Cinque Terre

Mireya Maldonado

Periodista.

Las Glorieteras

“Muchos dicen: ¿Por qué eres tan ojete? Pero ellos no saben lo que vivimos, no han lamido el suelo para ganarse un taco, no han ido a hacer un servicio con un asqueroso que tiene barros y te paga por 15 minutos de placer. Cuando les ardan los pies de tanto caminar, los corran, persigan o amenacen, entenderán”.

La perra vida

Cuando escucha la palabra discriminación, Luna se agita y levanta la voz. Su corpulencia asusta.

–Hay un restaurante en la calle de Copenhague, el señor de ahí, del Angus, cada vez que pasamos nos insulta. Hace poco nos echó a la patrulla. Cuando dijimos que todos fuéramos a la delegación él se rajó y le pagó a los policías.

“También provocó a todos los que trabajan en el restaurante, vinieron con palos, tubos. Y todavía pasa el señor en la noche y nos dice que nos va a picar. ¿A quién le decimos? Sabemos que no le importamos a las autoridades, a la gente”.

Kevin toma un sorbo de agua de la botella que rola con Paco y Luna. Desarruga las líneas de su pantalón, se peina. Intenta verse limpio porque sabe que la imagen es importante. Interrumpe a su amiga.

–Nosotros dormimos donde está el callejón del Marriot. El dueño de los chinos no tenía queja de nosotros. Siempre levantamos nuestros cartones y dejamos todo limpio. Pero nos dijo que ya no podíamos dormir ahí porque cada día llegan más, llenan todo el espacio, dejan sucio.

“Por eso en la mañana me deprimí mucho. Nosotros a duras penas estamos tratando de sobrevivir en este mundo tan cruel y la verdad se siente feo que alguien te diga que ya no tienes un lugar donde reposar las patas.

“Es sorprendente que en una zona con muchos gais, igual que la Condesa o la Roma, todavía hay gente que nos persigue con odio. Otros vienen para acá porque dicen: ¡Quiero ver a los putos! ¿Qué les pasa? ¡No somos payasos!

“Aun así nos paramos todos los días con la ilusión de que la gente no sea tan ojete. Muchas veces lo único que queremos es un cuarto, un trabajo. Pero nadie te ayuda, todos te piden el culo de ley. Eso sí, los chavos, las mujeres más humildes, las recamareras de los hoteles nos llevan tortas y jugos caros, nos alimentan. Así vamos sobreviviendo. Los domingos nos vamos con los de las bicis para limosnear la gelatina o cualquier otra chingadera.

“Ahora entre la comunidad tenemos que echarnos la mano pero al contrario, no falta quien se quiere poner el bilé más rojo o critica a la de enfrente porque está gorda. ¿Cómo pueden decir que somos comunidad cuando estamos como pinches perros y gatos, mentándonos la madre, bufándonos?

“El día del orgullo lésbico-gay, hacemos un vil desmadre en Reforma chupando ¿Por qué no vamos a la Cámara de Diputados y nos plantamos y exigimos que se cumplan nuestros derechos? Pero no, ahí vamos en la marcha, puteamos, bailamos y mientras el gobierno nos manda a la verga porque nada más armamos nuestro desmadre y ya.

“Nosotros somos prostitutos y cobramos 500 pesos. Los chavitos por 50 pesos o una cerveza se venden, son los cachucheros, compiten deslealmente. Así empieza la rivalidad entre nosotros, por eso te decía ¿cuál comunidad?

“Actualmente muchos se venden porque todos piensan que les van a pagar. Por eso hay más prostitución que hace diez años en la Glorieta de Insurgentes. Antes no había tanto raterillo, si te quedas en la madrugada amaneces sin calzones, sin celular, sin mochila o te pegan por sus lindos y hermosos huevos”.

Luna se pinta los ojos de azul intenso, cubre hábilmente las imperfecciones de su rostro con maquillaje. Es hora de trabajar. Se yergue con sus casi dos metros de estatura e ilustra sobre los centros alternos para tener sexo.

–Hay cabinas en Amberes que se hacen pasar por cafés Internet, pero son cabinas de prostitución. También las ves en las calles de Génova o Puebla abiertas 24 horas. En una cobran diez pesos, en otros 15 o 20.

“Yo ahí llevo a mis clientes. Apenas estuve en una de ellas tres horas con un hombre para que nos invitara a tragar.

“Otro amigo de 80 años sólo me invita a comer porque él se lleva a puro chavito de 18 años, máximo 23. Les paga 300 pesos, se los va a echar a las cabinas y regresa bien campante. Es abogado, está bien parado en la PGJ, tiene hijos, esposa. ¡Vemos tantas cosas!

“Los demás de nuestra supuesta comunidad aquí en la Glorieta nomás abusan. Por eso los jalo a ellos dos, porque nunca me dejan sola. Nos protegemos. Así sabemos que si uno de nosotros no aparece, es porque a lo mejor algo pasó y buscaremos hasta debajo de las piedras, con nuestras propias fuerzas porque a nadie más le importamos”.

Paco asiente. Está sentado al lado de Luna, recarga su cabeza en su hombre y ella lo besa con cuidado.

–Si sus mamás no los quieren, aquí estoy yo. Una sopa, un chicle no les va a faltar.

Los tres se levantan y caminan hacia el conocido “El callejón del beso”, famoso por las parejas que fajan, por sus rumores y orgasmos que no se esconden. Es el túnel de la Glorieta que da hacia las canchas. Pardea la tarde. Varios gais empiezan a llegar y esperan a algún mayate. Luna, Kevin y Paco buscan el pan.

Kevin se despide.

–Si, la gente es muy culera, pero la sobrellevas. Aquí se aprende a sobrevivir.

 

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