Cinque Terre

Ariel Ruiz Mondragón

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Las múltiples caras de la pornografía

Entrevista con Naief Yehya

Pese a considerables avances en importantes y numerosos grupos sociales, la sexualidad humana continúa siendo un tema vedado cuya develación pública sigue causando gran escozor. Dentro del tema destaca la pornografía, la presentación de imágenes en las cuales se expresan las más diversas fantasías que van desde las más tiernas hasta la más perversas, para despertar los deseos eróticos de los espectadores.

Con la ampliación de las libertades y el desarrollo de la tecnología, y no obstante a las frecuentes condenas morales, este género de larga data ha logrado cada vez mayor difusión y popularidad, que dieron origen a una exitosa industria que hoy vive una situación crítica. Sin embargo, su declive económico parece anunciar la renovación de un género inagotable.

Sobre el desarrollo de la pornografía Naief Yehya (Ciudad de México, 1963) publicó en 2004 el libro “Pornografía. Sexo mediatizado y pánico moral”, el cual, ampliado y actualizado, reapareció ocho años después como “Pornografía: obsesión sexual y tecnológica” (México, Tusquets, 2012), volumen sobre el cual etcétera conversó con el autor.

Yehya es ingeniero industrial por la UNAM; autor de al menos ocho libros, ha colaborado en diarios y suplementos como “El Financiero, Reforma, Milenio Diario y La Jornada Semanal, y en revistas como Letras Libres, Nexos, Replicante, Revista de la Universidad de México y Artnexus, entre otras.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué “reinventar” este libro?

Naief Yehya (NY): Esa es la pregunta que me hago todos los días. Para mí es un dilema y pienso mucho en ello, desde antes de que Internet fuera lo que hoy es. El proceso que te lleva a hacer un libro es de desgaste, y tiene un costo emocional, laboral y físico tan intenso que concluye en un producto que sabes bien que nunca va a estar terminado porque el tema no se agota y siempre va a seguir creciendo.

¿Cuál es la idea de tener un objeto físico inamovible, impreso, y que no te da la posibilidad de cuestionarlo? Es como la última palabra que en realidad no lo es porque siempre va a haber alguien que va a decir algo más. Cuando sale la posibilidad de publicar en Internet aparece como la gran panacea: vamos a crear un libro que esté en continua renovación. Suena muy bien; sin embargo, yo nací en la cultura del libro. Por más que trató de desapegarme de esta idea del papel y de la tinta, no puedo: aún le tengo un enorme respeto y me da un gran placer ver un libro impreso.

Entonces, sí hay un elemento sicológico para terminar, de decir “esto ya terminó aquí y lo que va mal, ni modo; ya se verá en otro momento si se puede reconsiderar, si uno puede pedir disculpas al lector y decirle: ‘La verdad es esto'”. Esta oportunidad de replantear el problema de la pornografía para mí es una gran dicha porque en el momento en que lo escribí, y como siempre que entregas un manuscrito, la historia se termina hasta ese punto, y rara vez tienes la oportunidad de regresar.

Desde que empecé a escribir de tecnocultura partí de un tema que por definición no termina y que siempre hay que reconsiderar. Pensé que la idea de la pornografía iba a ser menos extensa, pero no: al contrario, resultó ser que, como en muchas otras cosas, va a la vanguardia. Los cambios en el mundo pornográfico de hace ocho años han sido tan enormes y nos van marcando el camino de tantas otras cosas que vi la oportunidad de regresar al tema, con un gran alivio hacia la deuda que siento que le tengo, hacia el lector y hacia mí mismo como una oportunidad de reconsiderar lo que me había planteado. No siento que haya cometido errores de percepción, pero no podía ver la magnitud del fenómeno, no tenía la capacidad de imaginar lo que sucedería. Estamos ante un fenómeno que ahora es completamente diferente.

En este mundo nuevo creo que la pornografía nos va dictando el desarrollo de nuestro vínculo con la tecnología, de nuestra relación con nosotros mismos, con nuestra sexualidad, y nuestras fantasías, y contribuye a saber qué es lo que está pasando en el imaginario.

Cuando terminé el otro libro (que fue análogo) lo hice en bibliotecas, y en una especie de post scríptum hablé un poco de lo que empezaba a suceder en Internet. En 2004 el fenómeno masificado de la pornografía apenas empezaba; ahora sigue en ese estado de flujo pero ya es muy claro que su impacto es gigantesco, planetario, a largo plazo y cataclísmico en muchos sentidos.

