Guillermo G. Espinosa

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Las guerras del fin del mundo y los primeros corresponsales en América Latina

Piezas periodísticas, literarias e historiográficas

Cuatro guerras del siglo XIX dieron al periodismo de Brasil, Argentina, Uruguay y México algo en común. Los conflictos que vivió cada uno de estos países tuvieron el efecto colateral de producir obras que fueron originalmente despachos periodísticos y luego se convirtieron en piezas literarias y testimonios historiográficos.

Esas obras son Diario de la campaña contra el Paraguay, del uruguayo León de Palleja, Excursión a los indios ranqueles, del argentino Lucio Victorio Mansilla, Tomochic1, del mexicano Heriberto Frías, y Los sertones, del brasileño Euclides da Cunha. Las obras se abocan a la narración de hechos de la Guerra de la Triple Alianza en 1865 y 1866; el preludio a la Conquista del Desierto en Argentina en 1877; la Guerra de Canudos en Brasil, en 1897; y la campaña contra el pueblo rebelde de Tomochic, en México en 1892. Estos textos corresponden al lenguaje periodístico. Palleja, Frías y Da Cunha fueron corresponsales en guerras del fin del mundo, como nombró el peruano Mario Vargas Llosa al conflicto brasileño sertanejo en la novela basada en esos hechos.

Juan Manuel Blanes, “La conquista del desierto” (1888)

Sus despachos son referentes historiográficos por haber sido publicados como información de prensa y escritos desde un escenario de conflicto armado. Su redacción tiene una orientación informativa y descriptiva, que aporta datos concretos de una situación, en un espacio y un momento determinado. Su información contribuye a la circulación de ideas en un sistema de opinión pública. Todo esto constituye el canon profesional que reconoce la singularidad de los periodistas que reportan a distancia los acontecimientos de un frente armado. Estos periodistas forman parte de una familia mayor, la de los corresponsales que informan en tiempos de paz, sobre política, sociedad, cultura y espectáculos.

En las historias personales de estos corresponsales decimonónicos se combinan las artes y las pasiones de la milicia, la política y el periodismo. Da Cunha (1866-1909) y Frías (1870-1925) se formaron como militares y, tras su baja, se iniciaron en el periodismo. Frías vestía aún el uniforme del ejército cuando envió sus relatos a El Demócrata de la Ciudad de México. Palleja (1816-1866) murió siendo oficial del ejército días después de haber publicado una columna desde el frente, que acabaría siendo la última. Mansilla (1831-1913) llevó a un punto culminante su carrera militar y transitó a la política. La obra de estos escritores ha sido estudiada en la academia desde el punto de vista literario, histórico, inclusive iconográfico, analizando las pinturas del teniente Candido López, el soldado pintor, que muestran momentos de la guerra contra Paraguay en las extensas llanuras de la frontera brasileño-paraguaya. En el presente ensayo se pretende que lo relevante sea el canon periodístico. Son las aportaciones al debate y la definición del ethos del periodista las que importan aquí.

El canon periodístico

Para estudiar este periodo de la historia de la prensa y el periodismo en América Latina, partimos de un punto: existe un canon periodístico. El canon periodístico es el conjunto de normas institucionales y reglas de redacción que sigue un redactor-reportero o un corresponsal en la realización de sus tareas de compilación de información y difusión en un sistema de opinión pública.

Hubo un primer canon periodístico que fue cultivado en la práctica consuetudinaria, como se puede ver en los casos de Palleja, Mansilla, Frías y Da Cunha. Pero con el tiempo, la costumbre periodística comenzó a ser sistematizada y sistémica. En el siglo XX aparecieron escuelas y manuales de periodismo que fueron llevando a la letra normas de redacción y prácticas periodisticas en sociedades de derechos y libertades. Hay una escuela inglesa de vieja raigambre, así como sus contrapartes francesa e hispana. El Curso General de Redacción Periodística de José Luis Martínez Albertos2 se hizo en 1974 un lugar notable en castellano, porque definió los géneros informativos y los clasificó como nota informativa, reportaje, entrevista y crónica. Hacia finales de 1990, el periodista español Miguel Ángel Bastenier advirtió en El blanco móvil de cambios suscitados en la práctica periodística internacional y subdividió los géneros informativos en nota seca –el texo informativo llano– y crónica, o lo que en el lenguaje periodístico anglosajón es conocido como story o historia. En Teoría del periodismo, de 1991, Lorenzo Gomís propone la máxima de que la confección de la idea del presente es función de la prensa, presentando una interpretación sucesiva de la realidad. Y por encima de todo, plantea Héctor Borrat en 1989, el periódico es un actor político.

