Libertad Garfias

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Productora cultural, etnóloga y artista plástica interesada especialmente en el uso y aplicación de las Nuevas Tecnologías a la vida diaria. Dirige la empresa La Valija Industriarte.

Las estampas shunga del Japón

Las imágenes determinan e influyen sobre nuestro imaginario colectivo, sobre todo aquellas que encierran símbolos característicos o determinantes, en mucho vinculados a lo exótico, lo profano, lo grotesco o lo ritual. En buena medida, el ejercicio y pleno disfrute de nuestros cuerpos y nuestra sexualidad enmarca estas características aunque solo se establezca en el plano del deseo y genere más asombro por aquello que se mira públicamente y que colectivamente se asume como parte de aquello que se vive en lo íntimo y “con la luz apagada”.

El Japón, como sinónimo de lejanía y exotismo, exportó a Occidente, a principios de 1900, una serie de estampas erótico-japonesas en cuyos trazos se denotaba la delicadeza de su producción y un uso bien delimitado: los ukiyo- e, shunga o estampas sexuales, que alguna vez fueron comunes en las grandes ciudades japonesas y que para finales del siglo XIX fueron prohibidas y perseguidas por el Estado samurái. Sorprende a propios y extraños que el país que sustenta la menor taza de encuentros sexuales al año y cuya legislación condena con severidad toda manifestación erótica que raye en lo “obsceno” o en lo explícito de la sexualidad humana, haya producido alguna vez una obra tan rica en contenidos eróticos.

La primera vez que vi los grabados shunga fue en una pequeña librería de viejo más underground que nada. Era 1997 y cumplía pocos meses de haber llegado a vivir a esta ciudad. Recorría con amigos el centro histórico del Distrito Federal y descubría, entre otras cosas, calles y lugares bajo la noche de fiestas y pachangas. En una de esas salidas, recorriendo la calle Independencia a espaldas de la Av. Juárez, descubrimos esta librería que, a punto de cerrar, nos permitió entrar al local. Fue allí que, en una pequeña mesa, un grueso libro capturó mi atención: una maravillosa recopilación de 100 de las más hermosas estampas del arte erótico japonés shunga. Desde ahí, quede atrapada por ellas.

No son difíciles de reconocer. En medio de telas que se miran esplendorosas, dos seres se tocan. Recostados sobre sus caderas, se adivinan los elaborados tocados de los participantes en esa danza. El ambiente sencillo del lugar se nota húmedo, caluroso, jadeante. Bocas entreabiertas, labios hinchados, miradas retadoras coquetean con el lenguaje que solo los amantes entienden. Un falo grande, gigantesco se introduce en una velluda vagina que al tono del encuentro se percibe notoriamente crecida. Sutil. Solo la desnudez necesaria; el lenguaje universal del placer.

Imágenes finamente elaboradas de todo tipo de encuentros sexuales explícitos nos trasladan al periodo Edo del Japón durante los siglos XVIII al XIX. Edo (Tokio actualmente) se constituía como una próspera ciudad en crecimiento y una capital que paulatinamente albergaba además de la élite gobernante samurái, a un cada vez más crecido sector popular llamado Chonin, conformado en buena parte por comerciantes, artesanos, productores de servicios, excampesinos y exguerreros que migraban a la capital en busca de mejorar sus condiciones de vida, precursores estos del moderno poblamiento urbano.

Las escasas fuentes de la época muestran que fue entre 1333 y 1573 que desde China (impulsora de la imprenta) llegaron los primeros “tratados” que versaban sobre la ciencia del erotismo y conocimiento prenupcial, los cuales tenían como fin cultivar a las jóvenes en las artes amatorias de las cortes imperiales. El intercambio comercial entre China y Japón ha sido siempre prolífico, y en este sentido no fue la excepción, influyendo también el nombre con que se denominaría a posteriori a este tipo de imágenes: Chunhua (chino) derivaría en Shunga (japonés) o pinturas de Primavera, siendo primavera un término popular para nombrar al encuentro sexual o coito. Siendo aún más explícitos para efectos de este artículo, durante los siglos de mayor producción de este estilo de estampa sexualmente explícita (S. XVII) se le denominaba como makura-e cambiando para finales del siglo XX por el término shunga, que ha pasado a nuestra cultura moderna.

Edo, maravillosa ciudad en expansión, recibió de inmediato a la imprenta y la incorporó al pujante desarrollo de talleres de pintura asociados a la corte imperial, cuyo fin era el de impulsar la imagen de los samuráis y legitimarlos como gobernantes del país. La entrada de la imprenta trajo consigo el método de grabado en tablas de madera o xilografía, lo que rápidamente popularizó la creación, uso, venta y distribución de toda una gama de estampas denominadas ukiyo-e (estampas del mundo flotante) que personificaban los cambios tan dramáticos que la sociedad japonesa vivía a partir de los periodos de guerras y cambios dentro de las complejas estructuras de poder. Estas estampas comenzaron a mostrar elementos y personajes Chonin importantes, y se convirtieron paulatinamente en objetos de consumo popular, de tal suerte que junto a las estampas con imágenes de guerreros samuráis y personajes importantes como los doctores, comerciantes adinerados o prostitutas famosas, las estampas shunga aprovecharon prolijamente este impulso en la producción.

