Cinque Terre

Regina Freyman

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Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

Lección de geografía

Camila se sabe desorientada, no entiende de brújulas y confunde el norte con el sur, la derecha con la izquierda.

En primaria le gustaba aprenderse las capitales, su maestra organizó un concurso. El niño del que se enamoró siempre le ganaba y un error técnico le dio, incidentalmente, el triunfo. La profesora preguntó, para el desempate, la capital de Bolivia, él dijo Sucre y ella La Paz.

Mariano y Camila estacionaron voluntariamente sus bicicletas por la zona de los 12 años más o menos. A Camila le gusta la calle, rondar libre, los padres están tan ocupados con su propia historia que tiene la cuerda larga. Mariano, en cambio, tiene padres autoritarios y un hermano mayor que es despiadado, se llama Caín. La familia es religiosa pero, como se advierte, tiene un sentido del humor un tanto extraño.

A la generación de Camila le alteraron el mapa de forma dramática, así que muchos de los brillantes estudiantes de la maestra Elizabeth confunden capitales con países enteros y piensan que Kazajstán es, quizás, el nombre de un grupo terrorista. Los científicos no conformes con esto, jubilaron un planeta, y si era una niña desorientada, hoy desconfía hasta de los astros que ahora lo son y luego son degradados sin respeto, como la masa flotante que llevaba el nombre romano del dios del infierno ¿Será un atentado por desaparecer ese tétrico lugar?

A Camila le encanta tocar a la puerta de Mariano todas las tardes, también por las mañanas en vacaciones para invitarle a jugar: ¿Sales?, le grita animada y el niño camina disimulando hasta llegar a la puerta donde aprieta el paso y se desprende del disfraz de niño recatado. ¡Alcánzame, Camila, a que te gano de nuevo! Le encanta competir y sobre todo ganar, pero quiere a su amiga y a veces le regala la victoria. Le gusta verla contenta como un chapulín que da saltitos ¡Te gané, te gané, eres una mujercita! Dice ella con su voz de sirena.

Otras veces lo ve con las otras niñas y niños de la cuadra y prefiere irse sola a escribir sus historias; no es que no le caigan bien; de hecho, le encanta la manera en que ambos los vacilan, se ríen como locos y las víctimas apenas advierten que les sirven de pretexto para sus juegos.

Con el tiempo se hizo aficionada a los cuentos de Borges y los laberintos le presentaron sitios perfectos para perderse, así, sin brújula ni dirección, jugar a extraviarse hasta dar con la salida por pura intuición. Recuerda que el hábil detective Lonnrot quedó atrapado por la muerte gracias a su obsesivo uso de la brújula, que su archienemigo Scharlach aprovechó para cercarlo. Así que tiene mil y un motivos para ser desorientada. Nunca se divierte tanto como cuando están juntos y solos. Su pasión es ir por ahí, quebrantar reglas, lanzar piedras a los cristales para huir o escandalizar a las señoras recatadas. A los dos les gustan los cuentos de misterio y las historias fantásticas.

A los dos les conmueven los sitios difusos, las tardes de sol agónico o las noches desveladas que comienzan por abrir el párpado de cielo para mostrar su ojo rojizo, ojo de trasnochado. Sitios efímeros, móviles, los ves un rato y desaparecen como fantasmas.

Una tarde Camila escapó enfurecida, su nana Fidelia no le quiso leer un cuento. Como era costumbre, sus padres no estaban y ella se iría para siempre. Seguirá a la luna que, por cierto, se encoge, dijeron en la radio, y quiere constatarlo sin perderla de vista hasta que se haga del tamaño de un lunar y la rasque a la distancia como quien rasca una costra y desangra al cielo. Mariano dice tener brújula y amenaza con ella su gusto de perderse; Camila fue por él y le escondió la brújula, se perdieron en un bosque baldío. Sí, un lugar intermedio entre campo y basurero urbano. Ahí se besaron por primera vez.

Desde entonces juegan a besarse, pero a Mariano le da mucha pena, se siente ridículo y le pide a Camila que se escondan. Lo cierto es que cuando la niña no toca a su puerta se pone mal y le duele la panza. Ella no va seguido porque le tiene miedo a Caín, que busca cualquier pretexto para molestarlos. ¡Son novios!, les grita por la ventana. A ella le dan ganas de sacarle el mole de un puñetazo, pero Mariano quiere a su hermano mayor y lo respeta.

Camila sabe entretenerse sola pero no es igual; con él se funde como si uno y otro jugaran a las sombras o al eco, lo que uno hace resuena en el otro, pero Mariano comienza a desconfiar, parece que los comentarios de los vecinos, las suspicacias de sus padres, actuaran como astillas que van fracturando el espejo. Él culpa de todo a los besos, al dolor de panza que provoca la ausencia, a la razón que se obstina por buscar una ruta. Pero se equivoca, el espejo se empaña por el miedo de mirarse en él, porque sabe que cada día es más Camila y ella se hace más él. Necesitar a alguien para respirar es un tifón peligroso que amenaza con ahogar la vida, pero no sabe que es como el recién nacido que sólo necesita dejar que el aire inunde sus pulmones para acceder a un nuevo ambiente, a la vida vida, cargada también de muerte.

Son varias tardes que Mariano no sale, ella se instala bajo su ventana y lanza, para que se asome, cientos de piedritas. Con disimulo, se hace el sordo, tras un largo rato, canjea las piedritas por pretextos tontos. Se lo pierden los dos, pero ella es dueña de la calle, él se hunde en un simple cuarto. Ella llora de nuevo con la noche y busca respuesta en las estrellas, supone, sin saber de horóscopos, que son sabias por ser testigos. Las adivina cómplices y espera su consejo.

Por fin Mariano sale. Lleva a Camila a la montaña, se esconden en el bosque, el aire abraza a los árboles, la maleza conforma una amalgama, una tenue bruma, casi acuática, tibia. Los troncos gruesos son columnas eternas, testigos de muchos paraísos. A Camila le gustan unas florecitas rojas como plumero, como minúsculas gotas de sangre. Mariano abre los brazos, se besan, su aliento es síntesis de todas las estrellas.

Desde entonces elige esos gestos de coordenadas, a esa bruma como provincia flotante sin norte ni oeste, la capital no se puede pronunciar, se dictan en susurros. Como asta de su bandera proclama eso que a Mariano le crece entre las piernas, eso que frota para darle una identidad nueva al cuerpo de su niña que se humedece como nunca antes; la piel querrá, a partir de entonces, entonar ese himno que estremece todos sus territorios. Su tierra tiene un mirador; es cierto que ya no puede volver a los besos precisos de ayer, pero los resucita en la clase de matemáticas o en la cola de la tiendita, los usa como preludio para dormir.

Esconderá, a partir de entonces, la brújula mil y un veces. Es mejor no resistir como lo hizo Lonnrot. Se considera sensata, qué caso tiene avizorar dirección en un mundo que de súbito altera las fronteras, fe en hombres que se atribuyen el lujo de jubilar estrellas, necios que veneran un tiempo y un espacio que los devora.

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