Entrevista de Ariel Ruiz con Juan Carlos Castillón

Las respuestas equivocadas de las teorías conspirativas

Ante los retos que planteaba el traumático surgimiento del mundo moderno desde el siglo XVIII, quienes seguían aferrados al antiguo orden social y cultural buscaron explicarlo y denunciarlo. Muchos de ellos recurrieron a una forma que pretende dar cuenta de los cambios políticos de la época de manera sencilla y fácilmente asequible: la teoría de la conspiración, por la que un grupo de conjurados resulta ser el motor oculto de las transformaciones.

Un interesante relato y explicación del nacimiento de ese tipo de teorías durante el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa, así como del desarrollo de los mitos conspirativos que llegan hasta nuestros días, lo ofrece Juan Carlos Castillón (Barcelona, 1958) en su libro Amos del mundo. Una historia de las conspiraciones (México, Debolsillo, 2014). etcétera sostuvo una charla sobre ese libro con el autor, quien ha sido periodista, escritor, traductor y librero. Tras pasar 20 años en Miami, regresó a su ciudad natal, donde prepara un libro sobre el movimiento abolicionista en Estados Unidos. Es autor de cinco libros.

¿Por qué escribir y publicar este libro? ¿Cuál es hoy la relevancia de las teorías de la conspiración?

Me pareció un tema interesante y me lo sigue pareciendo. Recientemente vi en YouTube una vieja filmación del funeral de Lady Bird Johnson, la viuda del presidente norteamericano Lyndon Johnson. Era graduada de la Universidad de Texas y en su funeral la banda de música interpretó “The Eyes of Texas are Upon You”, el himno de su equipo de futbol, los Longhorns (Cuernilargos, llamados así por un tipo de vaca propio del desierto), mientras la congregación hacía el saludo con el que se acompaña ese himno: un puño alzado con los dedos índice y meñique extendidos como una cabeza de toro. El encabezado de ese video era: “Despedida satánica a la viuda del Presidente Lyndon B. Johnson”.

Cualquiera tiene acceso a datos que permiten contestar esa afirmación, pero miles de personas no se han molestado en ir más allá del video. Hay cientos de casos semejantes y docenas de libros que giran en torno a las conspiraciones, que además cubren todos los géneros, desde la novela popular hasta el ensayo histórico o seudohistórico. En su momento, y hablando con uno de mis editores, Cristóbal Pera, la teoría conspirativa nos pareció un tema interesante que se fue ampliando a medida que yo investigaba. La cosa empezó como un libro de historia y anécdotas, y acabó siendo algo parecido a un libro de crítica literaria sobre un género, el conspiracionismo, al que trato de definir en los capítulos finales del texto, presentando a sus personajes habituales, sus autores, sus lectores, los temas recurrentes que permiten identificar a un libro como parte de ese género y las estrategias narrativas empleadas en los mismos.

Las teorías de la conspiración, como explicación de lo que pasa en el mundo, siempre han tenido un espacio en el imaginario popular, que suele aumentar en momentos de crisis, cuando las respuestas más lógicas dejan de funcionar para un grupo creciente de personas. Por eso han tenido más público en sociedades arruinadas o derrotadas (la Tercera República Francesa después de la derrota en la Guerra Franco-Prusiana de 1871, la República de Weimar en la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial, los países del antiguo bloque soviético tras la caída, para muchos inexplicable, del Muro de Berlín) que en países donde todo funciona bien. Con la economía europea en crisis, es inevitable que esas teorías resurjan.

En algunas partes del libro usted menciona que sí han existido algunas conspiraciones reales y demostrables, que han tenido éxitos y fracasos. ¿Cuáles podría destacar entre ellas?

Nunca he tratado de negar que han existido conspiraciones reales. Mi libro está escrito desde el escepticismo, no desde la negación. No me he sentado a escribir un libro que diga que todos los conspiracionistas están -y además siempre- equivocados y todas las conspiraciones son imaginarias. Pensemos en las revelaciones de Assange o en Snowden. Los Estados conspiran a espaldas de sus ciudadanos, los poderosos conspiran para tener más poder, los revolucionarios conspiran para derribar los Estados; eso ha formado parte de la historia de la humanidad y negarlo sería un error.