Desde el libro fundamental de la historia del periodismo y la prensa, El periódico del annaliste Georges Weill, hasta los más recientes estudios de medios de comunicación en el mundo, la figura del corresponsal está incorporada al canon periodístico. Fueron corresponsales pioneros algunos de los más brillantes intelectuales y escritores de nuestra América, como José Martí3 (1853-1895) y Amado Nervo4 (1870-1919). Palleja aparece en 1866 ejerciendo la vocación del corresponsal desde un frente de batalla, cuando aún vestía uniforme y no era miembro de una redacción periodística. Palleja fue, haciendo a un lado una norma profesional en periodismo, un observador participante, el término que sociólogos y antropólogos usan para señalar que el investigador se involucra en las actividades de la comunidad estudiada. Esta condición no altera la naturaleza de sus textos, que son piezas del género periodístico informativo. Aunque Palleja no haya sido propiamente un representante del diario, enviado y sustentado por la empresa periodística, sus textos recurren a la técnica informativa.

El canon periodístico dicta que el correponsal (de guerra o de paz) es un observador no participante que escribe con precisión e imparcialidad a la hora de reportar y explicar hechos noticiosos. Este mismo canon indica que el periodista representa a la publicación, forma parte de un esfuerzo organizado y obtiene un ingreso por su desempeño laboral.5

Mansilla no se ocupó de la cobertura de un evento armado, pero reportó sobre una expedición militar que preparó el camino a la Conquista del Desierto. Esto basta para que sus textos sean emblemáticos de un periodo de la historia del periodismo. Fueron escritos por un uniformado, un observador participante, como fue el caso de Palleja, pero no por eso las cartas de Mansilla carecen de una redacción informativa y una intención de difusión pública, de dar a la publicidad un tema de interés colectivo en la Argentina decimonónica. Porque, de hecho, este periodo conocido como la Conquista del Desierto es subsecuente de otro llamado Campaña del Desierto, que marcó la primera fase de la expansión territorial argentina sobre las poblaciones indígenas, en 1833.

La experiencia de cada uno de los cuatro autores refleja momentos del desarrollo de la actividad periodística. Palleja todavia pertenece a una generación en la que los periódicos publicaban principalmente traducciones y versiones de periódicos impresos en el extranjero, mezclados con informaciones y comentarios políticos y sociales locales. Cuando se trataba de informar sobre la guerra, las empresas periodísticas se valían de los reportes de oficiales del ejército. Por ejemplo, en 1833, cuando el Diario de la Tarde, comercial, político y literario publicó los informes enviados al alto mando en Buenos Aires desde el río Colorado –entonces, la frontera–, escritos por el del propio comandante del ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el general Juan Antonio de Rosas,6 que luego llegaría a ser presidente y generaría un conflicto tan prolongado y complejo que recibe el nombre de Guerra Grande (1839-1852).

Los textos de Palleja y Mansilla ya no eran esos reportes oficiales desde el frente, sino textos informativos y narrativos. Ellos no eran periodistas civiles, pero sus textos pudieran encuadrarse en el género periodístico informativo, tipo crónica. Tampoco Frías fue corresponsal de guerra civil; carecía de una carrera periodística previa y su asimilación a la profesión ocurrió después de publicar Tomochic en El Demócrata de la Ciudad de México. Este periódico de oposición gubernamental solo tuvo un corto periodo de vida, como el de muchas publicaciones de combate político. Nada comparable con el progubernamental El Imparcial, también de la capital mexicana, o con O Estado de Sao Paulo, que ya eran publicaciones generalistas, con mayor cantidad de páginas e impresas en rotativas capaces de sacar a la circulación miles de ejemplares diarios. La pertenencia a una publicación como O Estado, que hoy sigue siendo uno de los medios brasileños de referencia, no era nada menor en Brasil en el siglo XIX. Da Cunha se distingue por todo esto. Él cumple ya con una característica del canon periodístico, que le da méritos suficientes para ser parte de la “tribu desafortunada” de los corresponsales de guerra: es enviado por el periódico en un esfuerzo ordenado y coordinado con periodistas de la redacción central.

