Cinque Terre

Arouet

La vecindad Casa Blanca

No sé qué me agobia más, si lavar tantos trastes y el ardor en los bordes de las uñas, o tirar cantidades ingentes de comida a la basura, en el hotel Century de la Zona Rosa de la ciudad de México, donde trabajo. (Lo que sí sé es que me corren si doy un solo bocado, digamos, de esta langosta al mojo de ajo que, entonces, arrojo al cesto casi entera).

Tengo 17 años, estudio en el CCH Naucalpan y trabajo en el Century de lunes a viernes de tres a diez, pero eso no interesa, lo importante es que en este instante me atrinchero en que la noche apenas comienza y que, con la llovizna, se desbalaga la gana de ponerme dandy y lanzarme a chanclear un rato a la colonia Morelos.

Les ahorro las peripecias de la salida del trabajo, el baño y todo eso, sólo preciso que estoy ensayando varios pasos para apantallar a la Guillermina, tarareo a Carlos Colorado por supuesto y me reviento una que otra salsita para cuando la atmósfera se ponga acá. Ah, sólo agrego que huelo a Paco Rabanne, traigo mi chemise blanca y los pantos Sergio Valente junto con mis zapatitos Crayons café y una chamarra Jordache. De rompe y rasga como cuando voy al salón Colonia.

Voy al grano: ya estoy en la Avenida del Trabajo cerca del templo del hacinamiento y la buena música. Se llama Casa Blanca y tengo suerte de que este viernes dejarán tocar a La Changa, que siempre trae los mejores discos de Colombia, Costa Rica y Venezuela; con decirles que La Changa dio a conocer aquí “La pena que yo siento”, con Tania, les digo todo. (Anden, escuchen ahora mismo esa cancioncita a mi salud.)

Me topo con “El Varos” y “El Cone”, –“qué transa Oruga”, saludan. Antes de entrar compramos el frasco hasta por el cine Bahía y le damos sus buches directo para entonarnos. Luego de varios sorbos y dos o tres toques de mariguana bien dentro por piocha le damos al pedal y sólo se oye a un gato maullando como si fuera un bebé que tiene cólico.

Imaginen un laberinto de asfalto. Ahora, entre las sinuosas paredes pongan puertas, una tras otra, y algunas macetas con helechos y plantas de sombra; la Toña tiene rosas y claveles pero no se detengan porque su wey es bien gandalla. El laberinto tiene dos pisos, entre uno y otro hay un cuadro donde se enfilan lavaderos y en las esquinas dos baños para todos. En la primera esquina doña Queta vende hierba, y la banda lo sabe, en la otra Eliseo merca coca y la banda lo sabe, pero lo que a nosotros nos lleva ese día es la música y la Santanera, lo sabe, lo sabe. (Ya estoy bien grifo, ustedes comprenden el chistorete).

Tuvo razón Monsiváis: esa música no sólo se baila y se canta, también es decorativa, se adapta al mobiliario, no desentona con los cuartitos de azotea ni con los bollillos duros para las migas, no discrima por razones de peso y apariencia. Más aún, nos acompaña en todas las derrotas que señala el destino de nuestras vidas: para estar entre botellas y apagar el grito de dolor por un corazón vencido, o para declamar las luces de Nueva York sin que nunca tengamos oportunidad de estar ahí, es música amarga debido a nuestras carencias pero también festiva porque sabemos que no estamos solos en el barrio.

Las luces transforman la vecindad en una disco y la voz del sonidero suena estruendosa al dar la bienvenida al “Varos y cuates que lo acompañan”. Yo muevo la cabeza como el caballo al que le incomoda el freno y trato de sonreir. Prendo mi cigarro y froto las manos como si me untara vaselina. Ahí está la Guille con sus turgencias bien formaditas moviendo los hombros ligeramente, tronando los dedos y frunciendo los labios. Fui tan feliz al verla con ese vestido rojo entallado que renuncio a decirlo con palabras:

“Perfume de gardenias

tiene tu boca,

bellisimos destellos

de luz en tu mirar.

Tu risa es una rima

de alegres notas,

se mueven tus cabellos

cual ondas en el mar”

 

Doy grandes francos para llegar de inmediato a ella. Sin verla extiendo la mano y luego no hicimos más que lo que nos marcó el ritmo. “Tu cuerpo es una copia de venus”, le susurró al oído a la Guille. Ella marca los movimientos. Suavemente se arrejunta entre las piernas y me rodea el cuello con sus brazos. La verdad yo siento como si esta escena la inventara algún escritor mediocre que se ensaña conmigo. Pero hasta ahí me acuerdo porque quién sabe cómo, por esta que todo pasó bien rápido, sólo veo cuando “El Cone” se dobla mientras le salen borbotones de sangre por todos lados mientras “El varos” se trenza a madrazos con el del fogón.

Yo estoy desde entonces en cananea porque le di sus picones a varios aunque a mí también me abarataron feo, nada más vean la pinche cicatriz que me atraviesa el ojo izquierdo. Ahora tallo monedas y hago dibujos cubiertos de chaquira de la fina, y lo vendo. La Guille me visita dos veces a la semana: los lunes trae a mis hijas, Ingrid y Jessica, de siete y ocho años respectivamente –ya saben, diosito siempre compensa– y los miércoles viene a darle su alpistito al canario. A veces tengo para pagar la aduana y atizar y otras veces sólo alcanza para dos o tres alcoholes, lo bueno es que a mí no me late monear ni el flan. Y ahí la llevo, extraño mucho el tianguis de usado y las flautas doradas con col y unos hilos de carne de la calle de Matamoros, ah, mi tepache y ni qué decir de los tacos de tripa. Pero acá soy un catrín, chin chin si no, música va y viene pero lo mío es la Santanera, es más, yo creo que Carlos Lico pensó en mí cuando compuso:

“Quien en la Habana ya no conoce

a un magnífico bailarín

anda siempre muy bien vestidito

que parece un maniquí

todos lo conocen por Panchito

porque baila el cha cha cha”

 

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