Cinque Terre

Vania Maldonado

Escritora

Las letras y sus demonios

“Soy un ave que canta muy feliz”. Esas fueron las primeras palabras que escribí a la edad de seis años. Paradójicamente, el universo de mis letras oscureció poco a poco mientras crecía. El vuelo terminó en aterrizaje forzoso. ¿Por qué escribo? Nunca me detuve a pensar en eso, simplemente la escritura ha sido fiel compañera en juegos de niña y de mujer a la que le gustaba caminar sola. De hecho pasé de la luz a la sombra con todo y letras.

Cuando le hicieron a Umberto Eco la misma pregunta, respondió “porque me gusta”. Quisiera decir lo mismo pero intentaré contar mi historia.

De niña escribía diarios y alentaba a otras niñas a hacer lo mismo, después las juntaba para que leyéramos lo que nos había ocurrido. Ellas escribían pedacitos de su vida que me aburrían y cuando era mi turno lograba atraparlas. Entonces me di cuenta de que éramos distintas, de que yo podía hablar de emociones y las expulsé del club literario infantil; entonces mis intentos de poesía y yo nos quedamos sin público.

Luego me enamoré y decidí escribirle cartas al chamaco chaparrito que nunca me pelaba. Las ocultaba en una cajita de metal hasta que aquellas dichosas expulsadas encontraron mi escondite y las mandaron al destinatario. Eso me dolió profundamente porque revelaron mis secretos y para colmo el motivo de mi inspiración me respondió con una carta que decía algo así como: “no acepto cartas tuyas solo de tus amigas, eres una cara pálida”.

Respondí con ira. El despecho me hizo cruel y utilicé el poder de las letras para humillarlo. La contundencia de mis insultos provocó que la madre del niño saliera a buscar a la autora de la carta. Nunca supo que fui yo. Eso sí, el enojo que provoqué en esa señora me alentó a buscar mi primer lectora formal: una tía apenas un año y medio mayor que yo, quien después de leerme me miraba con los ojos llorosos y decía: “que bonito escribes Vania”.

A los trece años dejé de escribir porque los adolescentes son muy crueles. En la secundaria llevaba mis diarios, siempre con candado y en cierta ocasión una niña me lo arrebató e intentó abrirlo. Me volví loca, se lo quité de las manos y ella me dijo ¡que ridícula, escribes un diario! Eso me desalentó y abandoné por un tiempo mis letras. Tres años después conocí a un chico, mi primer novio, que me hizo retomar el camino. Él dibujaba asombrosamente y también me rompió el alma. Con ello vino la falta de identidad y las dudas ¿Que hice? Escribirlo.

El infierno trasciende a la imaginación

sueños desechados

cuerpos que se pudren en la oscuridad,

aullidos en silencio

castigos labrados de sueños y creencias.

Este fragmento surgió de una adolescente atormentada, de alguien que quería gritar y la única forma que encontró para hacerlo fue la escritura. Así construí un puente con la mujer que permanecería dormida por los siguientes once años. Gracias a él podía atravesar hacia mi lado oscuro con la posibilidad de regresar siempre hacia la luz. Así quería entender quién era yo, para qué servía desde mis escenarios lúgubres, por ejemplo mi habitación ambientada con escenas terroríficas en cada pared, manchas que simulaban sangre, un ángel repintado de rojo y negro, música depresiva.

Entonces usé el seudónimo de Nocturna.

Y Nocturna vivía con miedo ¿Cómo logré materializarlo? Por medio de las letras. Ahora que veo con detenimiento mis textos, veo que el personaje principal era la soledad, leo también que deseaba perderme en el infierno. Y lo hice, me fugué hacia mundos subterráneos, los exploré sin que nadie supiera lo que se ocultaba dentro de un cuerpo frágil, pequeño y espigado.

Quería ser la mujer de negro, labios color carmín o el vampiro solitario. Intentaba ser una poeta pero en realidad archivaba pedazos de mi vida en esas historias que no me atrevía a compartirle a nadie.

Cuando algo me aterrorizaba, lo cual era frecuente, cuando se me dificultaba relacionarme con la gente, me resultaba más sencillo escribirlo. Nunca le dije a nadie lo que me ocurría. Prefería la tinta y el papel para espantar a los demonios, a mi enfermizo miedo a la muerte. Por eso intentaba escribir narraciones o poemas. Muchos de ellos culminaron en fracasos que guardo celosamente, porque puedo comprender e incluso perdonar a la Vania de hace unos años.

Después perdí la disciplina de escribir. Estuve en un curso de creación literaria que abandoné porque detestaba la hora en que tenía que redactar lo que me pidieran y no lo que quisiera. Fue una época en la que no me interesaba terminar lo que iniciaba. En realidad Nocturna tenía predilección por las calles, por las personas que no le aportaban nada a su vida.

