José Luis Peralta

Comisionado de la Cofetel.

Las reformas y la Televisión Pública

“Los fundadores de la BBC creyeron que la radiodifusión podía transformar al mundo y convertirlo en un mejor lugar. La intervención pública debía asegurar que su sorprendente poder creativo -que enriquece los conocimientos del individuo, su cultura y la información sobre la sociedad en la que vive, y que puede contribuir a formar comunidades integradas que en Reino Unido y en el mundo entero definan lo que son y lo que desean conquistar- se ponga a trabajar para el único beneficio de la sociedad…” (BBC, 2004:5).

La cita ofrece un parámetro oportuno ante el debate que se desató en las redes sociales acerca del control de la información y la libertad de expresión, y las adecuaciones a la legislación secundaria que tiene ante sí el Congreso, relativas al establecimiento de un organismo público con autonomía técnica, operativa, de decisión y de gestión, cuyo objeto es justamente el suministro del servicio de radiodifusión con carácter público.

El inciso V, fracción B, del Artículo 6º del decreto por el que se reforman y adicionan diversas disposiciones de los artículos de la Constitución en materia de telecomunicaciones (reforma constitucional), establece que:

“V. La ley establecerá un organismo público descentralizado con autonomía técnica, operativa, de decisión y de gestión, que tendrá por objeto proveer el servicio de radiodifusión sin fines de lucro, a efecto de asegurar el acceso al mayor número de personas en cada una de las entidades de la Federación, a contenidos que promuevan la integración nacional, la formación educativa, cultural y cívica, la igualdad entre mujeres y hombres, la difusión de información imparcial, objetiva, oportuna y veraz del acontecer nacional e internacional, y dar espacio a las obras de producción independiente, así como a la expresión de la diversidad y pluralidad de ideas y opiniones que fortalezcan la vida democrática de la sociedad.

“El organismo público contará con un Consejo Ciudadano con el objeto de asegurar su independencia y una política editorial imparcial y objetiva. Será integrado por nueve consejeros honorarios que serán elegidos mediante una amplia consulta pública por el voto de dos terceras partes de los miembros presentes de la Cámara de Senadores o, en sus recesos, de la Comisión Permanente.

“El Presidente del organismo público será designado, a propuesta del Ejecutivo Federal, con el voto de dos terceras partes de los miembros presentes de la Cámara de Senadores o, en sus recesos, de la Comisión Permanente; durará en su encargo cinco años, podrá ser designado para un nuevo periodo por una sola vez, y sólo podrá ser removido por el Senado mediante la misma mayoría”.

Experiencias internacionales

El pasado 24 de marzo, el presidente Peña Nieto envió al Congreso la iniciativa de decreto por el que se expiden la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión y la Ley del Sistema Público de Radiodifusión. En este contexto es útil retomar la experiencia de otros países respecto de la creación y operación de los medios públicos electrónicos, así como la relevancia que socialmente se les ha otorgado.

La definición que la BBC establece sobre la funcionalidad de la radiodifusión pública remite tanto a la capacidad creativa, innovadora por necesidad y cultural por naturaleza, que desde siempre ha tenido la televisión y que en la actualidad se acrecienta, como a la conversión de ese enorme potencial en capacidad transformadora, en plataforma flexible que coadyuve en el mejoramiento de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Mas a la necesidad social de operar una televisora de naturaleza pública, se adiciona también el requerimiento de modernización tecnológica. La interactividad propia de las redes de telecomunicaciones implica que el ciudadano pueda seleccionarlos con libertad, y elegir los que mejor cubran sus expectativas. Para algunos autores, esta individualización del consumo cuestiona la existencia misma del servicio público de radiodifusión, porque en el mercado se encuentran ya alternativas suficientes y diversas que están al alcance de todos. Y tal facilidad rompe el rol habitual de

la televisora pública en tanto agente de redistribución en el intercambio simbólico, y por lo mismo con el encargo de facilitar que todos los ciudadanos obtengan contenidos adicionales y diferentes a los que el programador privado selecciona. Si la oferta se ha ampliado y crece inclusive en forma exponencial, esa intervención ya no tiene sentido porque el mercado ahora la realiza, y con mayor certeza además. La preferencia de los jóvenes hacia las propuestas de las televisoras privadas y el consumo en la red, es ejemplo estadístico de ello (Mastrini, 2011:3).

