Premio Nacional de Protección Nacional
Cinque Terre

Miguelángel Díaz Monges

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La piel all´italiana de Edwige Fenech

Para Ruth, Arouet y etcétera, donde se vive tan bien.

Cinco años de desnudos integrales le bastaron a Edwige Fenech para proclamarse sex symbol. “¡Para el mundo desde Italia!”, podría rezar un promocional al estilo de aquellos años transcurridos entre 1976 -año en que además de incinerar la pantalla grande posó para la edición italiana de Playboy– y 1981.

Parece natural que los que ahora tienen menos de 40 años no la recuerden en absoluto, a menos que sean cinéfilos empedernidos; pero los que peinamos canas, si es que todavía peinamos algo, la recordamos con gratitud, si bien muchos la han olvidado o no asocian su nombre con su cuerpo.

Los más jóvenes, gente de 25 años, por ejemplo, no pueden entender el asombro de una época por iconos como Edwige Fenech. Para ellos, una mujer desnuda ya no ha sido un misterio. Entre las muy pocas cosas en que ha progresado Occidente se cuenta la tolerancia a la piel y el sexo, la aceptación del gozo y los placeres mayores que, al menos para mí, son los de la carne. Sobre todo, reto a Houdini a navegar por Internet sin ver desnudos femeninos constantemente. Se ha ganado en criterio y se ha perdido en misterio. Para nosotros, ver una mujer desnuda era un evento tan extraordinario como simpatizarle a la suegra. Nos escondíamos, los amigos mayores o menos vigilados nos prestaban revistas ajadas y pegajosas, nos colábamos en los cines mediante tretas para distraer a los porteros. Ver a una mujer desnuda era una epopeya que tenía que ser pagada con curvas exquisitas como las de Edwige Fenech. Para los adultos la cosa era distinta y bastante sórdida: butacas malolientes en cinemas destartalados donde hombres solitarios con aliento alcohólico buscaban aislarse para complacer sus cuerpos con los ojos fijos en escenas procaces.

Como ahora, pero con una fuerza lúbrica más fuerte, para los jóvenes con acné de aquellos tiempos la palabra “puta” no se usaba para designar (denigrar) a las prostitutas, sino a las mujeres que gozaban del sexo, aunque se limitaran a incitar el deseo. En nuestra ignorancia juvenil, que dios tenga en su gloria, creíamos que una mujer que se desnudaba era incapaz de pasar un día completo sin recibir al macho. Dulces estupideces que nos ayudaron a sobrellevar el infierno de la adolescencia.

Así, aunque Edwige Fenech solo tiene 65 años -en Nochebuena cumplirá 66- es un icono de nuestra nostalgia.

Desde la gran Argelia surgen dos líneas hacia el norte, una lleva a Francia y otra Italia, dos países que coinciden en la adoración de la belleza y a la cultura. Edwige Fenech, nacida Sfenek, nació ahí, en Bône, en la Argelia francesa fronteriza con Túnez, hoy Annaba, alguna vez Hipona, cuna del noble filósofo San Agustín de Hipona. Edwige Fenech nos regala un placer, éste acústico, desde su gentilicio: anabí, palabra hermosa donde las haya.

De padre maltés y madre siciliana, era de los muchos que terminamos por no ser de ningún lado. Esa condición, más de una vez me ha pasado por la cabeza, nos permite desnudarnos sin mostrar otra cosa que la piel. Conocedora y cultivadora de su belleza se fue junto con su madre a Niza. En Francia, a los 16 años, ganó “Miss Mannequin” de la Cote d’Azur y después se proclamó “Lady Francia”, por lo que en el marco del Festival de Cine de Cannes de ese mismo año, 1967, participó en “Lady Europa” donde consiguió el tercer lugar detrás de Dolores Agusta y Rocío Jurado que, como otras excelentes cantantes españolas -aunque no las mejores- combinaba voz y belleza.

Así inició, con ropa y contundencia, su carrera como modelo. Ante tal promesa de prosperidad y futuro abandonó la carrera de medicina recién iniciada.

