Cinque Terre

Jorge Javier Romero

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Politólogo. Analista político.

Las diferentes lecturas de la elección

Muchas horas habrá que dedicarle a estudiar los resultados electorales y los probables efectos que éstos tendrán en la vida del país; la diversidad política y social se expresó en las urnas y lo que queda es un mosaico complejo que deberá procesarse de nuevo en la relación enrevesada entre congreso y presidencia que el régimen presidencial genera, pues el 1 de julio el que ganó no lo ganó todo y los perdedores no quedaron completamente derrotados y todos quedan dentro del juego.

Lo obvio y anunciado es que ganó Enrique Peña Nieto. Las encuestas, tan odiadas por quienes no veían en ellas reflejadas sus ilusiones, demostraron que son un instrumento eficaz para ir midiendo la evolución de las campañas. Las elaboradas por las empresas serias, las que entregaron puntualmente su información al IFE y se apegaron a los criterios de la regulación, se comportaron de manera relativamente homogénea y a tiempo mostraron el cruce entre el segundo y el tercer lugar, a la vez que hacia el final marcaron la tendencia que adoptaría el voto estratégico. Así, resultó que no estaban copeteadas y que sí reflejaban lo que estaba ocurriendo en la opinión de la sociedad mexicana. Ni modo, resulta que sí sirven y que quienes las hacen tienen un incentivo de mercado fuerte para no falsear sus resultados, a pesar de los mitos.

Y sí, ganó el candidato del PRI, pero no como le hubiera gustado. No logró la mayoría absoluta en el congreso, lo que lo obligará a transitar por la complicada ruta de la construcción de coaliciones puntuales para sacar adelante sus iniciativas y sus presupuestos. Veremos un presidente del PRI muy diferente a los presidentes de la época clásica del régimen de su partido y más parecido a los dos últimos presidentes del PAN, que enfrentaron su gestión limitados por el legislativo, tal como corresponde a un diseño constitucional concebido para tener ejecutivos débiles.

Las izquierdas, por su parte, tendrían mucho que festejar si no fuera porque la visión caudillista les puede llevar a considerar que lo único que vale la pena es ganar la presidencia de la república. Ya hace seis años convirtieron el mejor resultado de su historia en una derrota completa y en lugar de aprovechar su posición legislativa para convertirse en la oposición principal al gobierno, tiraron por la borda su fuerza, empeñados en la ilegitimidad de la elección. En consecuencia, le dejaron el paso al PRI, en la elección federal de 2009 quedaron debilitadas y perdieron bastiones importantes, como Zacatecas y Michoacán.

Ahora, en cambio, han recuperado el segundo lugar en la cámara de diputados, han enviado al PAN al tercer lugar en la elección presidencial, arrasaron en la ciudad de México y ganaron Tabasco y Morelos. Nada mal, a menos que hagan un mal análisis de sus resultados y se postren por la derrota de su candidato presidencial, que no logró superar el techo de cristal que él mismo se construyó por su errónea estrategia de hace seis años, la cual lo alejó de los votantes independientes, por más que haya consolidado su voto duro. Sin embargo, la campaña de López Obrador tuvo éxitos importantes. Reconstruyó la unidad de las fuerzas de izquierda, despertó el entusiasmo de los jóvenes que al inicio de la campaña parecían apáticos y distantes y logró recuperar en números absolutos la votación de hace seis años. Si en lugar de ver el triunfo como una cuestión de todo o nada las izquierdas evalúan con sensatez lo alcanzado, entonces podrán tener una base sólida para la construcción del futuro.

Los grandes derrotados fueron Calderón y el PAN. Quedaron divididos, se fueron al tercer lugar en la cámara de diputados, perdieron Jalisco y Morelos, no recuperaron Yucatán y casi fueron borrados del mapa en la Ciudad de México. El balance también ahí será complejo ¿Cuánto del resultado le corresponde a Calderón, cuánto a la candidata, cuánto al partido? En efecto, las responsabilidades están divididas, pero el hecho es que los panistas no supieron consolidar su fuerza, los resultados del gobierno quedaron opacados por el gran error estratégico en el combate a la inseguridad, y la candidata no entusiasmó ni siquiera a los votantes tradicionalmente fieles. Lo que viene para Acción Nacional es una larga travesía del desierto, amarga y difícil.

Más allá de la amargura de quienes piensan que los 18 millones de votantes que optaron por Peña Nieto lo hicieron obnubilados, comprados, enajenados por la televisión o son simplemente estúpidos, es necesario entender las concreciones de la sociedad mexicana y su diversidad, lo mismo que su historia, para, a partir de ello, construir opciones de futuro. Porque la democracia se trata precisamente de eso: de que el que gane sólo tenga el poder temporalmente y de manera limitada y que en la siguiente ronda todos puedan volver a jugar.

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