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Luis Díaz Santana Garza

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Las orquestas sinfónicas y la “enfermedad de los costos”

Hace un año, Ana Vázquez, secretaria de Cultura del estado de Oaxaca, afirmó que “los excesivos gastos con los que operaba la Orquesta Sinfónica de Oaxaca (OSO) son un lujo que ya no es posible permitirse”. La funcionaria detalló que el director titular de la OSO ni siquiera vivía en la capital oaxaqueña, siendo muy caro pagar a los directores invitados, además de que el ensamble sólo se presentaba en el elegante teatro Macedonio Alcalá, sin hacer caso a las solicitudes de ofrecer recitales en comunidades del estado. Por estas y otras razones, se decidió que el ensamble redujera su plantilla a una docena de intérpretes, y así conservar un pequeño grupo de cámara. Por supuesto que, en los tiempos de indignación que corren, no se hicieron esperar los improperios contra la funcionaria, calificándola, en el mejor de los casos, de directora de cultura “inculta”. Pero la OSO no es el único ensamble que tiene dificultades en México. De hecho, la crisis de las orquestas sinfónicas no es reciente, pues diversas agrupaciones a nivel mundial han perdido apoyos, y se han visto obligadas a recortar personal, o incluso a declararse en bancarrota. Al respecto, varios investigadores han publicado textos proporcionando estrategias para lograr la solvencia a largo plazo, uno de los más conocidos es el libro del economista Robert Flanagan: The Perilous Life of Symphony Orchestras: Artistic Triumphs and Economic Challenges, el cual tiene una deuda con el clásico Performing Arts, the Economic Dilemma: A Study of Problems Common to Theater, Opera, Music and Dance, de William J. Baumol y William G. Bowen.

Jorge Arturo Pérez Alfonso / Cuartoscuro

No es necesario mencionar aquí las distinciones que genera una sinfónica para cualquier ciudad, o su importancia en la educación. Sin embargo, propongo que se puede hacer un uso mucho más eficiente de recursos para cultura, pues con lo que cuesta un solo concierto sinfónico de mediana calidad, se podrían pagar recitales de dos o tres excelentes grupos de cámara por todo un año, y su impacto sería mucho mayor en diversos estratos sociales. Y aclaro que mi propuesta no es una idea original: está basada en la historia. Antes de la Revolución mexicana, la mayoría de los municipios del país subsidiaban el trabajo de sus propias bandas de metales, incluso muchas tenían recursos para adquirir instrumentos y partituras, apoyos que desaparecieron en tiempos del conflicto armado, por lo que los músicos comenzaron a congregarse en grupos más pequeños para lograr ser competitivos.

Sobre el tema, hemos tenido interesantes debates en el espacio virtual con músicos, y los comentarios giran en torno al muy escaso apoyo que existe en México para ensambles de cámara (dúos, tríos, cuartetos, octetos, etcétera), mientras que, a pesar de la permanente crisis financiera que padecemos, el gobierno federal, los gobiernos de casi todos los estados del país y algunas universidades sostienen onerosas orquestas sinfónicas, las cuales, como lo menciona la secretaria de Cultura de Oaxaca, por lo general solamente ofrecen presentaciones en teatros, promoviendo una postura elitista, al no tener la disposición de llevar la cultura hasta las comunidades rurales y colonias marginadas, las escuelas, plazas, cárceles, etcétera.

Jorge Arturo Pérez Alfonso / Cuartoscuro

Esto quiere decir que, a pesar de la crisis de la música clásica a nivel mundial, donde se destaca el abandono de las salas de concierto por parte de la clase alta y la media —que a todas luces ya no la consideran como símbolo de distinción en el sentido bourdieusiano—, muy pocas orquestas mexicanas están decididas a formar nuevos públicos. Y debo aclarar que la palabra elitista no es mía: la he escuchado en diversas ocasiones, cuando hago entrevistas a músicos populares y a los melómanos que asisten a sus conciertos. Por lo general, desde nuestra posición como ciudadanos “educados”, tendemos a creer que si la presentación que se realiza en un teatro tiene un precio simbólico o es gratuita, entonces cualquier persona puede asistir a dicha manifestación artística. Pero la realidad es otra: muchas personas eligen no entrar a un teatro, pues se sienten intimidadas por la refinada arquitectura de los recintos inspirados principalmente por el afrancesado ideal de cultura porfiriano.

