La ópera

No soy afecto a los conciertos, mis experiencias han sido simplemente desastrosas. Recuerdo que un día la niña María (que en aquel momento efectivamente lo era) me pidió que la llevara a ver a Shakira al Foro Sol. La solicitud me rebasaba pero estoicamente comprendí que a veces la labor de un padre es cumplir estas demandas por anómalas que nos parezcan y nos arrancamos a esos rumbos. Dejé el coche donde me lo permitieron, esto es a 7 kilómetros del lugar del concierto, una distancia que no suena excesiva si no consideramos que mi hija desfalleció al final del concierto y tuve que cargarla la misma distancia de regreso lo cual me provocó la angina de pecho que aún conservo a pesar de que María nunca dejó de agradecerme el gesto filial.


En otra ocasión mi amigo Memo, sugirió “ir a ver a Serrat” y pidió dinero para los boletos. “Van a ver qué lugares consigo” dijo como alguien que anticipa una fortuna venidera. Yo que soy ejemplarmente pendejo, nunca reparé en que el costo era sospechosamente barato. Cuando llegamos a la entrada del auditorio nacional la encargada de la puerta vio los boletos, nos vio a nosotros y se empezó a reír señalando el techo del recinto. Subimos resignados a unos asientos en los que de pie nos hubiéramos pegado con el techo. Salió una figurita que confiamos era Serrat aunque perfectamente podría haber sido Elba Esther Gordillo y nos soplamos dos horas oyendo algo que tendría mayor fidelidad en la sala de mi casa y con un wisqui en la mano. Hará cosa de unos meses una amiga me dijo que ella y un grupo de amigos tenía boletos para ver al grupo Chicago en Azcapozalco, mi réplica fue la de un misántropo. En primer lugar asumí que en la alineación del grupo se sumaría una era geológica y que además tendría la misma disposición a ir a esa zona de la ciudad en hora pico que la de atarme unos magueyes a la espalda.


Se enojó.


Valga el preámbulo anterior para explicar algo que venturosamente considere usted interesante. Memo, el inefable, volvió a la carga y ahora me invitó a “La Ópera” y no, no me refiero a la cantina donde cuenta la leyenda que algún revolucionario que no recuerdo si fue Villa o Zapata, probablemente beodo, pegó un plomazo al aire. Cando escribo “Ópera” me refiero al término en sentido literal. Todavía me estoy riendo y explicaré por qué. Lo primero que debo decir es que me parece absolutamente incomprensible un espectáculo en el que la gente se viste como si el sentido de la moda les hubiera sido extirpado, salen al escenario y se ponen a cantar de una manera que entiendo profundamente anormal. La soprano, normalmente una mujer con problemas de sobrepeso, pega algo que yo considero alaridos mientras se lleva la mano a sus potentísimos pechos. El tenor o el bajo o quien sea responden con una voz que a mí me sugiere que se van a herniar en diez minutos. Atrás de ellos siempre hay un montón de gente que también canta de manera impostada. Lo siguiente son las historias que normalmente son unos tragediones de adulterio, celos y violencia que sólo he v i sto en la gustada revista “Sensacionales del terror”.


Mi aversión a este tipo de espectáculos sólo puede ser superada por el ballet. Llámenme ignorante (lo soy) pero me parece incomprensible que gente dando brinquitos y portando lo que las viejas chotas llaman “leggins” haga piruetas al ritmo de obras que podrían tener algún valor sin tanto flaco en el escenario.


Por supuesto me hago cargo que mi opinión puede ser polémica y producto de mi creciente neurosis. Entiendo también que se me puede acusar de ignorante y menesteroso intelectual, está bien; cuando uno opina sabe que se encuentra distante de la unanimidad y ello siempre me parecerá saludable. Que sigan pues los conciertos, que canten los de voz extraña y que la gente se siga vistiendo de tutú. Por mi vaya y pase. Siempre me quedará el privilegio de negarme a asistir y con ello queda todo resuelto.

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