Cinque Terre

Mariano Yberry

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Periodista.

Las trovadoras y la poesía erótica de las mujeres

Aunque se diga que no es cierto, como se niega también la realidad del Holocausto o del Gulag, la situación social y política de las mujeres realmente ha sido desventajosa e injusta por cosa no de siglos, sino de milenios. Puestas en situación inferior a los varones, convertidas en objetos de propiedad de los varones, se les negó la igualdad y la equidad, se les consideró casi animales, pura naturaleza, lo mismo que casi demonios; del ánfora de Pandora, o sea, del vientre de la mujer, vienen todas las calamidades humanas, tal es el mito.

 

Durante la Edad Media la represión y explotación de las mujeres fue intensa, casi total. Pero la Modernidad las silenció e invisibilizó casi por completo, especialmente como creadoras de ciencia y cultura, lo mismo que como trabajadoras y guerreras.

 

Ha sido el pensamiento feminista quien se ha encargado de desenterrar y liberar del olvido impuesto la presencia creativa de las mujeres, no sólo su función como madres y objetos del deseo. De tal forma es como poco a poco nos hemos venido enterando cada vez con más claridad significativa de la existencia de las “trovadoras”, las mujeres poeta de la Edad Media. Como la cantora anónima que nos entrega estos versos de amor erótico:

 

 

“Amigo mío, decídete, / ven a tomarme ahora, / bésame la boca, / apriétame los pechos, / junta ajorca y arracada. / Mi marido está ocupado.”

 

 

Es el mismo amor del que hablan los varones. Pero sentido desde otro cuerpo, otra mente. No será fácil que la poesía de las mujeres hable de otra forma, su idea del amor emancipado. En estos versos domina el juego de amores que provoca la doble moral del patriarca; por un lado se afirma el amor en pareja como el ideal más perfecto, y por el otro lado se declara al mismo tiempo que el adulterio es el mayor placer amoroso. Los mayores goces eróticos los dan las mieles del engaño y las perlas de la traición, la mentira y el ocultamiento. Se cree así que los varones siempre son auténticos y las mujeres son siempre falsas, ellas son las que provocan el mal.

 

Así, en el siglo XI, la poeta hispanoárabe Wallada la Omeya escribe:

 

“Doy gustosa mi mejilla a mi enamorado / y doy mis besos a quien los quiera”. Las trovadoras no hacen muchos cantos para sus maridos, los hacen para sus amantes, generalmente pasajeros y clandestinos. Sus versos hablan de los amores nocturnos y de la Luna, los amores fuera del orden. Porque lo ideal y perfecto es monótono y más reproductivo que afrodisiaco, al menos en ese mundo medieval, en que la poeta andalusí Zaynab de Amería nos dice:

 

Las trovadoras, recordadas como “trobairitz”, rompían con un patrón cultural de la época e incluso rompe con un rol de género que persiste: sólo el hombre corteja a la dama y no al revés. Esto aunado al “atrevimiento” de no respetar los votos del matrimonio al puro estilo de los trovadores de la época.

 

Un ejemplo claro de cómo la declaración de intenciones era igual de directa y expresa en las mujeres que en los hombres lo encontramos en “La Condesa de Día”, Beatriz de Día (1140-1175), y su “A chantar m’er de so qu’eu no volria”:

 

 

“Tú que cabalgas en pos de tu deseo, / detente y te dirá mi boca lo que padezco. / Los hombres no disputan sobre el amor que sienten, / mas mi pasión por ellos sobrepasa la suya. / Me es suficiente con ver alegre a mi amado presente / y por su amor y su alegría / me afanaré hasta el fin de los tiempos“. “Cómo querría una tarde tener / a mi caballero, desnudo, entre los brazos / y que él se considerase feliz / con que sólo le hiciese de almohada, / lo que me deja más encantada / que Floris de Blancaflor: / Yo le dono mi corazón y mi amor, / mi razón, mis ojos y mi vida. / Bello amigo, amable y bueno, / ¿cuándo os tendré enmi poder? / ¡Podría yacer a vuestro lado un atardecer / y podría daros un beso apasionado! / Sabed que tendría gran deseo / de teneros en el lugar del marido, / con la condición de que me concedierais /hacer todo lo que yo quisiera”

 

 

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