Cinque Terre

María Cristina Rosas

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Profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Los huesos de Morelos

“La historia oficial” -escribe Alejandro Rosas- “ha transitado de lugares sombríos a sitios luminosos, gravitando en la mayoría de los casos entre ambos. Ni Judas ni Jesucristo. Y sin embargo, el sistema político mexicano, por medio de su particular concepción de la historia, durante el siglo XX fragmentó la verdad, se encargó de crear bandos irreconciliables y negó la naturaleza humana de los protagonistas de la historia nacional (…) A los ojos de la historia oficial, los héroes de bronce eran prácticamente hombres predestinados para cumplir una gran misión por la redención de su patria. Desde esta perspectiva, era posible imaginar a Hidalgo de niño jugando al libertador con sus amigos y tocando campanas para invitarlos a rebelarse contra sus padres”.1

A propósito de José María Morelos, también conocido como El siervo de la nación, la historia oficial le atribuye la frase “Morir es nada cuando por la patria se muere”. Se trata, sin duda, de una expresión conmovedora que denota el sacrificio personal en aras de un bien superior, en este caso, la emancipación de la nación. Con esta frase, además, Morelos prácticamente se convierte en una deidad, sugiriendo una situación análoga a la de Hidalgo, en la que, desde temprana edad, el pequeño José María seguramente jugaba a la guerra de independencia y a salir avante tras romper el sitio de una ciudad llamada Cuautla.

En una sociedad democrática, la historia oficial, esto es, la que promueven las autoridades, puede derivar en un obstáculo para el progreso y el desarrollo. Asumir a Hidalgo y/o Morelos, por citar sólo dos casos, como seres cuyo destino ya estaba predeterminado desde que nacieron, evita ponderar las circunstancias y los contextos en que se desenvolvieron ambas -y otras- figuras, tergiversando los hechos. La sociedad mexicana de hoy, tiene derecho a conocer otras versiones distintas de la historia oficial, porque gran parte de los desafíos que encara en el momento actual, sólo se pueden entender a partir de una valoración más objetiva de su pasado. Pedro Ángel Palou lo dice muy bien: “los héroes son héroes porque la historia los hace héroes, pero antes que eso fueron seres humanos: sufrieron, amaron, fueron traicionados, fueron queridos, y por eso hay que humanizarlos”.2 Justamente Palou titula “Morelos. Morir es nada”, uno de sus libros más comentados, donde presenta de manera novelada, más terrenal y humanizada, al responsable de la segunda etapa de la lucha por la independencia, contada por una de sus mujeres.3 Con todo, hay que decir que aun despojando a El siervo de la nación del halo divino con el que tradicionalmente se le presenta, se trata de una de las figuras más importantes en la lucha por la emancipación mexicana, la que, aun ahora en pleno siglo XXI, no termina.

Infancia y juventud de privaciones

El ideario político de Morelos difícilmente se podría entender si se obviaran las dificultades que vivió en el seno familiar en su infancia, adolescencia y juventud, antes de involucrarse en la revolución de independencia. José María Teclo Morelos Pérez y Pavón nació el 30 de septiembre de 1765, en Valladolid, en la meseta del valle de Guayangareo. Era el segundo hijo de José Manuel Morelos Robles, carpintero de profesión, y Juana María Guadalupe Pérez y Pavón. Se dice que el apellido familiar era originalmente Sandoval, pero que en el Siglo XVII se modificó debido a que sus ancestros paternos vendían moras, por lo que se les denominaba “moreros”, de manera que “Morelos” vendría siendo una derivación de ese oficio. José María tenía un hermano mayor, Nicolás, quien vino al mundo en 1763. Diéz años después del nacimiento de José María, vería la luz su hermana María Antonia.

