La ternura del trompetista

Opinión

El miércoles 29 de junio fue un día de perros. Corriendo de aquí para allá bajo este sol asesino. Al menos sabía que todo valdría la pena porque me tocaba cubrir un concierto de esos que sí esperas durante varios días: el quinto concierto de la serie New York Jazz All Stars 2016 en Torreón, en esta ocasión se presentaba el cuarteto del trompetista Greg Gisbert.


Por la tarde, a pesar de múltiples obstáculos, logré llegar a la rueda de prensa. Casi nunca hago esto, pero ese día decidí meterme en mi papel de reportero y crítico. Greg, él me permitió hablarle así, es un trompetista humilde y sencillo. Decidió sentarse entre nosotros y platicar como si nos conociera desde hace tiempo. Hizo hincapié en que para él convivir y crear armonía con y entre el público es su misión musical.


También nos explicó que en el jazz toma mucho tiempo lograr el éxito, es una carrera de largo aliento y los músicos jóvenes no deben desanimarse. Le pregunté sobre ciertos músicos que antes de los treintas ya son exitosos. Si eso no sería por otras razones. Me respondió que son excepciones, que observara su caso, esta es su primera gira como líder de banda y justo acaba de cumplir cincuenta años. En ese momento supe que toda mi objetividad periodística e incisión crítica se estaban desmoronando. Fue tan patético y conmovedor que me dieron ganas de abrazarlo.


Aun así, me negué a sacarme una foto con él, no me importó que los demás reporteros sí lo hicieron. Me retirépreguntándome: “¿son periodistas o fans, muchachos?”


Luego de dedicar mi tarde a múltiples actividades propias de un freelance de medio tiempo, regresé al concierto. En los conciertos previos pude elegir el lugar que mi bolsillo permitiera, pero ahora era reportero y me senté junto a los demás periodistas. Amo a los que cubren la sección de cultura, son como los alumnos ñoños del salón. Ponen atención, toman apuntes y casi levantan la mano para aplaudir.No todos, por supuesto, ya sabemos cómo es esto.


Greg Ginsberg se presentó ante un teatro no tan lleno como en los conciertos pasados. Pude dar una ojeada al público y los villamelones de los conciertos anteriores poco a poco comienzan a retirarse. Es lamentable porque, a pesar de que son despreciables, gracias a ellos es rentable la visita de cada uno de estos grupos. Lo ideal, por supuesto, sería que pagaran su boleto y no entraran al concierto, pero la idiosincrasia de esta tierra indica que exhibirse es normal y deseable en toda situación que parezca ligeramente cosmopolita.


El trompetista apareció sobre el escenario lleno de alegría y optimismo. Decidió masticar un poco de español y eso fue suficiente para ganarse al público. Sí, así de fáciles somos en esta ciudad. Volteó a ver a su grupo y comenzaron con un hard bop de Duke Pearson: “Is That So?”


Todo sonaba a como debe hacerlo un grupo neoyorquino. La pianista, Annie Booth, además de una clara influencia de Mccoy Tyner y Herbie Hancock, tampoco renegaba de la época que le tocó vivir y agregaba un poco de pop a sus solos y a sus composiciones originales. El bajista, Mike Boone de quien podía escuchar una fuerte influencia de Ron Carter, parecía contenido y ecuánime, permitiendo que los solistas se explayaran hasta donde quisieran. El baterista Tommy Campbell, se convirtió en el hombre de la noche, simpático y ocurrente, supo combinar la música con las payasadas, desternillando incluso a sus compañeros, sobre todo al trompetista. Greg Ginsberg, con un estilo más cercano a Dizzy Gillespie que a Miles Davis, logró conectar con un público que desea un jazz ligero, sin demasiados atrevimientos musicales.


Entonces me di cuenta, el trompetista con su saco demasiado grande, el bajista de camisa y corbata, ella con un vestido negro y el baterista que decidió salir vestido como portero de la selección nacional; entendí, decía, que estaba ante una agrupación godinezca de jazz.


Los pude ubicar con facilidad en una oficina, el payaso del grupo, su compinche que siempre se ríe de todo, la secretaria guapa y el hombre viejo que lleva demasiados años en el mismo trabajo, por fortuna la música los desmentía. En el fondo son un grupo sin pretensiones, que tenían como misión divertirse mientras tocan. Tal vez por eso pasaban del hard bop, al bebop, al cool, al latin y de ahí a un jazz con tintes de pop sin siquiera inmutarse. La selección de piezas no conformó un concepto sino lo que escucharíamos en un bar de jazz, algo desconocido para la mayor parte del público lagunero, sin duda. Por eso escuché distintos comentarios, al final, en donde afirmaban que era el mejor concierto hasta ese momento de la serie que ha visitado la ciudad. Nada más alejado, no fue el mejor, pero sí el más divertido, sin duda.


En la última pieza demostraron que sí podían tocar un poco de avant garde, eligieron algo complicado que nunca explicaron cómo se llamaba. Fue una manera extraña de terminar.


En esta ciudad los organizadores cierran una calle después de cada concierto e invitan food trucks a vender sus productos. Dicen que eso es muy neoyorquino. No sé si eso es verdad, pero ha servido para convivir con los músicos entre hot dogs, hamburguesas, pizzas y empanadas. Ahí volví a ver a Greg.


-¡Hola, Daniel! -dijo con su español primerizo.


Lo saludé y le expliqué que iba en plan de periodista.


-I’am the enemy, like the movie, Almost famous.


-No, you’re not the enemy.


Después se quedó viendo la acreditación que colgaba de mi pecho con una fotografía suya en ella.


-Oh, mmmh, are you gonna keep that? Is the first one I see with my face.


-Oh, it’s yours, no problem.


-Thank you, thank you very much


-me dijo mientras me abrazaba.


Tanta ternura me desarma, así no se puede ser crítico, muy apenas periodista, carajo

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