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Lázaro Cárdenas, al gusto de cada quien

Hay muertos que siguen vivos. Decía José López Portillo que este país seguía bajo la sombra de dos expresidentes: Benito Juárez y Lázaro Cárdenas. El segundo está hoy en todos los medios gracias a la discusión sobre la reforma energética.

El fantasma de Lázaro Cárdenas reaparece constantemente desde 1988. En ese año de elecciones, su figura sirvió para aglutinar a los distintos grupos que se congregaron alrededor de Cuauhtémoc Cárdenas y que luego salieron a manifestarse contra lo que ellos consideraron un fraude electoral.

Si bien los últimos gobiernos priístas nunca rompieron con el recuerdo de Lázaro Cárdenas y la expropiación petrolera, el mayor uso de su imagen viene de la izquierda; a las manifestaciones de 1988 se sumaron la fundación del PRD, las elecciones presidenciales de 1994, 2000, 2006 y 2012, las muchas protestas callejeras que hemos vivido en los últimos años, y por supuesto la cuestión petrolera.

Para esa izquierda (y para muchos mexicanos) el petróleo regresó a las manos de la nación el 18 de marzo de 1938 y jamás debería permitirse que la industria privada vuelva a invertir en ese negocio. Sin embargo, no todos los mexicanos piensan así. Hay quien considera que Pemex no tiene la capacidad para encontrar y explotar nuevos yacimientos petroleros y para lograrlo es necesario buscar capital extranjero.

Las dos posturas usan la imagen del general para justificarse. En el caso de la izquierda, permitir la inversión extranjera en el petróleo sería un gravísimo retroceso que colocaría al país en una situación peor ya que además de perder toda esa riqueza, Pemex se convertiría en una pieza más de los enormes conglomerados extranjeros que manejan el petróleo mundial.

Hace unos días, el ingeniero Cárdenas publicó una carta que su padre le envió en 1968 al entonces director general de Pemex, Jesús Reyes Heroles. En esa carta, el general dice que los capitalistas privados solo están interesados en enriquecerse sin tomar en cuenta la pobreza que crean a su alrededor. Por esa razón, dice el general, es necesario mantener el sistema de economía mixta gracias al cual el Estado puede controlar a los inversionistas y enfocarse en desarrollar riqueza que beneficie directamente a la sociedad.

Por el otro lado, los que impulsan la apertura de Pemex, aseguran que se respetará el espíritu del ideario cardenista, el cual consideraba que si bien el petróleo era propiedad exclusiva y eterna de la patria, era también necesario permitir la participación de la iniciativa privada.

Como señala Enrique Krauze en su artículo publicado en Reforma, Cárdenas se reunió con los expropiados en 1938 y 1939 con la intención de encontrar un arreglo que permitiera la inversión privada en una empresa absolutamente mexicana. Prueba de ello sería la adición al párrafo sexto del artículo 27 constitucional, que señala que el petróleo y los recursos naturales son propiedad inalienable de la nación.

Es cierto que la adición establece que el gobierno otorgará concesiones a particulares y a sociedades civiles, con la condición de que establezcan trabajos regulares de explotación y que cumplan con los requisitos establecidos por las leyes. Pero más adelante el artículo dice claramente: “tratándose del petróleo y de los carburos de hidrógeno sólidos, líquidos o gaseosos, no se expedirán concesiones, y la Ley Reglamentaria respectiva determinará la forma en que la nación llevará a cabo las explotaciones de esos recursos”.

Eso quiere decir que a pesar de que Cárdenas buscó un arreglo con las compañías petroleras y que hizo una enmienda constitucional un mes antes de terminar su sexenio (para beneficiar al gobierno de Manuel Ávila Camacho), también dejó claro que ni el petróleo ni la gasolina serían concesionados a particulares.

Tanto los que impulsan la reforma de Peña Nieto, como los que están en contra dicen que de estar vivo Cárdenas los apoyaría. Es imposible saberlo. Lo más que podemos hacer es especular.

Por una parte, Cárdenas siempre vio con recelo a los inversionistas petroleros y a la iniciativa privada en general. Producto de esa izquierda revolucionaria que tuvo figuras como los hermanos Flores Magón y el general Francisco J. Múgica, para Cárdenas y su generación el Estado era la pieza central para el desarrollo del país. Y solo el gobierno podía dirigir al Estado. Cualquier elemento ajeno, como la clase media católica, los campesinos que no querían integrarse a la CNC y la iniciativa privada, eran vistos con desprecio.

Por otro lado, y esto es más claro durante su etapa como expresidente, Cárdenas fue el líder de la disidencia dentro del sistema. Criticó el giro a la derecha de Ávila Camacho, protestó contra el intento de reelección de Miguel Alemán, defendió a los movimientos de campesinos y trabajadores que eran reprimidos por el Estado Revolucionario, protegió a los grupos de izquierda y siempre denunció a los “elementos extraños a la Revolución” que se habían infiltrado en el PRI, como escribió en su discurso póstumo del 20 de noviembre de 1970. Pero Cárdenas jamás rompió con el partido oficial.

Para Cárdenas, la verdadera política, la que transformaba a la sociedad, solo podía hacerse dentro del PRI. El Partido era el heredero de la lucha revolucionaria y solo él tenía la legitimidad para dirigir al país. Aunque durante su mandato surgió el PAN, no fue un rival de peso ante la aplanadora priísta. Cárdenas se mantuvo en el PRI hasta su muerte y tuvo un funeral de Estado presidido por el presidente Díaz Ordaz y el presidente electo Echeverría.

Lo cierto es que México no es el mismo de 1970, cuando falleció Cárdenas. Y si la historia nos sirve para entender el presente, no puede ser la única razón para construir el futuro.

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