Jesús Olguín

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Médico cirujano

Lecturas bizantinas

No sorprende que en cada proceso electoral nos encontremos con los más absurdos manejos de desprestigio hacia los protagonistas principales de la contienda por parte de sus opositores. En otras épocas el panorama era diferente. El candidato “de todos” era uno, el partido “de todos” era uno y, sin más, “los otros” jugaban un papel secundario en la pintoresca democracia mexicana. Es decir, no había que convencer a nadie.

Hoy por hoy la diversidad a la que tenemos acceso para elegir es amplia y abierta, aunque la práctica de ésta -al menos para mí- resulta absurda e igual de pintoresca y sui géneris que en otros tiempos, pero con la particularidad que hay de dónde escoger.

Parece ser que la mejor manera de enfrentar el proceso para cada partido político es ir unidos, aunque a veces esto parece más complicado que en las viejas prácticas. Basta ver lo que sucede entre los candidatos de la fracción en el poder que, sin el menor pudor, se sacan los trapitos al sol entre ellos y de pasada involucran al que está hasta arriba. Se encuentran llenos de ideas y soluciones espectaculares para encaminar a la nación y sin embargo, en once años no han logrado concretarlas, pero insisten en ser la fórmula y la mejor opción.

Pareciera que una de las sustanciales diferencias entre el antes y el ahora son los medios, capaces de aplicar cualquier estrategia para evidenciar las cualidades o los defectos del precandidato donde, además éstos, con sólo abrir la boca, ayudan mucho para ese propósito.

Durante los primeros días de diciembre, los medios y las redes sociales nos divirtieron con el cuestionamiento sobre los tres libros que han marcado la vida de los candidatos, cual concurso de popularidad, donde al primer cuestionado -al que agarraron de bajada y desprevenido- sólo le faltó que le preguntaran el autor de una de las referencias bibliográficas que dio, “La Biblia”. Imagínense en lo que hubiera terminado esto. Los otros vieron las barbas de su vecino cortar y se prepararon para dar una respuesta versátil y congruente, aunque hubo quien le cambiara el nombre a la autora de uno de los textos que lo marcó.

Podríamos conceder que un buen texto pueda influenciar el pensamiento en algún momento de la vida. Habría que considerar las propias experiencias en determinados momentos del existir que empatan con algo que leemos en algún libro, que vemos en alguna película e incluso que escuchamos en alguna canción.

La cultura es pilar fundamental de la congruencia entre lo que decimos y hacemos pero, en definitiva, dudo en aceptar que sólo tres lecturas puedan volver mejor o peor candidato a alguien; sin embargo, lo que me resultó aterrador es la falta de agilidad mental que demostró el cuestionado ante el embate del periodista; me atrevería a decir que demostró carencia de inteligencia e imaginación, que eso sí va ligado con la costumbre de pensar y es cualidad indispensable para ser líder.

La historia de México, digamos de antes de la reforma a la época contemporánea, está llena de fragmentos -entre el antes y el ahora- similares: traiciones, asesinatos, desigualdades sociales, corrupción y sobr todo, llena de protagonismos absurdos que lo que menos dejaron fue una conciencia social sana. Hoy es lo mismo, en diferente siglo pero es lo mismo. ¿Cuánto sabrán en general nuestros políticos acerca de eso? ¿Lo recordarán o, si quiera, lo habrán leído? Yo sé que algunos sí y por desgracia no son los protagonistas de esta escena; a ninguno de los entrevistados lo ha marcado un buen libro de la verdadera historia de México, sólo novelas y ensayos.

Por último, me parece que la atención a lo que de verdad importa se desvía ante estas penosas pero divertidas ocurrencias; el circo empezó su función para beneplácito de todos. La descalificación de unos a otros es el juego que al parecer domina la contienda; hoy es más fácil decir que soy malo pero… les voy a demostrar que el otro es peor, pues parece que no tengo propuestas sólidas y contundentes que ofrecer para sobresalir de los demás.

Creo que es momento de que los medios asuman que su verdadera responsabilidad ha llegado. No deben más que inducir a un verdadero y serio debate político, donde lo fundamental no sea poner en evidencia la conciencia social que tiene la hijita de un candidato y su opinión sobre la plebe, que por cierto, tiene hasta que trabajar para subsistir y sacar adelante al país. Pobres.

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