Guerras decimonónicas en América Latina

Las guerras en América Latina en el siglo XIX se cuentan por docenas. Son conflictos que generaron cambios en la geografía política que heredaron las repúblicas sucesoras del orden virreinal hispano. Las luchas ocurrieron en todas partes. Las disputas por el control de los nuevos Estados, los golpes de Palacio, la expansión territorial y la definición de límites entre vecinos fueron causas frecuentes de estos enfrentamientos.

Brasil y Argentina desarrollaron guerras de expansión. Provocaron a Paraguay para invadirlo y apropiarse de territorios suyos en un conflicto largo y muy sangriento, de 1864 a 1870, llevando a Uruguay como comparsa en el campo de batalla, pero no en la repartición de la antigua tierra paraguaya. Buenos Aires organizó además la ocupación de territorios indígenas en la pampa y la Patagonia, en un episodio conocido como la Conquista del Desierto, de 1878 a 1885. El Estado uruguayo, recién constituido en 1830, urdió una matanza de indígenas charrúas dos años después para resolver lo que entonces se conocía como “el problema indígena” y consolidar un proyecto agropecuario sobre extensas llanuras bañadas por ríos caudalosos y arroyos que descienden hacia el Atlántico desde la región del Mato Grosso. Brasil, que transitó de imperio a república en 1889, hizo al interior una campaña militar en la punta noreste del país para someter a un pueblo mestizo, serrano, que se había encerrado en su propio universo religioso. A esto se le conoce como la Guerra de Canudos, en alusión al pueblo –hoy inexistente– donde tuvo lugar el emplazamiento militar de la entonces joven república brasileña, en 1896 y 1897.

Otras batallas y guerras se verificaron en la región, pero no tuvieron la atención periodística y literaria de Canudos, de la destrucción de Paraguay y de la ocupación de la pampa. La batalla de Ayacucho de diciembre de 1824 es considerada el último hecho de guerra en la lucha por la independencia de los países de América del sur y la derrota definitiva de España en el subcontinente. La caída del virreinato de Perú fue el comienzo de la formación de un nuevo orden, aunque Madrid no habría de reconocer la independencia peruana hasta 1866, después de dos años de enfrentamientos en la Guerra hispano-sudamericana a la que asistieron Ecuador, Chile, Bolivia y Perú.

Los países de la cuenca del río de la Plata –Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay– hicieron vida común, vinculados por las rutas fluviales del Paraná, el Paraguay y el Uruguay, las conexiones portuarias de la costa atlántica y las fronteras terrestres. Pero también se han enfrentado en varias guerras. Y en este punto habría de incluirse también a Bolivia, que conecta a su porción suroriental con este sistema fluvial a través de ríos como el Pilcomayo, y se enfrascó con Paraguay en la Guerra del Chaco, de 1932 a 1935, en un tardío episodio de redefinición de las fronteras heredadas del virreinato.

Uruguay fue invadido por Brasil en 1816 y ahí permaneció hasta el 28, tratando infructuosamente de alcanzar litoral sobre el estuario del río de la Plata y un acceso estratégico en el puerto de Colonia, casi frente a Buenos Aires, en la ribera norte. Luego vinieron dos conflictos complicados. Brasil y Argentina fueron a la guerra de 1825 a 1828, disputando el territorio uruguayo al que los brasileños llamaron la provincia Cisplatina. Antes de la ocupación, el territorio oriental del río Uruguay era una provincia argentina, que finalmente se hizo Estado independiente en 1830. Al final de aquella década, en 1839, Argentina y Uruguay entraron en una guerra civil con alianzas entrelazadas de un lado y otro del río de la Plata que se prolongaron hasta 1851. Este conflicto es conocido como la Guerra Grande y en cierto modo representa el desprendimiento político definitivo de Montevideo respecto a Buenos Aires, pero también una señal de que nada de lo que sucede en Argentina es ajeno a Uruguay. Desde luego, hay que contar la Guerra de la Triple Alianza: la acción concertada de Brasil, Argentina y Uruguay contra Paraguay, un país que se desarrollaba de modo autártico, independiente, libre y autosuficiente.

