Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

Las fiestas

Cuando usted lea estas líneas, querido lector, y dado que las colaboraciones del mes entrante (enero) hay que enviarlas con cierta anticipación, ya habrá pasado usted por las fiestas decembrinas, uno de los rituales más extraños del que he sido testigo a lo largo de mi vida y que compite ventajosamente con disfrazar a niños de idiotas para pedir su calaverita, con tragarse con riesgo de traqueotomía un muñequito calvo de plástico el 6 de enero o levantarse frente a un monitor de 43 pulgadas cuando se celebra un partido de futbol en el que juegan nuestros connacionales.

Bien, el caso de diciembre también tiene sus notabilidades, la primera es que el tráfico (ahora con 400 mil autos más circulando) se vuelve algo muy parecido a una orgía en una colmena. La gente se vuelve loca y entonces sale a las calles en formación de turba para adquirir las ofertas navideñas que son tan reales como las neuronas de nuestra bien amada Carmelita Salinas. Por supuesto esto provoca que a pesar de ser tiempos de adviento, todos traen un humor del demonio de Tasmania, se pelean en las colas, echan lámina para luego irse a dar abrazos y repartir regalos tan útiles como una panera, regalo que juro recibí hace dos navidades.

Llega el 12 de diciembre y una masa de gente devota hace procesiones y camina distancias olímpicas con el fin de expresar su veneración por la Guadalupana. Un evento ocurre la noche anterior; una nube de menesterosos intelectuales que son cantantes se presentan ante el ayate, lloran y le cantan las mañanitas a la Virgen mientras son transmitidos por el canal de las estrellas en un acto que a mi neurosis no la conmueve en lo más mínimo. Empieza entonces lo que el humor nacional llama el “Maratón Guadalupe-Reyes” que no es otra cosa que imponerse la tarea de beberse las reservas probadas de alcohol nacional y que deja a muchos al borde de un coma etílico y a otros pasando la noche en El Torito mientras juran que no lo volverán a hacer.

Las posadas son una especie en peligro de extinción y es una pena porque son la única tradición que me parece razonable. Un servidor escribe una pastorela hace 22 años que es representada por la familia. Dados los procesos de explosión demográfica y como todo mundo quiere aparecer, la carga intelectual se ha vuelto abrumadora ya que hay que diseñar papeles para treinta personas lo que me lleva a cometer excesos como darle partes al Ángel 1, al 2, al 3, y al 4. Lo que pasa con las posadas me recuerda a un bautizo al que fui a rastras hace unos días. Los niños se presentaron ante dios nuestro señor con velitas y todo y luego empezó el huateque. Nunca he visto algo más parecido a una boda; los adultos bailando en estado de ebriedad mientras los infantes dejados de la mano de su recién conocido dios, se medio mataban en la obscuridad… lo mismo pasa ahora con las Posadas.

La Navidad es el día que llega Santa, lo que pone a los padres a prueba ya que los niños de dos años de estos tiempos ya practican el positivismo lógico y decirles que viene un gordo de barba a repartir juguetes por todo el mundo en un trineo que vuela guiado por renos es ciertamente una prueba de fuego. Se comen cosas que nadie come en el año como pavo, romeritos y bacalao y al día siguiente el costumbrismo nacional señala que “es mejor el recalentado” que devoran una nube de señores con aspecto de la mamá del muerto por la cruda del día anterior.

Finalmente llega el Día de los Inocentes y el fin de año. En el primero los periódicos hacen bromas idiotas como “México primero en el ranking de la FIFA” o “Recapturan al Chapo”. En el caso del 31 la gente tiende a indigestarse tragando una docena de uvas por segundo mientras que se da abrazos llenos de buenos deseos como dejar de fumar, de tomar o hacer ejercicio que se cumplen hasta el día que se vuelve a comer la rosca e inicia otro ciclo sin fin.

 

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