Lo que sí niego es la teoría conspirativa como único motor de la historia de la humanidad, como nos presentan algunos fabuladores. El Duque de Orleans quería ser rey en lugar de su primo Luis XVI. Por ello contribuyó a desencadenar la Revolución Francesa, pero no la causó, sino que fue la suma de una serie de factores que afectaron a una sociedad agraria, pretecnológica, que acababa de pasar seis años de malas cosechas, en donde había hambre y donde una clase dirigente (la aristocracia), que había conservado todos sus privilegios sin seguir ejerciendo ninguno de sus deberes, se negaba a dar entrada en la administración de la cosa pública a una clase más eficaz (la burguesía). Esto sin olvidar factores culturales, sociales, etcétera.

El Duque de Orleans fue un elemento más dentro de esa mezcla. Reconocer su participación es propio de historiadores, pero pretender que solo su acción causó la revolución es propio de teóricos de la conspiración. El duque, en su condición de ilustrado y descreído, pero también de especulador y de conspirador, da un rostro a toda una serie de fuerzas que escaparon a su control, aunque ayudó a desencadenarlas. Pretender además que el duque causó esa revolución porque era francmasón es rizar el rizo, porque también eran francmasones muchos de sus contrarios, incluyendo a varios generales del ejército de la Vendée (esa versión francesa de los cristeros mexicanos), al abogado que intentó salvar a Luis XVI en su juicio, al marqués de Fersen que trató de salvar a la familia real francesa haciéndola huir, y a los hermanos de Luis XVI que reinaron tras la restauración y al final del régimen bonapartista.

En realidad, en aquel momento en Francia casi toda la gente educada se movía en círculos masónicos… con raras excepciones, por ejemplo Robespierre, quien sí fue revolucionario y le cortó primero la cabeza a Luis XVI, que no era masón, y al Duque de Orleans, que en el momento de su muerte había sido expulsado de su logia.

Las explicaciones conspirativas de la historia surgieron con el Siglo de las Luces, “son un producto de la modernidad”, afirma usted. ¿Por qué en la época de la razón y de las masas aparecieron aquellos relatos que remitían oscuramente a pequeños grupos?

El mundo siempre ha sido complicado. Desde el Siglo de las Luces, además, somos conscientes de que lo es. Anteriormente dios era el motor de la historia, o al menos su coartada. Si algo no funcionaba era por voluntad de dios, los reyes lo eran por voluntad de dios; era un dios que escribía recto con renglones torcidos, según una vieja frase popular.

Con anterioridad al Siglo de las Luces la Historia no aspiraba a ser una ciencia sino que era mera crónica de sucesos, pero no trataba de explicarlos. Cuando la lógica sustituye a la fe y la Historia-ciencia social sustituye a la Historia-crónica, todo se complica. Cuando, además, los líderes del país dejan de ser nombrados por dios y pierden su aureola mágica, son necesarias explicaciones adicionales a lo que pasa en el mundo e influye en nuestras vidas. El mundo siempre ha sido complicado pero eso no significa que sea incomprensible: ciencias combinadas nos pueden dar una imagen más o menos correcta de lo que nos rodea.

Incluir a las ciencias en una gran ecuación, en la que además algunas incógnitas (las que se refieren a la conducta humana) varían de un momento a otro, es difícil, pero junto a esa explicación lógica existe otra, más fácil de seguir: la teoría conspirativa, que frente a miles de análisis que llegan a contradecirse entre sí y que nos exigen un gran esfuerzo, puede resumir toda nuestra historia, la de nuestra cultura y sobre todo la de todos nuestros problemas, en 100 páginas o menos, y darles además una dimensión ética y moral de la que suele carecer la verdadera historia. En las teorías conspirativas hay buenos (entre los que nos contamos desde el momento en que las aceptamos) y malos, la historia tiene sentido y finalidad, el mundo se vuelve más sencillo… como cuando dios era su motor, solo que ahora el papel de motor de la historia se le suele atribuir al mal, personificado o no en una serie de personajes.