En México las guerras decimonónicas fueron casi siempre intestinas. Una de las excepciones fue la invasión de EU a territorio nacional, de 1846 a 1848, que 11 periodistas estadounidenses cubrieron como corresponsales de guerra. En la segunda mitad del XIX hubo campañas contra los apaches que también eran combatidos desde el frente norte, por el ejército estadounidense. La secularización que vivía el país desde los tiempos de la separación del Estado y la Iglesia, con Benito Juárez en el grupo de líderes de la reforma, chocó de frente con un pequeño pueblo de la Sierra Madre Occidental, que se rebeló a la autoridad estatal de Chihuahua y a la propia jerarquía episcopal católica.

Combatientes de Canudos antes de la batalla de 1897. Imagen de la edición de 1938

Las similitudes que hay en los casos de Canudos y Tomochic ya han sido tratadas en estudios académicos. El brasileño Ival de Assis Cripa, quien ha escrito sobre la influencia literaria de Emile Zola y su obra La debacle en la literatura de Brasil y México, escribió:

La rebelión de Tomochic fue bastante semejante al movimiento liderado por Antonio Conselheiro en Brasil. Ambas fueron revueltas regionales que expresaban la resistencia de los campesinos brasileños y mexicanos a la centralización política impuesta por las dictaduras porfirista y republicana y el proceso de secularización de esas sociedades, ocurrido al final del siglo XIX. 7

La afirmación de este catedrático de Historia en el Centro Universitario UNIFIEO de Osasco, Sao Paulo, puede rayar en la generalización cuando dice que había una resistencia a la “centralización política”, pero sin duda había un rechazo a las autoridades del estado de Chihuahua y de la diócesis de la ciudad de Chihuahua. En ambos casos, un líder local se convirtió en mesías religioso y político, cuya osadía fue reprimida por las fuerzas del Estado constituido, sin consideración de un juicio procesal, dado que los dos pueblos y sus respectivos dirigentes habían optado por el recurso de las armas, desde un comienzo, reflejando un claro signo de los tiempos y de cómo se resolvían entonces los asuntos colectivos.

Estos epidosodios decimonónicos, más allá de su impacto en la recomposición política interna o en la geopolítica regional, sirvieron al periodismo para sentar las bases de lo que hoy conocemos como corresponsales de guerra, abriendo el camino a una profesión que tiene como misión el mostrar los conflictos con toda su crudeza y su impacto en la vida de las sociedades; son los miembros de una “desafortunada tribu”, según la definición del más distinguido de los corresponsales de guerra, William Howard Russell, quien se autoproclamó “el padre miserable” de todos ellos. Este periodismo del siglo XIX es ahora literatura y testimonio historiográfico.

Ser y no ser de Palleja

Paraguay era un enigma a mediados del siglo XIX. Su encierro desde los días de la Colonia causaba inquietud a las élites brasileña y argentina. Partes de su territorio era codiciado por ambos vecinos. Argentina quería recuperar el territorio del antiguo virreinato del Río de la Plata y el Imperio lusobrasileño intentaba trazar la frontera de una vez por todas, también regateada desde los tiempos de las bulas papales alejandrinas de 1493 y en el consecuente Tratado de Tordesillas de 1494, o sea, recién descubierto el continente a los ojos europeos.

Uruguay actuó como socio sin beneficios. Su gobernante había accedido al poder con el apoyo del emperador brasileño y a cambio aportó tropas, incluido un batallón de afrodescendientes. Los negros fueron en el siglo XIX parte importante de los ejércitos sudamericanos, sin excluir a Argentina y Uruguay, que también reclutaron indígenas, pero después fueron marginados de la identidad nacional oficial y la prosperidad de estos Estados.

Prisión de Canudos en 1897. Foto: Flavio de Barros, 1897.