El hogar en que Morelos vivió sus primeros años era pobre. José Manuel era muy amante de las copas y apostador, por lo que dilapidaba los escasos recursos. La casa en que vivía la familia en el barrio de San Agustín, en Valladolid, propiedad de Juana María -quien la había recibido como dote de parte de su padre- tuvo que ser vendida. Las riñas entre los progenitores de Morelos eran frecuentes hasta que José Manuel abandonó el hogar, llevándose al mayor de los hijos rumbo a San Luis Potosí en 1784. El escenario familiar se complicó sobre manera para la afligida madre y sus dos pequeños. Pese a ello, Juana María se preocupó por inculcar una instrucción elemental en Morelos -de quien se dice, gustaba del estudio de la gramática-, quien además había aprendido cuestiones básicas de carpintería, su única herencia paterna.4

En su adolescencia-juventud se trasladó a Apatzingán para trabajar a las órdenes de un tío paterno a lo largo de 10 años, desarrollando oficios diversos como el de herrero, agricultor y arriero. Este último, le permitió trasladar en mula diversos productos a Acapulco, famoso en aquellos tiempos porque a sus costas venía el Galeón de Manila, mejor conocido como la Nao de China. Esos ires y venires de Morelos, posibilitaron que conociera las regiones en las que, más adelante, desarrollaría célebres campañas militares. Hacia 1789 regresó a Valladolid. Su madre insistió en que Morelos abrazara la carrera eclesiástica, la que presumiblemente le haría subir peldaños a nivel social, y si lograba la capellanía, conseguir algunos ingresos extra que la familia necesitaba.5 Fue así que ingresó al Colegio de San Nicolás Obispo, cuyo director era Miguel Hidalgo y Costilla y a cuyas cátedras asistía el joven Morelos. En diciembre de 1797 fue ordenado sacerdote y designado cura interino un año después en Churumuco, un lugar marginado a donde llegó con su madre y hermana. Empero, dadas las pauperizadas condiciones del lugar, tanto la madre como la hermana enfermaron, por lo que Morelos decidió mandarlas de vuelta a Valladolid, donde finalmente Juana María fallecería en 1799.6

Los biógrafos de Morelos lo describen como terco, rudo, poco amable y sin sentido del humor, todo ello consecuencia de la compleja infancia y juventud que tuvo. Con todo, esa experiencia, sumada a los curatos a su cargo en zonas marginadas, le dieron una perspectiva social y agrarista única de la que carecían otros próceres de la independencia.7

En los billetes de 50 pesos, ilustrados con la efigie de Morelos, no se pueden apreciar con claridad algunas de sus características físicas. Era un individuo de 1. 62 metros de estatura, gordito y con una cicatriz de nariz rota que data de sus años mozos, producto de la persecución a caballo de un toro, al que no le dio alcance porque el corcel tropezó con una rama y él cayó llevándose tremendo golpazo en el rostro, en la época en que trabajaba para su tío.

Sobre el paliacate blanco tan característico, hay dos hipótesis: la más conocida, es la que refiere que por padecer fuertes migrañas desde temprana edad, apretaba con el citado paliacate su cabeza para mitigar el dolor. La segunda, referida por Palou, es que, por su origen mulato, que no era tan notorio en su piel, pero sí en su cabello rizado, usaba el paliacate que le permitía parecer más mestizo de lo que era,8 algo que probó ser fundamental al momento de buscar adeptos en estratos sociales más acaudalados, para la causa independentista.

Morelos, además, tuvo varios hijos, producto de sus relaciones sentimentales con diversas mujeres. La más conocida es María Brígida Almonte, una mujer entre 16 y 18 años -Morelos tenía 37- con quien procreó a su primogénito, Juan Nepomuceno.9 El siervo de la nación no pudo dar su apellido al recién nacido debido a su condición sacerdotal, pero el pequeño Nepomuceno estuvo presente en algunas de las batallas de su padre, incluido el célebre sitio de Cuautla, con lo cual queda de manifiesto que Morelos no se desentendió de su vástago. Se cuenta que Almonte incluso ayudó a su padre como artillero y que comandó a un grupo de niños durante la contienda.10 En junio de 1815, cuando la lucha por la independencia se encontraba en crisis, Juan Nepomuceno fue enviado a Nueva Orleáns, Estados Unidos, donde aprendió inglés y permaneció hasta 1821, cuando se consumó la independencia de México.11