Justamente en el siglo XVIII fueron señalados los villanos favoritos de las historias conspirativas: judíos, masones, templarios e illuminati; después serían sumados otros grupos, como los jesuitas y los banqueros. ¿Por qué fueron señalados estos grupos tan diversos que a veces han sido agrupados en diversas mezclas?

Los illuminati -los de verdad- preferían llamarse a sí mismos perfectibilistas. Fueron una logia racionalista de breve duración cuya existencia fue detallada en los informes policiales bávaros con bastante exactitud y cuyo fundador murió reconciliado con la Iglesia y descansa en un camposanto católico. Los templarios -de nuevo, los de verdad- desaparecieron en la Edad Media y resucitaron en la imaginación popular porque uno de los fundadores de la masonería escocesa deseó dar más antigüedad a su orden y nadie discutió sus palabras pese a no estar avaladas por ningún documento. Los judíos, con la aparición de la teoría conspirativa, pasan de ser un grupo odiado y despreciado entre los cristianos por su papel bíblico en la muerte de Cristo, a ser un grupo odiado y temido por su supuesto papel en el comercio internacional.

Por lo demás, masones, judíos, jesuitas (sí, incluso los jesuitas que introdujeron en la Iglesia católica prácticas que después han copiado administrativos y organizadores empresariales a lo largo del mundo) y banqueros fueron originalmente grupos de gente letrada, urbana, móvil, en medio de sociedades rurales, arraigadas, estables y normalmente analfabetas. De alguna manera fueron los primeros antecedentes del humano moderno tal y como es hoy, y en consecuencia, en esa condición, fueron vistos por muchos como los responsables de la desaparición del mundo anterior a la Revolución Francesa. De nuevo, como en el caso del Duque de Orleans, se identifica en un grupo de personas la acción de fuerzas sociales y culturales mucho mayores y difíciles de explicar.

¿Por qué los judios se convirtieron en uno de los grupos más señalados como conspiradores?

La ausencia de raíces y el hecho de que su religión rara vez fuera practicada en público en los países occidentales, con la excepción de Holanda y de la Inglaterra posterior a Cromwell. Hasta la Revolución Francesa, Europa es oficial y totalmente cristiana y existe un amplio antisemitismo, católico pero también luterano y ortodoxo, del que solo escapan la mayor parte de los calvinistas (congregacionales y presbiterianos nunca han sido antisemitas).

En Europa el judío es un otro marginal al que apenas se conoce. El mundo moderno, al apartar a la religión del centro de la política europea, pasa a integrar a ese otro como uno más de la comunidad nacional. Como beneficiario de la aparición del mundo moderno, el judío pasa también a ser sospechoso de ser uno de los responsables de su aparición.

Por otra parte, los judíos, no todos pero sí aquellos que ya son comerciantes, suelen tener contactos familiares que van más allá de las fronteras nacionales en un momento en que éstas dejan de ser una expresión de la voluntad dinástica para serlo de la voluntad popular. En siglo XVIII las guerras entre Francia y Prusia son guerras entre Luis XV y Federico “El Grande”, pero desde principios del siglo XIX las guerras entre Francia y Prusia serán guerras entre los franceses y los prusianos. El comercio internacional pasará a ser más sospechosoque en tiempos de las viejas monarquías y esas sospechas se unirán a las heredadas del mundo premoderno hasta conformar gran parte del antisemitismo actual.

Señala que la contribución anglosajona al mito de la Gran Conjura han sido los plutócratas, los banqueros, desde Rothschild hasta el Club Bilderberg. ¿En qué se diferencia este aporte de los de la Europa continental?