El mismo coronel León de Palleja encabezó un regimiento del ejército uruguayo, que incluía afrodescendientes, uno de los cuales aparece en el daguerrotipo de su muerte, custodiando el jefe militar en su lecho. Su relato comienza con descripciones río arriba por el Uruguay, en camino para combatir a Paraguay por el flanco sureste, acompañando la campaña militar argentina y brasileña. Sus textos periodísticos describen la acción de las tropas en la ruta fluvial y en las contiendas de tierra, pero sobre todo narra el escenario bélico de conjunto y la intervención directa del emperador brasileño, el presidente argentino y el gobernante uruguayo. Sus cartas fueron publicadas en un diario vespertino de Montevideo llamado El Popular, en formato tipo sábana de cuatro páginas, estampado en una prensa de rodillo. Su narrativa dio a los lectores un lugar privilegiado como observadores del conflicto, desde los hombros de un coronel que a la hora de escribir toma cierta distancia de su condición de militar y asume técnicas periodísticas como la descripcion y la explicación. Valora, como historiador, en ciertos momentos de su discurso epistolar.

El Diario de la campaña de las fuerzas aliadas contra el Paraguay de Palleja está escrito en un estilo que no lograba ser noticioso, aunque era periodístico en virtud de la actualidad y oportunidad de sus informaciones.

El funeral del coronel León de Palleja

Los textos fueron publicados del 22 de junio de 1865 al 18 de julio de 1866, con retraso de días. Su intención principalmente descriptiva no se permite más críticas que las que están a la vista, como la escasez de alimentos, la insuficiencia de servicios médicos y las incomodidades.

Palleja no pudo ser testigo del final de la guerra porque murió en el terreno. Fue el periodista que no vivió para contarlo. Fue periodista en uniforme.

La población paraguaya fue diezmada y su territorio arrebatado por Brasil y Argentina. La cobertura periodística de Palleja divulgó información de interés para Uruguay. La compilación de los textos y su publicación en un libro tuvo un efecto testimonial de conjunto, aunque sin un final.

Mansilla y el periodista que no quiso ser

El coronel Mansilla publicó en Excursión a los indios ranqueles8 sus textos sobre una expedición militar de sondeo de las inmensas llanuras húmedas de Argentina, entre marzo y abril de 1870, todavía entonces ocupada por indígenas seminómadas. Los textos están escritos en el género epistolar y fueron primero difundidos en el desaparecido diario La Tribuna de Buenos Aires, el mismo año de los acontecimientos.9

La misión, que incluyó a dos religiosos católicos, preparó el terreno para la Guerra del Desierto, con la que el Estado argentino dio el paso más significativo de su consolidación territorial hacia el sur, en el siglo XIX. El coronel hizo la excursión para negociar la firma de un tratado de paz con los ranqueles, que incluía el desplazamiento de los indígenas.

Una década después, el presidente Julio Argentino Roca emprende la Campaña del Desierto, con la que los ranqueles, pampas, pehuenches y manzaneros serían desposeídos de sus tierras y la frontera argentina, trasladada más al sur. En Sudamérica, particularmente en Argentina, se hablaba entonces del avance de la civilización sobre la barbarie, justificando así la acción militar contra los enemigos de la ley, el orden y el progreso.

Grabado anónimo publicado en la edición de 1938 de Os Sertoes

La obra de Mansilla pudo haber tenido una muy buena recepción de los lectores de La Tribuna, puesto que el libro con 68 cartas fue publicado por el mismo diario bajo el título actual y en dos tomos. Mansilla habla con aparente respeto sobre las costumbres de los ranqueles y su líder Mariano Rosas, que había adoptado el nombre del gobernante argentino homónimo, protagonista de la anterior Campaña del Desierto y la Guerra Grande. Pero igualmente justifica, sin ser contundente, la imposición de la civilización sobre la barbarie.

Mansilla se alejó del periodismo y se dedicó a la política. Su obra sirvió al final de cuentas para retroalimentar la causa expansiva del Estado argentino a costa de las tierras indígenas y la exclusión de los mismos en el desarrollo socioeconómico. Mansilla fue el periodista que no quiso ser. Fue el corresponsal sin guerra.