Se afirma que a los 43 años Morelos se involucró sentimentalmente con otra mujer, cuyo nombre se desconoce, con quien procrearía una hija nacida en 1809. Asimismo, entre 1812 y 1813, en el auge de sus campañas militares, Morelos, ya de 48 años, conoció en Oaxaca a Francisca Ortíz o “Pachita”, con quien tendría otro hijo, bautizado como José Ortíz. Todos estos datos los reveló el propio Morelos en el juicio inquisitorio tras su captura en 1815. Cabe destacar, sin embargo, que en Puebla, el 13 de febrero de 1813, una mujer llamada Ramona Galván declaró que el 5 de septiembre de 1808 había tenido un hijo de Morelos al que llamó José Victoriano. De ser cierto, no habría tenido porqué ocultarlo, considerando que habló sobre sus mujeres e hijos ante los inquisidores sin ningún reparo.

De Carácuaro a la revolución popular

Como es sabido, en sus inicios la guerra de independencia (1810-1811) fue accidentada, poco organizada e integrada por fuerzas escasamente disciplinadas. “Hidalgo se dejó llevar por su instinto, apostó a su carisma y a su investidura sacerdotal y llegó a reunir a decenas de miles de hombres, la gran masa del pueblo. Fue “ungido” por los pobres que buscaban reivindicación. No tenía un plan de guerra claro, en su mente no se dibujaba siquiera una forma de organización política para el movimiento insurgente. Simplemente improvisó y se ganó la confianza del pueblo con una acción que no tenía prevista [un cuadro de la virgen de Guadalupe]”.12 Sin embargo, la improvisación tiene un precio y en el caso de Hidalgo fue su rápida captura y muerte por parte de los realistas.

En una carta a Francisco Díaz de Velasco fechada el 19 de noviembre de 1810, Morelos dejaba entrever la manera en que debería darse la lucha por la independencia, cuando afirmaba que tendría que escoger cuidadosamente la fuerza con la que atacaría al enemigo, más que llevar un mundo de gente sin armas ni disciplina. Estaba consciente de su popularidad, de que pueblos enteros le seguían a la lucha por la independencia, pero los conminaba a apoyar la causa labrando la tierra para dar sustento a quienes se encontraban en el frente.

Después de la muerte de Hidalgo, Morelos asumió el liderazgo del movimiento insurgente favorecido por el hecho de que al ser un cura rural que estuvo siempre en contacto con el pueblo, tenía las características necesarias para erigirse en el dirigente popular de la revolución emancipadora. En pocas palabras: con Morelos, la lucha por la independencia se convirtió en una verdadera revolución popular.13

Morelos tomó las riendas de los asuntos políticos y militares de la insurrección y planeó un movimiento estratégico para encerrar a la ciudad de México y cortar su comunicación con las costas. Las campañas militares de Morelos se pueden dividir en varias etapas. La primera incluye las victorias de Petatlán, la de Tecpan, Chilpancingo, Tixtla y Chilapa. La segunda corresponde al célebre sitio de Cuautla de 1812. La tercera, incluye la derrota de los españoles en Huajuapan, la toma de Orizaba, Oaxaca y Acapulco, además de que en esta fase estableció el Congreso de Chilpancingo.

Vale la pena referir algunas de las cosas que sucedieron durante y después del Congreso de Chilpancingo, dado que se trata de un escenario de pugnas entre los insurgentes que llevaron al movimiento al colapso. Como se recordará, en junio de 1813 Morelos convocó a un congreso nacional de representantes de todas las provincias insurrectas, que se reunieron en Chilpancingo para discutir el futuro de México como nación independiente. Esto se explica porque debido a los éxitos en las campañas militares logrados por Morelos y los jefes insurgentes, parecía inminente la victoria sobre los realistas, por lo que se pensaba que había que trabajar en los fundamentos políticos de la futura nación independiente. Fue en este espíritu que Morelos dio a conocer sus célebres “Sentimientos de la nación”, el 14 de septiembre de 1813. Así, los puntos más importantes del documento preparado por el Congreso de Chilpancingo -que reflejan parte de su ideario político- fueron la soberanía nacional, el derecho universal al voto para todos los hombres, la adopción del catolicismo como la religión oficial, la abolición de la esclavitud y los trabajos forzados, el fin a los monopolios gubernamentales y la proscripción de los castigos corporales. Acto seguido, se firmó la declaración de independencia el 6 de noviembre de 1813.

