Cinque Terre

América Pacheco

[email protected]

Escritora

Las invasiones bárbaras

“Todo cuanto vive, vive porque muda, muda porque pasa
y, porque pasa, muere.
Todo cuanto vive, perpetuamente se transforma en otra cosa,
constantemente se niega, se hurta a la vida”.
Fernando Pessoa

Conocer al profesor universitario ultraliberal Remy fue quizás el evento más memorable en el año 2003. Lamenté mucho haberlo conocido en el epílogo de su existencia y no en sus años dorados de seductor, intelectual y excéntrico bon vivant fanático del vino tinto. Nadie desea vincularse emocionalmente con un hombre que libera una batalla contra un cáncer atroz desde el sótano de un hospital público. El entrañable Remy es el personaje principal de la cinta ganadora del premio de la Academia a mejor película extranjera en 2003: “Les invasions barbares”, producción franco-canadiense considerada por muchos como una pieza sobrevalorada. Aunque no por mí. La lección que considero más valiosa de esta cinta es que más de dos almas fuimos tocadas con la contundente consigna: “Morir no es un acto necesariamente alegre, aunque podrías pretender que es así”, ya que el protagonista decide desalojar su cuerpo roto bajo sus propios términos, que no son otros más que despedirse de los que más amó en su trepidante vida de la forma más placentera que se pueda imaginar. En los primeros minutos del filme, se nos presenta a Remy como un hombre divorciado, rodeado de amantes, con una hija navegando en mares australianos y lidiando con la incomodidad de ser atendido por su hijo millonario, quien representa de pies a cabeza la antítesis de sus convicciones izquierdistas y de quien se encuentra irremediablemente distanciado. La efectividad de la cinta es más certera si el espectador tuvo la precaución de engancharse (lo que no fue mi caso) con “The Decline of the American Empire”, cinta ochentera que cuenta la vida de los personajes principales durante sus mejores años en la facultad de Historia, y cuyo principal eje rector era su obsesión por el sexo y la construcción de complejos galimatías intelectuales.

Remy nos inunda de empatía porque probablemente todos hemos conocido a un ejemplar como él. La gran mayoría de los cínicos son más amados por sus amigos que su propia familia. Eso lo sabemos más de uno. Un sello distintivo de aquellas almas libres carentes de lazos irrompibles en terrenos emocionales, como la mayoría de nosotros, es que se rigen bajo códigos morales que les granjean la admiración de aqueos y troyanos por la fuerza poderosa con la que transitan a nuestro lado, códigos completamente incomprendidos en un espectro convencional. Las almas comunes no suelen comprender a aquellos que deciden hacer de la lujuria un estilo de vida. Sebastien, el hijo del condenado a muerte, hace de lado –a regañadientes– su antagonismo emocional y se muda temporalmente de Londres a Montreal para asegurarse que Remy abandonará este mundo tal y como lo vivió.

“Las invasiones bárbaras” es un manual para despedidas poco convencional. El director Denys Arcand describió en su momento su propia cinta como un cuento de hadas otoñal y no se equivoca. Sebastien reúne a los viejos amigos de su padre –incluso a los que se encuentran al otro lado del mundo– y para paliar a Remy de los espeluznantes efectos secundarios de la quimioterapia, consigue un dealer que lo provea de toda la heroína necesaria para evitarle aun el menor de los sufrimientos posibles. Mucho se criticó en su momento a “Las invasiones bárbaras” por lucir un argumento manipulador hasta el descaro, pero justo la manipulación de la muerte deseada es lo que convierte a la cinta entrañable. No conozco hasta la fecha a un espectador que desee pasar un viernes en la noche contemplando una cinta sobre un hombre que muera atormentado por las náuseas, espasmos y dolor provocados por una enfermedad brutal. Remy planea el día exacto de su muerte. Los bocadillos y vinos. El método, la compañía y la locación para abandonar un destino que no necesita ni desea. Reúne a exesposas, amantes, amigos y familia en su cabaña favorita. Quizás los que detesten la película, lo que no perdonan al protagonista es su habilidad de vivir y morir en sus propios términos.