Recuerdo que salía con mi libro bajo el brazo y una pluma. Casi siempre iba a un parque donde los niños corrían, las parejas se besaban o los jóvenes jugaban futbol. Yo me sentaba en una jardinera apartada y bebía alcohol hasta que se distorsionaba el mundo, bajaba la mirada y escribía, pero siempre me atoraba porque ya no tenía nada que contar. Entonces recargaba con fuerza la pluma y lloraba.

Durante esos años en que caminé sin cesar por los mismos lugares conocí a gente que siempre parecía la misma. Detestaba ser igual que ellos aunque en el fondo sabía que era mentira, que yo tenía en mi vida cosas que me hacían distinta: gente que me amaba, una madre que me esperaba con fidelidad y angustia, mis libros, mis textos. Muchas veces, sacaba a la luz que era escritora; quería parecer más inteligente, más interesante que los integrantes de ese círculo que constantemente me hacía preguntarme ¿Qué hago aquí?

Por eso digo a veces que atravesé el infierno a zancadas. Por eso comencé a crear historias sin escribirlas. Al parecer bastaba con llenar mis hojas de letras pero purgar los miedos no era tan simple como apretar un botón. Así que entre las ansias de contar y olvidar pasó un largo tiempo. Hasta que un día decidí que era hora de aventarle a las cuartillas mis lastimaduras, de sacar de mi mente demonios y tormentos porque sin letras no hay escritor.

No fue fácil decidir el rumbo de mi escritura. Primero tomé la decisión de ser lo que siempre ambicioné: una persona intachable que redactara de acuerdo con una nueva personalidad, semejante a la de esas mujeres que siempre envidié, las hijas de familia vestidas formalmente, bien portadas. Nunca me sentí tan fuera de lugar.

Decidí escribir cuentos de terror porque era la única forma de no tener que vivirlo en carne propia. El terror en el plano real es indescriptible, pero cuando me doy a la tarea de crear alrededor de él lo enfrento. Elegir como expresarme fue un proceso lleno de dudas porque ni siquiera sabía que tenía la capacidad de crear personajes o situaciones. Pero gracias a ellos, a partir de sus vidas inventadas, ahora puedo estar más tranquila con la mía.

Un día cualquiera caminaba por la calle e imaginé una historia cuyo final me hizo comprender que yo no podía escribir como niña buena. Yo quería asustar, desangrar con mis párrafos, arrojar a través de las letras a ese ser oscuro que vino conmigo desde que mi madre me trajo al mundo. Me pegué en la frente, llegue a casa y escribí el título de mi primer cuento: “Dos mujeres bellas”.

Debo reconocer que me costó trabajo, me detuve muchas veces porque pensaba que esas mujeres bellas no le interesarían a nadie. Hoy creo que también tuve que vencer a aquella que dejaba todo inconcluso. Así que escribí, escribí y escribí hasta que tuve frente a mí la primera narración con principio y fin.

He ahí porqué escribo. Las letras son el diván que me ayuda a separar la realidad de la ficción, son mi cordura. Las situaciones que invento son el único lugar donde no daño a nadie, sobre todo a mí misma.

Hace poco leí Madame Bovary. En cada una de las páginas de Gustave Flaubert hallé pesadumbre y desesperación, dos características que me siguieron a lo largo de mi vida. Entonces deduje que la literatura siempre cae en las manos indicadas y que por muy crueles que sean mis cuentos siempre existirá alguien que se identifique con ellos o los lea de principio a fin.

Ya no aspiro a verme intelectual, a formar parte de un círculo determinado. Tengo claro que estoy en constante aprendizaje. Con el paso de los años y de etapas muy difíciles he comprobado que no se puede dejar naufragando a la creatividad y rescatarla cuando a uno le venga en gana. Hoy sé que hasta para vencer los miedos se requiere de disciplina, hoy sé que escribir es un trabajo que requiere el compromiso de compartir. Así que ya no guardo mis historias en cajitas de metal ni en diarios con candados.

Ahora creo que, efectivamente, el principio de todo fue el verbo, más allá del sentido teológico, todos nacemos con la capacidad de conjugarlo con el simple hecho de levantarnos y vivir en la cotidianeidad. Así que cada mañana vivo la oportunidad de crear un pedazo de universo.

Respondo de nuevo a la pregunta ¿Por qué escribo? Una de las respuestas más atinadas que hallo, al final de este mundillo de historias que narré fácilmente pero me costaron trabajo superar, es porque no soy la única que tiene demonios, porque quiero que quienes me lean, sobre todo los jóvenes que no hallan cómo expresarse, se sientan acompañado en sus locuras y dolores. Escribo porque ya no busco una razón para vivir. Ha vuelto el ave que canta aunque la rama cruja.

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