Empero, las autoridades coloniales se sobrepusieron a sus derrotas, recuperando las plazas en poder de los insurgentes y finalmente invadieron Chilpancingo. Después de estos sucesos, el Congreso -destacando en él la figura de Ignacio López Rayón-, en lugar de dictar medidas para unificar los esfuerzos y las campañas de los insurgentes, decidió desconocer a Morelos como generalísimo y jefe supremo del ejército y le asignó únicamente la protección del Congreso. Cabe señalar que El siervo de la nación acató las disposiciones del Congreso, protegiéndolo en todo momento, razón por la que se logró la redacción de la Constitución de Apatzingán el 22 de octubre de 1814. La Constitución daba poderes amplios al Congreso, en cuyo seno había fuertes diferencias (cualquier similitud con el Congreso actual es mera coincidencia). La popularidad que tenía Morelos, era considerada como un obstáculo para las aspiraciones personales de algunos congresistas por lo que no debe sorprender la decisión de reasignar los efectivos existentes para la lucha, dejando prácticamente sin hombres a El siervo de la nación, ante el temor de que éste tomara el poder. Así transcurre la última campaña de Morelos, plagada de derrotas, mientras sigue protegiendo al Congreso, siendo capturado meses después en una escaramuza en Tezmalaca el 5 de noviembre de 1815.

Tras su arresto, Morelos fue llevado a las cárceles de la Perpetua donde se le acusaría por traición al rey de España y a Dios. Su juicio lo llevó a cabo la inquisición, que entre el 25 y el 27 de noviembre “evaluó los hechos”, para finalmente humillarlo públicamente. Alejandro Rosas, citando a Lucas Alamán, refiere ese momento oprobioso en los siguientes términos:

“Luego que se terminó la lectura de la causa, el inquisidor decano hizo que el reo abjurase de sus errores e hiciese la protesta de la fe, procediendo a la reconciliación, recibiendo el reo de rodillas azotes con varas… Morelos tuvo que atravesar toda la sala del tribunal con el vestido ridículo que le habían puesto y con una vela verde en la mano… con los ojos bajos, aspecto decoroso y paso mesurado, se dirigió al altar, allí se le revistió con los ornamentos sacerdotales y puesto de rodillas delante del obispo, ejecutó éste la degradación por todos los órdenes, según el ceremonial de la iglesia. Todos estaban conmovidos con esta ceremonia imponente; el obispo se deshacía en llanto; sólo Morelos con una fortaleza tan fuera del orden común que algunos la calificaron de insensibilidad, se mantuvo sereno, su semblante no se inmutó, y únicamente en el acto de la degradación se le vio dejar caer una lágrima. Era la primera vez, desde la conquista, que este terrible acto se efectuaba en México”.14

¿Morir es nada o morir para nada?

El recientemente fallecido Tomás Eloy Martínez, será recordado no sólo por ser uno de los mejores escritores contemporáneos en español, sino en especial por la extraordinaria descripción en Santa Evita de la suerte que tuvieron los restos mortales de Eva Perón. Toda proporción guardada, el destino de la osamenta de Morelos está en condiciones de dar pie a un relato novelado en el que se podrían establecer algunos paralelismos con las vicisitudes que padeció el cuerpo inerte de la primera dama argentina. Sólo que en el caso de El siervo de la nación, sus restos desaparecieron en la segunda mitad del Siglo XIX, sin que a la fecha se tenga una explicación sobre el particular. En otras palabras, la ironía de “morir es nada” estriba en que los restos de Morelos están, simple y llanamente perdidos, y las autoridades mexicanas han hecho muy poco para recuperar los o, al menos, para saber bien a bien qué pasó con ellos. Resulta verdaderamente inverosímil que en el marco de los festejos del bicentenario de la independencia de México, se haya pasado por alto una investigación debidamente documentada sobre el particular.