Uno de los más destacados puntos de discusión es saber si las orquestas mexicanas son caras. Apoyados en el director de orquesta italiano, Riccardo Muti, quien afirma que “Una orquesta sinfónica cuesta muchísimo menos que un jugador de futbol”, los defensores del ensamble sinfónico creen haber recibido comunicado directo del cielo, aunque no parecen darse cuenta de las diferencias entre los elementos que compara “el gran Muti”. Al menos, yo no he sabido de una orquesta sinfónica que pueda presumir un contrato multimillonario para transmitir un concierto a nivel internacional, o que cobre hasta doscientos euros o más por una presentación a la que asistan ochenta mil personas o más, como sucede en Madrid, España, por ejemplo. Tampoco se puede comparar a la música de concierto con la música popular urbana, la cual tiene excelentes canales de difusión. Más bien, el costo de una orquesta sinfónica debe relacionarse con otras actividades de la cultura “culta”, y en este sentido el dinero que se destina a un grupo sinfónico, en una sola presentación, es más del que reciben para actividades culturales, por todo un año, la mayoría de los dos mil cuatrocientos municipios del país. O también, podemos decir que con lo que cuesta un concierto del mencionado ensamble se podrían imprimir unos diez o quince mil libros, que encontrarían su camino a muchos rincones del país y del mundo, y las ideas que contiene se continuarían discutiendo durante algunas décadas. ¿Ya vamos tomando perspectiva?

Pero si las orquestas pueden ser calificadas de caras, uno de sus grandes enemigos son sus propios directores, que con su prepotencia y ocurrencias ponen en riesgo la continuidad del ensamble. Tengo amistad con algunos excelentes directores, colegas que cuentan con gran preparación, y dan un trato absolutamente respetuoso a sus compañeros. Sin embargo, y gracias a su escasa preparación académica o cívica, diversos personajes que se encuentran al frente de algunas orquestas mexicanas promueven un enfermizo culto a la personalidad —a su personalidad—, y suelen ser expertos en denigrar a los instrumentistas que dirigen e incluso al público. En ellos, domina una concepción arcaica e idealista de la historia, anclada en ideas del siglo XIX, según la cual el curso de los acontecimientos de la humanidad no es determinado por la acción de las masas, sino por los deseos y la voluntad de los grandes líderes, los cuales, creen, son ellos. Recuerdo el caso de un pianista-director que, durante un concierto en elegante recinto de Monterrey, detuvo súbitamente la interpretación para decir en tono molesto que volvería a tocar hasta que los espectadores “terminaran de masticar sus chicles”. O aquel otro caso del flautistadirector que acostumbra gritarles a los jóvenes y arremedarlos durante los ensayos. O qué decir del culto a la personalidad casi divina de cierta directora de orquesta totalmente palacio, a la cual no se puede criticar, porque al instante te transformas en misógino. Y lo más lamentable es que muchos de los músicos al servicio de semejantes dirigentes por lo general admiran y obedecen ciegamente todo lo que ordena el “maestro”: adoran y defienden a su líder/lideresa carismático/a. Si en un momento determinado la estabilidad o el subsidio de la agrupación están en juego, se pueden convertir al instante en los más experimentados hooligans callejeros.

Moises Pablo / Cuartoscuro

Otros problemas que enfrentan las orquestas son los músicos que viven del playback, es decir, hacen como que tocan, sin producir sonido alguno, e incluso presumen con orgullo su corrupta práctica. Así mismo, hay orquestas mexicanas que han sido conformadas mayoritariamente por instrumentistas extranjeros como una forma de legitimación cultural instantánea, procedimiento muy extendido en todas las áreas de otras muchas instituciones mexicanas y latinoamericanas de las artes, ciencias y deportes. Dichas orquestas sufren graves problemas de discriminación hacia los músicos mexicanos, que frecuentemente son denostados por sus compañeros foráneos. Un ejemplo es el de un grupo de armenios que desplazó a los mexicanos que tocaban en la Orquesta Filarmónica de Sonora, con el visto bueno de las autoridades locales de cultura. Otro ejemplo lo proporcionó la Filarmónica de Jalisco, donde se despidió injustamente a parte del personal para contratar en su lugar a cuarenta y cinco músicos extranjeros y sólo tres mexicanos, pues el director afirmaba que “no quería gordos ni canosos en la orquesta”.

Algunas estrategias empleadas por los ensambles sinfónicos han sido ofrecer temporadas de conciertos interpretando música muy conocida, proveniente de películas famosas. Otra maniobra es invitar grupos de música popular urbana con gran visibilidad mediática, como Los Ángeles Azules o El Tri. Dichas prácticas pueden ser contraproducentes, toda vez que son fuertemente censuradas por los melómanos que normalmente asisten a los conciertos orquestales, y tal parece que salir del canon “clásico” produce más burlas que beneficios. La última opción es la más recurrente en la mayoría de las orquestas del mundo: presentar las mismas dos o tres docenas de piezas “universales” (la novena sinfonía de Beethoven, “Carmina Burana” de Orff, el “Concierto de Aranjuez” de Rodrigo…), con el fin de tener la seguridad de que la sala no estará vacía, como lo está cuando, muy ocasionalmente, se ofrece un recital con obras de compositores mexicanos.

En mi experiencia personal, participé como instrumentista en una orquesta con base en la capital del estado de Veracruz, y en un determinado período de crisis, el gobierno estatal decidió reducir el subsidio hacia el grupo, quedando conformados como octeto. Con dicho ensamble, interpretábamos prácticamente el mismo repertorio que tocábamos con la orquesta completa, además de que era más fácil y económico viajar. Es por esta observación por la que propongo que las orquestas disminuyan el número de ejecutantes para ser competitivas, pues los años por venir no son nada halagüeños en materia económica.

