Cinque Terre

Rubén Aguilar Valenzuela

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Consultor, profesor y articulista y exvocero presidencial

Las encuestas tenían razón

El resultado de la elección corroboró el trabajo profesional realizado por las principales encuestadoras del país, que al final resultó igual o muy semejante al que fueron anunciando a lo largo del proceso de todas las encuestas.

Al arranque de la campaña, en marzo de 2012, los sondeos de El Universal, Reforma, Milenio/Gea-Isa y Mitofsky daban una preferencia bruta que oscilaba en los siguientes rangos: Enrique Peña Nieto (PRI-PVEM) 42.5% y 45%; Josefina Vázquez Mota (PAN) 23.7% y 32%; Andrés Manuel López Obrador (PRD-PT-MC) 15.8% y 22 %; Gabriel Quadri (Panal) 1.0%. A lo largo de la campaña, de acuerdo con todas las encuestas, Peña Nieto se mantuvo en primer lugar. En abril hubo un enroque de posiciones entre Vázquez Mota y López Obrador. Ella pasó al tercer sitio y él al segundo, lugares que se conservaron hasta el final. En las últimas encuestas, realizadas en la tercera y cuarta semana de junio, los datos vuelven a coincidir y se mueven en un rango que va en el caso de Peña Nieto entre 41% y 45%; Vázquez Mota entre 20.6% y 24%; López Obrador entre 23.8% y 31%; Quadri entre 2.0% y 4.0%.

Así, al inicio la diferencia entre el primero y segundo lugar oscilaba entre 13.0% y 18.8%. La del segundo y tercero se movía entre 7.9% y 10.0%. Después de tres meses de campaña la distancia entre el primero y el segundo se movió entre el 10.0% y 14.0%. La del segundo y tercero entre 3.2% y 7.0%. A lo largo de la contienda el primer lugar perdió entre 3.0% y 4.8%. El que inició en tercer lugar ganó entre 8.0% y 9.0%. La que inició en segundo lugar, para quedar en tercero, perdió entre 3.1% y 8.0%.

Los resultados de la jornada electoral corroboran la preferencia bruta que registran las encuestas previas al día de la jornada electoral. El resultado oficial, una vez terminado el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), es el mismo que arrojó las encuestas de salida realizadas por encargo de los medios y el conteo rápido del IFE que ofreció los siguientes números: Peña Nieto 38.60% y 38.5%; López Obrador entre 30.90% y 32.86%; Vázquez Mota entre 25.10% y 26.04%; Quadri entre 2.27% y 2.57%. Al final la diferencia del primero con el segundo fue de siete puntos y la del segundo con el tercero de cinco puntos. Las encuestas demuestran una vez más que son infundadas las dudas que señalan algunos políticos, nunca argumentadas en cuestionamientos técnicos (metodología, tamaño de la muestra…) sino solo a partir de una primitiva racionalidad política: si me beneficia es creíble, pero si me perjudica es inválida, pero todavía más, están “amañandas”, “compradas” o son “falsas”. Ignorar el resultado de las encuestas es renunciar al uso de un instrumento técnico sólido, no único, que permite palpar la realidad y tomar decisiones con base en la información que proporcionan. Nunca hay que sobrevalorar las encuestas, registran la opinión de un momento que puede cambiar si lo hacen las circunstancias, pero tampoco se pueden minimizar y todavía más negar. Hacerlo, hay quien lo hace, es evadirse de la realidad.

No debe haber lugar a las posiciones irracionales, que muestran ignorancia o mala voluntad, que dañan los procesos electorales, pero también impiden que sectores del electorado crezcan y maduren. Hay todavía un grupo importante de la ciudadanía, cada vez son menos, que asume y repite de manera mecánica lo que su “líder” o “candidato” le dice. Al final esos políticos se convierten en difusores de la ignorancia.

Nunca hay que aceptar los resultados de una encuesta hecha a la medida, siempre se sabe cuáles son y quién las paga, pero sí hay que considerar los datos que arrojan aquellas elaboradas con estándares internacionales probados. Utilizar buena información, no negarse a ella, puede hacer la diferencia entre ganar o perder en una disputa electoral.

En 1994, durante la segunda campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas, en el equipo de campaña nos negamos sistemáticamente a reconocer el resultado de las encuestas. Utilizamos siempre un argumento falso: lo que vale y cuenta es el número de la gente que va a los mítines y concentraciones. Estos asistentes, decíamos, no están considerados en las encuestas.

Las cifras de la contienda fueron los que habían señalado, una y otra vez, los sondeos. A partir de entonces decidí que siempre iba dar el lugar que merecen la información que arrojan las encuestas y estudios de opinión en el campo electoral. Si en aquel momento les hubiéramos hecho caso podríamos haber cambiado de estrategia, para revertir, en lo que se pudiera, la situación.

En el momento que los políticos, en particular los candidatos, dejen de descalificar las encuestas éstas perderán la centralidad que hoy tienen en la opinión pública, los medios y la vida política del país, para situarse en su justa dimensión. El reaccionar en contra de ellas es lo que las hace noticia y otorga una relevancia que en otras circunstancias no tendrían.

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