Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Leemos no leemos, contamos o no contamos

Esa parece ser la cuestión que tanto nos embarga. Algunos investigadores llegan incluso a declarar agónica la cultura letrada y llaman a este periodo marcado por la escritura como el paréntesis de Gutemberg (Alejandro Piscitelli, etcétera No. 121). Otros especialistas aseguran que la palabra está más viva que nunca (Maurizio Ferraris). Sabemos que los jóvenes son consumidores de las series de televisión y escritores y lectores activos en el mundo cibernético. Por otra parte los profesores en su mayoría pertenecemos a una generación que es inmigrante de la generación digital y esta distancia hace difícil establecer cuál de las posturas es la correcta.

Es innegable que poseemos un cerebro narrativo, nuestra forma de entender aquello que llamamos realidad y nuestra posición en ella dependen de actos narrativos que nos ayudan a dar sentido a nuestro mundo. Desde tiempos inmemoriales, los mitos, los relatos orales, los cuentos de hadas han sido herramientas de transmisión de valores, costumbres y creencias. No existe mayor bandera de identidad de un pueblo que los relatos que han servido para constituirlo. Pensemos incluso en los sentimientos, para entender lo que existe detrás de un estado anímico recurrimos a la narrativa, la tristeza, la alegría o la ira son producto de un suceso que embarga a un protagonista.

¿Cuéntame tu drama? Espetamos al llegar a un café o “No me cuentes” afirmamos incrédulos ante versiones que nos negamos a aceptar. Los cuentos corren de un lado para el otro en post mínimos que hacen de microficciones, chats que tejen tramas idílicas, blogs y sitios sociales que construyen, al amparo de las viejas normas narrativas, vidas que se despliegan como cuento de hadas, de horror o de suspenso.

Es recurrente, sin embargo, la queja por la apatía de las nuevas generaciones, el miedo sobre la falta de profundización sobre conceptos, la invitación recurrente a fomentar la reflexión y la discusión inteligente. A los que nos ocupamos de la literatura y el lenguaje nos preocupa que las nuevas tecnologías crezcan en imágenes y sonido y vayan, paulatinamente, borrando las palabras escritas y es que nuestro cerebro no está diseñado biológicamente para leer, la lectura y la escritura son una conquista, un cambio tecnológico que alteró la estructura del cerebro al desarrollar conexiones y aprovechar aquellas capacidades que antes ayudaban al hombre para reconocer estructuras simples como el reconocimiento de una senda en el bosque o una huella amenazante. No existen genes ni estructuras biológicas de la lectura. Cada cerebro debe aprender a establecer nuevos circuitos mediante la conexión de las regiones más antiguas, programadas genéticamente para el reconocimiento de objetos y la recuperación de sus nombres.

Resulta curioso saber que muchos de los temores que expresamos respecto de la nueva generación digital son similares a las reticencias que Sócrates mostraba ante la cultura letrada, y es que cabe recordar que va en contra de su método que consiste en poner en duda mediante la discusión. Y es que a Sócrates le preocupaba que la rigidez de la lengua escrita no permitiera que los jóvenes reflexionaran sobre lo que leían, al no haber interactividad, ¿quién les orientaría sobre el conocimiento? Otra de sus objeciones era la destrucción de la memoria, y sí, por más que hurgo en mi memoria algún poema, no paso de tres mientras el buen Homero recitaba por días la Odisea. De esta manera y según él, se perdía el control sobre el lenguaje que no era respaldado por un hablante que hiciera valer su dicho. Pero Sócrates nunca escribió sus razones contra la escritura y si hoy podemos hablar de ellas es gracias a Platón. La triada de sabios de la antigüedad compuesta por Sócrates, Platón y Aristóteles ejemplifica perfectamente los cambios que se orquestan en la transición del conocimiento de una generación a otra, cada uno maestro del siguiente. El primero estaba en contra de la escritura, el segundo asumió una postura ambigua y el tercero, maestro de occidente, estaba inmerso en la cultura letrada.