Lo que más me importa es señalar que sí creo que traté de hacer un acopio de lo que se ha investigado, de hasta dónde llegan los alcances del conocimiento, qué ha pasado con la masificación y la idea de la pornografización de la cultura.

Es muy diferente a cualquier otro texto que haya escrito antes, y me parece que es muy importante no solamente para el interesado en el tema sino para cualquiera que esté interesado en la cultura, porque sí estamos viendo una pornografización de la sociedad. En esto me parece tan terrible entregarse bobaliconamente a esto (“¡Ay, qué padre, todo va a ser chichis, tetas y culos!”) como tenerle miedo. La reacción que a estas alturas del partido veo en gente como Lydia Cacho me parece escandalosa, no tolerable en gente inteligente.

Me parece que debemos informarnos y no podemos seguir permitiendo que gente que no entiende de qué se trata la pornografía hable de ella. Creo que la pornografía sigue siendo algo aparte, que no está mezclado con el resto de la cultura. Me preocupa más que esta pornografización de la cultura se convierta en una ausencia de fronteras entre lo que es la pornografía y lo demás, lo que no nos lleva a nada sano.

AR: Algo que se puede ver en el libro es que la pornografía ha sido considerada, en términos políticos, bifronte: por una parte ha sido un fenómeno liberador desde poco antes de la Revolución Francesa, pero, por otra, también como una forma de opresión sobre la mujer y hasta sobre otras culturas. Tú llegas a decir que es un espacio de disidencia pero también un modelo retrógrado. ¿Cuál aspecto ha predominado?

NY: Siempre están esos dos elementos, y en ciertos contextos es opresora y en otros liberadora. Jamás creeré en la idea de que la pornografía per se nos va a liberar; es como pensar que la tecnología nos va a liberar.

No me aventuro a decir si ha sido más dañina o beneficiosa. A tantos años de observar el fenómeno sigo pensando que el ying y el yang de la pornografía están en un perpetuo equilibrio y en permanente batalla. Por un lado, por ejemplo, durante la Revolución Francesa se pudo ver a la monarquía reducida, humillada, ofendida en dibujos que se distribuían masivamente en esa época. Fue un detonador espiritual, de la imaginación que demostró que aquellos personajes no eran tan divinos, lo que dio la posibilidad de imaginar otro mundo. Lo mismo ocurrió en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, cuando ya hubo mayor posibilidad de ver imágenes sexuales. Pero desde que la imprenta, la fotografía y el cine existen ha habido pornografía.

En todos esos momentos históricos quienes tenían el privilegio de acceder a estas imágenes podían darse la posibilidad de imaginar que la sexualidad no era una enfermedad y que más bien abría la posibilidad de alcanzar la felicidad y ser más pleno. Ese enriquecimiento es importante. Pero, por otro lado, cuando la pornografía aparece como una industria requiere de una “materia prima” que a veces no puede conseguirse por las buenas sino por medio del chantaje, la presión y la extorsión. Eso que lamentablemente sucede en todos los campos, es más mucho estridente en el sexo. El abuso y explotación del hombre por el hombre en todos los dominios es aterradora, escandalosa, pero en el contexto sexual se añade una dimensión más dentro del imaginario de lo macabro.

Por ejemplo, cuando ves las condiciones en las que trabajan muchos menores de 16 años, deberíamos escandalizarnos; sin embargo, un caso de explotación y abuso sexual que es utilizado en películas pornográficas en algún lugar recóndito, nos escandaliza más.

El pánico moral que nos da la pornografía es inmenso y es muy fácil crear leyendas. Una cosa es la trata de blancas, que es un fenómeno enorme e igual de grave como los abusos que padecen trabajadores que desmontan barcos, pero no necesariamente implica pornografía; a veces sí, pero muchas veces solo implica prostitución e incluso servidumbre. La pornografía se conecta con esto a veces de manera directa y en otras indirecta, pero lamentablemente carga con todo el estigma.

Lo que yo creo es que necesitamos escandalizarnos de la condición humana, no de la condición pornográfica. A estas alturas a mí me parece muy triste que, por ejemplo y con tanta información para ver lo que realmente está sucediendo, haya gente que todavía crea que hay personas robando niños, filmando pornografía y vendiéndola, como si esto sucediera cuando no es así; si acaso ocurre, es algo tan marginal y limítrofe que es como pensar que mañana te va a comer un asesino serial. Puede ser, pero es mucho más posible que simplemente te roben la bolsa. Pienso que la posibilidad de convertir en mitología lo que ocurre en la pornografía es lo que le da en gran medida la proporción del escándalo.