Tal fue el éxito del shunga que las temáticas se diversificaron a tal punto que la producción se constituyó en álbumes de imágenes o libros ilustrados que contenían series de imágenes que se distribuían en centros o casas especializadas, similares a las librerías de hoy, con préstamos a domicilio. Amaury García Rodríguez, especialista del tema, explica “(…) enpon eran libros ilustrados con temática sexual. Sus volúmenes de producción y circulación fueron realmente extraordinarios y además de incluir un cuento o historia, que se ubicaba casi siempre en la segunda mitad del libro, contenían ilustraciones makurae al inicio o en ocasiones intercaladas en el texto”. Una especie de Libro Vaquero popularizada y en auge.

Esta producción tan grande involucró a varios de los más grandes artistas de la pintura y el grabado de la época, siendo a su vez que la proliferación del shunga era poderosamente rentable. Nombres como Kawanabe Kyosai, Keisai Eisen, Kikukawa Eizan, Kitagawa Utamaro, Miyaqawa Issho, Nishikawa Sukenobu, Torii Kiyonaga o Suzuki Harunobu se reconocían como auténticos creadores, pero sería el gran Katsushika Hokusai (1760-1849) quien permanecería como el ícono más característico de la gráfica shunga por obras tan representativas como la emblemática El sueño de la esposa del pescador o también llamada Los pulpos y la buceadora, que data aproximadamente del año 1814.

Atractivo cefalópodo en la estampa erótica japonesa

Una vez asentado el estilo shunga en la estampa de Edo, poco a poco se fueron incorporando elementos y personajes cuyo simbolismo y actividad personificaban la realidad del “mundo flotante”. Aparecieron relaciones homosexuales y lésbicas; coitos hetero entre mujeres cortesanas y monjes de los templos sintoístas contiguos a los cientos de prostíbulos de la ciudad; y vínculos eróticos en los que participaban bellas muchachas y seres mitológicos, marinos, perros o insectos varios. De entre todas estas estampas, Los pulpos y la buceadora es sin lugar a dudas la imagen más perturbadora dentro de la producción shunga de Hokusai.

Basada en la Leyenda de Taishokan, en la cual “Hongbo era hija del príncipe japonés Nakatomi no Kamatari, fundador de la familia Fujiwara. Ella se establece en China, al convertirse en esposa del primer emperador de la dinastía Tang. Estando allí consigue adquirir una joya fabulosa, de enorme valor. Al enterarse de que su padre se propone construir un pabellón de Oro en el templo Kofukuji de Nara, ordena al general Wanhu que envíe a su padre esta joya para que la coloque entre las cejas de la escultura de Buda Sakyamuni, que se encontraba en el templo.

“Mientras Wanhu transportaba por mar la joya hasta Japón, una legión de demonios al servicio del Rey Dragón consiguió robársela y llevarla al fondo del mar. Wanhu, al llegar al Japón, entregó lo que había podido salvar a Kamatari y, tras haberle contado lo que había sucedido, se suicidó. Kamatari, afligido, se hace ermitaño. Se casa posteriormente con la hija de un humilde pescador, que bajando al fondo del mar consigue recuperar la joya que es instalada más tarde en la estatua de Buda en Kofukuji”.La hija del pescador, al ser perseguida por un ejército de monstruos, se tragó la gema para poder protegerla. Fue asesinada por el Rey Dragón al no conseguirlo. El hijo del rey recuperó el cadáver de su esposa, y de esta manera, la joya. Lo interesante del uso de esta leyenda es que en el argot citadino de la época, tanto la palabra tako (pulpo) como awabi (delicia marina recogida por las pescadoras) eran sinónimos de “vagina”.

Maravilla encontrar que de esta leyenda tradicional, Hokusai haya interpretado de manera tan exquisita un encuentro en el que lo que más sofoca es que en el rostro de ella no se asoma temor sino profundo gozo. Su cuerpo arqueado demuestra que un cunnilingus húmedo y salado bien vale la pena. Esta representación impactó sobre todo a la moderna cultura occidental preponderadamente pura, casta y “limpia”, de forma que a la postre se ha hecho presente en artistas que la han re-presentado, como el caso de Picasso, quien fue un fan declarado del shunga, junto a otros consagrados: Van Gogh, Gauguin, Tolouse-Lautrec, Manet, Whistler… Más cercano a estas fechas, y desde el mismo Japón, la bellísima obra del que podríamos llamar el heredero del ukiyo-e, Yuji Moriguchi, cuyas estampas muestran encuentros insospechados, y finalmente, Daikichi Amano, fotógrafo aficionado a mostrar encuentros perturbadores en su obra en donde los protagonistas van desde pulpos, ranas, escorpiones, gusanos, con la única condición de que sean comibles.

