Emiliano Meza

Los ciudadanos de Springfield

Hablar de Los Simpson en 2017 es ponérsele en frente a un titán de la comunicación global. No sólo porque han sobrevivido por décadas y contra adversidades (especialmente la transición hacia el formato digital en cuanto a transmisión y a audiencias) que han hecho caer a muchos de los grandes, también porque se trata de analizar a uno de los nombres con más legitimidad en lo que pudiera llamarse “imaginario colectivo”. Su vigencia se hace más que evidente cuando se presentan como uno de los referentes más ricos en cuanto a la creación y divulgación de memes. Esto se debe a que, además de haber representado numerosísimas situaciones reales e imaginarias que proporcionan un gran repertorio de elementos gráficos, son un denominador tan común a lo largo del globo que garantiza efectuar un comunicado muy preciso a prácticamente cualquier usuario de Internet familiarizado con la dinámica de los personajes (por no decir que conocemos a más ciudadanos de Springfield que representantes parlamentarios).

Dentro de este contexto es que la doctora María Cristina Rosas, especialista en ciencias sociales y asidua colaboradora de esta revista, nos hace llegar un trabajo que, al igual que Los Simpson, nos interesa a todos. Se trata de una investigación que tiene algo que aportarle a todo el mundo, y que puede interesar tanto a quienes estudian las relaciones entre comunicación y poder, como a los fanáticos de la serie animada, que encontrarán información de primera mano relacionada con los productores, los guionistas, los actores de voz y de doblaje, así como sus cuitas con las cadenas televisivas.

No es exagerado presentar Los Simpson: sátira, cultura y poder suave como una lectura necesaria para lograr un entendimiento crítico del mundo de las sociedades hiperconectadas. No es exagerado, dado el terreno que han ganado las telecomunicaciones en la difusión frenética de información, y la muy particular manera en que esto divulga esquemas foráneos como algo normal; tan natural, que resulta un shock para muchos no viajar en un autobús amarillo a una escuela con casilleros en los pasillos. En un medio en que se esgrime el calificativo “chairo” ante la menor provocación, hace falta de mucha astucia para exhibir los hilos que mueven a este gólem. El tema no es ajeno a las páginas de la revista etcétera. Me permito hacer otra analogía entre esta investigación y su objeto de estudio: al igual que Los Simpson, el trabajo de María Cristina Rosas creció más allá del esquema original (un artículo de largo aliento como eje de un número en 2009 de esta publicación) y fue necesario encontrarle otro formato. Y es que es un objeto de estudio rico en matices.

Este libro avanza sobre tres ejes. El primero es teórico y establece la óptica desde la que se desarrolla el resto de la investigación: el poder suave. Es decir, la manera en que se ejerce una forma de sometimiento indirecto y sin violencia hacia un grupo numeroso de personas, mediante la comunicación. Los esquemas que se establecen desde las esferas del poder (por lo general, el Estado, asociaciones espirituales y conglomerados industriales o mercantiles), han dado pie a la proliferación de un panteón al que comúnmente llamamos “cultura pop”.

¿Pero qué tienen que ver Los Simpson con esto? ¿Qué se le puede escudriñar a una familia que nos ha obsequiado tantas horas de entretenimiento gratuito? Aunque se nota poco, por ejemplo, no es insignificante que el matrimonio de Homero y Marge siga siendo un prototipo de familia nuclear (y monógama, para el caso) después de treinta años de crisis e inestabilidad. Si bien es cierto que la dinámica de los personajes se concibe en plan satírico (e incluso crítico), también es cierto que el público masivo no cuenta con todas las herramientas para distinguir los elementos caricaturizados de los realistas.

El siguiente eje es, en sí, la serie. ¿Quién es (o ha sido) quién en su producción? A lo largo de sus casi 28 años no ha estado exenta de cambios. Algunos de ellos, aunque sutiles, no pueden ocultarse; y lo cierto es que cada temporada es evidente una diferencia respecto de la anterior. Desde alteraciones en la planta de guionistas hasta los personajes que desaparecen debido a la defunción del actor o la actriz que le daba voz. Con este apartado el lector creará conciencia de los elementos humanos que dan ánima a la familia amarilla.

Continuando sobre este eje, la autora procede a revisar el fenómeno Simpson en una escala global desde dos perspectivas: su diseño como proyección cultural estadounidense que busca posicionarse en el globo entero, y su recepción en locaciones diversas que funcionan como muestrario del alcance que logra Springfield en el mundo entero: Europa, Asia, África… En otras palabras: cómo se manifiesta la eficacia del mensaje Simpson en un abanico de latitudes.

El último eje, tildado de epílogo, se desarrolla con los ojos puestos en la cultura mexicana. Sobre esta ruta, consigna algunos de los contrastes a los que se enfrentaron estos prototipos de la vida yanqui al llegar a México (“La Familia Burrón”, por ejemplo, que era un referente muy consistente y que terminó por ser desplazado), así como el reto que representó traducirlos para facilitar su entrada al hogar hispano sin apoyarse en la muletilla del slang ibérico (y lo bien que quedó, por cierto).

Aquí entra un tema de gran interés tanto para el estudioso como para el fanático: el doblaje al español latinoamericano. Es cierto que calificar de “bueno” o “malo” es insuficiente cuando se trata de algo tan complejo como Los Simpson, pero no cabe duda que la agudeza de los chistes (o por lo menos su frecuencia) disminuye entre la séptima y la décima temporada. De modo que para la decimoquinta, se sostiene en buena medida gracias a un trabajo del doblaje simpático, que trae toda la chispa de las primeras temporadas y aporta en puntadas lo que la trama ya no logra. Esta labor, además, procuraba cubrir los huecos de expresiones que no pueden traducirse con elementos del habla y la cultura popular sin dañar su amplia difusión en Hispanoamérica. Todo ello no impidió que el reparto fuera reemplazado tras la famosa huelga. La investigación enmarca este tema dentro de un proceso de transformación que sufrió en esos años el mundo del doblaje mexicano, pero que solo es visible gracias a la fama de la serie. Es indispensable señalar, aunque sea a título personal, que Los Simpson nunca volvieron a levantarse, ni con película.

Puede interesarle saber que este trabajo cuenta con un prólogo de la mano de Humberto Vélez (quien hace voz del verdadero Homero Simpson “Latam” y coordinó el doblaje durante los primeros quince años de la serie). En él, hace constar que las investigaciones sobre el doblaje que hace la doctora María Cristina Rosas fueron de primera mano, pues buscó personalmente al equipo de producción y al reparto. El mismo Vélez reconoce haberse sorprendido al leer este trabajo, pues en ocasiones le permitió darse cuenta de lo que significó y aún significa la más conocida de sus obras.

A lo largo de tres décadas, el mundo de la familia amarilla se ha ganado un lugar en todos nuestros corazones con un discurso muy particular: literalmente, para todos. Puede verse con mordacidad y con inocencia, desde la izquierda o desde la derecha, en la calle y la academia. De modo que, sin un limitante de audiencias, pero además con la credibilidad que emana de una especie de franqueza cínica, Los Simpson son el receptáculo ideal para posicionar a escala global a un personaje, una marca, una perspectiva: una agenda. Los Simpson: sátira, cultura y poder suave se trata, pues, de una lectura tan obligada como la de Para leer al Pato Donald, pero en un contexto actualizado.

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