AR: A propósito, al final haces un apunte fuerte sobre la pornografía: hablas de su carácter nihilista, misántropo, desesperanzado; agregas que concibe al hombre como ruin, cruel, cobarde, corrupto y traicionero. De alguna manera ¿dirías que la pornografía es antiprogresista, antihumanista, antimoderna?

NY: En este lado oscuro sí, pero en el iluminado no. Creo en esa dualidad, en ese equilibrio; pero cuando ves en Internet imágenes pornográficas brutales en las que realmente la idea explícita es la humillación, el deconstruir física, literal e imaginariamente a la mujer (o al hombre también), aquello se rompe.

Hay ahora tal vez miles de websites de pornógrafos que se dedican a hacer imágenes que tienen como único objetivo la degradación. ¿Es esto una venganza permanente, continua? Algo hay de eso, pero por otro lado esas imágenes transgresoras tienen un potencial estimulante y erótico fascinante; quien diga que no simplemente está engañándose.

¿A qué responde esta necesidad de ver al otro, a la otra parte de la relación sexual, como alguien humillado, ofendido? La calidad y la cantidad de imágenes que ves de este tipo de pornografía es aterradora. Son secuencias, por ejemplo, en las que la idea es que la chava termine vomitando o pintarrajeada, tirada en el suelo, llorando; pero casi todas las mujeres que hacen esas escenas lo hacen voluntariamente, a veces por el estímulo monetario —que cada vez es menor— y otras por el erótico, que cada vez es más claro que sí existe, lo cual no es resultado de una sociedad paternalista sino de una psique, de una serie de experiencias que conducen a que esa sea su relación con la sexualidad.

AR: Pero eso parecería patológico…

NY: Prohibir o limitar esas imágenes significa decirle a esas personas: “Esa sexualidad que se cargan está enferma”. Pero ¿lo está realmente? No lo sé, no soy sexólogo; lo mío es el análisis de un fenómeno mediático. Lo que a mí me parece importante es retomar el discurso de los sexólogos y tratar de descifrarlo, entenderlo en el contexto de las imágenes. Yo hago lo que antes no se hacía: cotejar la imagen con los resultados de las investigaciones de sexólogos, siquiatras y sicólogos acerca de la pornografía, y ver si hay alguna correlación.

Entonces bloquear o prohibir simplemente es poner el tabú en otro dominio de la cultura. Hubo un momento en que le poníamos faldones a los pianos para que la gente no tuviera deseos lascivos. Entonces simplemente estamos resexualizando imágenes, dándoles otra magnitud al volverlas tabús. Lo mismo sucede con la pedofilia; con esto no quiero decir que entonces ésta tiene que ser legal porque en esto no hay duda: estamos hablando de un crimen porque estás utilizando a alguien que no tiene la capacidad de discernir ni las capacidades que en los demás ámbitos de la cultura tomamos como básicas. En este caso cualquier persona debe tener la mayoría de edad para determinar si eso es lo que quiere hacer.

Este es un elemento que me hace darle vueltas a la parte moral del asunto: ¿hasta qué punto la pornografía nos refleja lo peor de nosotros mismos?

AR: Otro asunto que me llamó la atención es que dices que en la pornografía de cada país podemos ver sus actitudes ante la sexualidad. En ese sentido, ¿cuáles son las principales similitudes y diferencias que encuentras al respecto entre las religiones?

NY: En el occidente cristiano hay cierta homogeneidad, a pesar de que, por ejemplo, los protestantes tienen una manera de aceptarla, mientras que los católicos tienen otras maneras de rechazarla, de temerle.

En la cultura budista la relación cambia completamente; el ejemplo extremo es Japón, que es una cultura que históricamente no tenía gran temor de la imagen sexualizada, sino al contrario: tenía una relación sana en la que estaban presentes las representaciones sexuales. Esto ocurrió hasta su

derrota en la Segunda Guerra Mundial: la idea de la sexualidad representada, mediatizada era totalmente aceptable, y después de la guerra hubo una reconfiguración en un periodo de cerrazón, de vergüenza del pueblo japonés, que tomó una actitud como de “esto somos, pero no queremos mostrarlo porque el mundo no es igual, no ve las cosas como nosotros lo vemos”. Pero ahora esta idea ha desaparecido y la anterior regresa con una enorme fuerza en el imaginario pornográfico. Si ves la pornografía japonesa es, sin lugar a dudas, la más imaginativa, la más progresista en muchos sentidos, pero también la más retrógrada, la más bestial y aterradora; tiene desde los elementos más lúdicos hasta los más macabros.