Hugo

Conocer a Hugo fue, quizás, el evento más memorable en el año 2015. Lamenté mucho haberlo conocido en la etapa más complicada de su existencia y no en sus años dorados de seductor, viajero, chef, músico, bon vivant, amante del whisky y la cerveza. Justo antes recibir el diagnóstico de leucemia linfoblástica aguda el 17 de octubre de 2014, Hugo era un hombre de 1.80, y 96 kilos. Comunicólogo, publicista, integrante de la Banda de Gaitas del Batallón de San Patricio, el terco de mierda más grande del vecindario y el hombre más guapo del estado de Coahuila. Lo conocí en una entrevista de trabajo y decidí no soltarlo porque vi a un hombre virtuoso y profesional. Llevaba más de un año luchando contra una leucemia y, de acuerdo a los últimos resultados de sus análisis, se encontraba felizmente en remisión total. ¿Han visto alguna vez los ojos de un hombre que ha vencido a la muerte por lucha de cuerpo a cuerpo? Es lo que resplandecía en los ojos de Hugo. Lo gritaba su humanidad entera.

Lamentablemente, seis meses después dio a conocer al mundo que la enfermedad había vuelto con ferocidad. El cáncer se había infiltrado en su sistema nervioso y el pronóstico era aterrador: 40% de posibilidades de supervivencia. Este revés convirtió a Hugo en un guerrero furioso e implacable. Jamás permitió que la enfermedad le arrebatara su afán por aferrarse a la vida. Recuerdo que la postura que tomó contra su diagnóstico fue memorable: “Amigos, no estoy siendo ilusamente optimista. Sé que mis posibilidades de supervivencia a largo plazo son del 40%, exactamente las mismas que las que tenían los soldados que desembarcaron en la Playa Omaha un 6 de junio de 1944, ¿y saben qué? Esos tipos ganaron la guerra”.

El 16 de diciembre de 2016, se sometió al último recurso posible: trasplante de médula. Pero la enfermedad tenía otros planes y decidió convertirse en la sombra que no lo abandonaría. Hace una semana y después de casi 4 años de lucha, Hugo anunció el último diagnóstico de sus especialistas: el cáncer no se iría nunca y no existían posibilidades alternas de tratamiento. Todos los recursos disponibles se habían agotado.

Para Hugo, el revoloteo de la muerte se había convertido en ensordecedor y no le quedaba duda que el tiempo para continuar luchando estaba llegando a su fin. Además de aprender a lidiar con una enfermedad que lo orilló a andar por la vida siendo feo por primera vez (Hugo dixit), comprendió que la grandeza de lo que se constituye su existencia ya le quedaba grande a un cuerpo que lo reconocía ajeno por roto y maltrecho.

El anuncio de Hugo ha destrozado a más gente de lo que usted, amable lector pueda adivinar. De alguna manera la pérdida inminente de un amigo de la estatura moral y humana de Hugo inundará de profunda y sorda tristeza a los que tenemos el privilegio de amarlo. Quizás continúo en shock (aunque no en negación) porque al momento de pergeñar estas líneas mientras todos en casa duermen, la alteración emocional propia del dolor aún no muerde mi costado. Me hago a la idea de no volver a abrazarlo y cuando eso suceda, comprendo que será un golpe para el que no existirá analgésico alguno. Procuraré en su momento estar a la altura de la pérdida.

Por ahora, afortunadamente no tengo tiempo para pensar en ello. En tres días celebraremos una fiesta de despedida para Hugo, y formar parte de la organización esponja mucho a este corazón. El grupo de personas que lo rodearemos el próximo sábado nos aseguraremos de regalarle un día inolvidable. Y whisky. Y cerveza. Y su comida favorita. Y dulces recreativos.

Mi escena favorita de “Las invasiones bárbaras” es el final, cuando Remy se despide de Sebastien. Las últimas palabras que le dedica son: “Mi mayor deseo es que algún día tengas un hijo exactamente como lo eres tú”.

Antes de finalizar esta extraña e imperfecta epístola, quisiera transmitir el siguiente mensaje al lector que tropiece con este texto por error: mi mayor deseo es que a su vida llegue una fuente de tesón, brillantez y coraje, como la que Hugo Hernández abonó en la cuenta corriente donde se ubica la fe de todos los que hemos tenido el privilegio de quererle.

Eso deseo, y nada más. Créanme: no es poca cosa.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password