Inglaterra es moderna desde antes de la Revolución Francesa. En su Parlamento ya se sentaban banqueros, armadores y comerciantes cuando en Francia todavía se afirmaba el Derecho Divino. Por ello la Inglaterra del siglo XVIII ya conducía sus guerras de forma abiertamente comercial, buscando el beneficio de una clase dirigente que, al contrario que las clases dirigentes del continente, no intentaba dar pretextos humanitarios a lo que es básicamente una búsqueda de riquezas. En el siglo XV los españoles intentaron convertir a los nativos de América o las Filipinas, y lo mismo hicieron los franceses en Norteamérica en el siglo XVIII, pero cuando los británicos llegaron al Punjab en el siglo XIX se limitaron a saquearlo.

Las teorías conspirativas europeas son la expresión de un pensamiento conservador y una muestra de la resistencia de un mundo premoderno que comienza a morir con la Revolución Francesa y acaba por desaparecer con la Revolución Rusa. Las teorías conspirativas que giran en torno a elementos anglosajones son por regla general más modernas y a la vez más creíbles porque toman un elemento del mundo real: el control del dinero. Las teorías conspirativas británicas suelen carecer, al menos en su origen, de los elementos religiosos y metafísicos que acompañan a las europeas continentales. Una teoría conspirativa europea girará en torno a la destrucción de la cristiandad y el control del alma humana, mientras que una anglosajona lo hará en torno al control de los mercados internacionales.

¿Cuál fue el método historiográfico de personajes como el abate Barruel y John Robison? Se observa falta de rigor ya que aceptaban “cualquier historia que confirme sus tesis” y se citaban entre ellos, por ejemplo. En ese sentido creo que se podrían recuperar algunas de las críticas de otro autor reaccionario: Joseph de Maistre.

Joseph de Maistre era un contrarrevolucionario pero también un hombre, a pesar suyo, moderno, que se enfrentó a la Revolución Francesa con argumentos que nada tenían que ver con las teorías conspirativas, en las que nunca creyó. Fue un masón que abandonó su logia por obediencia a su fe cuando la masonería fue condenada por la Iglesia católica, pero que continuó defendiendo a la masonería como inocente de la Revolución Francesa en los raros escritos en que la menciona.

De Maistre opinaba -y sus opiniones a veces pueden asustarnos- pero no desinformaba porque cuando pasaba de la opinión a la narración relataba tan solo aquello de lo que podía dar testimonio personal. No hablaba de oídas a menos que su confidente fuera de su total confianza e incluso en esos momentos lo advertía al lector.

Barruel y Robison son hijos de su época. Intentaron hacer lo que después han hecho mil analistas políticos y periodistas: buscar debajo de lo evidente y visible los hilos conductores de situaciones que les sorprenden. Se equivocaban en sus análisis pero, aunque de forma torpe, intentaban seguir el mismo camino que en aquel momento comenzaban a tomar los historiadores. Ellos mismos se presentaban sinceramente como historiadores en un momento en que la historia aún carecía de disciplina. Sus obras son contemporáneas de las primeras obras de la historia moderna y es perfectamente comprensible que, siendo fruto de un momento de crisis y formando parte de una guerra cultural, la primera de tipo político de Occidente, fueran partidistas.

Lo que es preocupante es que siendo ya la historia una ciencia social, dotada de mecanismos, de sistemas, de formas de trabajo más o menos estandarizadas, sigan siendo tantos los que lean de forma acrítica unos libros que, bien leídos y despojados de sus exageraciones y errores, continúan siendo un testimonio interesante del momento en que fueron escritos.

¿Cómo se han manifestado las conspiraciones en la literatura? Usted menciona a un gran grupo de destacados autores que han utilizado ese recurso de distintas maneras, como Goethe, Stendhal y Eugenio Sue, hasta John Le Carré, Ian Fleming y Dan Brown.