Frente al universo comercial, igual se añade, si acaso la función de la radiodifusión pública es ahora corregir las posibles fallas de mercado y cultivar una intervención precisa, que mantenga su función redistributiva en segmentos sociales muy específicos, y asimismo en situaciones de coyuntura. El adelgazamiento del papel social de la televisora pública es incluso recomendable por el impacto económico que provoca su funcionamiento. Por estas razones, que algunos especialistas describen incluso como la crisis de la televisión pública (Sampedro Blanco, 2003), parecía que sus días estaban contados y ya quedaría el paso franco a la preeminencia del mercado en la radiodifusión.

No obstante, la visión anterior encuentra su cuestionamiento justo al considerar el propio entorno digital, donde se produce cotidianamente aquella enorme oferta de contenidos accesibles en las televisoras comerciales y en la red. Estudiosos reconocidos, como Jesús Martín Barbero, reafirman la titularidad de las televisoras:

“… justamente por la fragmentación que introduce el mercado, se hace más necesaria una televisión que se dirija al conjunto de los ciudadanos de un país, que contrarreste en la medida de lo posible la balcanización de la sociedad nacional, que ofrezca a todos los públicos un lugar de encuentro, así sea cambiante y precario, que permita a los que lo quieran poder enterarse de lo que gusta a la mayoría cuando ésta no se define por el rasero del rating sino por algunos gustos y lenguajes comunes, como los que proporcionan ciertos géneros televisivos en los que convergen matrices culturales y formatos industriales” (Barbero, 2002:18).

Ante la fragmentación de las audiencias

Surge la necesidad, más urgente, de establecer medios públicos que funcionen como pegamentos, que propicien espacios comúnes para la sociedad, que concreten sus conquistas sin que limiten sus derechos. Pero alimentar y concretar tales propósitos no es tarea fácil. De hecho, como por ejemplo explica Arroyo1, la televisión pública en América Latina se encuentra hoy en proceso de redefinición, en el intento de encontrar respuesta a un conjunto de interrogantes, aunque “extraordinariamente simples en el papel” (2013), de trascendencia social porque la penetración que logra el servicio2 puede y debe aprovecharse para algo más que el anuncio de bienes y servicios. Urge entonces determinar de inicio los tipos de financiamiento. ¿Quién paga? ¿Cuotas, subvención pública, publicidad, o bien una combinación virtuosa e incluso inédita de estas modalidades? La réplica no es caso simple ni ocioso porque tener una televisión con audiencia no es barato. “La mítica BBC le cuesta a cada hogar británico unos 180 euros (233 dólares de EU la televisión francesa unos 125, y la alemana 228 euros al año (282 dólares)”, agrega Arroyo.

El segundo conjunto de preguntas refiere al control y acceso del medio. ¿Quién controla su funcionamiento? ¿La ciudadanía o su representación? Y en este caso, ¿cuál es la influencia del gobierno? ¿Acaso será de control y censura, o bien sin límite alguno? ¿Dónde se anida el interés público y dónde se cruza con los propósitos de informar que todo gobierno abriga?

Si bien una respuesta atinada a estas preguntas habrá de facilitar el funcionamiento de un sistema público de radiodifusión, en el tercer grupo de interrogantes se manifiesta la inquietud básica: los contenidos y la programación. “¿Debe una televisión pública limitarse a ofrecer información y programación de servicio público, destinada solo a minorías, con el peligro de convertirse en un servicio menor que solo interesa a una minoría? ¿O podría, en el otro extremo, competir de lleno con los canales comerciales, ofreciendo programas de amplia audiencia aunque no tengan ningún contenido ni cívico ni formativo?”, inquiere Arroyo en este apartado.