A mí me parece fascinante cómo los japoneses han mantenido esta visión pornográfica, una industria súper pujante, y cómo la religión no le mete ruido ni le hace sombra. Es como si fueran dos ámbitos que no se tocan nunca, muy diferentes.

Por otro lado, ves el mundo islámico, que tiene un temor absoluto a la imagen per se; de la imagen sexual ya no es temor, sino histeria sin ninguna mediatización, pero a la vez es una inmensa fascinación. Pero cada vez que pueden los islamistas son enormes consumidores, fascinados y muy atemorizados por el poder de estas imágenes.

Las grandes religiones se vinculan así con estos filtros, por un lado, pero por el otro el gran ecualizador que es Internet está creando una cultura globalizada de la pornografía. Cada vez es más difícil encontrar algo exótico en un mercado que te ofrece todo casi sin ningún tamiz, en el que la restricción es más de índole tecnológica que política o moral.

AR: Y también hay un interés comercial…

NY: Eso es algo muy interesante, porque cuando la pornografía llega masiva e incontrolablemente a la red, este aspecto transgresor, disidente que siempre tenía la pornografía se encuentra con algo aun más transgresor y disidente: con una antipornografía. Esto en el sentido de que el pornógrafo es un personaje límite de la sociedad, un outsider (no quiero decir un criminal, aunque lo puede ser) que, en el fondo y como muchos otros, está mercando con algo prohibido. Está vendiendo un producto, aunque hay algunos artistas que utilizan la pornografía como herramienta de expresión, como Gerard Damiano o los hermanos Lapiedra.

Yo creo que todavía hay un gran abanico de posibilidades dentro de los pornógrafos, desde el que solamente quiere hacer lana rápido hasta el que quiere hacer arte porque cree en una transgresión.

Cuando este fenómeno llega a Internet, los pornógrafos arriban a un espacio donde la posibilidad de mercadotecnia es mínima: sí se puede hacer algo de dinero y de repente el producto ya es gratis. Esto es la transgresión de la transgresión porque si había algo que tenía la pornografía es que era una manera de extorsionarte: llegabas a donde la vendían y decías: “¡Uy, esto se ve buenísimo! Cuesta una lana y, además, me arriesgo a que es una carga social y moral comprarla, primero porque me tengo que meter en submundos de lo peligroso, de lo prohibido”. Pero ahora no solo es absolutamente accesible y fácil de conseguir sino que el precio de la pornografía más cotizada es cero. Entonces lo que sucede es que se hacen algunos productos de los cuales se venden unos cuantos ejemplares. Y esas ventas, mal que bien, van sosteniendo el negocio.

AR: ¿La pornografía está en declive? En una parte del libro dices que cada vez hay mayor aceptación de la pornografía; pero, por otro lado, justamente por los sitios gratuitos de pornografía que han proliferado se han reducido drásticamente sus ganancias.

NY: La pornografía no va a desaparecer jamás; está profundamente grabada en nuestro imaginario la transgresión, el secreto sexual. No creo que podamos liberarnos de ella jamás, a menos de que nos lobotomicen a todos. Considero que este es un modelo económico fracturado, en caída libre; lo vemos con los números de lo que produce la pornografía, con la situación de desesperación en que está.

¿A qué va a llevar esto? A crear nuevas tecnologías, nuevas posibilidades por las cuales sí se pueda cobrar: ya será el 3D, dispositivos para interactuar, por ejemplo. Acabo de volver a ver la película “Existence”, de David Cronenberg, y me imaginaba: vamos a tener un plug aquí atrás, vamos a conectarnos a nuestra pornografía, a utilizar los cascos de “Strange Days”. De una u otra manera la experiencia se va a volver más sensorial, no únicamente visual.

Hace poco tuve una discusión acerca de que esto está progresando pero seguimos atados a lo visual; quizá sea cierto que cuando rompamos esa relación y la extendamos hacia otras sensaciones, se creen otros tipos de pornografía.

Pienso que la pornografía va a evolucionar por caminos de lo tecnológico explorando nuevas posibilidades: los pornógrafos irán en la cresta de la ola buscando nuevas maneras de estímular a la transgresión.

