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Ariel Ruiz Mondragón

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La presencia del periodista

Ariel Ruiz Mondragón / Federico Mastrogiovanni

En su libro El asesino que no seremos. Biografía melancólica de un pandillero (México, Debate, 2017), Federico Mastrogiovanni hace un gran relato de la experiencia de Edwin, un joven mexicano cuya familia emigró a Estados Unidos, donde terminó convertido en un pandillero. Tras cometer un delito grave, fue recluido en una prisión de máxima seguridad para jóvenes, para después volver a México a ser profesor de inglés. 

Para hacer su historia, el autor no sólo realizó largas e intensas entrevistas con el personaje, sino que se trasladó a su antiguo barrio, conoció a su madre y visitó la cárcel donde pasó años encerrado, entre otros aspectos de su investigación. En ésta pudo observar las condiciones de racismo, clasismo, violencia y discriminación del sistema norteamericano de justicia.

Durante tres años de el periodista entabló una relación muy cercana con el protagonista de su historia, por lo cual se trata de una narración muy vívida, en la que el autor forma parte principal de ella.

Sobre la idea periodística y literaria con la que realizó su libro, conversamos con Mastrogiovanni (Roma, 1979), quien es licenciado en Antropología Cultural por la Universitá Sapienza, de Roma, y maestro por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado con Radio France International y Radio Rai, y en publicaciones como Milenio Semanal, Gatopardo, Esquire y Variopinto. Ha obtenido premios como el del Pen Club y el Certamen Nacional e Internacional de Periodismo, ambos en 2015, por su libro Ni vivos ni muertos. 

Actualmente es académico de periodismo en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México y coordinador del programa Prensa y Democracia.

¿Por qué hoy un libro como el suyo con el que traza algunos parecidos con su propia vida (los problemas de la identidad, la relación con la madre, por ejemplo)?

Hay varias razones. La más evidente es la historia de muchas personas que nacieron en México y que, por una razón u otra, por propia voluntad o por la de alguien más, se fueron a vivir a Estados Unidos. Es la historia de millones de mexicanos.

Es un relato que tiene rasgos comunes: la discriminación por parte de sectores white american de Estados Unidos, los blancos protestantes que creen que su país está hecho por ellos y para ellos. Pero en realidad ese país desde siempre se compone de mucho más. Esta parte me parecía importante, y era un aspecto de investigaciones periodísticas en las que yo había trabajado sobre la migración en México y Centroamérica hacia Estados Unidos. Esta historia me parece un detalle más sobre esta gran historia.

También me parecía importante entender, mediante el relato de una sola persona, algunos rasgos de la vida en Estados Unidos: la discriminación y las condiciones sociales y comunitarias que encuentra un mexicano que empieza a vivir en Los Ángeles. Por ejemplo, su acceso a las pandillas, porque en realidad la de Edwin es una historia posible: ninguno de sus hermanos ha entrado en una de ellas, sino que tienen trabajos normales (ellos nacieron en Estados Unidos y tienen la ciudadanía, y él nunca tuvo la nacionalidad sino sólo la residencia, por lo que eran diferentes casos).

Es el relato es de una serie de decisiones aparentemente individuales, y en parte lo son, pero en parte también derivadan de una serie de condiciones, como lo vemos en varios puntos del libro: Edwin es muy orgulloso, y para él es muy importante el honor, por lo que no te dice “fui víctima de un sistema”. Pero sí lo fue: del empobrecimiento de las comunidades, de falta de oportunidades para los mexicanos y centroamericanos en general, por la falta de acceso a educación de calidad, a ciertos trabajos, y también por la cercanía y la facilidad de acceso a las pandillas. Aunque también fueron decisiones individuales porque él escogió qué quería hacer.

Debo poner el acento sobre el hecho de que, cuando empezamos, Edwin tenía miedo de revelar su historia porque en donde labora, no todos la conocen. Él trabaja con niños y es muy delicado este asunto. Lo que siempre me mencionaba era: “Yo esto lo hago, principalmente, porque pienso que alguien que estuvo en mi situación puede aprovechar mi historia, tener esperanza de que no todo está perdido”. Este siempre ha sido el centro de su preocupación.