El aporte de los medios públicos

La tradición de la televisión pública señala que los contenidos deben cumplir por lo menos cuatro distintivos. Debrett (2009) reafirma esta apreciación y reconoce al servicio universal como el primero de ellos, es decir, el libre acceso de todo individuo y grupo social a la programación de la emisora. Es aquí donde cobra gran relevancia el programa de migración a la Televisión Digital Terrestre, que pretende dotar a la población menos favorecida de equipos receptores en el país. En segunda instancia, la independencia editorial del medio; la diversidad de fuentes de información y de géneros programáticos, y el pluralismo de opinión, cualidades todas que habrá de reflejar y mantener la autonomía de la emisora respecto al poder. Seguidamente, los materiales deben fomentar y promocionar la identidad, los valores y la cultura nacionales, incluyendo la propia de las minorías y de todos los grupos sociales representativos. Finalmente, la estación pública debe generar y proponer una televisión de calidad, con lo cual sus parámetros de programación no necesariamente se rigen por criterios comerciales.

El acuerdo sobre este deber ser en cuatro polos del servicio público de radiodifusión seguramente es unánime.3 Sin embargo, ¿cómo aterrizar tales propósitos?

El recuento internacional contribuye a forjar el juicio propio. Y para atender estas interrogantes respecto a los contenidos, puede evocarse la praxis de las televisoras públicas que recrea la figura del agente curador en una exposición artística, mismo protagonista que interactúa con la obra del creador para conocerla e interpretarla, seleccionarla y finalmente presentarla en su contexto social para el disfrute de terceros. En esta lógica, la televisora produce directamente los materiales audiovisuales adecuados al cumplimiento de sus objetivos de servicio público y complementa su programación mediante la dictaminación y elección de contenidos que se adquieren de operadores terceros, ya independientes del propio país o del exterior. Los acuerdos, alianzas y compra de programación que cada organismo desarrolla, cumplen cabalmente esta función. Así, la entidad televisiva estructura su parrilla programática y evalúa la aceptación de la audiencia a su propuesta temática.

Esta primera funcionalidad, habitual ya para cualquier televisora pública, se complementa con otros mecanismos innovadores de producción televisiva que ha experimentado la misma BBC. Desde 2004, la emisora se asume como entidad productora de valor público, esto es, creadora de activos cuya finalidad es ayudar a la ciudadanía, colaborar y favorecer su capacidad para un mejor entendimiento del mundo y para su mejor desarrollo en ese contexto socioeconómico particular. Para ello, la televisora reproduce el esquema de producción señalado, mas éste no es el único medio. En respuesta al mandato de el Ofcom, órgano regulador británico, ha estructurado un sistema de cuotas de pantalla, con el cual se ha establecido equilibrio entre la propuesta directa de la televisora, y otros agentes productores cuya participación ha traído frescura a la oferta audiovisual porque trata una temática amplia y variada que provoca tanto la reflexión como el sentimiento lúdico y la relajación.

Las cuotas de pantalla de la BBC incorporan la producción independiente, y también las complementa con un esquema que en mucho recuerda la conceptualización de la llamada televisión de proximidad. Desde 2003 la televisora debe incluir productos independientes hasta en un 25% del tiempo, mientras que el resto debe ser confección original de la BBC. Desde 2007, de ese 75% del tiempo de pantalla total, un 25% se maneja mediante la iniciativa designada como Ventana de Competencia Creativa para Televisión, fórmula que permite a creadores independientes el competir con la televisora pública por un lugar en la programación cotidiana. Una empresa privada -desde el 2008 la reconocida consultora Pricewatershouse Cooper- se encarga de todo el proceso de selección y dictaminación, apoyándose en ocasiones en el conjunto de creadores que intervienen en la experiencia. Según el informe respectivo de 2013, la fórmula estimula la innovación, puesto que al establecerse un entorno competitivo cada parte trata de superar a los demás mediante contenidos cada vez de mayor calidad, más certeros en su apreciación e interpretación del entorno donde se generan. Y con ello todos ganan, según BBC.