Por el lado de la creación siento que, ante la ausencia de posibilidades dentro de un mercado estereotipado, con tags de referencia hasta lo aberrante, va a venir algo que tendrá que romper con todos estos esquemas, replantearlos y hacer aparecer nuevas posibilidades.

En un momento menciono en el libro que la pornografía tiene, entre sus elementos, uno muy llamativo: lo anormal, algo que rebasa nuestra imaginación: las mujeres con los senos y las caderas más grandes, actos sexuales abundantes o escandalosos, las prácticas más delirantes, etcétera. La anormalidad es impredecible. No sabemos hasta dónde va, cuándo se va a agotar; si bien dicen que los griegos ya contaron absolutamente todas las historias, yo siento que afortunadamente no contaron todas las pornográficas. De otra manera ahora estaríamos muy aburridos.

AR: Como muestras en el libro, la pornografía ha sido exhibida en diferentes soportes, desde el papel hasta Internet. ¿Han cambiado los actos sexuales que nos presentan los pornógrafos desde los llamados stag films, de los que mencionas que desde principios del siglo XX ya se presentaban felaciones, masturbaciones, zoofilia y travestismo, por ejemplo?

NY: No, el cuerpo humano tiene un número limitado de perforaciones y de penetraciones; no puede hacerse más que una serie de cosas que vienen haciéndose desde los orígenes de la humanidad. Lo que puede aportar la pornografía es cómo mostrarlas, y aquí regresaría a lo que hablábamos de los japoneses: ellos están realmente en una búsqueda en la cual los fetiches y los objetos son siempre más importantes que el acto sexual en sí mismo. La prueba es que la pornografía japonesa sigue pixelando los genitales; es curiosísimo porque la pornografía más atrevida del mundo no muestra realmente los sexos, y los censura porque es su manera de control de la imaginación y de la sociedad. Es increíble porque el coito o la felación en sí no son tan importantes como lo que sucede alrededor de esos actos. Por el contrario, eso la pornografía mainstream, básicamente desde los años setenta, lo ha ido abandonando; ahora el personaje tiene una pareja y es guapísima, él es muy atractivo, están en un lugar paradisiaco y tienen sexo. Siempre se repite algo muy parecido y todo es igual.

Lo que ahora ha abundado con el gran boom de las filias en Internet es que hay sitios que se dedican a actos sexuales muy específicos, y cuando alguien tiene una filia muy clara sabe a dónde ir.

En cambio, los japoneses no solamente explotan la filia o la obsesión sexual en particular, sino que también proponen una pequeña narrativa, ya sea desde la porno tentacular hasta su obsesión con las muchachitas vestidas de colegialas, y ya sea con actores reales o en hentai (dibujos animados). Ellos han entendido que lo que vende es la historia, no tanto el acto sexual, y creo que en eso llevan una gran ventaja sobre la pornografía occidental.

AR: También mencionas un poco las condiciones laborales de los actores en medio de la crisis de sobreoferta y de abaratamiento del negocio. ¿Cuál es la situación de los trabajadores del porno?

NY: Lo que queda claro es que hay un star system que ha estado presente desde los inicios de la pornografía en la Edad de Oro, desde “Garganta profunda” con Linda Lovelace, quien se convirtió en la primera gran celebridad de la era del porno; después vinieron Marilyn Chambers y varias más, algunas de ellas con gran presencia y carácter, como Candida Royalle, quien se volvió productora y creó, en buena medida, la idea de una pornografía femenina. Si bien lo que ella hacía era, hasta cierto punto, ingenuo, fue una gran revolucionaria.

AR: En el libro la criticas…

NY: Me burló un poco de ella, quizá injustamente, porque siento un poco ingenuo su acercamiento, pero me parece muy importante.

Regresemos: fue en los años noventa cuando aparecieron Vivid y otras megaempresas que creían que ya habían creado un Hollywood paralelo, que ahora vemos que se está cayendo a pedazos. Todavía arrastran algo del prestigio y de fama, y todavía pueden pagar algo de sueldos importantes; aún no han implotado del todo, pero de ninguna manera es esta proyección del Twentieth Century Fox de la pornografía.

Esas empresas están sosteniéndose, y crearon un star system, está en decadencia. ¿Qué va a pasar con sus estrellas? Se tienen que reinventar. ¿Cómo? Tienen que retomar las herramientas que están a su alcance: las redes sociales, no hay duda. Ahora ya no basta con ser estrella, crear un mito de sí mismas sino que tienen que interactuar y revitalizar esa relación con el espectador.