En el libro dice que se distingue de algunos colegas, “paladines de la justicia y de la verdad”, y más bien propone una historia diferente, más prosaica y popular. Al final del libro, Osvaldo Zavala también hace un apunte interesante: que hay un impasse ético y político en el periodismo, que por un lado hace los perfiles de los grandes narcos, y por el otro lado el de quienes están muy dolidos por las víctimas. ¿En qué se distingue su historia de esas dos vertientes?

Para empezar, hay un tema que me parece importante, pues en el libro hay un “yo” importante, una presencia mía. La diferencia es que en estos últimos años de violencia hacia los periodistas –la que yo también he padecido porque también he sido amenazado aquí por instituciones y por personas–, me parece una actitud un poco arrogante la de varios periodistas que se  vuelven estrellas con su aura de héroes de la libertad de expresión y de la defensa de los derechos humanos, como si su labor periodística fuera una misión, una manera de salvar el mundo.

El periodismo es importante, estoy convencido, pero creo que deberíamos regresar a ser menos hipócritas y asumir más las que son nuestras motivaciones profesionales. ¿Por qué contamos historias? Principalmente porque nos gusta hacerlo, porque somos curiosos: el periodista es un chismoso por naturaleza. Entonces hay razones que son individuales, pero también hay narcisistas que se esconden detrás de la imagen de salvadores del mundo.

Estamos rodeados por gente que en corto es muy narcisista, ególatra, protagónica, que tiene una imagen pública que más bien es la del héroe defensor de los derechos de todos, pero en muchos casos esto los utilizan para engrandecer su ego. Yo he trabajado temas de violaciones de los derechos humanos, y no me siento ajeno a esto, pero hay que esforzarse para reducirlo como periodistas. Hay que bajarle dos rayitas de huevos (como aprendí que se dice en México) y ser un poco más honestos.

¿Y cuál es su propuesta? En el libro no se pone encima de las víctimas o como su representante, sino comparte la historia del personaje y ambos son confidentes.

Es tratar de considerarnos seres humanos a la par. Claro que tenemos historias distintas, y digo que cada uno de nosotros es un mundo; si nos empezamos a dividir entre víctimas o sus voceros, y victimarios, estamos perdiendo de vista un elemento de humanidad que nos une.

Tenemos experiencias de vida muy distintas, pero también roles diferentes en la sociedad: a lo mejor una víctima que se vuelve luchador social tiene algo que decir, y un periodista lo acompaña con su propia profesión, lo cual tiene importancia. Pero me parece hipócrita decir “Yo le doy voz a los que no tienen voz”, “Yo soy nada más un medio”… Claro que no: como periodistas tomamos decisiones sobre qué se escribe, cómo contar una historia, cómo caracterizarla, qué valor darle, y tenemos un rol. Entonces no valemos más, pero tampoco menos.

Siento que también por allí va la polémica: al poner a la víctima arriba, en realidad lo que estamos haciendo es ser paternalistas otra vez. Es una manera indirecta de sentirnos superiores diciendo que somos tan inferiores.

Es una propuesta de periodismo honesto, de uno que se acepta y se enuncia como parte de los asuntos que pasan en la sociedad y en la vida, que tenemos un rol y que interpretamos y nos acercamos más a las personas con las que estamos interactuando.

Hace una crítica muy severa en algunas líneas a cierto periodismo, a los colegas que se anulan, que no manifiestan su presencia en el relato, que, como usted dice, “inmolan su identidad y se hacen voceros de los que no tienen voz”.  ¿Qué otros problemas tiene este tipo de periodismo? ¿Cuáles son las ventajas de manifestar la subjetividad, como lo hace en su relato?

Dos ejemplos: el primero lo saco de mis clases y con mis alumnos enfrentamos estos temas. Lo que ellos me dicen al leer a ciertos autores, podríamos mencionar a Svetlana Alexiévich, es que consideran que intentan acercarte como lector a las víctimas, hacerte sentir que estás más cerca, que ellas te están hablando directamente y que desaparecen en el estilo. Esto también les parece una trampa porque, como en cualquier obra, a final de cuentas el periodista decide dónde corta, qué usa, cómo lo va a montar y qué personajes va a seleccionar, por ejemplo.