En el 2013 y con 8 meses de embarazo, realicé mi propia versión de El sueño de la esposa del pescador con la serie Esperando en Primavera, junto al artista visual Frederick Rodríguez, para mostrar que la gestación humana puede representar, amén de sacralidad y delicadeza, erotismo.

La prohibición de un producto de consumo popular

Paradójicamente a lo que se podría pensar, el fin, por así decirlo, de la amplia producción de estampas shunga en el Japón durante el periodo Edo, se vio enmarcado por la fuerte censura que respecto a éste ejercía el Estado nipón. Los artistas del ukiyo-e en cualquiera de sus tendencias, una vez finalizado cada proyecto y previo a ser llevado a la imprenta, debían llevarlos ante los órganos encargados de certificar que éstos se ajustaban a los cánones legales y así, cumplidos éstos, pudieran ostentar un “sello de inspección”, lo que obviamente autorizaba a que esa imagen se incluyera en los círculos de distribución y venta. Estas normas relativas a lo censurado incluían la representación de los gobernantes, hechos de actualidad o los nombres reales de las mujeres de la corte; así como normas relativas a lo que se consideraba “mostrar mucha carne” en las estampas.

Fueron muchos los que evitaron estas regulaciones por diversas razones. Artistas, impresores y editoriales se arriesgaban para publicar estampas en donde la sátira era presente, o bien, eran utilizadas a manera de panfletos políticos ingeniosamente escondidos entre las historias que regularmente contenían los álbumes ilustrados, lo que llevó a la prohibición total de las mismas para el siglo XX. Este hecho coincidió con el contacto o apertura del Japón hacia los países occidentales, sobre todo con Reino Unido, y paulatinamente, con una política de censura de Estado referida en el artículo 175 del Código Penal japonés en el que se establece que dibujar, exhibir penes, vaginas o vello púbico y la pornografía serán castigados por ley: “una persona que distribuya o venda una escritura, pintura u otro objeto obsceno, o que lo muestre públicamente, será castigado con prisión o fianza. Lo mismo aplica a la persona que lo posea con intenciones de venta”. Y aunque desde la promulgación de esta controvertida ley (1907) a la fecha poco ha cambiado este artículo, se han vuelto un pelín más laxos ante la presión internacional y el aumento de las discusiones sobre lo que es arte erótico y lo que se podría considerar que atenta contra la buenas costumbres niponas.

Pornografía o pornotopía

Los especialistas del tema son enfáticos al asegurar que shunga no es el antecesor de la actual industria pornográfica japonesa. Para diferenciar ambas expresiones, es claro que ambas han sido objeto de censura, pero es determinante mantener en la mira que si bien el shunga en sus inicios sirvió como fuente de inspiración sexual, a posteriori su uso fue más importante y estructurado que las actuales representaciones sexuales encontradas en infinidad de formatos y expresiones a lo largo de todo el archipiélago. Si bien es cierto que la industria porno ha catapultado a los japoneses como los más perversamente sexuales del planeta, este fenómeno es en parte cierto por la necesidad de transgresión ya comentada anteriormente, pudiendo hipotetizar que la censura promueve más curiosidad y morbo para la misma sociedad japonesa, y por el otro lado, se convierte en una especie de fuga de tensión por el mayor índice de mujeres y hombres a quienes la sexualidad carnal, vamos, el contacto íntimo con todo e intercambio de fluidos les es cada día más insignificante.

Preciosas representaciones de la estampa erótica japonesa se perciben más cercanas a la pornotopía entendida como una simbolización idealista del acto y encuentro explícitamente sexual, que nos permite rodearla del manto protector del arte, eliminando con ella toda carga erótica que pudiera catalogarlas dentro de los oscuros parámetros pornográficos actuales.

Lo que es una realidad, es que Japón se ha construido desde nuestra mirada lejana como una sociedad generadora de productos de consumo sexuales y eróticos que apuntala los estándares más exigentes de “la carne” cuando todo lo referente al sexo se ha vuelto un lugar común, y el erotizarse cuesta cada día más, puesto que el acceso a todo lo que públicamente se define dentro de lo sexual se va vulgarizado y popularizando sobremanera.

Mi lugar, mi cultura, mi imagen, mi mundo, mi cuerpo y mi ideología se construyen en un espacio territorial con usos y costumbres determinados por encuentros y desencuentros. Así, cada cosa que descubrimos de este mundo confronta la percepción que tengo del mismo y me cuestiona.

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