David Flores Rubio

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De la Lésper, Dalí y los artistas hambrientos de atención mediática

Imagine usted al artista demente por excelencia, Salvador Dalí, quebrando con un ladrillo el aparador de una famosa tienda departamental en Nueva York. Imagínelo furioso, insultando al personal de la tienda en español y francés; imagínelo arrestado y luego liberado, cuando un juez suspendió su sentencia, afirmando que “estos son algunos de los privilegios que disfrutan los artistas temperamentales”.

Michael Pollak escribió en The New York Times que Dalí destrozó el aparador por “integridad artística”, pues se modificó sin su venia el diseño que él había creado para los aparadores de dicha tienda; según su narración, el surrealista habría argumentado que se le contrató como artista, no como escaparatista, por lo que consideraba una afrenta haber cambiado su creación.

Foto: Diego Simón Sánchez / Cuartoscuro

Otra versión afirma que Dalí no se sentía furioso, sino que en realidad estaba actuando, con plena premeditación y buscando objetivos mediáticos. En Famosa durante 15 minutos, mis años con Andy Warhol, Isabelle Collin Dufresne –musa, amante y pupila del pintor, pero sobre todo una gran conocedora de historia del arte y creadora por derecho propio– escribe que se trató de un ardid publicitario y una provocación para la prensa; Dalí incluso habría esperado a la hora con más afluencia de clientela, para tener el mayor público posible.

Su objetivo se habría logrado: la fotografía de su rostro y la noticia de su arresto fueron publicadas por la prensa. Con esas acciones (performances, dirían algunos), en 1939 comenzó a hacerse famoso el bigote que hoy todos conocemos. Escribe Jack Bond: “La verdadera celebridad de Dalí, su considerable fama mundial, se debía enteramente a la máquina mediática de Manhattan. Había una relación casi simbiótica entre el artista y la prensa, se alimentaban mutuamente en un frenesí de escándalos, un tornado de publicidad coreografi ado por las bromas y las actuaciones de Dalí”.

La necesidad de figurar

Si los artistas fueran dinosaurios, la falta de difusión mediática sería el meteorito.

La anécdota de Dalí ejemplifica lo valioso que es para un creador ser conocido y reconocido, la importancia que se le da a la fama como puerta de entrada al museo, a la galería, a la beca, a la sala del coleccionista, a la chequera del mecenas. Para muchos artistas, fama es dinero, tiempo, independencia, libertad creativa…

Foto: Bernardino Hernández / Cuartoscuro

En este contexto, se percibe con preocupación una creciente tendencia de la prensa: reducir los espacios y los recursos dedicados a la cobertura de sucesos culturales. El arte cede líneas ágata a los espectáculos, a los deportes, a las secciones de sociales incluso. Si se habla incluso de un “infotainment” en el que la información política dura se ve obligada a disfrazarse de entretenimiento, ¿qué se puede esperar de las noticias del mundo del arte?

Además, son cada vez más escasos los espacios dedicados a la crítica del arte. Mes a mes, obras de teatro y danza, exposiciones y concursos bajan el telón sin haber obtenido ni un solo eco en la prensa nacional. Esta ausencia de impacto en periódicos debilita la memoria artística de un país y el desarrollo de una historia del arte nacional independiente: sólo queda registro de las piezas creadas cobertura entre instituciones gubernamentales y la prensa.

Más aún, el asunto podrá ser netamente económico para los empresarios dueños de los medios, pero socialmente hay una perniciosa implicación: se rompe el puente entre los artistas y la sociedad, se cancela el diálogo, el intercambio, la mutua nutrición de ideas y emociones.

Con una relegada prensa cultural, en el mejor de los casos la sociedad considera que el arte mexicano se constriñe a nuestros maravillosos cineastas; en el peor, se posiciona la percepción de que productos de entretenimiento son creaciones netamente artísticas. “Coco” desbanca a El llano en llamas y Frida Khalo importa porque está en millones de tazas y camisetas.

Así las cosas, no sorprende que vaya a la baja la asistencia de la población mexicana a eventos culturales: en 2018 fue de 58%, mientras que en 2017 de 59 y en 2016 de 64%, según datos del INEGI. Lo grave es que la oferta existe, incluso de eventos totalmente gratuitos.

El cristalazo de Avelina

Con estas ideas como punto de partida, advierto que ya le hacía falta al arte mexicano un show mediático como el que está protagonizando Avelina Lésper. No estoy de acuerdo con la mitad de lo que dice y resulta reiterativo leerla, pues en realidad sólo cuenta con un set limitado de argumentos que espeta una y otra vez (como buena propagandista, sabe que la reiteración es la base del posicionamiento mediático).

Pero, eso sí, me da gusto ver que sus habilidades de polemista pongan al arte en un lugar preponderante del debate nacional. Ningún crítico y pocos artistas mexicanos, si es que alguno, generan atención mediática como ella. Es un placer ver que en las redes sociales –el gran lavadero del chisme nacional– se hagan debates interminables para dirimir las implicaciones de las palabras de una crítica de arte y la gravedad o validez de un pastelazo.

En un mundo ideal, no habría necesidad de crear shows para llamar la atención. Pero en un país en el que el arte parece no importar, la Lésper nos está obligando a prestar atención a la vida creativa: en estos días en las redes sociales se discuten los límites del performance, el valor del grafiti, el papel de los críticos de arte, la violencia contra la mujer, etcétera; temas todos que la Lésper puso sobre la mesa.

Y, como seguramente habría visualizado Dalí, esa visibilidad, esa fama y ese debate benefician a todos los que valoramos el arte, incluso a los propios detractores de la Lésper.

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