Como se recordará, cuando Morelos fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec, el 22 de diciembre de 1815, sus restos fueron sepultados en la parroquia del pueblo. No sería sino hasta el 23 de junio de 1823, que el gobierno mexicano declaraba beneméritos de la patria a los caudillos de la independencia, ordenando la exhumación de sus cuerpos y su traslado a la capital del país. Así, el 16 de septiembre de ese mismo año, los restos de Morelos, al lado de los de otros forjadores de la independencia nacional, fueron llevados a la villa de Guadalupe, luego a la garita de Peralvillo en donde se les hicieron honores militares, y después a la iglesia de Santo Domingo. Al día siguiente, fueron depositados en la capilla de San Felipe de Jesús, en la Catedral de México y unos años después en el altar de los reyes, de la misma Catedral.15 No serían los únicos honores a la memoria de Morelos desarrollados por las autoridades gubernamentales.

El 30 de septiembre de 1865, Maximiliano de Habsburgo mandó hacer una estatua de Morelos para conmemorar el centenario de su nacimiento. El monumento fue colocado en la Plazuela de Guardiola de la ciudad de México y posteriormente fue trasladado a la colonia Morelos de la misma ciudad. Cuatro años después, el 17 de abril, el Presidente Benito Juárez creó el estado de Morelos en memoria del prócer.16 Hace 100 años, en el marco de los festejos por el centenario de la independencia, el presidente Porfirio Díaz recibió del gobierno de España los uniformes de Morelos que se encontraban en el Museo de Artillería de Madrid y que eran exhibidos como trofeos.17 Asimismo, el 16 de septiembre, Díaz inauguró el monumento a la independencia que se encuentra hasta el día de hoy en Paseo de la Reforma. Sin embargo, para ese momento, el monumento no contaba con adaptaciones en el interior del pedestal de la columna, por lo que fue hasta 1923 que se iniciaron los trabajos correspondientes para trasladar los restos de los próceres libertarios de la Catedral al citado monumento.

El 23 de agosto de ese año, el periodista Fernando Ramírez de Aguilar, mejor conocido como Jacobo Dalavuelta dio a conocer en El Universal el dictamen de la comisión creada para documentar la autenticidad y el estado de los restos mortales de los padres de la independencia y se hizo público un secreto a voces de larga data: que “los restos de Morelos se habían perdido”. 18 El 24 de agosto, Luis González Obregón planteó la hipótesis de que era posible que Juan Nepomuceno Almonte haya descendido secretamente a la cripta para recoger la osamenta de su padre -presumiblemente con la autorización de Maximiliano de Habsburgo-, y la enterró en algún lugar, llevándose el secreto hasta su tumba. Por lo tanto, cuando los restos de los líderes de la emancipación nacional fueron llevados desde la Catedral a la columna de la independencia el 16 de septiembre de 1925, los de Morelos estaban ausentes. A pesar de ello, la historia oficial en numerosos libros y pasajes, insiste erróneamente en que Morelos yace en el monumento a la independencia al lado de otros próceres de aquella gesta.19 Pero entonces, ¿qué fue realmente lo que ocurrió con la osamenta de Morelos? Eduardo Arellano, en su libro “Memorias prohibidas” de Ignacio Ramírez, sostiene que “el hecho real es que Juan Nepomuceno Almonte, hijo de José María Morelos y Pavón, ocultó los restos de su padre en una caja de metal con candado, que yacía en un baúl forrado de terciopelo rojo con remaches de plata. Los que lo conocían -algunos masones- aseguraban que cuando viajaba a cualquier lugar del país o del extranjero llevaba consigo la caja de terciopelo o la ocultaba en un piso falso dentro de su recámara”.20 El papel de Almonte en la desaparición de la osamenta de su padre, forma parte de una línea de investigación que desafortunadamente no se ha podido corroborar, entre otras razones, por el desinterés de las autoridades estatales -michoacanas- y federales. Se sabe, por supuesto, que en 1866 -un año antes de la caída del imperio-, Maximiliano de Habsburgo nombró a Juan Nepomuceno su representante ante Napoleón III para conseguir la permanencia de las tropas francesas en México, cosa que, por cierto, no logró. En este contexto se especula que “Almonte se pudo llevar [consigo] el cadáver de Morelos [a Francia]. En seguimiento de esta hipótesis, no desmentida ni confirmada por institución alguna, [Almonte] arrojó el cadáver de su papá al mar, por considerar al Océano Atlántico una tumba digna de la grandeza de Morelos”.21 Otra hipótesis relacionada con la anterior se basa en la adquisición, por parte de Almonte, de una cripta, en 1867, en el panteón francés Pére-Lachaise, presumiblemente con vistas a enterrar los restos de Morelos. Para tratar de resolver este enigma, el gobierno de Carlos Salinas de Gortari comisionó al historiador José Manuel Villalpando -quien actualmente está a cargo de los festejos del bicentenario-, para determinar si los restos de El siervo de la nación se encuentran o no en París. Así, el 20 de junio de 1991, Luis Reed Torres y Villalpando, acompañados por personal de la embajada mexicana acreditada ante el gobierno de Francia, acudieron a la cripta número 622 del cementerio Pére Lachaise, para proceder a la exhumación del cuerpo que ahí residía. Pues bien, con lo que se encontraron estas personas fue con el cadáver de Almonte en muy buenas condiciones, como si hubiese sido momificado, pero de los restos de Morelos no había rastro.22 Hay algunas voces que critican a Villalpando porque dicen que no buscó donde debía y que habría sido necesario hurgar en las seis capillas que se encuentran en la casa que habitó Almonte, porque es factible que en alguna de ellas estén los restos de El siervo de la nación.23