Frías y el periodista que fue novelista

Los jóvenes Estados latinoamericanos transitaban más o menos por el mismo tramo. Los conflictos intestinos se combinaban con los internacionales en una lista larga de luchas en América, donde es posible hallar puntos de impresionante coincidencia y aspectos que solo caracterizan a un conflicto o a otro.

En México, un suboficial del ejército en los tiempos del presidente Porfirio Díaz fue enviado a la campaña contra la comunidad de Tomochic, en las más remotas montañas de Chihuahua, en 1892. Se trataba de aplacar, como en Brasil, a una comunidad que se había distanciado del Estado, aunque sin poner en riesgo la existencia del mismo. Eran conflictos de lo que en el siglo XXI se llama seguridad nacional. Pocos años después de vivir esa experiencia, Heriberto Frías publicó crónicas de la campaña en el diario El Demócrata10 de Ciudad de México. Aparecieron en 24 entregas del 14 de marzo al 14 de abril de 1893, con el título entre signos de admiración “¡Tomochic!”, firmadas desde el anonimato por un “testigo presencial”. Fue hasta la tercera edición, en 1899, cuando se atribuye a Heriberto Frías la autoría de las crónicas. La quinta y última, editada por el escritor en 1911, había transitado finalmente del lenguaje periodístico al lenguaje literario. El académico estadounidense James W. Brown, uno de los muchos analistas de la obra de Frías, quien también supone una influencia de Emile Zola en el mexicano, observó que “Tomochic –ya sin signos de admiración en la cuarta y quinta ediciones– se transforma de una crónica algo precipitada e incipiente, en una novela digna de un lugar en las letras mexicanas”.11

La publicación de la obra trajo severos efectos legales a Frías y casi le cuesta la vida. La revelación de detalles sobre el duro embate del ejército contra la comunidad civil serrana enojó tanto a los titulares de las instituciones castrenses, que en cierto momento se habló de castigarlo con la pena de muerte por la divulgación de secretos militares en un campo de guerra.

Frías acudió al género de la crónica. Miguel Mercado, un seudónimo, es un subteniente del ejército federal que relata la historia desde la voz de un observador participante. Cuenta la campaña desde el acuartelamiento hasta la batalla contra la resistencia de 113 tomoches y la caída de los dos últimos rebeldes, el penúltimo de ellos, el líder Cruz Chávez.

El campamento militar del ejército federal brasileño en 1892, en la región de Canudos

El periodismo había hecho ya un llamado vocacional a Frías. Y aunque por un tiempo se mantuvo distante, en 1895 finalmente ingresa a una redacción, una vez reabierta una nueva época, ya sin la dirección del pintor Joaquín Clausel, de El Demócrata, a cargo del escritor José Ferrel. Por un tiempo buscó acercarse al gobierno de Porfirio Díaz, en la primera década del siglo XX y la última del dictador; fue en ese tiempo cuando escribió Episodios militares nacionales para la escuela mexicana de las armas. Frías vivió un momento de auge de la prensa como medio de comunicación en México y en el mundo. Y como tal se vinculó a varias publicaciones en la Ciudad de México y en el puerto de Mazatlán. También vivió un periodo de transición en el que disminuyó el uso de las armas y la revuelta como método de acceso al poder, sustituyéndolo por la política, la diplomacia y la comunicación de masas. Frías ocupó por un breve lapso el puesto de cónsul en Cádiz, pero su razón y su pasión estuvo siempre en la milicia, la política y la literatura hasta que murió en 1925 en el pueblo de Tizapán, en ese tiempo en los alrededores de la Ciudad de México. ¿Águila o sol? es una de las obras clásicas de la novela de la Revolución Mexicana, tan solo una de las seis novelas del escritor nacido en la ciudad de Querétaro. El periodista que fue novelista.