¿Quién queda fuera del cuadro cuando tomamos una foto? Siempre es el periodista, el editor, quien lo decide. Lo que estoy tratando de decir es que es un artificio que tiene sus ventajas, pero a nivel de honestidad intelectual y de rol no me parece la línea más apropiada. Considero que deberíamos desarrollar una objetividad como metodología, que no puede prescindir de la subjetividad obvia de cada uno de nosotros. Nosotros observamos con nuestros ojos, y las historias se manifiestan, en realidad, en la forma en que nosotros las vemos. Entonces no podemos prescindir de nuestra mirada. ¿Por qué no asumirla, y hacerlo con un sentido?

Pienso en Emmanuel Carrére, un maestro de eso a pesar de que él no se plantea como periodista sino como escritor. Lo que hace es una investigación muy rigurosa, con profundidad historiográfica, y luego construye historias donde él está muy presente porque tiene ese sentido: que te tiene que  explicar a ti, lector, por qué tomó esa decisión. Te lo dice en todo momento; no te dice “esto es algo que estoy opinando”, que no tiene ninguna base, que no sea una elucubración. En otra parte te dice: “Así lo dijo esta persona, tal cual. En otro momento interactué con estas personas, y esto es lo que salió”. Hoy, hasta en las ciencias duras tenemos que es imposible una observación sin el observador.

Usted dice que su libro es un trabajo periodístico que se transformó en la búsqueda de un camino que recorrían los dos, Edwin y usted, “cada quién a su paso y en su dirección”. Cita justamente a Carrére y dice que se convirtió prácticamente en una novela de no ficción. ¿Qué posibilidades le abrió esta decisión?

Esto se dio porque empecé con la idea de hacer un trabajo más tradicional, centrado en el periodismo. Pero la historia me obligó a tomar una posición, porque Edwin me cuenta de Estados Unidos y llega un momento en el que el reportero dice: “Tengo que ir a estos lugares, a conocer a  estas personas. Me estás contando de una prisión juvenil,de tu madre, de tu familia, y eso lo tengo que ver”. Pero entonces me carga de un papel y una responsabilidad, porque es ir a ver lugares y personas que él no puede ir a ver jamás. Me dice: “Tú vas a ser mis ojos”. Esto ya cambia la perspectiva porque ya no es simplemente ir a registrar algo sino una interacción mucho más profunda en la que mi papel va a ser otro: no sólo voy a reportear para el libro, sino también para él.

Este cambio de relación me puso frente a la toma de una decisión: qué papel iba yo a desempeñar. Empecé a cambiar la perspectiva de lo que iba a hacer porque ya se estaba transformando. Me pareció siempre la mejor opción, estilística y narrativamente.

Su libro es un trabajo muy influido por sentimientos como la nostalgia y la melancolía. ¿Qué le dio esto a su trabajo periodístico?

Esto también se fue evidenciando en el libro, ya que lo compartíamos. Yo también soy un inmigrante, aunque no con las mismas características: estudié en mi país y pude tener otras herramientas, por ejemplo. Pero también hay muchos elementos en común: la nostalgia de lo que dejaste, el desarraigo, la saudade, que es profunda y se comparte: en el momento en que la ves reflejada en la vida de las personas que entrevistas, haces conexiones con tu historia.

En el momento en que decides utilizar la primera persona, parecía casi natural seguir el camino de la nostalgia y la melancolía. Ése es otro sentimiento: añorar algo que no tuviste y que no vas a tener. Yo puedo tener nostalgia de mi adolescencia en Roma, algo que conocí pero la melancolía es más sutil porque es lo que tú sientes imaginando lo que hubiera pasado estando allí, y que nunca pasó. Esto también lo tenemos todos los inmigrantes: ¿qué hubiera pasado si me hubiera quedado en Italia? No sé; a lo mejor no hubiera sido periodista porque era una situación muy difícil, y muchos de mis colegas dejaron la profesión para hacer cualquier otro tipo de trabajo.

¿Qué hubiera pasado si Edwin se hubiera quedado en Estados Unidos? Quién sabe, pero él extraña esa vida a pesar de lo que tiene y de que, a lo mejor, es más de lo que hubiera podido tener. Como nunca lo va a saber y hubo un corte duro este sentimiento se quedó allí.