Por otro lado, la entrada a este mundo del porno ya no es lo que era; aunque todavía en las oficinas de talento en California hay literalmente filas de mujeres y hombres que buscan trabajar en la industria, ya la oferta es mucho mayor que la demanda y las posibilidades de pago no son ni remotamente lo que eran.

Es un mercado como todos los demás, en el que hay mucho desempleo, está muy devaluado y la gente tiene que aceptar condiciones que no hubiera tolerado antes. Hay un regreso de la pornografía sin condón; eso es como una señal de la calidad de vida en decadencia: en el momento en que ya no puedes exigir ni siquiera eso, sabes que el mercado ya no quiere lidiar con eso y hasta la salud es puesta en entredicho.

Por allí vamos a un mundo en el que, probablemente, en algún futuro incluso el actor porno sea completamente sustituido por actores virtuales, por avatares, lo que no es del todo imposible. Esto nos lleva a otra discusión filosófica: ¿qué es el actor porno?, ¿qué representa para el espectador, sobre todo en esta extraña relación del hombre con el actor porno masculino al que ve cuando está teniendo coito con una mujer que nosotros deseamos?, ¿qué quiere decir esa relación como tercera persona, como voyeur?

Creo que todas esas preguntas quedan en el aire y es parte de lo que también trato de abordar en el libro.

AR: Otro tema que ha sido muy llevado y traído, que es el de la relación de la pornografía con la violencia. Por allí citas a David Friedman, quien dijo acerca del cine: “Si no puedes añadir más sexo, puedes sumar más violencia”. Pero también refieres varios estudios que más bien cuestionan esta relación muy mecánica que establecieron autoras como el dúo McDworkin (Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin), aunque parece que más bien no hay nada concluyente. ¿Cuál es tu opinión?

NY: Creo que no hay fórmulas. Algo que también pasó con este libro en su edición original, en el cual el primer acercamiento a la pornografía era casi como lineal y en dos dimensiones, y ahora tuve la posibilidad de verlo ya como un fenómeno tridimensional.

Creo que lo que es muy interesante es ver por un lado que sí hay una relación. Como te mencionaba hace un momento: hay una necesidad de algunos consumidores de pornografía que buscan esa imagen brutal de humillación, sexual. Pero no son la mayoría: tengo cifras de cuál es el porcentaje de ellos que optan por la pornografía de la violencia, y no es un número importante sino bastante marginal. Pero está allí, y debe crear algún tipo de fascinación.

Lo que me preocupa es la manera en que se utiliza; así como “si no puedes mostrar más sexo muestra más violencia”, algunos podrían decir “si no puedes pegarle a la pornografía por el sexo, pégale por la violencia”. Es lo mismo. Me parece siempre muy interesante, muy curioso, que podamos dejar ver a nuestros hijos películas hiperviolentas en las que matan gente a montones, y no los podamos dejar ver una imagen sexual. Esto no quiere decir que yo sea diferente, y me pasa exactamente igual que a todo mundo: cuando estoy viendo con mis hijos una película en la que están masacrando gente con ametralladoras o con cuchillos, estamos tranquilos y hasta reímos; pero cuando aparece una imagen sexual todo mundo comienza con “¡uuuhhh!”, a tragar pesadamente y a decir: “¿En qué momento le apago?”, hasta un momento en que dices “¡ya, hasta aquí llegué! Este es mi límite, no puedo más”.

Creo que lo anterior, en parte, tiene que ver con nuestra carga religiosa, moral, cultural que nos han enseñado que eso es más transgresor, peor, más degradante. La muerte tiene su elemento de dignidad, pero la sexualidad no. Hace poco, en una conferencia mencioné la idea de que si una fábrica de costureras se incendia, no vamos a prohibir la industria del tejido; en cambio, si una actriz porno muere en un escenario por una escena sexual, te garantizo que en ese momento sería un gran escándalo y que nos haría decir: “Es que la violencia en el porno es tremenda”.

Insisto: la violencia en nuestra sociedad está todo el tiempo, y estamos aceptándola, viéndola, consumiéndola y está normalizada; la sexualidad no. Ahora: yo creo que está bien así, yo no creo que debamos normalizar la sexualidad. No me parece deseable un mundo en el que en la familia sea normal que veas a tus padres o a tus hijos teniendo relaciones sexuales. En ese sentido soy conservador y me escandaliza un mundo así. Si pudiera imaginarlo, diría: “Yo no quiero vivir en ese planeta”

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