Da Cunha y los telegramas del corresponsal

La experiencia mas significativa para la historia del periodismo latinoamericano fue la de Euclides Da Cunha, enviado por el diario O Estado de Sao Paulo a reportar sobre la Guerra de Canudos en 1897. Con ese nombre se conoce en la historia la campaña del ejército brasileño contra una comunidad del noreste que se había apartado de la autoridad del estado de Bahía, enclaustrada en una comunidad serrana llamada Canudos. Su líder fue Antonio Conselhero o Antonio Consejero, un fanático cristiano que ve en su localidad, en medio de unas montañas desérticas, no una nueva Jerusalén, sino Jerusalén misma. Además de los reportes de O Estado de Sao Paulo, otros seis diarios de Rio de Janeiro y dos de Bahía publicaron información sobre los acontecimientos en Canudos, destacando entre ellos el capitán Manuel Benicio para el Jornal de Comercio de Río, que en 1899 publicó una novela basada en sus informes desde el frente en el estado de Bahía, aunque sin la fuerza narrativa de Os sertoes. Y como en el caso de Frías, en el paso del periodismo a la literatura abandonó algunas críticas a las fuerzas armadas y al gobierno federal brasileño.12

Da Cunha se formó en una escuela castrense de Brasil como ingeniero, pero justo hacia 1897, su vida dio un giro cuando ingresó a la plantilla del periódico paulino O Estado, pasando a retiro en condición de teniente. Su obra testimonial perodística, Os sertoes (Los sertones), publicada en 1902, se convirtió rápidamente en una de las piezas representativas de la literatura brasileña, virtiendo una fuerte crítica a la acción militar y al proyecto nacional republicano de su país, por el injusto y excesivo uso de la fuerza. Los primeros despachos publicados en O Estado fueron telegramas con una extensión promedio de una docena de líneas. Los textos informativos, escuetos, descriptivos y respetuosos de la autoridad, sin dejar de decir los hechos, pero hablando del lado de las fuerzas armadas federales brasileñas (de “nuestras bajas” y del “enemigo”), lo que ya no hizo después al escribir Os sertoes.

Monte Santo, Outubro

Continua a resistencia do inimigo, que, apertado na igreja, nao resistira muito.

Calculo seguro indica mais de 200 mortos nos tiroteios dos dois ultimos dias. As nossas baixas sao relativamente pequenas.13

Estos telegramas –signo de una época en la historia de las telecomunicaciones, cuando se generaba una cuota por cada letra tipografiada y transmitida por el télex– son la evidencia de la labor organizada, sistemática y coordinada del corresponsal. Son una señal de la inmediatez con la que un diario moderno, impreso en una veloz rotativa, publica la información que recibe. Al hacer la cobertura periodística de esta guerra, Da Cunha se convirtió en el corresposal de guerra de la prensa moderna de América Latina. Aquellos telegramas fueron la base de su experiencia.

Cuando Da Cunha reescribió la historia de Canudos en fomato de libro, él mismo se dio cuenta de que tenía en las manos una obra diferente, que ya no era el resumen de la campaña. Su texto se había nutrido de informaciones complementarias y de la revisión de datos y crónicas publicadas en la prensa, al mismo tiempo que Da Cunha lo había hecho para O Estado. Las descripciones de la matanza de Canudos son mucho más penetrantes que las presentadas en los telegramas enviados al diario paulino. El nuevo texto rebasaba la sola experiencia periodística para explorar la realidad de Brasil después de tres siglos de vida.

Cuatro vidas sin cruce

Frías sobrevivió a su osadía. En cambio, Palleja murió en 1866 en el campo de batalla, menos de dos años después de haber salido de Montevideo. Después de narrar su excursión, Mansilla siguió siendo actor en las instituciones militares y políticas argentinas. Sus textos estuvieron en linea con su proyecto político. A diferencia de Frías, sus escritos eran complacientes con el proyecto expansionista del Estado argentino. No es el caso de Da Cunha, cuya obra periodística y literaria estuvo escrita en clave de denuncia, como él mismo lo indica en el prefacio de la obra. Su acierto periodístico y literario contrastan con la sórdida muerte que tuvo, asesinado en un enfrentamiento con el amante de su esposa, quien era, por cierto, hija de un general. Frías y Da Cunha tomaron caminos de vida similares, superando la carrera militar y adoptando el ethos y la dignidad del periodista, aunque sea por un tiempo, en el caso de Frías, después de vivir las guerras del fin del mundo.