Como es de todos conocido, el pasado 30 de mayo, a la luz de los festejos por el bicentenario, fueron extraídas de la columna de la independencia las urnas con los restos de los próceres para llevar a cabo estudios, labores de conservación y efectuar una exhibición pública que se prolongará hasta 2011. Este acto polémico de exhumación, que algunos califican de necrolatría, es más cuestionado porque en múltiples ocasiones en semanas recientes, diversos funcionarios -al parecer, no muy enterados de la situación-, afirman que de la columna de la independencia fueron extraídos los restos de los próceres de la independencia, incluyendo, por supuesto, los de Morelos.

Ahí está el caso de Enrique Márquez, director de la Comisión del Bicentenario en el Distrito Federal, quien en mayo pasado hizo una serie de afirmaciones previamente desmentidas por reconocidos historiadores en torno a los restos mortales de Morelos. Así, según Márquez, una vez que Morelos fue fusilado en Ecatepec, le cortaron la cabeza, por lo que “no se sabe dónde quedó el resto de su cuerpo” (sic). Ya varios especialistas refieren que el trato que recibió su cuerpo no fue igual al de los primeros líderes de la lucha por la independencia, por lo que la afirmación de que fue desmembrado, no tiene sustento sólido. Asimismo, afirma que “es difícil saber si los restos que se encuentran en la columna de la independencia son los de José María Morelos…” (sic). Sobre esta posibilidad, que ya ha sido igualmente aclarada, se conoce de la existencia de una urna marcada con una “M” que por mucho tiempo se pensó que correspondía a Morelos, cuando todo parece indicar que es la de Mariano Matamoros. Lo que es más: Márquez dice que cuando fue abierta la cripta 622 en el cementerio parisino, fueron encontrados los restos de Almonte y de Morelos (sic).24 Y si de confundir a la opinión pública se trata, aquí hay otra joya ante la que Cantinflas se ruborizaría: el director del Museo Casa Natal de Morelos, José Fabián Ruíz, señala que en una entrevista en televisión, el titular del Instituto Nacional de Antropología e Historia, Alfonso de María y Campos, asegura que no hay dudas sobre los restos de Morelos y que, en consecuencia, no se les practicarían exámenes para probar su autenticidad (sic).25 Triste y vergonzosa situación, sin duda, porque en países con menores recursos, aunque, posiblemente, con un mayor sentido de la historia, como Cuba, Venezuela y Argentina, los restos de José Martí, Simón Bolívar y San Martín, respectivamente, yacen en sus respectivos monumentos.