¿Cómo nos sirve el periodismo? No quiero hablar sólo de estos dos sentimientos, pero sí reconocer que el periodista, aunque no lo escriba, siente y algo lo mueve para contar una historia. Todo cambia todo si escribe  porque lo obligan o porque le encanta lo que está haciendo, porque está obsesionado con ese tema o porque llora cada vez que escucha una historia así.

Entonces siempre es hacer un ejercicio de autoevaluación de dónde estoy ubicado, quién soy respecto a cierta persona, cómo me posiciono, qué tengo en común (porque a veces no hay nada). Cuestionándonos sobre esto entendemos mejor por qué hacemos las cosas como periodistas.

En el camino hallaste otra historia: no es nada más la del preso víctima del clasismo y el racismo, sino la relación, tuya y de Edwin con sus madres. ¿Cómo fue ese hallazgo? ¿Por qué manifestarlo en un libro de este tipo? 

Fue otro reto, y en ese capítulo me quedé atrapado meses sólo para entender cómo resolverlo. Era un tema central de la historia de Edwin. Tienes enfrente a un pandillero al que te imaginas rudo, asesino, pero no: es una persona cualquiera que pasó toda su adolescencia en prisión, alejado de su familia y de la madre, lo que es muy importante. Para nosotros, como latinos, simbólicamente sigue siendo un tema fundamental.

Este asunto salía todo el tiempo, y entonces empecé a pensar cómo desarrollarlo: yo tenía que conocer a esta mujer en su contexto. Cuando ella vino a México, yo no la vi; no quise saber nada porque era demasiado íntima la situación para que yo me metiera. Pero fui a su casa a conocerla, a hablar con ella y a escuchar su versión.

Entonces se generaban estos hilos de conexión con esta distancia e incomunicabilidad que yo también vivo porque mi madre tiene alzhéimer y perdí el hilo de comunicación con ella, y que se puede desarrollar sólo a través del contacto físico las pocas veces que voy. Esa distancia es un tema también para mí: el migrante que, por razones distintas, casi ha truncado su relación con una madre que vive. De formas distintas hay un paralelismo, no tanto en nuestra historia, sino en nuestro sentir hacia este tema. Allí está el punto de conexión.

Entonces el periodista y el entrevistado no estamos en lugares distintos, sino en el mismo lugar: en la pinche vida de mierda que tenemos todos, sólo que uno la cuenta al otro, quien la escribe, en este caso.

Hay una parte del libro en el que plantea que en el fondo buscaba una historia de rebeldía, de inconformidad, “es lo que voy buscando en los pandilleros”. ¿Qué encontró al respecto?

Es otra vez la polémica con parte del gremio: uno va a buscar algo que espera encontrar; muchas veces vamos a indagar algo ya pensando en qué es lo que va a ser, y nos equivocamos porque no estamos abiertos a lo que el mundo realmente nos ofrece. Este era un caso típico: yo tenía mi película hecha, y no fue así. Puede ser que haya algunos de estos elementos en ciertas historias, pero no en la mía, y no en las de las personas con las que he hablado, cuando menos no de forma consciente. Es como jugar con el hecho de que vas a reportear y pues lo que ocurrió es que no era como tú pensabas. En realidad quería escribir una historia de rebeldía, de pandilleros que se estaban oponiendo, pero no es así, o no lo pudiste ver.

Pero hay periodistas que lo inventan: fuerzan la realidad para que refleje lo que ellos quieren de ella. Te puedo decir qué es lo que yo quisiera, y te lo digo declarándote que es mi imaginación; de todas maneras lo estoy escribiendo, pero no te estoy mintiendo. Me hubiera gustado leer eso porque siento que hace falta algo que nos ayude a tener esperanza sobre una modalidad de vida diferente de este tipo de capitalismo; pero a lo mejor no está allí, o, si lo está, no es tan relevante.

¿Qué riesgos enfrentó al hacer este libro que va desde entrar en contacto con un desconocido con ciertos antecedentes, hasta la visita a Burbank, el barrio de Los Ángeles, conocer a su familia y acudir a una prisión de máxima seguridad, Pelican Bay? 

La verdad, ninguno. Fue un trabajo, a pesar de ciertos momentos duros por otras razones, muy placentero. En ningún momento tuve ningún tipo de riesgo.