La teoría conspirativa, que tan potencialmente peligrosa puede llegar a ser cuando se convierte en política o, peor aún, en política de Estado, desde el punto de vista de la narrativa es un recurso maravilloso. Permite tramas increíbles y personajes extraordinarios, puede dotar a cualquier simple historia de traiciones personales y hacerla transcender. El problema es que siempre habrá alguien que se olvide de diferenciar entre ficción y realidad. Desde luego hay una gran diferencia entre Goethe, que pudo frecuentar a los illuminatti reales, que tan poco tienen que ver con los imaginarios, y refleja en Las cuitas del joven Werther el mundo cultural prerrevolucionario en Alemania, o Stendhal, que refleja en su Rojo y negro los temores de los liberales ante la recién reconstituida Compañía de Jesús, y autores populares como Dumas o Sue, que también reflejan ese temor hacia los jesuitas pero en libros mucho más exagerados tanto en sus planteamientos como en sus personajes.

La literatura es hija de su tiempo y el antijesuitismo aparece en toda la literatura liberal francesa del siglo XIX. Como fue Francia el lugar en donde nació la mayor parte de las teorías conspirativas, es normal que también éstas se reflejaran en sus libros. De la misma forma la Guerra Fría impregnó buena parte de la literatura del siglo XX, sobre todo en los países anglosajones.

Escribe usted que “en el terreno de las conspiraciones es mejor no menospreciar nunca el poder de la propaganda, la ilusión, la estupidez y el miedo”. En ese sentido, ¿cuáles creencias son el caldo de cultivo que hace florecer las ideas conspiratorias?

Ni en el terreno de las conspiraciones ni el en el de la política hay que despreciar nunca el terrible poder de la simplificación y el desprecio hacia el experto real. Los teóricos de la conspiración, como los demagogos, son maestros no de la mentira sino de la simplificación y de la afirmación constante. Y eso se extiende a todos los terrenos, no tan solo al político o al histórico. Una vez que alguien cree en las teorías conspirativas y ha aceptado que la historia de los libros de texto y las noticias de la tele no solo contienen errores o puntos de vista distintos a los propios sino que han sido falsificadas sistemáticamente, pasa fácilmente a dudar de otras muchas cosas.

Ejemplos de teorías conspirativas no necesariamente políticas: el sida fue creado artificialmente para exterminar a (añádase grupo étnico o sexual a la medida del autor de la tesis existen formas de energía alternativas que nos son ocultadas por los productores de petróleo (y no hablamos solo de la energía eólica sino de “motores de combustión interna” que funcionarían con plantas o directamente con agua la humanidad no ha llegado a la Luna, todo fue una falsificación, etcétera.

El problema de muchas teorías conspirativas es que pueden o suelen ser respuestas equivocadas, pero lo son a menudo a problemas reales. No creo que el gobierno norteamericano haya creado el sida para exterminar a los negros, pero muchos afroamericanos comparten esa tesis porque en tiempos del New Deal el gobierno norteamericano administró de forma francamente criminal el experimento de Tuskegee para el estudio de la sífilis, cuyos pacientes fueron afroamericanos.

Hay un apunte muy interesante: para el creyente en conspiraciones solo los blancos son capaces de pergeñar un plan para ser los amos del mundo. Pero lo que se aprecia en el libro es que esa idea se generó en el propio Occidente. ¿Por qué ocurrió esto?

Las teorías conspirativas nacieron en Occidente poco antes de la aparición del imperialismo moderno de tipo comercial. Acompañan el ascenso de Europa como gran potencia mundial, dueña de Asia, África y Oceanía, y por ello, naturalmente, sus personajes centrales son de origen europeo. Las teorías conspirativas giran en torno a seres todopoderosos, y ningún monarca asiático, por rico que fuera, se ajusta a esa descripción a lo largo del siglo XIX y gran parte del XX.