En Europa la belleza latina, referida a la región mediterránea, se valora como especias orientales. Edwige Fenech conocía su capital y no le fue difícil incursionar en el cine, al principio, aun en Francia, en películas eróticas mal pagadas donde tampoco enseñaba demasiado, aunque sus senos impedían volver la vista hacia cualquier otra cosa. Es entonces cuando un cazatalentos -oficio muy italiano- la convenció de trasladarse a Italia y filmar varias películas bajo la dirección de Guido Malatesta. Esto le valió algunos rodajes en Alemania, tras los cuales volvió a Italia para ponerse bajo la dirección de Franco Franchi y Ciccio Ingrassia. Con este último interpretó su primer personaje de relieve histórico o literario que incluirían a Madame Bovary, la acogerían en el Decamerón y la pondrían tête à tête con Dr. Jekyll: la emperatriz Popea en Satiricosissimo. Es entonces cuando empieza a descollar de una manera más relevante, dentro del génerogiallo (thriller) bajo la dirección de Sergio Martino. Pronto vendría su despegue a la iconografía sensual de la pantalla grande por la vía delgiallo erótico.

Quien no malicie es que no piensa o que ya pensó bien: La Italia fascinante de los grandes directores como Fellini y Bertolucci o los más viejos Pasolini, Visconti, De Sica, etcétera, gozaba de cabal salud. Para el cinéfilo de culto parece increíble que existiera más cine en Italia que esa aristocracia del arte cuya capital es Cinecittà. Nunca hay que perder la perspectiva: en Italia, como en todo el mundo y en todos los niveles culturales o socioeconómicos todo tiene su momento, su chance y su público. La gente de aquella Italia y de aquel mundo no era tan obtusa como para perderse la belleza de una mujer como Edwige Fenech por considerarla ajena a la superioridad de sus neuronas. Aunque uno ha vivido y visto cada cosa que igual y existen esos que usaban la careta de genios para actuar como imbéciles. Seguro los había, siempre y en todas partes los hay, en abundancia.

Edwige Fenech, o hay que decir que su lúbrico y ardiente cuerpo aún sin ser mostrado del todo, ya era un evento cultural hacia finales de los sesenta y principios de los setenta. Por fin, en 1972, logra entrar al cine de culto como Ubalda en la decamerótica “Quel gran pezzo dell’Ubalda tutta nuda e tutta calda“, de Mariano Laurenti y de inmediato, con referencia idéntica pero dentro de la commedia erotica all’italiana, Giovannona Coscialunga disonorata con onore, de Sergio Martino, director para el que más trabajó, lo que no es muy sorprendente habida cuenta de que la actriz estaba casada (y tenían un hijo) con su hermano Luciano, multimillonario all’italiana, productor de cine, presidente de Ferrari y FIAT y uno de los organizadores del Mundial de futbol de Italia 90. Tal relación se la dejo a los abundantes y feroces críticos del trabajo actoral de Edwige Fenech; yo agradezco que, haiga sido como haiga sido, tal belleza apareciera desnuda ante mis ojos adolescentes.

Los desnudos totales y Playboy vendrían un poco después, como muchas películas más, series de televisión y finalmente su propia carrera como productora cinematográfica en activo.

En esta actualidad vertiginosa que va desechando gente, pasan cosas como que Quentin Tarantino dejó de ser un buen director. No sé cómo ni a qué hora, pero ya no merece el respeto que algún día se le tuvo y que yo aún le tengo. Así, ya no puedo recurrir al argumentum ad verecundiam (falacia mejor conocida como argumento de autoridad o magister dixit) para decir que no estoy solo, que Arouet y yo no estamos solos, sino bien acompañados por Tarantino, declarado fan de Edwige Fenech que ha coleccionado toda su obra autografiada y que en “Inglourious Basterds” llamó Ed Fenech al personaje interpretado por Mike Myers.

Cuando una mujer desnuda ante millones de ojos desconocidos y cuerpos excitados era una mujer valiente y extraordinaria, Edwige Fenech estaba ahí, entre mis ojos y una mano que se inquietaba entre los pliegues de la ropa que cubría un cuerpo que descubría el paraíso de la sensualidad y, dicho sea con claridad, el deseo sexual, motor de la vida.

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