Tras haber vivido todo lo que he experimentado en estos años hablando de otros temas, no he sentido ningún tipo de riesgo. Las amenazas de trabajar sobre la migración, con la Policía Federal apuntándote en la cara (como me ha pasado), por ejemplo, no han ocurrido en esta ocasión.

En realidad la parte más desagradable fue un momento cuando, al salir de la visita a la prisión, unos tipos nos siguieron con el carro haciéndonos preguntas. Fue un poco intimidante, pero Javier es una persona que lleva más de 25 años trabajando en esto, y tampoco se le puede intimidar porque le han pasado cosas peores por defender los derechos de los jóvenes presos.

Dice que la de Edwin es una historia de éxito; pero lo que a mí me gustó del libro es que no se cuenta como tal. ¿Cómo evitó explotar esta veta, lo que hubiera sido muy fácil? 

Yo no quiero engañar a nadie porque siento que generaría una decepción. Pero no, es una historia normal con asuntos interesantes. Me parece que una parte del problema del periodismo es lo que acabas de mencionar: esa necesidad de volver espectaculares los temas, de tratar de venderte siempre la violencia y el morbo. ¿Cómo lo voy a reproducir? Sería una incongruencia y no me gusta, me parece equivocado e injusto hacer periodismo así.

La forma era mantener un perfil adecuado a la historia: ¿para qué te pongo un titular que te dice algo que no es? A todos nos caga cuando nos venden algo, llegas a tu casa y no es lo que pensabas.

Claro, a lo mejor la editorial no estaría tan de acuerdo con esto porque pues ellos, y todas las editoriales en general, venden bolillos. En los últimos años se conciben los libros como cualquier mercancía. Pero también hubo la sensibilidad de publicar una historia así. Por eso le agradezco al final a los editores, porque hubiera sido muy fácil para ellos decir “dame algo que venda como pan caliente”.

Su libro cuenta una historia en la que están presentes el racismo, el clasismo, la discriminación, el abuso y la injusticia en Estados Unidos. ¿Qué caminos y personajes de esperanza encontraste para cambiar esa situación? Pienso en Javier Stauring (quien fue su Virgilio en su recorrido carcelario) y en “Father G” (responsable de un lugar de ayuda para expresidiarios), por ejemplo.

Aparte de Edwin, creo que el personaje que trae posibilidades de esperanza de Javier. Father G es un tipo que hace cosas increíbles, el lugar Homeboy es un producto suyo; él es jesuita y tiene a su compañía detrás.

Javier se buscó esta vida: era joyero y ganaba mucho más haciendo eso que lo que ahora hace. Es un tipo que realmente se entusiasmó, y me lo contó: “Es que yo viví en un contexto en el que hubiera podido ser ese, pero no lo fui, aunque yo hubiera tenido otras oportunidades”.

Lo que hace ahora es muy alentador porque él, después de 25 años de estar trabajando en las prisiones, empezó hace dos a trabajar con las madres; entonces la madre de un chavo que fue asesinado en un tiroteo, juntarla con las de los pandilleros que están presos, y que a lo mejor son los que mataron a alguien. Ese sufrimiento es social y se comparte.

Entonces, si no hay una parte de reconstrucción, de sanación, como él dice, eso no se va a acabar. Aquí no es tanto perdonar en un sentido católico, sino una sanación laica donde yo si no me siento a enfrentarme con el verdugo de mis hijos, exponiéndole qué es lo que está pasando, jamás voy a poder reconstruir esa ruptura social.

En estos días, en Costa Rica están las mujeres de Atenco enfrentándose al Estado mexicano por primera vez en 11 años, en la Corte Interamericana de Derechos Humanos. A lo mejor no va a ser condenado, pero es un ejercicio de sanación donde tú me tienes que enfrentar porque tú me has torturado, me has violentado, y te lo tengo que decir en la cara. Después hablaremos de perdón, pero esta cosa de poder sanar un dolor tan devastador como puede ser la muerte de un hijo, la desaparición o un encarcelamiento de por vida, puede reconstruir el tejido social para que no se siga generando violencia.

Esta parte me parece generadora de esperanza, y Javier es de esos personajes que te hacen tenerla.

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