Como de alguna manera tanto el centro del progreso tecnológico y científico como la cultura popular/global han permanecido ligados a la cultura europea y norteamericana, es normal que también lo hayan estado las teorías conspirativas de dimensiones globales. Los japoneses reaparecieron temporalmente en ellas en los años ochenta, antes de su apagón económico en los noventa, y a pesar de los ataques del 11 de septiembre nadie parece tomarse demasiado en serio una teoría conspirativa que implique a los árabes, tal vez porque no han vuelto a ganar una guerra a nadie, excepto a otros árabes, desde que los turcos conquistaron Egipto hace ya varios siglos.

Las sospechas tienen que ajustarse, aunque sea de forma solo aproximada, a la realidad, incluso cuando ésta es negada por esas mismas tesis conspirativas. Si ves hoy una reunión del G-7, o de los banqueros y aristócratas del Club Bildelberg, casi todas las caras que aparecerán en las fotos seguirán siendo blancas.

Cita usted al historiador John Roberts, quien afirma que “fue más importante en la historia del siglo XIX la creencia en la acción de las sociedades secretas que su existencia real”. Esa idea, ¿a qué conductas concretas condujo en ese siglo?

A lo mismo que en nuestro siglo: a la persecución de enemigos imaginarios más que a la resolución de problemas reales. Fue la sospecha, injustificada, de que los masones hubieran podido conducir la Revolución Francesa, la que llevó a numerosos anticlericales, en los países católicos, a la masonería, que gracias a las acusaciones recibidas acabó por ser en el mundo real la entidad imaginada por sus enemigos en los primeros libros antimasónicos: una sociedad anticlerical.

En un terreno menos anecdótico, toda la acción de la Santa Alianza en la Europa que siguió a las guerras napoleónicas lo único que logró fue retrasar una o dos generaciones la unificación de Italia y crear resentimientos dentro del imperio austriaco que condujeron a la Gran Guerra de 1914-18.

¿No es la violencia el desenlace del discurso conspiracionista?

La violencia no siempre es el final necesario de ese discurso. De nuevo, el discurso conspirativo, como la teoría conspirativa que combate, es solo parte de un todo mucho más grande y difícil de comprender. El Duque de Orleans pudo ayudar a provocar la muerte de Luis XVI, y la suya pocos meses más tarde, porque actuaba en un país hambriento, en guerra, invadido, sin élites capaces de controlarlo de forma coherente. Un siglo más tarde Charles Maurras denunció las más peligrosas conspiraciones, en medio de la Tercera República, sin que a sus partidarios se les pudiese acusar más que de algunos bastonazos en la representación de una obra de teatro sobre Juana de Arco y de una pelea multitudinaria en el traslado del cadáver de Rousseau al Pantheon en 1912. Pero, sin salirnos de París, en 1934, en plena crisis económica, lo que hubiera podido ser una simple manifestación de derechas contra la corrupción administrativa del gobierno de Daladier fue presentada como un intento de golpe de Estado, lo que provocó una crisis de gobierno que se saldó con 17 muertos y cerca de dos mil 500 heridos sin que fuera necesaria una tesis conspirativa para desencadenar un baño de sangre… aunque las teorías conspirativas aparecerían más tarde.

La gente que come tres veces al día, puede pagar su alquiler y vivir sin miedo, no suele creer en teorías conspirativas o, incluso si las cree, no sale a la calle a arrancar cabezas. La teoría conspirativa es el reflejo de temores más profundos, que nacen a su vez de realidades más molestas; pero, incluso así, tanto para el pogromo como para la guerra civil o el motín hace falta algo más que palabras. No neguemos a las teorías conspirativas su papel movilizador en situaciones de crisis, pero tampoco las convirtamos en el epicentro de la historia o en las causantes de las crisis.

Usted escribe: “El defensor de las tesis conspirativas no ve los conflictos políticos y las diferencias de opinión como parte de la vida diaria, ni como temas en los que puedan aceptarse compromisos”. En ese sentido, ¿el pensamiento conspirativo es profundamente antipluralista y, por lo tanto, antidemocrático por definición?