El bicentenario y el México de mis recuerdos

¿Será que el gobierno mexicano, a manera de desagravio por la pérdida de la osamenta de Morelos, decidió desde hace muchos años colocar su efigie en los billetes de 50 pesos, para que al menos así se mantenga viva su memoria -y su presencia- en los bolsillos de la población? Todo parece indicar que en las series más recientes de los billetes nacionales, el Banco de México dispuso que en las distintas denominaciones figurara una imagen precolombina (Nezahualcóyotl, 100 pesos), una de la Colonia (Sor Juana, 200 pesos), una de la independencia (Morelos), y una más de la revolución (Zapata, 10 pesos, suprimido tras la insurrección zapatista de 1994). Esto tiene cierta lógica, aunque vendría a refutarla el billete de 500 pesos (con Ignacio Zaragoza, próximo a ser sustituido por Diego Rivera y Frida Kahlo) y, por supuesto, el de mil pesos (con Miguel Hidalgo). Sin embargo, en éste último caso, se trata de un billete, que no tan fácilmente puede tener en sus manos la población. Morelos, en contraste, es sumamente accesible y popular en más de un sentido. El siervo de la nación fue, en los hechos, un ser humano que tuvo que lidiar con un celibato que suscribió al ordenarse, pero que no pudo cumplir; con su fe en Dios, aunque se dispuso a alzarse en armas contra la injusticia y la opresión; con la lealtad que debía al rey de España y su reemplazo por la imagen de la virgen de Guadalupe. Palou lo dice en los siguientes términos: “acercarse a Morelos en el siglo XXI es acercarse a una figura que lo mismo luchó por su propia libertad, por tener un reconocimiento en una sociedad de castas, racial, por resolver temas personales como su propia orfandad, su propia libertad sexual frente al celibato y la libertad política frente a la corona”.26 Es inevitable, por lo tanto, pensar en torno a cómo se sentiría Morelos en el México del bicentenario. Quizá le resultaría un tanto chocante que la columna de la independencia nacional se encuentre a unos cuantos metros de la embajada de Estados Unidos en Paseo de la Reforma. Quizá se cuestionaría acerca de todo el esfuerzo realizado por él y otros próceres para que México lograra su independencia, porque si bien ésta se consumó formalmente en 1821, en la actualidad la dependencia económica y financiera limitan considerablemente el campo de acción de la sociedad mexicana en el mundo. Quizá encontraría similitudes entre las desigualdades imperantes en la Nueva España y las que subsisten al día de hoy, al ser México uno de los países donde peor se distribuye la riqueza a nivel global. Quizá se sentiría triste al corroborar que la marginación de los que menos tienen, poco ha cambiado en 200 años. Quizá estaría frustrado al presenciar las pugnas entre los grupos de poder, quienes hoy al igual que en el siglo XIX, prefieren velar por intereses personales y/o de grupo, que por los de la nación. Quizá, al tanto de los infortunios del México del bicentenario diría: “busquen mis restos sólo cuando hayan aprendido a trabajar y a amar a este país, porque en las condiciones actuales, preferiría que me olvidaran y me dejen descansar en paz.” Quizá reviraría: “México debe ser más grande que sus problemas”.

Notas

1 Alejandro Rosas (2006), Mitos de la historia mexicana. De Hidalgo a Zedillo, México, Planeta, pp. 13, 17.

2 Luz Adriana Santa Cruz Carrillo (2010), Bajo el acoso de la culpa (entrevista con Pedro Ángel Palou), disponible en http:// www.univision.com/content/content.jhtmlchid=1&schid=7961&secid=24705&cid=1287985&pagenum=2

3 Pedro Ángela Palou (2007), Morelos. Morir es nada, México, Planeta.

4 Francisco Javier Luna (2009), José María Morelos y Pavón, México, Editores Mexicanos Unidos, pp. 11-13.

5 La capellanía no la obtendría al descubrirse que era hijo ilegítimo. Véase Pedro Ángel Palou (2008), Charlas de café con José María Morelos, México, Grijalbo, pp. 43-44.

6 Rafael Luna Rosales (2010), José María Morelos y Pavón, México, Grijalbo, pp. 16-21; Pedro Ángel Palou (2008), Op. cit.: 49-50.

7 Luz Adriana Santacruz Carrillo, Ibid.

8 Ibid.

9 Morelos estaba a cargo del registro de nacimientos, matrimonios y defunciones de su jurisdicción. Por lo tanto, él mismo bautizó a su hijo, si bien la partida de nacimiento se perdió.

