Cinque Terre

Fedro Carlos Guillén

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Narrador, ensayista y divulgador de la ciencia.

La sana competencia

Foto: Cuartoscuro/Isaac Esquivel

El hecho de que los altos cuadros empiecen a ser egresados de universidades privadas ha traído algunos cambios conspicuos en la forma de hacer las cosas. Nuestros jóvenes yuppies mamaron conceptos como “eficacia”, “calidad total”, “control de procesos” y otras jergas que para un pobre burócrata de la UNAM suenan tan descifrables como la adivinanza de la esfinge. Otra novedad son los exámenes a los que los pobres diablos aspirantes a ser alguien deben someterse enfrentando preguntas como: “imagine la siguiente situación… su vecino de escritorio se roba una caja de plumas, ¿usted lo delataría?”.

Dentro de esta andanada destaca el concepto de la competencia entendida como un valor que genera eficacia. La premisa es la siguiente: si alguien ve en el horizonte competidores, tendrá que hacer mejor las cosas para evitar ser desplazado. Bien, me interesa demostrar que el asunto tiene más huecos que las ideas de Capulina en torno al medievalismo. Por principio de cuentas eso de la competencia y la competitividad es una gran mamadencia que tendría cierto sentido si todos saliéramos de la misma meta. Sin embargo, aspirar a que un joven dorado que se cría con los curas, esquiva acosos, se va a una universidad extranjera y regresa a dirigir nuestros destinos, compita con otro que nació en Chalco y dejó la secundaria porque ya no alcanzaba la lana, es mucho aspirar, a menos que creamos en las fábulas del Benemérito o del self made man, tan vendibles y desgraciadamente tan escasas.

Pero ése no es el problema de fondo (o lo es, pero no para los propósitos de esta colaboración). La evidencia contante y sonante de que la competencia no es un valor que contribuya a la calidad la obtenemos día con día al analizar la programación de Televisa y Televisión Azteca, los dos gigantes mediáticos de nuestro país.

Cuando se anunció la subasta de Televisión Azteca había un sabor a celebración en el ambiente. Se asumía que Televisa por fin iba a contar con un contrapeso que la obligara a moderar sus excesos y a mejorar su oferta. Muy pronto todos nos dimos cuenta que el asunto, lejos de seguir ese camino, se orientaba en otra dirección. La primera sorpresa la recibimos al conocer la identidad del comprador, un señor que, se sabía, vendía muebles en abonos chiquitos. La segunda, cuando fue evidente que lo que vendría era una escalada competitiva que funciona de la siguiente manera: a un grupo de creativos en Televisa, por ejemplo, se le ocurre una idea profundamente imbécil que consiste de manera elemental en poner a una nube de personajes francamente escalofriantes como el Hijo del Perro Aguayo a pegar marometas en cadena nacional. Esta iniciativa es monitoreada por el equipo creativo de Azteca (me imagino a su jefe diciendo: “ya nos chingaron”) y entonces buscan superar la imbecilidad proponiendo un concurso clonado del anterior pero con algún valor agregado, como un viaje a Los Cabos para dos personas. Por supuesto el problema es de dos vía, pues cuando la propuesta idiota es de Azteca, de inmediato Televisa la busca contrarrestar con su propia oferta. Así, por ejemplo, en los Juegos Olímpicos veremos pronto como ambas empresas tratarán de llevar a gente chistosa que amenice las pruebas de kayak o de salto triple. El que elija a los más cómicos… ganará.

El saldo final, en consecuencia, lejos de permitirnos atisbar una televisión de mayor calidad, simplemente ha duplicado la idiotez. Es decir, un ciudadano cuenta ahora con más opciones para ver telenovelas, programas de concurso, recetarios, astrólogos que dan miedo y películas de hace 40 años. Lo anterior se explica por la sencilla razón de que a ninguna de los dos empresas le conviene tomar riesgos asumiendo que los televidentes no padecen formas benignas de retraso mental. Es mejor ir a lo seguro. Dado que, efectivamente, muchos televidentes padecen formas benignas de retraso mental, es que propuestas como la de Canal 22 (pomposa, elegante pero mamona) no tienen el menor destino masivo. Al final del día uno que puede, cambia a Discovery Channel, mira impávido como un león se merienda una cebra y reflexiona sobre el triste destino de la competencia, cuando no es entre especies del mundo animal.

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