Se han mencionado estos esquemas no porque se considere que baste replicarlos para obtener sus ventajas en automático, como trasplante solamente. Cada Estado es distinto y cada uno debe concebir y patentar su propia experiencia. Son solo ejemplos que igual deben tener dificultades, aunque éstas no se resalten como sus logros y alcances.

Un último dato: según el reporte anual de Ofcom de 2011, los británicos dedican 2.4 horas al servicio público de televisión, tiempo 0.1% menor al registrado en 2010. De los televidentes asiduos, sin embargo, el 80% valora muy alto la confiabilidad de sus noticieros y está satisfecho con la programación. Ante tales cifras, los programadores de BBC seguramente pueden dormir tranquilos.

Esperemos que la televisora pública que viene para México logre esa respuesta. Y con ello, que sus programadores igual puedan conciliar el sueño.

* Basado en artículo del autor, publicado en la revista Este País en mayo del 2013.

Bibliografía

Arroyo, L. (2013). Televisión pública en América Latina: las tres preguntas que todos nos debemos hacer. En: http://blogs.worldbank.org/latinamerica/es/televisi-n-p-blica-en-am-rica-latina-las-3-preguntas-que-todos-nos-debemos-hacer Fecha: 10 de abril.

Barbero, J.M. (2011). “La única salida: una televisión pública”. Entrevista en: etcétera, agosto.

British Broadcasting Corporation (BBC). (2004). Building public value. Renewing the BBC for a digital world. En: http://downloads.bbc.co.uk/aboutthebbc/policies/pdf/bpv.pdf Fecha: 8 de abril de 2013.

Carrera, A. (2012). “Ciudadanizar los medios: a la búsqueda de escalas, canales y mecanismos”. En Razón y Palabra, No 80; Agosto-Octubre.

Debrett, M. (2009). “Riding the wave: public service television in the multi-platform era”. En: Media, Culture & Society. Vol. 31; No 5; mayo.

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). (www). Hogares con equipamiento de tecnología de información y comunicaciones por tipo de equipo, 2001 a 2012. En: http://www.inegi.org.mx/sistemas/sisept/default.aspx?t=tinf196&s=est&c=19357 Fecha: 13 de abril de 2013.

Mastrini, G. (2011). La inmaculada concepción de los medios latinoamericanos en crisis. En: http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-47/la-inmaculada-concepcion-de-los-medios-latinoamericanos-en-crisis Fecha: 8 de abril de 2013.

Sampedro Blanco, V. (2003). “Identidad y medios nacionales en la diáspora”. En: Sampedro Blanco (ed). La pantalla de las identidades. Barcelona, Icaria Editorial. (Colección Sociedad y Opinión).

Tajonar, H. (2013). “Competencia, calidad y responsabilidad”. En: Proceso, No 1900; 31 de marzo.

Torres, M. (2012). “Británicos, ‘altamente’ satisfechos con su TV pública”. En: Mediatelecom; 4 de julio.

Notas:

1En coautoría con Martín Becerra, Ángel García Castillejo y Óscar Santamaría, Luis Arroyo publicó en 2012 el libro Cajas mágicas: el renacimiento de la televisión pública en América Latina. La aportación se constituye no sólo como una investigación sobre el tema en el continente, sino también por determinar las rutas que cada país ha tomado para resolver su propuesta propia. Por este antecedente y por la amplia experiencia del autor, se considera que su opinión es relevante.

2 En México, según información del Módulo de la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de las Tecnologías de Información en los Hogares, en el 2012 el 94.9% del total de hogares se disponía de por lo menos un aparato receptor de televisión. Cfr. Inegi, www.

3 Ver por ejemplo lo que Tajonar escribe a propósito de la televisión nacional de Estado, como la define: “… evitar que se convierta en una televisora oficial, sujeta a los caprichos del presidente y del gobierno en turno. Los paradigmas de televisión de Estado son claros: BBC y PBS. A eso debemos aspirar” (2013:43).

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