Cinque Terre

Iván de la Torre

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Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina

Los libros que nadie podrá leer

“Aún no tenía la menor idea de qué estaba ocurriendo con Gandalf, ni siquiera quién era Trancos, pero comenzaba a desesperarme el vivir lo suficiente para enterarme” escribió un inseguro J.R.R. Tolkien al comenzar el primer borrador de El señor de los anillos.

La idea de morir antes de terminar una obra es una pesadilla recurrente de los escritores, al imaginar a su editor publicar un borrador incompleto con cartas, notas, y aclaraciones para darle una coherencia que el libro no tiene o, aún peor, que otro escritor termine el trabajo inconcluso.

Edmund Wilson eligió la primera opción en 1941, cuando publicó El último magnate aclarando que “Francis Scott Fitzgerald murió repentinamente de un ataque al corazón el 21 de diciembre de 1940, al día siguiente de haber escrito el primer episodio del capítulo VI de esta novela […] el texto que presentamos es un borrador […], de ninguna manera una novela acabada”.

Más allá del valor del experimento, -con el lector juntando las piezas que el novelista dejó sueltas e imaginando un final- es interesante espiar el material inédito para entender como el autor arma la trama, agrega personajes y organiza los hechos en una historia que parece moverse sin un destino fijo, como si sólo pudiera ver fragmentos de un todo al que persigue sin poder alcanzar.

El último magnate incluye comentarios, resúmenes y un esquema de tres páginas donde Fitzgerald ordena los capítulos por episodios, indica la cantidad de palabras que debería llevarle cada uno y las ideas que hubieran servido para redondear los personajes como: “Capítulo A presenta a Cecilia, White y Schwartz, el Capítulo B presenta a Brady, Kathleen, Robinson y a las secretarias. Atmósfera nocturna”.

Dalton Trumbo, autor de Johnny cogió su fusil, murió en 1977, 17 años después de haber empezado a escribir su última novela. El problema de Trumbo fue cómo coordinar su trabajo de guionista de cine con el de escritor; cuando un amigo lo acusó de pensar más en el dinero que en el arte, respondió: “no importa en que esté trabajando: no pasa una semana sin que escriba algo en El Uro, o Grieben, o como quiera que termine por llamarse”.

Publicada en 1978 como La noche de Uro, la novela tenía apenas diez capítulos terminados y una amplia sección de borradores, cartas y notas que muestran las dudas de Trumbo sobre el personaje central de la obra, un viejo oficial nazi de nombre Grieben, junto a las modificaciones que pensaba hacer a los primeros episodios para que encajaran con el resto del libro (escrito mucho más tarde) y bocetos sobre temas como la religión y el poder.

El caso más conocido de publicación póstuma, sin embargo, no incluye cartas, borradores ni esquemas que permitan imaginar su continuación, sólo los comentarios de todos los que escucharon a Truman Capote decir, durante décadas, que había terminado cuatro capítulos de su novela Plegarias atendidas y tenía otros cuatro prácticamente listos (“A Several Insult to the Brain”, “El Café la Reina Negra del Padre Flanagan”, “Yachts and Things” y “And Audrey Wilder Sang”) que sólo necesitaban ser revisados.

Plegarias atendidas se publicó en 1984, poco después de la muerte de Capote, con sólo tres capítulos, sin anotaciones o comentarios que aclararan como debía continuar la obra, el biógrafo y el editor de Capote revisaron su departamento y encontraron los originales de sus primeras novelas y cuentos pero no los capítulos perdidos que, suponen, Capote quemó a principios de los 80. “Sólo hay alguien que conoce la verdad, y ese alguien está muerto. Que Dios lo bendiga”, escribió su editor.

“La historia de la literatura es también la historia de la pérdida de la literatura”, aclara Stuart Kelly en The Book of Lost Books: An Incomplete History of All the Great Books You’ll never read.

Kelly amplía el concepto de “libro perdido” al incluir títulos destruidos, perdidos, robados, abandonados o interrumpidos por la muerte de su autor mientras cuenta que empezó su lista al comprar una colección de teatro griego y descubrir que de las 80 obras de Esquilo sólo quedaban siete disponibles, el resto se perdió en el incendio de la Biblioteca de Alejandría ordenada por Amrou ibn el-Ass.

