado y red.

Los datos empíricos recolectados en las últimas dos décadas por Held, McGrew, Goldblatt y Perraton revelan que Internet profundizó los efectos de la globalización sobre la soberanía de los Estados: existe una conexión en redes de comunicación entre todos los Estados-nación que impide el aislamiento para el ejercicio del poder político; los sistemas de comunicación locales y regionales pueden convertirse en fuentes de contenido global; convive una hegemonía de la vida norteamericana con otras formas culturales provinciales; los problemas humanos como la migración, la destrucción de bosques, el narcotráfico, los conflictos electorales, las crisis económicas o las epidemias ahora están al alcance de un interés que puede llegar a ser planetario.

Internet precipitó algunos cambios importantes dentro de la organización de los Estados-nación. En el paradigma de la sociedad red, el poder político comenzó a utilizar desde la década de los noventa del siglo pasado las innovaciones digitales para desarrollar el e-government, o gobiernos en línea. En México, por ejemplo, las entidades federativas y los ayuntamientos, cada vez asumen un mayor funcionamiento virtual para flexibilizar sus funciones y coordinar acciones (Fleury, 2003), aunque algunos de los proyectos más ambiciosos, como el sistema e-México, han derivado en rotundos fracasos. En las esferas sociales las comunidades de usuarios conectados a las redes sustituyen la comunicación cara a cara por lo que John B. Thompson define como interacción mediática. La comunicación global permite a los individuos organizar sus intereses en forma privada o colectiva, transitar sus mensajes a otros usuarios o a grupos con intereses comunes. La comunicación global tiende a cambiar las políticas tradicionales de los Estados-nación. A finales de 2010 y durante 2011 el uso de redes digitales permitió a miles de ciudadanos de países en Medio Oriente superar los controles de comunicación internos para exigir cambios en los sistemas de gobierno. En más de 80 países, entre 2012 y 2014, las protestas salieron del ciberespacio para llegar a las calles, en la mayoría de los casos se trató de exigencias civiles relacionados con lo político o lo económico.

Los problemas políticos que pueden generan las personas conectadas a Internet han llevado a los Estados-nación a invocar al poder soberano que pueden ejercer dentro de un territorio físico para crear mecanismos de control de las libertades en red. Desde la publicación de leyes hasta la creación de policías cibernéticas y organismos de vigilancia de la vida privada, los gobiernos utilizan su autonomía para imponer regulaciones a Internet, como ha ocurrido recientemente en Irán, Vietnam, Hungría, Corea del Norte, Rusia, Emiratos Árabes, China, Cuba, Venezuela, España y Turquía. En otras naciones se ejerce vigilancia ilegal como en Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Australia y la India, o existen recientes propuestas legislativas para controlar la red como ha ocurrido en México. Algunas de estas políticas se promueven internacionalmente, como la firma del Acuerdo Comercial Anti Falsificación, conocido como ACTA, que buscan implantar desde el año 2008 países como Japón, Australia y Estados Unidos. Los argumentos más utilizados para la regulación están vinculados a la seguridad nacional y a la protección de la propiedad intelectual.

La horizontalidad y la posibilidad de una comunicación global también han reconfigurado la participación social en asuntos de interés público. Los internautas pueden cambiar de identidad y utilizar el anonimato para evadir las formas de control y encabezar luchas de resistencia contra los sistemas establecidos. Si bien tales resistencias, como las ocurridas en Medio Oriente, en Europa y en algunos países del continente americano, no han derivado en novedosas formas de gobierno, están llevando al sistema político a cambiar los mecanismos mediante los cuales ejercen el poder. Existe por lo tanto un clima de conflicto dentro del espacio físico que sostiene a la soberanía, por un lado por la autonomía que genera el Estado a partir de su propia legitimación, y por otro, la libertad que tienen las personas como parte de una colectividad.

En la sociedad conectada a las redes es posible visualizar dos formas de movimientos sociales en contra del propio Estado. La primera corresponde a las organizaciones civiles que luchan con un determinado fin, como los movimientos ambientalistas o feministas que utilizan Internet para propagar sus ideas. Dentro de este rubro se ubican también las luchas estudiantiles que ocurrieran en países como España, Chile, Argentina, Estados Unidos o México. El segundo tipo de organizaciones la conforman especialistas en tecnología cuya actividad, o hacktivismo, se basa en dos principios: la cultura de la libertad y el uso de la propia tecnología en contra de gobiernos, empresas trasnacionales, sistemas financieros, etcétera.

Conclusión

Los recientes cambios sociales visibles en campos como la tecnología, la economía, la política, la ciencia o en todas aquellas manifestaciones de la cultura humana, también alcanzaron parte de los pilares que sostienen la estructura del Estado-nación. Las formas típicas en las cuales el Estado ejercía el poder están transitando a novedosos mecanismos de colaboración con otros organismos públicos y privados para intentar mantener las estructuras de organización social y los sistemas de poder económico capitalistas.

El Estado-nación no desaparece, se transforma producto de las políticas liberales y la globalización. Su autonomía de decisión sobre su territorio se sostiene a través de marcos normativos, aunque tales marcos algunas veces no obedezcan a factores internos, sino a determinaciones dictadas por políticas externas. Las instituciones presentan una debilidad en cuanto a sus fines, los servicios y las responsabilidades gubernamentales transfieren su soberanía a otros agentes privados. También existe una merma de los sistemas coercitivos y de vigilancia social: la tecnología en red permite ahora a los civiles vigilar a quienes tradicionalmente los vigilaban. Los recientes movimientos encabezados por especialistas en tecnologías o los escándalos de espionaje por parte de los gobiernos son ejemplos de tal situación.

Referencias

1.Bodin, Jean, (1997). Los seis libros de la República. Madrid: Tecnos.

2.Carr, Nicholas, (2010). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? México: Editorial Taurus.

3.Ferrer, Aldo, (2001). De Cristobal Colón a Internet: América Latina y la globalización. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

4.Fleury, Sonia, (2003). Legitimidad, Estado y cultura política, en: Fernando Calderón, ¿Es sostenible la globalización en América Latina?, Santiago de Chile/México, Fondo de Cultura Económica, Vol. 2.

5.Foucault, Michel, (2006). Seguridad, territorio, población. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

6.Giddens, Anthony, (2000). Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas. Madrid: Taurus.

7.González, Héctor, (1970). Estados soberano y derecho ¿Antinomia o armonía? En Revista Jurídica, Número 2, Volumen 2. Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, pp. 153-200.

8.Hernández, Edmundo, (1999). Diccionario de política internacional. México: Editorial Porrúa.

9.Iglesias, Pablo. (2006). Mapas de resistencia. Gleneagle 2005: movilizaciones contra el G8. En Cairo, Heriberto, y Pastor, Jaime (Eds.). Geopolítica, Guerras y Resistencias. Madrid: Trama.

10.Jellinek, Georg, (2012). Teoría general del Estado. España: Fondo de Cultura Económica de España.

11.Kaplan, B., (1993). Social change in the capitalist world. California: SAGE.

12.Maddison, A., (1998). Dynamic forces in capitalist development. Oxford: University press.

13.Maquiavelo, Nicolás (1997). El Príncipe. México: Gernika

14.Negri, Antonio, (2005). La forma-Estado. España: Akal.

15.O´Reilly, Tim, (2009). What is Web 2.0?: design patterns and business models for the next generation of software. Cambridge: O’Reilly Media

16.Sustein, Cass, (2003). República.com. Barcelona: Paidós.

17.Wriston, Walter, (1992). The Twilight of Sovereignty: How the Information Revolution Is Transforming Our World. New York: Scribner.

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