10 Jorge Gurría Lacroix (1979), “Narciso Mendoza y Juan N. Almonte en el sitio de Cuautla”, en Estudios de historia moderna y contemporánea de México, número 7, pp. 43-65. El autor aclara que hay fuentes muy escasas para documentar el caso del “niño artillero” y que cuando el hecho es mencionado, no hay evidencias concluyentes. Aun así, encontró una carta de Narciso Mendoza a Juan N. Almonte en donde se habla de la participación del niño en el sitio de Cuautla.

11 Almonte es una figura satanizada en la historia oficial, puesto que se volcó a favor de los conservadores y fue él quien viajó a Europa para buscar a un noble europeo que gobernara a México. Él también dio la bienvenida al país a Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota Amalia, y se convirtió en su hombre de confianza. Sin embargo, se pierde de vista que previamente, Almonte acompañó a José Mariano Michelena a Inglaterra, en las gestiones para lograr el reconocimiento a la independencia mexicana por esa nación.

12 Alejandro Rosas, Op. cit., p. 30.

13 Luis Villoro (2009), “La revolución de independencia” en Historia general de México, México, El Colegio de México, p. 508.

14 Alejandro Rosas, Op. Cit.: 228.

15 Ubaldo Vargas Martínez (1963), Morelos. Siervo de la nación, México, Porrúa, p. 163.

16 Ibid.

17 Ibid.

18 Ya desde 1895, cuando Díaz llevaba a cabo los planes para crear un monumento a la independencia, se sabía que los restos de Morelos habían desaparecido. Al respecto, el Director de la Casa Natal de Morelos, José Fabián Ruíz, explicó en diciembre de 2007: “la masonería de México, la gran Familia, fue a revisar los cuerpos de todos los insurgentes en la Catedral bajo el altar mayor y sucedió que los encontraron todos revueltos, pero fueron los primeros en dar el grito de que no encontraron el cuerpo de Morelos. Para esa época, el presidente Porfirio Díaz estaba dando un decreto para que se construyera un monumento a la independencia y dentro de sus criptas fueran colocados los cuerpos de los insurgentes; por eso, estos masones fueron a revisar las sepulturas”. Véase Carlos F. Márquez (domingo 23 de septiembre de 2007), “Una vergu%u0308enza no saber dónde están los restos del Siervo de la Nación: Ruíz”, en La Jornada Michoacán, disponible en http://www.lajornadamichoacan.com.mx/2007/12/23/index.php?section=cultura&article=011n1cul

19 El Banco de México, en la biografía que presenta sobre José María Morelos en su página en línea, afirma que “el 16 de septiembre de 1925, [los] restos [de Morelos] fueron llevados a la columna de la independencia.” Véase “José María Morelos y Pavón”, en Banco de México, disponible en http://www.banxico.org.mx/billetesymonedas/infogeneral/ fabricActual/Morelos.html

20 Citado por Juan Pablo García Vallejo (22 de junio de 2009), “¿Dónde están los restos de Morelos?”, Agencia de Noticias Independiente, disponible en http://tvnoticias.wordpress.com/2009/06/22/%C2%BFdondeestan- los-restos-de-morelos/

21 Manuel Magaña Contreras (11 de agosto de 2010), “Bicentenario: ¿dónde están los restos de Morelos?”, en Siminforma. Por un país mejor, disponible en http://www.siminforma.com. mx/columnas8Historico259.html No hay que perder de vista que Almonte era el encargado del protocolo mayor del imperio, era muy cercano a Maximiliano de Habsburgo y ambos tenían una gran amistad, por lo que el primero gozaba de prerrogativas especiales y tenía entera libertad de acción.

22 Ibid.

23 Milenio (2010.06.08), “Se abre polémica sobre la autenticidad de los restos de Morelos”, disponible en http://impreso. milenio.com/node/8780450

24 Hugo Hernández (14 de mayo de 2010), “Restos de Morelos quedaron en París”, en La Razón, disponible en http://www. razon.com.mx/spip.php?article32414

25 Ibid.

26 Luz Adriana Santacruz Carrillo, Ibid.

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