Por un lado es evidente que una forma de pensar que divide al mundo necesariamente entre buenos y malos puede parecer necesariamente antidemocrática, pero por otra parte en su aplicación diaria existen toda clase de matices. Recordará que en mi libro menciono al Partido Antimasónico de la Norteamérica del siglo XIX. Ese partido -que fue innovador porque fue el primero en publicar su programa- estaba en contra de la masonería porque entendía que sus miembros no deberían participar en política desde una sociedad secreta y excluyente, y fue parte de una gran renovación de la política norteamericana en su momento, que se manifestó, entre otras cosas, en el cambio de las leyes electorales, que hasta entonces limitaban el voto en Estados Unidos a los propietarios. Incluso hoy gran parte de las críticas contra el Club Bildelberg entran en el terreno de los “Bildelberg, secta secreta y satánica parte del gobierno mundial”, pero otros se mantienen dentro de un nivel mucho más razonable.

Muchos críticos del Club Bildelberg, entre los que me cuento, consideran que aunque todos, incluso los millonarios, tienen el derecho a reunirse con quien quieran; pero cuando millonarios, hombres de negocios y políticos, muchos de ellos electos, se reúnen, no tienen el derecho de hacerlo a espaldas de los ciudadanos ni a mantener sus agendas de trabajo en el secreto. No creo que en la última reunión de Bildelberg hayan hecho sacrificios al diablo, pero sí han planteado, aunque solo sea como propuesta no vinculante, programas que me afectan como ciudadano y pagador de impuestos, y creo que tengo derecho a saberlo.

También anota que entre las características de las sociedades que creen en conspiraciones está la de contar con una prensa mínimamente libre. ¿Cuál ha sido la relación entre las teorías conspirativas y la evolución de los medios de comunicación? En el libro podemos ver desde los libelos de la época de la Revolución Francesa hasta el Síndrome de Salinger en el uso de Internet.

Los libelos, y si a eso vamos incluso la pornografía, tuvieron tanta importancia en el derrocamiento de Luis XVI como los libros de los filósofos. Es entendible: eran más fáciles de comprender y seguir. La teoría conspirativa necesita de conductores, y la palabra escrita ha sido durante varios siglos el mejor de los conductores: el libro, el libelo, el periódico, el cartel. La teoría conspirativa no necesita de una opinión pública sino ante todo de una opinión publicada. Cada vez que ha aparecido una nueva forma de comunicarse ésta ha sido empleada por los teóricos de la conspiración, gente adaptable donde las haya. Hasta llegar a Internet.

El Salinger al que nos referimos aquí no es el novelista, sino Pierre Salinger, antiguo jefe de prensa de la Casa Blanca en tiempos de Kennedy y Johnson, y su error fue el propio de un hombre de su generación, gente acostumbrada a la prensa norteamericana de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, en la que cada historia debía ser corroborada, por lo menos, por dos fuentes antes de ser publicada. Pero un buen día Pierre Salinger vio una noticia en la red e, incapaz de comprender que alguien pudiera escribir un disparate y sin antes confirmarlo, convocó indignado a una rueda de prensa para denunciar un crimen nunca cometido. Mal final para una carrera brillante. Y es que en la red, para bien o para mal, cabe todo.

Se habla de distintas propuestas para controlar la red, y algunos países ya lo han conseguido, pero no son aquellos países en los que vayamos a vivir voluntariamente. La red como medio infinitamente descentralizado, carente de fronteras y, hasta cierto punto, de leyes, es más favorable que cualquier medio anterior a la circulación de ideas raras, alternativas, a veces peligrosas y a veces divertidas, que pueden incluir las teorías conspirativas. Supera en ese medio a la prensa escrita, la radial o la televisiva, que necesitan permisos, licencias y están sometidas a un mayor control. Internet permite la aparición de un medio informativo en el que cualquier persona con acceso a una computadora y un teléfono puede tener, potencialmente, tantos lectores como un gran medio de prensa. Son muchos los que ven en eso un peligro. Deberíamos verlo como un desafío y una oportunidad. Confiemos en que el público, al final, incluso si hay 40 tesis locas en la red, será capaz de comprender y aceptar mejor aquella nacida de la lógica.