Referencias

1 Es frecuente encontrar textos en impresos y en Internet que tildan Tomochic en la segunda o, pero en la cuarta y la quinta ediciones de la novela de Frías, que fueron definitivas, la palabra fue publicada sin tilde. La edición de Porrúa, que sirve de referencia bibliográfica para este ensayo, no tiene tilde.
2 Martínez Albertos, José Luis, Curso general de redacción periodística, Madrid, Editorial Paraninfo, 1992. Primera edición, 1974.
3 Becali, Ramón, Martí, corresponsal, La Habana, Editorial Orbe, 1976. Este libro reúne algunos de sus textos. El diario La Nación de Buenos Aires publicó el 18 de julio de 1882 una semblanza de Charles Guiteau, asesino del presidente James Garfield, escrita por Martí.
4 Nervo, que llegó a ser diplomático con los regímenes de la Revolución Mexicana, embajador en Buenos Aires y Montevideo, fue antes fundador de la Revista Moderna y escribió en 1900 crónicas para el diario El Imparcial de Ciudad de México sobre la Exposición Universal en París de aquel año.
5 Existe una controversia sobre quién fue el primer corresponsal de guerra en la historia del periodismo en el mundo. Phillip Knightly, un periodista e historiador australiano-inglés, escribió en 1975: “La cobertura de Russell de la Guerra de Crimea marcó el comienzo de un esfuerzo organizado para informar de una guerra a la población civil que está en el país (Reino Unido de la Gran Bretaña), usando los servicios de un reportero civil. Esto fue un inmenso salto en la historia del periodismo, de modo que es apropiado comenzar con Russell, porque, sea o no que haya sido ‘el primero y el más grande’, fue ciertamente, como él mismo se puso, ‘el padre miserable de una tribu desafortunada’” (Knigthley, Phillip, The First Casualty, New York, Harcourt Brace Jovanovic, 1975; traducción del texto citado por Guillermo G. Espinosa). El mismo año, una tesis doctoral escrita por el historiador Thomas William Reilly sostuvo que los primeros corresponsales de guerra surgieron en la invasión de tropas de EU a México en 1846, en parte alentados desde Nueva York por un esfuerzo organizado de una asociación de periódicos que, de esta manera, dieron pie a la fundación de la agencia de noticias Associated Press (Reilly, Thomas William, American Reporters and the Mexican War, 1846-1848, tesis doctoral, University of Minnesota, 1975).
6 Diario de la Tarde, comercial, político, literario, 14 de septiembre de 1833, p. 1.
7 De Assis Cripa, Ival, “La trayectoria de Manuel Benicio, Heriberto Frías y las guerras de Canudos en Brasil y Tomochic en México en el final del siglo XIX”, en Revista de Historia de América No. 135 (julio-diciembre 2011), Pan American Institute of Geography and History, p. 11.
8 Mansilla, Lucio Victorio, Excursión a los indios ranqueles, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, dos tomos, 1967.
9 Los textos fueron publicados entre el 20 de mayo y el 7 de septiembre de 1870. Otros cuatro inéditos fueron llevados al libro impreso por la compañía periodística de La Tribuna.
10 Diario de efímera vida, que publicó el pintor Joaquín Clausell de 1893 a 1895, en su primera generción.
11 Heriberto Frías, Tomochic, México, Porrúa, pp. XVIII-XIX. El prólogo está escrito por James W. Brown, al parecer en 1968, cuando la editorial se ocupó de publicar los textos de Frías, después de que otras empresas lo habían hecho.
12 Estas precisiones sobre el ambiente periodístico que rodeó a Da Cunha se encuentran en el prólogo de Walnice Nogueira Galvao de la edición de Los sertones publicada por la biblioteca electrónica Ayacucho. p. XX
13 Da Cunha, Euclides, Canudos (Diario de una expedicao), Livaria José Olympio Editores, 1939.


Bibliografía

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De Assis Cripa, Ival, “La trayectoria de Manuel Benicio, Heriberto Frías y las guerras de Canudos en Brasil y Tomochic en México en el final del siglo XIX”, en Revista de Historia de América No. 135 (julio-diciembre 2011), pp. 9-28, Pan American Institute of Geography and History.
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