Cinque Terre

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Lo nuevo es lo viejo

¿Qué mejor nombre para un artículo que trata sobre una ciudad que tiene una muralla que la abraza; una ciudad con una torre que tiene un reloj que rige el flujo de sus calles, las cerraduras de sus bares y el sueño de sus policías y vendedores; una ciudad que tiene un centro de convenciones que se baña todos los días a las orillas del caribe cartagenero, para recibir limpio y perfumado el mar a sus miles de visitantes?

El nombre de este artículo, que narra a término medio la belleza de Cartagena y los cartageneros, fue robado sin querer a Carlos Fara, quien en la cumbre Mundial de Comunicación Política de Cartagena, Colombia 2014, dio una conferencia con ese mismo nombre.

Me llamó la atención el nombre que Fara puso a su ponencia porque Cartagena es una ciudad que este año cumplirá 481 años de fundada, y que ahora está de moda. Miles de turistas de todo el mundo se maravillan con la belleza de su arquitectura colonial, y con la explosiva alegría y amabilidad de su gente; pero no debemos confundirnos, Cartagena no es solo piratas, murallas, bóvedas, baluartes, arcos, escalinatas de piedra, patacones y arepitas de huevo, no, también es edificios modernos que vestidos de espejuelos brillan al ritmo del sol, instalaciones de primer mundo, tecnología y gastronomía.

Recorrer a pie algunos de los 11 kilometros de muralla que construyeron el mariscal de campo Luis de Tejada y el ingeniero Bautista Antonelli para proteger Cartagena de los piratas británicos, franceses y holandeses -también invasores- es toda una experiencia si se hace de sur a norte, pues caminar sobre la cantera centenaria teniendo como perspectiva el Cartagena turístico moderno, ése que está a la orilla de la bahía y que muestra con orgullo sus modernos edificios de cristal y acero, es maravilloso.

En esta ciudad que alguna vez fuera tomada por Francis Drake, su gente te recuerda a cada paso que los esclavos que trajeron los españoles para construir la ciudad amurallada regaron su semilla entre los indígenas Calamari y Karibi (de esta última nace la denominación Caribe), logrando un mestizaje de gran calidad; mujeres y hombres con piel de chocolate y músculos de bronce dominan el paisaje y alegran el entorno con interminables alharacas, lo que dificulta incluso caminar entre las calles del centro por la gran cantidad de jóvenes que toman por asalto las aceras bailando y gritando. Para evitar este barullo o por lo menos verlo desde lejos y guarecidos del inclemente sol del caribe, conviene darse un paseo en “La Chiva”, una especie de buseta destinada a dar tours por los diferentes sitios turísticos de la ciudad amurallada.

Pero en este sito multicultural de contrastes entre aromas y colores, no debemos dejarnos engañar por la hospitalidad cartagenera, al menos no todos miran al turista con buenos ojos e incluso muchos tratan de aprovecharse de ellos. Tal es el caso del local número 7 de la Plaza de la Bóvedas, donde aprovechan la confusión que ocasiona un devaluado peso colombiano abusan del turista, y cobran cantidades hasta cuatro veces mayores al precio real. En este sentido conviene traer la calculadora en la mano y no confiar de las conversiones que los encargados de esta tienda de recuerditos hagan.

Comer en tus horas habituales puede ser un suplicio, ya que los restaurantes, en su mayoría, te sirven almuerzos hasta las 12 o una de la tarde, para cerrar sus puertas y no volverlas a abrir hasta pasadas las cinco de la tarde, por lo que es imprescindible desayunar fuerte y tarde. La comida de este histórico sitio caribeño es colorida y con especias aromáticas y sabores fuertes como el marisco, complementado con arroz, plátano y maíz. El deporte nacional gastronómico de los cartageneros es comer patacones -bocadillos hechos de plátano y acompañados de “suero” (jocoque)- y las arepas, una especie de gorditas de maíz amarillo rellenas de huevo, carne o queso, vendidas en carretones y canastas callejeras.

Toda esta mezcla de experiencias y contrastes hacen de Cartagena un sitio difícil de olvidar.

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