Como usted menciona, ahora las teorías conspirativas regresan gracias a la cultura popular estadounidense. ¿Cómo se reflejan esas antiguas teorías en filmes y series de televisión?

Si la literatura tiende a reflejar los temores de una era más fácilmente que sus esperanzas, lo mismo puede decirse de la televisión, que además tiene la ventaja de traer esos temores a la salita de nuestra casa. ¿A qué le tenemos miedo hoy en día? Mire usted series televisivas y se dará cuenta de la forma en que se reflejan algunos de nuestros temores más profundos: gobiernos o entidades oficiales irresponsables y fuera de control que los ciudadanos han dejado de supervisar, tecnologías que se nos escapan, gente poderosa actuando a nuestras espaldas.

La moderna literatura conspirativa ha pasado a la televisión y cualquiera puede verla -que quiera verla ya es otro debate- de forma diaria en sus pantallas. Entre Dumas y los guionistas de Alias hay una continuidad que merecería un libro de crítica literaria.

Los discursos del conspiracionismo muchas veces llegan a ser de odio, para lo cual promueven abiertamente grandes prejuicios, lo cual no pocas veces llega a generar violencia. Por esto, ¿deberían ser limitados, incluso prohibidos, legalmente?

En el siglo XVI las primeras biblias en español llegaron a España a pesar de estar prohibidas. En aquel tiempo las únicas traducciones al castellano de la Biblia eran las protestantes, impresas en Holanda, prohibidas y perseguidas por la Santa Inquisición. A pesar de la prohibición, llegaron a España metidas de contrabando en toneles. España, sin embargo, no se convirtió al protestantismo. Sin comparar la Biblia de Casiodoro de la Reina y Cipriano de Valera con los libros conspiracionistas -nada más lejos de mis intenciones-, hay dos lecciones en esta anécdota. La primera es que no puedes detener la difusión de las ideas: la Inquisición no lo logró. La segunda es que hace falta algo más que un libro para cambiar una sociedad, por importante que este libro sea o parezca.

Hace unas pocas líneas hablábamos de Internet. En Irán la principal compañía de telecomunicaciones tiene como socios a los Guardias Revolucionarios, que pueden en cualquier momento interrumpir las comunicaciones telefónicas en sectores enteros de las grandes ciudades o en regiones completas del país, y hacerlo desde las mismas centrales telefónicas; Estados Unidos está persiguiendo a Assange y Wikileaks; China ha creado una red nacional de Internet prácticamente blindada en la que no pueden entrar ni la pornografía ni las voces disidentes; en Corea del Norte todas las computadoras están registradas; en Arabia Saudita la policía religiosa controla YouTube; Turquía ha restringido el acceso a YouTube. Y todo eso ha sido inútil.

Ningún discurso, ningún debate, debería ser perseguido legalmente. Negarse al debate, o impedirlo a través de la censura, es perderlo incluso cuando el argumento del contrario es prohibido. Pueden, deben, perseguirse acciones y comportamientos claramente tipificados como criminales, pero perseguir palabras o ideas es contraproducente. Es llevar la justicia al terreno de la religión, un terreno del que la sacó la Revolución Francesa. De acuerdo con la fe católica se puede pecar de pensamiento, palabra, obra, acción y omisión. Pero en una sociedad abierta el pensamiento y la palabra deberían estar protegidos. De hecho todo debate que se concluye con una prohibición concede la victoria moral al prohibido, no importa cuán extremas sean sus ideas. Trazar una frontera entre aquello que puede ser o no debatido legalmente, conceder a los jueces o, peor aún, a los políticos, el determinar cuáles ideas son o no peligrosas, qué argumentos pueden o no ser esgrimidos en un debate, es darles más poder del que normalmente merecen y, además, en estos tiempos de Internet es darles un poder decididamente inútil

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