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Fernando Dworak

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Léxico del nuevo autoritarismo III: Bienestar, felicidad, honestidad, moral

Las siguientes palabras evocan atributos y emociones propios o de otras personas, y su uso político se daba al interior de sociedades sencillas o donde unas cuantas personas tenían la capacidad de decidir o influir en asuntos públicos. En una comunidad reducida era fácil distinguir los atributos de un líder. Al hacerse más complejas las sociedades y ampliarse el derecho al voto, se hizo más difícil conocer a los gobernantes. Todavía más, los asuntos públicos se hicieron más complejos y por ello se comenzó a hacer necesario limitar los poderes de las personas a través de instituciones, leyes y contrapesos, cambiándose también las palabras para expresar valores y políticas a términos menos emotivos o que se centren en atributos de un individuo.

El uso de las palabras a continuación analizadas, sea por inserción o eufemismo, pretende regresar a la sociedad a una cultura caudillista, donde las soluciones a los problemas públicos no sólo dependen de los atributos y la visión de un líder, sino que la valoración de los avances se torna cuestión de percepciones y no de indicadores que, bajo esta visión, se les califica de “tecnocráticos” y son difíciles de entender para las masas.

Bienestar

Hace unas semanas Andrés Manuel López Obrador declaró que cambiará el nombre de la Secretaría de Desarrollo Social por Secretaría del Bienestar.

La expresión “desarrollo social” se refiere al desarrollo del capital humano y social. Implica una evolución en las relaciones de individuos, grupos e instituciones, entendiéndose principalmente como desarrollo económico y humano. Su aplicación tiene numerosas áreas, como la población, asentamientos humanos, niños y mujeres, alimentación y sustentabilidad. La Organización de las Naciones Unidas busca que los países miembros adopten políticas en la materia y que las naciones en desarrollo reserven al menos el 20% del presupuesto para servicios sociales básicos. Cada indicador es medible mediante variables constatables.

En cambio, “bienestar” se refiere al estado de la persona cuyas condiciones físicas, económicas y mentales le proporcionan un sentimiento de satisfacción y tranquilidad, independiente de su pertenencia a una sociedad. El giro implica subjetividad y con ello la posibilidad de manipulación a través de percepciones. ¿Variables? Esperemos las haya y que no sean menospreciadas por “tecnocráticas”.

Felicidad

Un supuesto básico del liberalismo es garantizar la libertad del individuo en la búsqueda de su propia felicidad. Se entiende que puede alcanzarla como mejor le convenga, siempre y cuando no afecte las libertades de los demás y se atenga a las leyes. Naturalmente, este es un ejercicio de responsabilidad individual y cada persona puede ser más o menos plena, e incluso fracasar en su intento. También según la biología, la felicidad es un estado pasajero de saciedad y bienestar, antes de surgir nuevas necesidades.

En todo caso, tengamos cuidado de políticos que propongan la felicidad como meta social y busquen instrumentar políticas de Estado que lleven a su cumplimiento Cuando las instituciones se meten en la vida de los individuos, se suele entrar en una pendiente resbalosa donde se pierden libertades públicas y personales a nombre de la colectividad.

Honestidad

Durante la campaña se propuso cambiar el nombre de la Secretaría de la Función Pública por la Secretaría de la Honestidad. El vocablo proviene del latín honestitas (honor, dignidad, consideración que uno goza) y es la virtud que caracteriza a las personas por el respeto a las buenas costumbres, a los principios morales y a los bienes ajenos. Implica armonizar las palabras con los hechos; así como tener identidad y coherencia.

López Obrador ha tejido su carrera usando palabras como ésta. Recordemos el eslogan “honestidad valiente” durante su campaña para la Jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal en 2000. La credibilidad que ha ganado por ello hace que su gente no lo cuestione por la opacidad en la que vive respecto a sus ingresos, por ejemplo.

La palabra idónea para una democracia es “integridad”: no asume que un político sea honesto y lo sujeta a controles que lo obliguen a verificar bienes, ingresos e intereses; además de imponerle sanciones en caso de hallarse una violación. “Honestidad” e “integridad” marcan la diferencia abismal entre el pensamiento del súbdito y el del ciudadano, donde el primero se atiene a la bondad del líder y el segundo le exige cuentas.

Moral

Una de las propuestas más polémicas de López Obrador es redactar la llamada “Constitución Moral”. Nadie sabe al momento de redactarse el texto en qué consiste, cómo se aprobará o promulgará o siquiera si será o no vinculante. Lo que preocupa es el intento por imponer una visión de colectividad en una nación plural.

La palabra “moral” se refiere a un conjunto de creencias, costumbres, valores y normas de una persona o grupo social, el cual funciona como una guía para el obrar, orientando acerca de las acciones correctas o “buenas” y las incorrectas o “malas”. Según otra definición, es la suma total del conocimiento que se adquiere sobre lo más alto y notable, y que una persona respeta en su conducta. Al encontrarse las creencias sobre moralidad generalizadas y codificadas en una cierta conducta o en un grupo social determinado, la moral regula el comportamiento de sus miembros.

Para el caso que nos ocupa, el reconocimiento de un conjunto de preceptos altos y notables es el principio de la exclusión de quien piense distinto, desmantelando desde ahí la democracia. En una etapa posterior se podría justificar la exclusión del disidente, su reeducación y en algunos casos extremos su exterminio: todo en aras de salvar a la comunidad del cambio.

¿La inexistencia de una moralidad implica la decadencia? De ninguna manera, si se distingue la moral de la ética, entendida como el conjunto de normas que vienen del individuo y la moral como normas que vienen de la sociedad. Hablamos de la obligación efectiva del ser humano que lo debe llevar a su perfeccionamiento personal, siendo el compromiso que se adquiere con uno mismo y no como aceptación de lo que otros dicen o hacen.

Los códigos y estándares de conducta ética son comunes en toda profesión y en el ejercicio público y sus infracciones pueden llegar a ser castigadas. Al contrario, la moral implica un castigo social en sí mismo cuando se habla de una democracia.

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