The book… incluye desde una épica cómica atribuida a Homero a las mil 500 obras de teatro perdidas de Lope de Vega y el poema de Gregory Corso, del que sólo sobrevive una línea, memorizada por su amigo Allen Ginsberg: The stone word came to me, and said Flesh gives you an hour’s life.

¿Como clasificar obras tan dispares? Siguiendo el esquema de Kelly, en la primera fila estarían los textos escritos y luego destruidos, como la segunda mitad de Almas Muertas que Gogol quemó luego de su conversión religiosa y parte de la obra de Kafka, que dedicaba las mañanas a destruir lo que había escrito por las noches; en la segunda los libros perdidos y nunca recuperados como Ultramarine de Malcolm Lowry, robada del coche de su editor, o la valija que la primera esposa de Hemingway extravió en 1922 con una novela sobre la Primera Guerra Mundial; una tercera fila incluiría los libros interrumpidos por la muerte del autor como Sanditon de Jane Austen o El misterio de Edwin Drood, libro que Dickens se ofreció a leer ante la reina pero “Victoria rechazó el ofrecimiento -cuenta Stuart- y Dickens murió tres meses después dejándolo inconcluso”.

Otra historia de interrupción -aunque no tan dramática- es la de Coleridge y su poema “Kublai Khan” que un visitante inoportuno le impidió terminar. La cuarta fila incluye los libros que los escritores prometieron y nunca escribieron como la continuación de Los hermanos Karamazov de Dostoiesky, en la que Aliosha abandona el monasterio, se convierte en anarquista y asesina al Zar o Habla, América, segundo tomo de las memorias de Nabokov. Strauss dedica una atención especial a los libros destruidos por los censores como Las poesías de Safo, prohibidas por la iglesia, o Las memorias de Lord Byron, quemadas por su editor. En esta categoría entraría el manuscrito que Thomas Carlyle le prestó a John Stuart Mill, quien, a su vez, se lo dio a un amigo cuya sirvienta lo arrojó al fuego.

Buscando simetrías en autores latinoamericanos hay que recordar que Sabato solía imitar a Kafka, “…a menudo, en las tardes quemaba lo que había escrito durante la mañana. Y así, cuentos, ensayos y obras para teatro los he visto consumirse por el fuego, al que también estaba destinado Sobre héroes y tumbas“. El mismo Borges, a punto de regresar de España con su familia a inicios de los años 20, quemó dos libros, uno de poemas y otro de ensayos, intitulados Los versos rojos y Los naipes del tahúr. Entre los libros nunca escritos está la novela que Carlos Fuentes se comprometió a realizar junto a sus amigos Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez sobre un dictador latinoamericano; y entre las interrumpidas por la muerte de su autor, 2666 de Roberto Bolaño.

El caso que más conmueve, sin embargo, es el de Ciro Alegría, quien publicó tres novelas en apenas seis años; La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1939) y El mundo es ancho y ajeno (1941 pero dejó sin terminar el manuscrito de la cuarta, Lázaro, que apareció en 1971, cinco años después de su muerte.

La explicación por esta tardanza -40 años entre una novela y otra- es muy simple: “Cuando aún recibía derechos de autor -contó Alegría en sus memorias-, me puse a escribir, con calma y cuidado, mi novela más amplia, más ambiciosa, Lázaro. Luego vi que mi modesto dinero se hacía más modesto aún, que no iba a durarme mucho tiempo, y dejé esa voluminosa obra, para empeñarme en una más breve: El dilema de Krauze […] No la pude terminar, al carecer de un ambiente de mínima tranquilidad económica que se necesita para hacer novelas. He resuelto dejarla de lado también, hasta que lleguen mejores días, si hemos de creer aún en la justicia. De vez en cuando, si tengo tiempo, trabajo en otra novela más pequeña, que comencé a escribir hace años y tenía abandonada: El hombre que era amigo de la noche“.

Para cerrar esta caprichosa lista de libros perdidos y añorados merece citarse la inmensa novela que Mario Puzo prometió pero no llegó a escribir, una historia integral sobre la mafia que iría del 1300 al 2000; más entrañable ahora porque, en palabras de Stuart, “el libro perdido, se vuelve infinitamente más atractivo por la simple razón de que puede ser perfecto tan sólo en la imaginación”.

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