Debemos analizar con seriedad de qué modo las nuevas tecnologías de la información TICs están cambiando las formas de lectura y con ello nuestra dinámica cerebral. La interactividad, por sólo poner un ejemplo, condiciona a las personas a la rápida toma de decisiones, lo que conlleva superfluas reflexiones sobre las mismas y con ello mayor margen de error aunque también una respuesta rápida que privilegia nuestro sistema de vida actual. En el mismo sentido, las nuevas generaciones que aprenden mediante la interactividad, son propensos a esperar siempre retribución y respuesta a sus acciones. Esto último nos lleva a los terrenos de la ética y a plantearnos algunas preguntas al respecto.

¿De qué modo la búsqueda inmediata de respuesta y satisfacción condicionan la jerarquía ética?

¿Qué dicen sobre nuestra sociedad postmoderna las nuevas historias que contamos a través de los medios?

¿Qué sucede cuando el otrora lector “pasivo” se convierte en un operador/ creador?

El filosofo Mark Rowland en su libro Todo lo que sé lo aprendí de la televisión, plantea que el problema de la modernidad es que postula valores incongruentes entre sí, una ideología confusa e incongruente que se asienta en cuatro fundamentos: individualismo, relativismo, voluntarismo y pragmatismo. Dichos valores nos ofrecen una visión fragmentada del mundo al que pertenecemos y que nos lleva a hablar de la confusión del yo que nos lleva a preguntarnos ¿Cuál es la mejor clase de persona que podemos ser? Egoístas puros como Seinfield, cínicos como Bart o House; superficiales y bien vestidas como Carrie Bradshaw de Sexo en la ciudad ¿Cuáles son los valores éticos que debo respetar? Vivir la vida y seducir hombres como las chicas Cougart Town, sobrevivir a toda costa como los supervivientes de Lost o bailar por una boda o una lana, etcétera. La televisión como nueva contadora de historias, nos presenta múltiples modelos, y en opinión de Rowland, se ha encargado de propagar estos cuatro pilares inconsistentes. Las series de televisión en particular, intentan resolver, a su modo, las grandes preocupaciones humanas a partir de las vidas de los personajes que por ellas desfilan.

El mayor cambio que ha introducido la modernidad es la movilidad, vivimos ante un nuevo orden que, en el terreno de lo físico, nos permite comunicarnos y estar accesibles aún cuando nuestro lugar físico esté en constante mutabilidad. Ahora es difícil jugar escondidillas sin que el Google Earth te encuentre o suene un mensaje en el celular. En el terreno psicológico y social, la situación es semejante, en aras de la tolerancia y la inclusión hemos aprendido a respetar que existen diversas formas de pensar y de vivir, una de las tareas que mayor significado tiene para el hombre moderno es la construcción y aceptación de aquello que llamamos “persona”. Ante la multiplicidad de opciones los seres humanos cultivamos múltiples inquietudes y caemos en estados de angustia, los medios de comunicación y la televisión en particular, ofrecen respuestas basadas en los mitos y cuentos reformulados, pero como ya hemos dicho,la oferta es múltiple, ambigua y equivoca.

Desde siempre, la mejor manera de interiorizar conductas y valores éticos es a partir de explicaciones narrativas, recuerde sino de qué modo el miedo al coco, el sueño del príncipe azul y el poder de Superman han orientado vidas.

En las narraciones se expresan normas que ayudan a comprender fenómenos cotidianos y permiten que los miembros de una cultura se ubiquen en su presente, se unan al pasado y al futuro y reafirmen su pertenencia a una sociedad. El psicólogo Carl Jung dejó claro que cada mito, cuento, leyenda o historia transmitida, es la expresión de un misterio humano que busca una explicación plausible.

Al viajar por el tiempo y el espacio, ese mito encuentra una forma literaria. Las creaciones poéticas de uno o varios narradores que se fundamentan en relatos sueños o experiencias populares, están en sintonía con los arquetipos conlos que el hombre en general puede identificarse.

Descubrir los cuentos que nuestros medios nos cuentan y que sirven en la construcción de ideología, la manera en que los jóvenes las asumen en la construcción de su propio sistema de valores y el papel que, como educadores debemos fungir para hacer de estas lecturas propuestas sanas, viables y proyectivas que se atrevan a construir una sociedad más armónica y seres humanos más felices son un nuevo argumento a descubrir. Lo que es y será una constante más allá de leer o no leer es que somos contadores de historias, hoy más que nunca estamos construyendo las carreteras por donde empeñaremos la palabra.

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