Elfego Riveros

Los diez mandamientos

Los tres primeros mandamientos que una radio comunitaria debe practicar siempre son: que sea útil, que sea alegre, pero sobre todo que haga pensar a la gente para que pasen cosas…

Esto es perfectamente posible y deseable.

Posible, porque afortunadamente las estaciones comunitarias no están sujetas a esquemas de operación de carácter mercantil o gubernamental.

Es decir, su lógica y su mecánica no están orientadas a producir dinero para el dueño de la concesión y mucho menos tienen la obligación de halagar o darle siempre la razón al funcionario o gobernante en turno, sólo porque les otorga el presupuesto para operar.

Deseable, porque a veces quienes diseñan y llegan a operar un medio así, se van al otro extremo. Reniegan de la radio comercial y de las estaciones públicas, pero terminan siendo verticales, aburridos y sin incidencia social y política. La ingenuidad y el romanticismo no se llevan con la intencionalidad de la radio comunitaria.

Partir de la vida cotidiana de la gente, conocer sus necesidades, hablar de sus proyectos, acompañarlos en su fiesta patronal, poner la música que les gusta, darles el micrófono para que canten y se expresen, promover la salud, privilegiar la información local y regional (la que no aparece en los demás medios), recuperar y divulgar su micro-historia, transmitir a control remoto eventos deportivos, apoyar campañas en favor del medio ambiente, propiciar debates sobre temas de interés público, sin olvidar los ejercicios de transparencia y rendición de cuentas desde los gobiernos locales, son solamente algunas maneras de hacer útil a la gente estos medios comunitarios.

Y para que la radio sea alegre, además de útil, no se necesita de un manual, curso, taller o diplomado. Simplemente hay que poner en juego la imaginación y darle el micrófono a gente auténtica, gente de la misma comunidad, que le sepa poner sabor al caldo, y todos contentos. La risa, el buen humor, la parte lúdica de la programación en una radio comunitaria será siempre tan importante como lo son un buen transmisor, una excelente señal, modernos equipos y hasta una página en Internet.

Que haga pensar a la gente para que pasen cosas, no necesita explicación adicional. Se trata de que estos medios cumplan la misión de quitar vendas.

Hacer conscientes de sus derechos a los ciudadanos, pues derecho que no se conoce, no se invoca y no se defiende. No se trata de tirar al gobierno, sino de poner a salvo a la gente de todo tipo de atropello, eso sí venga de donde venga.

La ignorancia hace presa fácil a las personas, por lo que el policía, el chofer, el alcalde, los demás servidores públicos de los otros dos niveles de gobierno, uno que otro párroco, alguno de los caciques que aún quedan en apartadas localidades, los conductores de noticias, líderes sindicales, empresarios mañosos, maestros pegalones, doctores cobrones y hasta políticos que se reciclan cambiando de camiseta, se la pasan engañando sistemática e impunemente a millones, y por eso –dice doña Chona, la que vende dulces en la parada–, la radio comunitaria también se convierte en nuestro paño de lágrimas. Lugar donde ocurre la catarsis social y a veces la cura colectiva. ¿Dónde más?

También, en la radio comunitaria deben ponerse en práctica otros tres mandamientos fundamentales: romper mitos, mostrar congruencia y tener capacidad de autocrítica.

Si de algo deben de apartarse los colectivos que hoy operan estaciones comunitarias –con o sin permiso–, es de la llamada teoría hipodérmica de la comunicación, según la cual basta tener un instrumento de comunicación masivo en las manos, para comenzar a inyectar contenidos a públicos cautivos, que así cambiarían su forma de pensar y el día de mañana harían la revolución…

Ése y muchos otros mitos no caben ya en un nuevo modelo de radio, la radio ciudadana o comunitaria, sobre la cual se espera por cierto una pronta definición en el Poder Legislativo.

Tampoco cabe en el ejercicio de este derecho a comunicar, en estos medios independientes y alternativos, la incongruencia que mata todas las buenas intenciones, la buena fe, de estos proyectos diferentes.

En la radio comunitaria no podemos decir que hay que barrer los frentes de las casas y nosotros mismos tener bolsas, latas y botellas frente a nuestro domicilio. Tampoco se vale criticar a los que desperdician el agua en sus casas y ser de los que lavan a manguerazos el auto o la banqueta. Menos aún exigir transparencia y rendición de cuentas al gobierno, cuando en la radio falta claridad entre nosotros mismos o hacia la comunidad, sobre cómo se gastan los recursos o de dónde provienen los ingresos.

Los medios comunitarios tenemos que poner el ejemplo en esta materia, para inspirar confianza en nuestros donantes y sobre todo para tener autoridad a la hora de pedir cuentas a otros.

En cuanto a la obligación que tiene la radio comunitaria de ser autocrítica de su propio trabajo, lo más importante de todo es que en estos medios no haya lugar para la autocomplacencia.

Es común oír entre los jóvenes que militan en estos proyectos comunitarios, que como no somos una empresa ni nos paga el gobierno, pues no importa si nos equivocamos o mañana no hacemos el programa… Más cuestionable todavía es el hecho de que nuestro trabajo sea artesanal, nuestras producciones aburridas o que la toma de decisiones se haga al calor de unas caguamas y al estilo Club de Tobi.

Se agregan a estos seis mandamientos, tres más que no pueden faltar en todo proyecto de radio comunitaria : la capacitación de su personal, formación social y humana de sus comunicadores y códigos de ética.

El impresionante desarrollo de las telecomunicaciones, lo inminente de la convergencia tecnológica y las bondades del Internet, obligan a los colectivos de estos medios comunitarios a apropiarse de estas herramientas para utilizar su potencial en la promoción de una comunicación más humana.

El aspecto de la formación social y humana de los comunicadores populares es la parte complementaria de su capacitación técnica. De nada nos sirve un locutor ducho en el manejo de los controles y hasta habilidoso para elevar la audiencia con programas calientes, si esa persona no se empapa y no se empata con todos los demás mandamientos de la radio comunitaria. Lo mismo pasa si el compañero o la compañera sabe al revés y al derecho estos preceptos, pero después de cuatro o cinco años se resisten a tomar cursos y talleres de producción radiofónica y su trabajo es artesanal.

Y más grave aún que no tener comunicadores experimentados y comprometidos, sería que su medio no contara con un código de ética, que obligue a todos, en lo personal y lo colectivo, a observar actitudes y conductas respetuosas del otro, propias de un medio independiente, con derecho de réplica, sin ánimo de lucro económico o político y decidida promoción de valores como la democracia, la paz con justicia y desarrollo, el progreso, la soberanía nacional y la solidaridad internacional.

El décimo mandamiento de las radios comunitarias, con o sin permiso, es que cumplan los otros nueve para que ocurra una revolución dentro del espectro radioeléctrico, pues no es posible que dos o tres corporaciones mediáticas sigan monopolizando el derecho a comunicar.

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