Puedo decir que en las charlas quedó clara la importancia que tiene una orquesta sinfónica para cualquier ciudad, aunque nadie fue capaz de indicar cuál era esa importancia. Dichos ensambles no surgieron tanto como una necesidad expresiva, sino que fueron el resultado de la imposición del ideal de arte por parte de la cultura hegemónica, el cual serviría de modelo para la sociedad en su conjunto. Al respecto, el filósofo inglés Roger Taylor, en su obra El arte: enemigo del pueblo, afirma que la aristocracia inventó el arte para distanciarse de la burguesía. En su texto, y pensando en nuestro tema, llamó mi atención la forma en la que decidimos qué es arte: “el proceso no consiste en una criba efectuada por unos cuantos expertos, sino por un entrecruzamiento de causas y efectos de tipo social. Las aportaciones no son, pues, resultado de una reflexión razonada”.

Retomando la idea de “la enfermedad de los costos” (también conocido como el efecto Baumol), proveniente del texto clásico de Baumol y Bowen, podemos decir que en 2018 el tiempo de estudio que se requiere para presentar una sinfonía de Mozart es prácticamente el mismo que se empleaba a finales del siglo XVIII, por lo que, parafraseando a los autores, podemos afirmar que una orquesta sinfónica es una industria “estancada”, pues a los filarmónicos actuales se les paga mucho más que a los músicos que trabajaron con Mozart, a pesar de que no tienen el más mínimo aumento en su productividad.

Artemio Guerra Baz / Cuartoscuro

En el siglo XXI, cuando la élite y la clase media con aspiraciones a ser considerados como poseedores del “buen gusto” ya no ven a las orquestas sinfónicas como necesarias, éstas parecen haber sido olvidadas por el tiempo, pues los símbolos que representan ya no son comprendidos por la mayor parte de la población, y ya no se considera un elemento fundamental del estatus social de la persona “cultivada”. Incluso los músicos que son parte de estos grupos desconocen la carga ideológica presente en un concierto sinfónico, ya que frecuentemente se pasan el día realizando marchas en contra de las élites y por la noche les proporcionan alegremente un ambigú sonoro. Por ello, y a pesar de haber sido su principal promotor por décadas, el gobierno mexicano ha comenzado a retirar los apoyos a estos grupos, que en el mediano plazo necesitarán otros modelos para subsistir, tal vez apoyándose en la iniciativa privada. Debemos dejar a un lado la idea romántica de que la música es un bien espiritual y común, que forzosamente debe estar al alcance de todos —aunque nos confiera superioridad sobre los “incultos”—, y comenzar a verla como un bien de intercambio, como sucede en prácticamente todos los países capitalistas del mundo.

Para el caso de Zacatecas, hace apenas unos días tuvimos la polémica que hubo cuando el Teatro Calderón emitió un comunicado, donde exigía al público asistente a la función de la Orquesta de Cámara y Coro del Estado de Zacatecas “vestimenta formal”, compuesta de “vestidos de corte Channel o coctel… además de zapatilla con tacón cerrado” para las damas, y los caballeros “con pantalón de vestir, camisa, saco y zapatos sin excepción”. Creo que este tipo de disposiciones fomenta el estereotipo de una música clásica elitista, abre más la brecha y hasta podríamos afirmar que fomenta el odio entre los diferentes estratos sociales. Por si fuera poco, tal reglamento violenta la Ley General de Cultura y Derechos Culturales, ordenanza vigente a nivel federal, especialmente su Artículo 12, el cual garantiza el acceso universal a la cultura, por medio de la “inclusión de personas y grupos en condiciones de vulnerabilidad”.

Quiero finalizar mencionando que en Zacatecas existen varias orquestas de cámara y sinfónicas, las cuales son integradas prácticamente por los mismos músicos y sirven principalmente para el lucimiento personal de sus regentes, que en su mayoría tienen poca formación como directores. Entre estos grupos destaca, por su costo, la orquesta filarmónica de Zacatecas (Ofilzac), proyecto personal del actual director del Instituto Zacatecano de Cultura (que funge frecuentemente como solista), y que está integrada por músicos locales, así como otros provenientes de entidades vecinas, por lo que cada presentación puede llegar a costarnos, a los contribuyentes, varios cientos de miles de pesos. Dicho ensamble, claro está, es uno de los grupos artísticos que cuenta con mayor apoyo y difusión en el estado, e incluso ofrecerán dos conciertos en el festival cultural del presente año. En ese sentido: ¿No se le llama corrupción al hecho de ser director estatal de cultura y al mismo tiempo destinar recursos para sus propios proyectos? ¿No sería más prudente apoyar grupos de menor tamaño, pero con mejor disposición para difundir la música en cualquier escenario? Y finalmente, ¿es justo que, en uno de los estados más pobres del país, se desperdicien los escasos recursos para cultura de esa manera?

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