Jorge Meléndez Preciado

jamelendez4[email protected]

Periodista

La utopía es así



No habrá revolución,
se acabó la guerra fría,
¡se suicidó la ideología!
y uno no sabe si reír o si llorar
…por lo menos que le pongan hash
a la pipa de la paz.
Joaquín Sabina

Me da enorme gusto la respuesta de Alejandro López. No se trata de encontrar la verdad (¿la compraremos en algún mercado?). Más bien de narrar lo que vivimos, descubrimos, compartimos desde puntos de vista diferentes. El complemento, el otro, es lo importante (Kapuscinski dixit). No me interesa, por otro lado, la visión de los dirigentes. éstos ya la han dado en varios libros. Además, no fui, para bien o para mal, parte del Consejo Nacional de Huelga (CNH), algo que muchos presumen falsamente. La lista completa de los integrantes del CNH viene en el libro del fallecido (8/I/2006) Raúl Jardón: El fuego de la esperanza, de Editorial Siglo XXI.

En la Escuela de Economía participaron hasta las jóvenes más recatadas, modosas y hasta conservadoras. Hubo brigadistas como Lupita (alguna vez novia de mi carnal Hugo Tulio), Consuelo y otras que vivían en la Portales. Clasemedieras que acudían en la mañana para no rozarse con los grillos y drogos de la tarde. éstos iban al concierto de Antonio Carlos Jobim (Desafinado) o se deleitaban con, Blow up, de Michelangelo Antonioni (basada en Las babas del diablo, de Julio Cortázar), en la cual dos jóvenes jugaban tenis sin pelota.

Pero las supuestas ignorantes, atrasadas, fueron quienes hacían pintas, subían a camiones a repartir volantes y botear e, incluso, hablaron en mercados y llegaban con costales de verduras y frutas que regalaban los comerciantes para que los estudiantes siguieran adelante en su accionar. ¡El movimiento prendió!

Claro, los militantes y otros enfebrecidos debatíamos a todas horas. Nuestros pensamientos volaban y queríamos transformar, no México, sino hacer la revolución (la connotación que se le guste dar a esa palabra) en el mundo.

Ésa era la realidad, deseábamos modificar todo. Era la euforia sin cesar. Por eso, los jóvenes fueron considerados un peligro para lo establecido. Y por eso mismo, nuestras diferencias, grandes o pequeñas, no eran tan importantes. La hazaña era mayúscula y no importaba detenernos en lo nimio.

La Comisión Mixta, en la que sí estuve, fue una prueba. Modificamos el plan de estudios y censuramos, incorrectamente, la técnica para darle paso más a la economía política. Y es que no importaba cómo resolver lo inmediato sino ver el horizonte, siempre luminoso y, sin duda, cegador. En la empresa, insisto, nos acompañaron quienes no lo pensaban, ni siquiera imaginaban. La utopía es así. Aunque llegó, desgraciadamente, la pesadilla de Tlatelolco.


Es periodista y otro nostálgico irredento.
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