Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

La tecnología y yo

Alguna vez conté, no sé dónde, que mi relación con la tecnología inició (y terminó) de manera contundente un día que se me ocurrió conectar un juego precámbrico que mi padre había comprado y que se llamaba “nesapong”, una madre para idiotas ya que el divertimento consistía en que una pelotita no pegara en la pared obstruyéndola a través de unas perillitas. El caso es que el juego no prendía y tuve la ocurrencia de torcer la pata de un enchufe. En el preciso momento en que lo introduje en la clavija sufrí una descarga eléctrica que me dejó sin cejas y a mi colonia sin luz.

Nunca he comprendido el funcionamiento del motor de un auto y no quisiera abundar en ejemplos, así que lo podría resumir como que nunca he comprendido nada vinculado a la tecnología. Hace unos días llamé al servicio de asistencia mecánica que tengo contratado para que vinieran a mi casa. Llegó un señor muy amable que me preguntó cuál era el problema, cuando le señalé una llanta ponchada que había que cambiar me dirigió una mirada ambivalente que podía ser de conmiseración o desprecio. Es por todo lo anterior que en este renovado mundo de gadgets me siento realmente un hombre muy solo. El sábado, por ejemplo, fui a grabar unas cápsulas que hago para canal 40, de todos los convocados soy, de lejos, el más anciano. La rutina consiste en que nos sienten en una mesa, sirvan un desayuno y nos lleven a las calles de la Condesa para emitir un comentario. Ello da la oportunidad de platicar, aunque digo esto en un sentido figurado porque mi participación en estas charlas es observar a mis comensales como los maoríes vieron su primer avión. Escuché cosas como “android es un sistema operativo basado en Linux” o “tengo una app que permite identificar a las personas conocidas en una radio de cuarenta kilómetros”. Fue la más cercana experiencia a ser sordo que he vivido.

El problema se ha hecho mayor debido a la durabilidad de los aparatos electrónicos que la gente busca como se busca el Maná. Tengo un teléfono celular que en mi enorme ingenuidad pienso que debería servir para que yo realice y reciba llamadas telefónicas. Pues no, ahora resulta que si no trae una madre que se llama Whatsapp o entrada a Twiter o conexión a Internet tiene menor valor que un kilo de basura. Conozco a gente que considero lúcida que llega a la cantina (mi cantina del dominó) y nomás sentarse saca dos celulares, una tablet y presume un reloj que es capaz de dar el clima en Indonesia con las enormes ventajas que ello trae. Por supuesto no entiendo ni la mitad de las funciones de estas madres, pero hay una que me parece muy graciosa y es la de informar a gente que uno no tiene el gusto de conocer de su posición exacta en el planeta Tierra. Supongo que esta información es útil para familiares y por supuesto secuestradores.

La última perversión acerca de esta explosión tecnológica es la de los idiotas que en lugar de mantener una conversación en alguna reunión de carácter social, se dedican a testimoniar con su camarita lo que está ocurriendo para luego subirlo a lo que los entendidos llaman redes sociales. Hay gente que me considera un amargado o de plano mamón cada que me rehúso a que me tomen fotos, en muchos casos con desconocidos que dan cuenta de mis andanzas por la vida, asunto que simplemente no me da la gana y que invariablemente me trae problemas.

Me acaban de regalar una tablet que puse a cargar y luego prendí, el manual probablemente lo comprendería alguien con enormes limitaciones, pues bien estoy por debajo de ese estándar así que decidí utilizarlo como consola de música buscando canciones en You Tube (sistema musical a la que mi inefable amigo Manuel llama “U2”). En fin la tecnología seguirá evolucionando, la gente se volverá loca tratando de tener el último alarido de la moda y yo seguiré siendo un fracasado que simplemente nació en una época para la que no estaba preparado.

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